sábado, 31 de julio de 2010

ADQST 06.- Stern e Ishiyama



Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.
Stern e Ishiyama

Hacía calor. Un calor espantoso teniendo en cuenta que estaban a principios de febrero. X.A.N.A. estaba "muerto", así que no podían culparle de la dichosa ola de calor que elevaba los termómetros hasta los veintiséis grados centígrados.

En alguna parte del campus de la academia Kadic se iniciaba un rumor que pronto se extendería por todo el lugar. A alguien le pareció divertido hacerlo. La noticia corrió como la pólvora. Ulrich Stern y Emilie Leduc salían juntos, y lo mismo ocurría con Yumi Ishiyama y Matthias Burel.

Yumi iba hacia el Kadic junto a su hermano menor, Hiroki, intentando no estrangularle por ser tan cotilla y empeñarse en decirle cosas que la avergonzaban. El calor abrasador no ayudaba precisamente a hacer más llevadera la caminata.

Al atravesar la puerta sintió todas las miradas clavadas en ella. Enarcó las cejas. No soportaba esa sensación. Se metió en el comedor, en busca de sus amigos, estaban en la mesa de siempre, pero parecía que estaban en un funeral.

—¿Qué os pasa chicos?

—¿Has visto el periódico del Kadic? —preguntó Aelita.

—Qué va, acabo de llegar. —Yumi rió—. ¿Por qué? ¿Milly y Tamiya han desvelado algún misterio horrible?

No le contestaron. Ulrich se levantó de morros y pasó por su lado, sin importarle chocar con ella, tampoco se disculpó.

—¿Pero qué le pasa? —gruñó Yumi.

—Digamos que tiene sus motivos —titubeó Jérémie.

Aelita le ofreció el periódico, abierto por una de las páginas centrales, amablemente. Yumi se puso rígida y pensó que no lo había leído bien, pero por más veces que releyó las letras de molde negras nada cambió. ¿Ella y Matthias Burel? Iba a matar a Milly y a Tamiya, y si descubría que Hiroki estaba involucrado, lo mataría también.

Sissi llegó en el preciso instante que una furibunda Yumi salía de la cafetería, miró a la pandilla con detenimiento, tenían la mirada clavada en las bandejas. Odd negó con la cabeza y Sissi se tragó la pregunta, pero le bastó con un vistazo al periódico abierto para comprenderlo todo.

—Yo no he sido —espetó como si fuese un acto reflejo.

Los chicos suspiraron, ya se lo imaginaban.

Yumi caminaba con rabia. Estaba enfadada. Curiosamente no lo estaba con Milly y Tamiya, lo estaba con Ulrich. ¿Por qué siempre acababa dando explicaciones? Lo vio pateando una lata mientras se dirigía al edificio de las habitaciones. Apretó el paso.

—Tenemos que hablar —gruñó al llegar a su altura.

—No hay nada que hablar.

Una vocecita en su cabeza le decía "para. Cierra la boca y escúchala", pero lamentablemente su humor no se lo permitía. Resopló, la encaró y entornó los ojos con el ceño fruncido.

—Tú y yo sólo somos amigos. —Lanzó la dichosa frase que siempre flotaba entre ellos—. Y ahora no quiero verte. Vete, Yumi.

Ella se limitó a enarcar una ceja.

—No seas crío.

Esas palabras tuvieron el mismo efecto que un puñetazo. Ya lo sabía. Era más pequeño, más bajo, más inmaduro y nunca sería lo suficiente para ella.

—¿Tú sales con Emilie? —Pasó un mechón detrás de la oreja.

—No tengo que darte explicaciones.

—No te las estoy pidiendo.

—Me estás preguntando.

Ella suspiró.

—Entre Matthias y yo no hay nada —le dijo—. Es un amigo.

—No te creo. —Apretó los puños.

—¿Qué?

—Te creeré si dejas de verle.

Se arrepintió al instante de lo que acababa de decir, pero estaba tan cabreado que aquello le había salido sin más. Primero William y ahora Matthias. La vio alzar la mano derecha con la clara intención de darle una bofetada, pero volvió a bajarla despacio.

—¿Sabes qué? —dijo en un tono tan tranquilo que no auguraba nada bueno—. Ya he tenido suficiente. Tú y yo sólo somos amigos y eso no te da derecho a decir a quien puedo y a quien no puedo ver.

Yumi dio media vuelta y empezó a caminar en dirección al comedor de la escuela, él quiso detenerla pero supo que acababa de abrirse un abismo infranqueable entre ellos.

Eran dos idiotas, ambos lo sabían. Dos idiotas que se querían. Dos idiotas que fingían ser sólo amigos.

Durante los siguientes meses, casi siempre, la veía con William, con gestos cómplices, abrazos, caricias en la espalda y brazos. Intentó acercarse a ella, pero siempre daba media vuelta y le dejaba con la palabra en la boca.

Priscilla, Anaïs, Maïtena y Caroline contenían la risa cada vez que le veían, eso era algo que había ocurrido siempre, aunque solían hacerlo con Yumi porque les gustaba tomarle el pelo, no con él.
Finalmente optó por seguir los consejos de Jérémie y Aelita y darle espacio, tiempo para que la cosa se enfriara, mas aquello no era algo sencillo. La había visto llorar sobre el hombro de William, sin embargo el resto del tiempo parecía estar perfectamente.

Una llamada telefónica cambió sus planes radicalmente. Su padre estaba en el hospital. Habían atracado el banco donde trabajaba y le habían disparado. Él se marchó a toda prisa, mientras el resto tenían que quedarse en la escuela.

La clase de Yumi había ido a un museo, así que tanto ella como William tenían el móvil apagado. Pese a que Jérémie, Aelita y Odd les estuvieron llamando todo el día y les dejaron cientos de mensajes en el buzón de voz, no obtuvieron respuesta.

Al finalizar las clases se reunieron con Ulrich en el hospital. Se abrazó a Jérémie, a Aelita y a Odd. Yumi no estaba allí, comprobó con dolor.

El sonido de las puertas del ascensor inundó el pasillo. Unos pasos lo siguieron. Y entonces Ulrich pensó que ya no importaba nada más. Se apartó de sus amigos para abrazar a la recién llegada.
Yumi respiraba entrecortadamente y no dudó en estrecharle con fuerza, dejándole llorar sobre su hombro, sin decir nada hasta que Ulrich se hubo calmado.

—He venido en cuanto me he enterado —le dijo— ¿Cómo está?

—Le están operando. —Intentó contener los sollozos—. Gracias por venir.

—Somos amigos, ¿no?

—Sí —confirmó él—. Amigos.

Una relación de amigos era lo último que le apetecía, pero sabía muy bien, que si quería tener algo más con ella debía empezar con recuperar su confianza y amistad.

La operación de Axel Stern duró dieciséis horas. Yumi permaneció junto a Ulrich y su madre en el pasillo de quirófano.

Cuando los médicos salieron a informar no trajeron buenas noticias. Tenía el hígado dañado y no podría sobrevivir sin un transplante, la lista de espera era larga, así que tanto Ulrich como su madre se hicieron las pruebas. Un donante vivo era su única esperanza.

Varias horas más tarde uno de los médicos regresó, les miró con seriedad.

—Ninguno de los dos es compatible, lo lamento.

La señora Stern se dejó caer en la silla llorando desconsolada. Yumi se puso en pie.

—Hágame las pruebas.

El médico le dedicó una mirada inquisitiva.

—Esto no es un juego. No es algo divertido.

—Ya lo sé, no soy una cría —replicó tajante—. Tengo dieciocho años y soy lo suficientemente madura para comprender lo que implica. No voy a echarme atrás.

—Necesitaré un documento que certifique que eres mayor de edad.

Rebuscó rápidamente en su bolso sacando su monedero y una funda de plástico. Se los tendió al doctor.

—Mi documentación y mi pasaporte. ¿Quiere mi carnet de estudiante también?

—Enfermera prepárela para las pruebas.

—No tienes por que hacerlo —murmuró Ulrich.

—Quiero hacerlo —dijo abrazándole.

Siguió a la enfermera que empezó a contarle cosas para calmarla, pero era inútil. No estaba nada nerviosa, y mucho menos asustada. Sabía lo que quería hacer. No era el fin del mundo.

Yumi resultó ser compatible, así que se convirtió en la donante del señor Stern. Ganó una cicatriz, la eterna gratitud de la señora Stern, una postal mensual del señor Stern y, visitas diarias y miles de zumos de frutas de Ulrich. Ninguno de naranja, Yumi odiaba el zumo de naranja envasado.

Algún tiempo después regresó a su rutina. El curso aún no había acabado, por lo que le tocó ponerse al día a marchas forzadas. Sin embargo, como cada año, el final de las clases llegaba, quedaba poco más de mes y medio para que llegase junio. A ella le quedaban dos exámenes y seis días de clase.

Había reunido a Ulrich, a Odd, a Jérémie y a Aelita en la sala de recreo. Tan seria que les había preocupado. Inspiró hondo y habló:

—Tengo que deciros algo importante. —Suspiró melancólica.

—¡No me digas! —exclamó Odd sonriente—. Has suspendido todo y vas a repetir curso, porque no soportas la idea de no verme durante un año entero.

—¿Eh? —Pese al impacto de la conclusión de Odd, se rió—. Si tuviera que repetir curso mi padre me mataría. No es eso —susurró—, el año que viene iré a la universidad. Y no estoy muy segura de que universidad elegir, así que al final he decidido volver a Kyôto.

Fue como si el aire se congelara. Yumi se iba. Los ojos de Aelita se humedecieron y se lanzó a los brazos de su amiga, sintió como si le arrancasen un pedazo del corazón, ya que, sus amigos, se habían convertido en su nueva familia. Jérémie tragó saliva intentando bajar el nudo que se le había formado en la garganta. Ulrich se había quedado petrificado, no podía reaccionar, ni siquiera podía asimilar sus palabras.

Odd, en cambio, se detuvo a observarla, porque aquella era una decisión que no cuadraba. Se mordía el labio inferior y lo supo. Yumi no quería irse a ningún sitio. Entonces miró a Ulrich, allí petrificado sin mover ni un músculo. Se hizo evidente, ella había buscado el modo de hacerle saltar pero había fallado.

—Vendré a veros en vacaciones.

—Tráenos algún regalo, si es de comer mejor.

Yumi se rió de corazón.

—Nunca cambiarás Odd.

Ulrich aguantó el tipo hasta que ella se hubo marchado. Se encerró en la habitación y hundió la cara en la almohada. Quería llorar. Quería gritar. Pero estaba como anestesiado.

No se movió cuando Odd entró armando tanto escándalo, que podría haber despertado a los muertos. Tampoco bajó a cenar, pese a la insistencia de su compañero. No se movió un milímetro durante horas.

Odd volvió a entrar horas más tarde, después de cenar, charlar con sus amigos y hacer manitas con la chica de turno, que en esos días, sorprendentemente, era Sissi Delmas. Resopló mirando la cama de su compañero y el aspecto que este presentaba.

—Vamos, Ulrich —dijo Odd crispado—. Tampoco es como si se fuera a la otra punta del mundo.

—Ahí es justamente a donde se va —gruñó.

—¡Mira…! —gritó. Inspiró hondo apaciguando sus ganas de acabar lo que había empezado a decir—. A donde va hay teléfono, conexión a internet, correos, fax, apuesto hasta que hay un chisme de esos de telegramas.

—No lo entiendes —murmuró enfurruñado.

Odd suspiró y se encogió de hombros.

—Pues no. No lo entiendo —dijo poniéndose serio y dejando a un lado su faceta bromista y despreocupada—. No os entiendo a ninguno de los dos. Si la chica de la que estuviese enamorado desde casi toda la vida, viniese y me dijese, "me vuelvo a mi país" con la cara que ella traía… —Puso los ojos en blanco—. Sinceramente, Ulrich, me la habría llevado a un rincón, y de ser necesario, le hubiese suplicado que se quedase conmigo.

—Eso es muy egoísta.

—Será egoísta, pero no hipócrita. Por si no lo has notado, Yumi no quiere irse.

—Si no quisiera irse, no se iría.

Ulrich se sentó en el borde de la cama con los ojos cerrados. Odd suspiró. Sus amigos eran idiotas. Siempre dejando las cosas en el aire y sin acabar ninguna. Siempre excusas, primero "sólo entrenamos juntos", después la culpa fue de X.A.N.A., más tarde de los exámenes y ahora… a saber que excusa inventarían.

—Dile que la quieres —dijo encogiéndose de hombros—. Eso es lo único que tienes que hacer.
Pero el tiempo pasó y, aunque quería hacerlo, nunca encontraba el momento. El curso de Yumi acababa antes y él estaba en plenos exámenes. Si suspendía su padre le mataría, ya tenía suficiente con no ser capaz de contentarle como para echar más leña al fuego.

Cuando Jérémie y Aelita no podían, Yumi, les ayudaba a Odd y a él a preparar los finales. Ahí estaba el problema. Odd estaba mirándoles desde el otro lado de la mesa.

Finalmente el día que tanto había temido llegó.

El avión de Yumi salía a las doce del mediodía desde el aeropuerto de París. Todos se habían desplazado hasta allí para despedir a su amiga. William fue el primero en esfumarse, tras haberla abrazado largo rato y darle un regalo, que ella no abriría hasta estar sola. Odd con gran teatralidad se había mareado, supuestamente, por lo que Jérémie y Aelita se lo habían llevado a comer algo con urgencia. Fue muy incómodo, no eran precisamente disimulados, aunque se las habían ingeniado para dejarles solos.

Y ahí estaban, el uno frente a la otra mirándose los zapatos.

—Yo… —dijeron a la vez.

Cruzaron sus miradas con las mejillas teñidas de rojo.

—Tú primero —pronunció Ulrich.

—Estaremos en contacto. —Sonrió—. Te echaré de menos.

—Sí, ya, yo a ti también.

—¿Qué ibas a decir?

—Yo… —"te quiero" eso era lo único que tenía que decir. Odd tenía razón—. Espero que te vaya todo muy bien.

Ella le sonrió un poco decepcionada. Y él se golpeó mentalmente por no decir lo que quería.

—Gracias.

La megafonía anunció el vuelo de Yumi. Ambos suspiraron cansinamente. Ulrich dio un paso adelante y la abrazó con fuerza, ella besó su mejilla.

—Tengo que irme —susurró.

—Quédate —lo dijo tan bajo que a penas le escuchó.

—¿Por qué?

Era una buena pregunta.

—Te lo pido.

—¿Para qué?

Esa era mejor aún. ¿Para seguir buscando excusas?, ¿para seguir mintiendo?, ¿para seguir haciéndose daño?. La soltó lentamente, resignado.

—Volveremos a vernos.

Mata ne —dijo él.

Bis nachher —le contestó ella.

Sonrieron con complicidad, esa era una de las cosas que habían compartido. Él le había enseñado algo de alemán y ella a él japonés, lo que se tradujo en muchas horas juntos antes de distanciarse.
Yumi se cargó la bolsa de viaje al hombro con un movimiento rápido y preciso, dio media vuelta, empezando a caminar hacia la puerta de embarque. Si volvía a pedirle que se quedase sabía que no podría negarse, de hecho, deseaba que se lo pidiese.

La azafata del mostrador le sonrió comprensiva. Tomó su tarjeta de embarque guiñándole un ojo y tecleó en su ordenador. Yumi dejó caer su bolsa y volvió sobre sus pasos. Enredó sus brazos alrededor del cuello de Ulrich y le besó en los labios, para después, regresar a la carrera a por su tarjeta de embarque y equipaje.

Ambos lloraron, él rodeado de sus amigos y ella en el asiento del avión. Dolía.

Continuará

Aclaraciones:
Bis nachher / Mata ne: la primera en alemán, la segunda en japonés, ambas se pueden traducir como "hasta luego", "hasta pronto", "nos vemos"

Escrito el 26 de julio de 2010

sábado, 10 de julio de 2010

ADQST 05.- El diario de William



Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

El diario de William

Pasó una semana sin noticias de X.A.N.A., Jérémie estuvo encerrado en su despacho programando quién sabe qué chisme. Y Aelita iba de un lado a otro inquieta.

Por su parte Odd había puesto al día a su chica sobre todo lo ocurrido con X.A.N.A., aunque había omitido la parte sobre la vuelta al pasado y lo que eso le provocaría. Sissi tenía una cosa muy clara ¡aquello era una locura! Odd era muy imaginativo, pero ni él hubiese sido capaz de inventar algo así. Un virus informático psicópata obsesionado con matar a Aelita, un ex-profesor de Kadic, perdido en el mar digital, fuese lo que fuese eso, que además era el padre de Aelita y al que habían tratado de rescatar muchas veces, máquinas de ciencia ficción, mundos virtuales…

Había acabado con jaqueca y necesitando unos días para asimilarlo como buenamente pudo.

Sometieron a votación qué hacer con Sissi, y de manera unánime, acordaron escanearla para evitar así que X.A.N.A. pudiese tomar control de ella, pero nunca pondría un pie en Lyoko, eso era demasiado arriesgado.

Aelita se había enfrascado en la limpieza general de la casa, a pesar de que el día anterior, entre todos, la habían dejado como una patena. Al parecer luchaba contra una mancha invisible en el parqué del salón.

—Vas a desgastar el suelo, princesa.

—Odd… —susurró.

—¿Qué te pasa?

Aelita esbozó una sonrisa triste.

—¿Podrías acompañarme a la ciudad?

—Sólo deja que coja mi disfraz —dijo girando sobre sus talones y cogiendo unas gafas de sol de la repisa del mueble—. ¡Listo para una excursión por los confines del mismísimo infierno! —exclamó sonriente.

Aelita parpadeó viendo como se las ponía y echó a reír. Era un camuflaje estúpido. Los Replika, el grupo de música de Odd, se habían hecho muy populares en Francia, y eso significaba legiones de fans, algunas histéricas, otras obsesionadas y alguna que otra centradita, acompañadas de paparazzi. Él era uno de los más deseados del grupo, con todo lo que eso implicaba.
Odd besó a Sissi antes de irse con Aelita, y cuando se cerró la puerta, la morena, buscó a Yumi a toda prisa. No sabía cuanto tiempo tardaría su chico en volver y no quería que la pillase por nada del mundo.

Imaginó que estaría en el jardín, al parecer le encantaba estar allí. Abrió la cristalera y la vio sentada en el césped con las piernas cruzadas. Ulrich también estaba allí, entrenando. Se daban la espalda quizás se habían enfadado y jugaban a ignorarse, se encogió de hombros. Por más años que pasaran no lograría entenderles.

Se armó de valor para encarar la situación. Sissi Delmas sentía que no sabía como actuar.

—Yumi, ¿puedo hablar contigo?

—Claro —concedió extrañada.

Sissi se sentó en el suelo con gesto pensativo. Ulrich las miró de reojo, tomó sus cosas y volvió adentro, lo que menos le apetecía era escuchar una conversación de chicas que seguramente acabaría mal.

—¿Te acuerdas del chucho de Odd?

—¿Kiwi? —preguntó la japonesa.

—Sí ese. Verás… debo reconocer que odiaba a ese bicho asqueroso que se empeñaba en comerse mis zapatos y vestidos —gruñó con fastidio—. Pero aún y así… bueno, no sé muy bien como explicarlo. Pensaba que contigo me costaría menos que con el matrimonio Einstein…

—Nada mejor que una vieja enemiga, ¿no? —Sonrió quitándole hierro al asunto.

—Odd quería a ese chucho —dijo algo más relajada—. La cuestión es que se murió.

Yumi asintió. Aelita le había explicado un poco por encima la historia, Kiwi se había escapado durante una gran nevada y entre el frío y que ya era bastante mayor, la aventura del perro no había acabado nada bien.

—No entraré en detalles —espetó con algo de tristeza—. Odd se pasó días muy deprimido, ya sabes. Me gustaría… si es que puedes ayudarme… hacer algo para animarle. —Finalizó con tono de suplica.

—¿Tienes… alguna idea?

Sissi alzó la cabeza sonriente, tenía cierto temor a que se levantase y la dejase allí sentada con cara de idiota.

—¿Vas a ayudarme?

—Por supuesto. Odd es mi amigo.

—Gracias.

—Podemos hablarlo con los demás, entre todos encontraremos algo.

Las risas invadieron L'Hermitage, algo que no ocurría desde hacía tiempo.

Jérémie estaba encerrado en su despacho en el piso superior. Intentaba reprogramar el Skid, pero lo único que conseguía eran mensajes de error. Estaba harto. También estaba cansado. ¿Es qué no podría librarse nunca de X.A.N.A.?

Se quitó las gafas y frotó sus doloridos ojos, una cabezadita le iría de fábula, pero no podía confiarse. X.A.N.A. no dormía nunca, aunque parecía estar tomándose unas vacaciones.

El timbre sonó, una y otra vez, insistente e irritante. Jérémie se levantó de mala gana dejando a un lado su proyecto y bajó las escaleras. Ni rastro de sus amigos. Abrió la puerta con ímpetu asustando a un hombre de mediana edad, ataviado con el uniforme de correos, que cargaba con un paquete envuelto con papel de embalaje marrón. El hombre carraspeó y miró el albarán prendido en el bulto.

—¿La señorita Aelita Schaeffer? —preguntó con voz insegura.

—No está —se apresuró a contestar, sorprendido porque fuese dirigido a Aelita Schaeffer en vez de a Stones o a Belpois—. Soy su marido, Jérémie Belpois.

—Necesito una identificación, señor Belpois.

Jérémie asintió y extrajo su cartera de piel del bolsillo trasero de su pantalón, sacó su carnet de identidad y se lo ofreció al hombre. Este anotó los datos en su hoja de reparto y le dio la identificación junto al albarán que debía firmar. Una vez hecho le entregó el paquete.

Jérémie cerró la puerta con el ceño fruncido. Algo no iba bien. ¿Por qué Schaeffer? Ese apellido había quedado en desuso, precisamente con la intención de proteger a Aelita de los hombres de negro.

Sabía que estaba mal, pero la preocupación por su mujer era mayor que cualquier otra cosa. Rasgó el embalaje revelando una vulgar caja de cartón, que no dudó en abrir. Envuelto en varias capas de papel burbuja había un librito de tapas blancas. Miró la inscripción de la portada y abrió los ojos sorprendido.

—No puede ser… —susurró.

Por su parte William y Yumi estaban en un bar con Matthias Burel, Maïtena Lecuyer, Priscilla Blaisse, Emmanuel Maillard y Anaïs Fiquet, recordando los viejos tiempos. En aquel momento su conversación giraba en torno a los profesores Jim Morales y Suzanne Hertz y su relación, en apariencia, platónica. Nunca les habían visto muestras de cariño, pero había que ser ciego para no ver que algo había.

—Hablando amores raros —dijo Maïtena— ¿Qué ha sido de Ulrich Stern?

Yumi casi se atragantó con el refresco de cereza y William aguantó la risa, por respeto a su amiga, pero el resto no lo hizo. La relación de Yumi y Ulrich siempre les había resultado graciosa, la chica misteriosa y dura y el chavalillo, un año menor, bajito y gruñón que siempre la miraba a distancia con una sonrisa soñadora.

—Ahora que estás con William debe haberse deprimido —continuó Anaïs.

—¡Ey, ey! —intervino William—. Sólo somos buenos amigos —dijo con tono relajado—, aunque no será por que no lo haya intentado.

—¡Brindo por ti, amigo!

Matthias alzó su jarra de cerveza para chocarla con la de William, rápidamente se les unió Emmanuel. Las chicas suspiraron como única respuesta.

—Ahora en serio —Priscilla puso una mano sobre el hombro de la japonesa—. ¿Has vuelto a verle?

—Ah… sí —contestó con seguridad arrepintiéndose al instante—. A todo el grupo. Estamos pasando unos días todos juntos aquí… eh… bueno, quiero decir que —titubeó—. Somos amigos, ¿no? No voy a…

—Una explicación tan tonta seguro que esconde un gran secreto detrás. —Maïtena hizo señas a las chicas para replegar filas acercándose a Yumi. Entonces susurró—. Tú sigues loca por él, ¿no es verdad?

Enrojeció al instante y contuvo un grito que amenazaba con oírse hasta en Japón. Negó frenética con la cabeza por miedo a hablar, y que su voz sonase como la de una soprano a la que le hacen cosquillas en la planta de los pies. ¡Cómo odiaba ser tan obvia!

—¡Sí que lo está! —canturrearon las chicas.

—¿Y qué? —refunfuñó.

Su reconocimiento los pilló a todos por sorpresa, pero se repusieron rápidamente con un nuevo brindis, esta vez de Emmanuel, al que en esta ocasión se unieron las chicas.

Fue una tarde divertidísima. William y Yumi regresaron a L'Hermitage dando un paseo por el bosque, él había puesto su chaqueta de cuero sobre los hombros de Yumi que tenía frío. Caminaron en silencio.

Al entrar en casa les sorprendió el silencio sepulcral, intercambiaron miradas y fueron hasta el salón, el único lugar donde había luz. Aelita, Jérémie, Ulrich, Odd y Sissi estaban sentados en el sofá y las butacas en torno a la mesita baja, frente a ellos había dos más vacías, evidentemente reservadas para ellos. Los miraron con una mezcla de decepción, odio, dolor, pena y desconcierto.

—¿Qué? —Rompió el silencio Yumi que empezaba a ponerse nerviosa por tantas miraditas.

—¿Sabes que es esto, William? —preguntó severo Jérémie.

El joven analizó el libro blanco que le mostraba y se encogió de hombros.

—¿Es una pregunta trampa? Diré que es un libro y entonces me dirás que es una caja, o algo así, ¿no? —bromeó, pero su sonrisa se borró de su cara al ver que todos les miraban mal.

Jérémie le dio la vuelta mostrando la portada, en ella, en grandes letras rojas, ponía "El diario de William". Yumi giró a mirarle bruscamente. William sólo lo miraba sin comprender, estaba tentado de reír. Si era una broma no tenía gracia.

—¿El apellido Schaeffer te dice algo?

Sopesó la posibilidad de hacerse el tonto, pero supo que eso sólo empeoraría esa situación.

—Es el verdadero apellido de Aelita, el de Waldo Franz Schaeffer.

Aelita sintió una punzada en el pecho al escuchar el nombre completo de su padre.

—Exacto —prosiguió Jérémie—. Esta tarde lo ha traído un mensajero a nombre de Aelita Schaeffer.

—¿Y eso que tiene que ver conmigo?

—Jérémie sospecha que lo has escrito y enviado tú —aclaró Odd.

William rió y se sentó de golpe en la butaca.

—Es la broma más estúpida y pesada que me han hecho en la vida —dijo. Alzó la mano para evitar que nadie replicase—. Por que espero que sea eso, una maldita broma sin gracia. Juré no decir una palabra de Lyoko, juré no decir nada sobre Aelita, Franz Hopper, Anthea Hopper, la fábrica y demás —gruñó cabreadísimo—. Espero que no me estéis acusando en serio sobre algo de lo que ni siquiera tenéis pruebas.

Los cinco bajaron la mirada a la mesa. Yumi se situó junto a William, de pie, con una mirada triste.

—¿Qué pone en ese diario? ¿tan grave es? —siguió con frialdad, una actitud muy diferente a la que mostraba habitualmente—. ¿Habla de mi plan diabólico para dominar el mundo? ¿Dice que soy un espía del gobierno de un país perdido? Vamos… decid algo. Si hacéis una caza de brujas hacedla bien, joder.

—No sabemos que pone —dijo Aelita sin alzar la mirada—. Creemos que está en japonés.

—¿Puedes traducirlo? —le preguntó Jérémie a Yumi tendiéndole el diario.

Ella asintió y leyó en voz alta:

Lo que voy a explicar puede sonar a fantasía, pero es la pura verdad.
Existe un lugar maravilloso, Lyoko.
Lyoko está formado por cuatro terrenos, el glacial, el desierto, el bosque y las montañas. Existe un quinto territorio, a mí me gusta llamarlo cibernético, aunque es algo ridículo teniendo en cuenta que es parte de un mundo virtual.
Pero como todo lugar idílico tiene una parte menos amable. En Lyoko vive un ser hostil, X.A.N.A., es un virus informático dotado de inteligencia artificial y, si me permitís la licencia, tiene bastante mal carácter.
Empezaré con mi terreno favorito, el glacial.
Es una basta extensión de hielo. Hay montañas nevadas, puentes helados, icebergs…

—¿¡Cómo has podido!? —gritó indignado interrumpiéndola. Se subió las gafas.

—¡Yo no he escrito eso!

—¿Y cómo explicas que ponga tu nombre? "El diario de William", es bastante explicito, ¿no?

—No ha sido él —intervino Yumi.

—Le defiendes porque es tu novio —continuó Jérémie con tono despectivo.

—Eso es una estupidez —replicó sin inmutarse—. Primero, no sería tan idiota como para poner su nombre en algo así. Segundo, ¿por qué iba a mandarlo por correo a nombre de Aelita? Es tan ridículo que hasta da miedo —dijo pasando varias páginas inexpresiva—. Tercero, por la caligrafía, el dominio de los kanji, la fluidez del texto y demás, es evidente que lo ha escrito alguien que ha crecido y estudiado en Japón.

—Yo le he oído hablar en japonés con tu móvil —declaró Sissi con timidez.

—Que sepa hablarlo no implica que sepa escribirlo. El japonés es uno de los idiomas más complejos. —Sonrió a sus amigos—. No dudo que sepa usar los silabarios katakana y hiragana, incluso algún que otro kanji, pero mirad esto. —Les mostró el texto, señalando uno de los párrafos—. Está íntegramente escrito con kanji y la mayoría de ellos son poco comunes, ni siquiera yo los uso.

Intercambiaron miradas escépticas. La japonesa extrajo su portátil de la mochila, abrió el procesador de texto y tecleó su nombre convirtiéndolo en kanji: 石山 弓 .

—¿Puedo usar tu impresora?

Aelita la puso en marcha asintiendo. Segundos después salió un papel impreso con los tres kanjis. Se lo dio a William junto con un bolígrafo.

—Escríbelo.

El moreno obedeció, tenía el ceño fruncido y le temblaba el pulso. Parecía tan sencillo de escribir… pero era todo un reto. Trazó las líneas que formaban cada carácter, vacilante. Cuando acabó todos notaron que ninguno de los tres kanjis tenía el mismo tamaño. Yumi tomó el papel y los escribió debajo de los de William.

—Los extranjeros tendéis a hacer los trazos demasiado rígidos, porque lo primero que os explican es que el significado de un kanji puede variar si haces un trazo más corto, inclinado incorrectamente, si pones uno de más o si dejas una pequeña mancha de tinta.

Escribió uno de los que aparecían en el diario " 氷 ", eliminó uno de los trazos " 水 ", y finalmente modificó uno de ellos " 永 ". Y añadió los significados: 氷 hielo; 水 agua; 永 eternidad.

—Ya entiendo lo que querías decir… —dijo Jérémie—. Pero si no ha sido él, ¿entonces quién?

—No lo sé, pero por la caligrafía diría que sabe esgrima.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Ulrich.

—La destreza con el pincel marca la destreza con una katana. —Se interrumpió—. Esto lo ha escrito alguien muy hábil. Pincel, papel de arroz e hilo dorado parece sacado del Sengoku.

—¿Eso es un manga? —Sissi enarcó las cejas interrogativa.

Yumi sonrió.

—La era Sengoku fue un período muy convulso en Japón. Allí no usamos los años como vosotros, hablamos de eras. Actualmente estamos en la era Heisei.

Jérémie se levantó y salió, confuso y desorientado, no comprendía nada. William regresó al bosque, estaba enfadado. Odd se llevó a Sissi y a Aelita a cenar algo a un restaurante cercano. Pasase lo que pasase era más fácil pensar con el estómago lleno. Ulrich y Yumi se quedaron sentados, el uno frente al otro, en silencio. Ella no había despegado la vista del librito y él no sabía que decir.

La noche cayó, el cielo cargado de estrellas y el aire frío, acompañaban el ánimo de los guerreros de Lyoko.

El despertador de Ulrich sonó y él lo apagó de un golpe certero, odiaba ese chisme infernal. Cogió sus cosas en silencio para no despertar a los demás y una vez listo bajó a la cocina a desayunar. Y finalmente, pasó por el salón en busca de su copia de las llaves.

La lámpara de la mesita junto al sofá estaba encendida. Yumi estaba allí, dormida con el libro blanco aún entre sus manos. Ulrich sonrió al verla. Tomó una manta y la arropó. Al sentir el contacto del tejido ella abrió los ojos.

—No quería despertarte. —Ulrich se sonrojó al ser descubierto.

—¿Qué hora es?

—Las cinco y cuarto ¿has dormido aquí?

—Estaba leyendo el diario y me he dormido… —Se frotó un ojo somnolienta—. ¿Qué haces levantado tan temprano?

—Trabajo. Vamos a una exhibición en París.

Apartó un mechón rebelde de su frente dejando que sus dedos rozasen su piel.

—¿Hay algo interesante?

—Las cuarenta y tres primeras páginas son una descripción bastante exacta de los cinco sectores —dijo sentándose—. Pero después…

Ulrich la miró intensamente, esperando a una continuación que parecía no llegar. Finalmente Yumi suspiró con pesadez.

—Ulrich, no sé que hacer…

—¿Sobre qué? —preguntó temiéndose algo espantoso.

—No sé si debería explicárselo a Aelita —alzó la vista hasta encontrar la de él—. Hay mucha información sobre ella y su padre, cosas de cuando era una niña. Los datos son muy precisos.

—Tendrías que decírselo.

Asintió en silencio.

—Ahora lo que tienes que hacer es irte a la cama —le recomendó—. Te dolerá la espalda si sigues durmiendo aquí.

—Buena suerte. —Le besó en la comisura de los labios antes de ponerse en pie—. Espero que ganes.

La sonrisa de enamorado soñador le duró toda la mañana, tanto fue así, que Kento prefirió no decirle nada por si le volvía el mal humor. Tener a Ulrich de buenas siempre jugaba en su favor, incluso parecía más concentrado de lo habitual. Estaba ganando todos los combates a la velocidad de la luz.

Durante el receso todos los teléfonos móviles sonaron a la vez, al otro lado de la línea sólo se oía un zumbido eléctrico. Ulrich abrió los ojos alarmado, conocía ese sonido.

X.A.N.A.

Y entonces un fuerte estallido lo cubrió todo de polvo.

Ulrich tosió. Aturdido apartó los cascotes que habían caído sobre él.

Tengo que llamar a Yumi —pensó, eso fue lo primero que pasó por su cabeza. Ni la gente, ni X.A.N.A. Sólo llamar a Yumi.

—Hola Ulrich —contestó ella al otro lado de la línea telefónica.

—Me parece que X.A.N.A ha lanzado un ataque.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó sorprendida—. El superescáner acaba de detectar una torre activada, estamos yendo a la fábrica.

—Se ha hundido el techo —pronunció con dificultad—. Creo que… estamos todos más o menos bien.

—¿Seguro que estás bien? —inquirió nerviosa—. Vamos a desactivar la torre y haremos una vuelta al pasado.

—Sí. Voy a echar un vistazo por aquí.

Se levantó como pudo, le dolía la rodilla izquierda una barbaridad. Sabía que los críos habían conseguido salir a tiempo, pero le preocupaba la gente que estaba en la pista. Vio a Kento, que se ponía en pie aturdido, a unos metros de él.

—¿Estás bien, tío?

—Es como tener una resaca —dijo frotándose la nuca— ¡Wow! ¿Qué demonios ha pasado?

—Toma. —Le puso el móvil en la mano—. Habla con Yumi, voy a ver cómo están los demás.

Se movió entre los escombros prestando atención a los heridos que se amontonaban por todos lados. Tenían contusiones y algunas fracturas, nada realmente grave, suspiró aliviado sabiendo que una vuelta al pasado lo solucionaría sin dejar rastro.

Mientras tanto el resto corría por el puente que llevaba a la fábrica, habiendo vidas en peligro tenían que darse prisa.

El ascensor. La sala del ordenador.

Yumi se apartó el móvil de la oreja bruscamente y palideció.
—¡Kento-san! —gritó— ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado? —continuó gritando en japonés.

Se ha desplomado otra parte del tejado —contestó tosiendo—. ¡Oh, no! Ulrich estaba allí.

William la sostuvo cuando pareció que estaba a punto de caerse al suelo.

¿Está bien? ¡Dime qué está bien!

Espera —murmuró—. Me acercaré a comprobarlo.

Kento se mantuvo en silencio unos segundos, hasta llegar a su compañero de trabajo, segundos que la japonesa se le hicieron interminables.

—Estoy bien —susurró con voz pastosa Ulrich—. ¡Au! Eso ha dolido.

Ella dejó escapar una risa nerviosa.

—Daos prisa con lo de la torre.

—¡Sí! —exclamó.

Pero Jérémie no se movió.

—No voy a mandar a nadie a Lyoko sin saber si puedo confiar en William —dijo sin más.

—No es momento para tonterías —chilló Odd.

—Decid lo que queráis, no voy a correr riesgos.

Yumi se mordió el labio inferior con rabia, y le propinó una sonora bofetada a Jérémie. El chico cayó al suelo y se frotó la dolorida mejilla, demasiado sorprendido como para reaccionar.

—Ulrich podría morir… ¿no lo entiendes? —dijo con la voz rota.

Aelita la acompañó a un rincón de la sala.

—Sigue hablando con él, que no se duerma —le pidió con voz tranquila.

Cuando la vio obedecer regresó junto a su marido y amigos.

—Jérémie, tenemos que ir.

—Quieras o no vamos a ir. —Odd dio un paso adelante

—¡Ulrich! ¡Ulrich! Sigue hablando —exclamó Yumi al borde de la histeria.

William se adelantó para encararle directamente.

—Jérémie, me da igual si me odias y desconfías de mi —gruñó poco amistoso—. Pero Ulrich es uno de tus mejores amigos ¿vas a dejar que muera?, ¿por tu estúpido orgullo? ¿Por qué eres demasiado idiota para admitir que te equivocas?

—Odd, Aelita a los escáners, rápido —masculló sentándose frente al teclado.

Yumi seguía tratando de hacer hablar a Ulrich, sin éxito, y empezaba a sollozar. William la hizo sentarse y la abrazó con fuerza, acariciándole el pelo.

En el pabellón de deportes parisino Ulrich mantenía los ojos cerrados, oía las súplicas de Yumi lejos, muy lejos…

Continuará
Aclaraciones:
Era Heisei: es la era actual empezó en 1989 con el nombramiento del emperador Akihito, tras la muerte de su padre en 1989. Le precedió la era Shôwa (1926-1989).

Periodo Sengoku: o Sengoku Jidai (período de los estados en guerra), fue un período muy largo de guerra civil en Japón. Comenzó en 1467, a finales del período Muromachi o era Ashikaga (1336-1573) junto con la guerra de Onin (1467-1478), hasta el 1568, iniciando el período Azuchi-Momoyama (1568-1603) con la llegada del shogunato Tokugawa.

Escrito el 09 de julio de 2010

miércoles, 7 de julio de 2010

Sonrisa



Code: Lyoko y sus personajes pertenecen a MoonScoop y France3


Sonrisa
Me sentía cansado.

Cada día era lo mismo. Levantarme, ducharme, vestirme, bajar a desayunar… ver a Yumi y a Ulrich sentados uno al lado del otro, y, saber que, aunque ninguno de los dos se atreviese a declararse, no había hueco para mí.

Lo había asumido ya hacía tiempo, pero eso no quitaba que doliese. Decidí que si no podía estar con ella al menos la ayudaría a encontrar la felicidad, aunque eso significase ayudar a Ulrich.

Abrí los ojos con pereza. Los grandes ventanales dejaban ver un cielo gris plomizo, justo como mi estado de ánimo.

Me levanté refunfuñando.

—Al menos hoy es domingo.

Los domingos no había clase, así que Yumi no aparecía por allí, a menos que tuviesen que estudiar en la biblioteca, y ese no era uno de esos días.

Tras arreglarme se encaminé a la cafetería para desayunar, con un poco de suerte ni siquiera vería a Ulrich y los demás, no tenía ganas de hablar con nadie, ni de que Odd tratase de animarme con sus bromas. No estaba de humor para nada.

Al menos aún no llovía.

Salí del edificio esquivando a los más pequeños, que jugueteaban en la entrada. Alguien pasó por mi lado rozándome el brazo, vi una larga melena morena y supe que se trataba de Emilie Leduc. Iba acompañada de dos de sus amigas, Azra Ürgüp y Magali De Vasseur.

No sé por qué, cuando ella alzó su mano a modo de disculpa me quedé parado, estático a escasos metros de la puerta sonriendo como un idiota.

La observé tras los cristales, riendo y charlando animadamente con sus amigas.

A veces me hacía preguntas sobre Emilie Leduc. Teniendo mi edad ¿cómo era que estaba en la clase de Odd y compañía?, ¿por qué ignoraba de un modo tan descarado a Sissi y su pandilla?, ¿por qué miraba con tristeza a Yumi? ¿Quizás estaba enamorada de Ulrich? Otras veces la sorprendía mirándome, cuando nuestras miradas se cruzaban, ella, bajaba la cabeza y centraba su atención en algo que tuviese cerca, un libro, una libreta…

Emilie era bonita. No tenía aquella belleza exótica y sensual de Yumi, pero había algo en su manera de sonreír que la volvía preciosa. En invierno cuando al entrar en la cafetería se le empañaban las gafas y se sonrojaba intentando limpiarlas, se me hacía adorable. Emilie era el tipo de chica a la que yo nunca prestaba demasiada atención. De hecho ninguna chica llamaba mi atención desde que conociese a Yumi.

—Hola William. —Yumi me sacó de mis pensamientos—. ¿Qué haces aquí fuera?

La miré sorprendido por la pregunta y por que llevase un paraguas abierto, entonces noté el tacto de mi ropa completamente mojada, eso me provocó un escalofrío.

—Estás empapado ¿cuánto tiempo llevas bajo la lluvia?

—Pues…

No supe contestar.

—¿Y tú? —repliqué automáticamente— ¿Qué haces tú aquí? Hoy es domingo.

—Ah. —Sonrió cobijándome bajo el paraguas—. He venido a ayudar a Ulrich y a Odd con el examen de biología.

Por una vez la cercanía con Yumi no me dejó sin aliento. Por primera vez no me sentí arrollado por el torbellino de emociones y sensaciones que despertaba en mí. Por primera vez no tuve ganas de besarla como me fuera la vida en ello, ni de gritarle que se olvidase de Ulrich, que me esforzaría al máximo para hacerla feliz, que nunca la haría llorar.

Vi a Emilie Leduc. Había dejado de reír para mirar con tristeza la bandeja con su desayuno, y, a Azra y a Magali que le acariciaban la espalda a modo de consuelo, mientras me clavaban sus miradas enfurecidas.

—William, deberías ir a cambiarte —me dijo fraternal—. Pillarás un buen resfriado.

—Tengo que decirte algo muy importante —me apresuré a decir al ver que las tres chicas recogían las bandejas para marcharse—. Yumi, eres la chica más fascinante que he conocido nunca, puede que incluso seas la más bonita de todas. Te quiero una barbaridad.

Yumi se sonrojó hasta las orejas y yo no pude evitar sonreír, las chicas pasaron por nuestro lado a toda prisa, sin mirarnos. Giré para verlas, me urgían las ganas de seguirlas, pero no podía dejar aquella conversación a mitad.

—Pero te quiero como a una buena amiga. —Contuve la risa al ver su expresión desconcertada. Yo también me sentía algo desconcertado—. Gracias, Yumi —dije de pronto animado y le besé en la frente.

—De nada… supongo —murmuró al ver que me alejaba corriendo.

Quizás que Yumi no me hubiese correspondido nunca era una cosa buena.

Estaba seguro de que parecía completamente idiota corriendo bajo la lluvia, calado hasta los huesos y con una sonrisa boba en la cara. Pero en ese momento mis ansias de hablar con Emilie Leduc superaban a mi preocupación por mi imagen.

Tres paraguas se movían frente a mí, uno rosa, uno blanco y otro negro. Tiré delicadamente del brazo de la portadora del paraguas blanco, que me miró con unos ojos llorosos que me atravesaron el alma. Reprimí las ganas de estrecharla entre mis brazos con fuerza.

Magali y Azra pasearon su mirada de mí a Emilie varias veces, y entonces vi como Azra sonrió y se llevó tímidamente a Magali dejándonos a solas.

—Te… estás mojando —me dijo mirando mi ropa empapada.

—No importa, ya estaba mojado antes. —Sonreí tontamente.

Ella pasó a mirar al suelo y bajó un poco el paraguas ocultando su cara tras él. Me sentí completamente imbécil, acababa de verme bajo el paraguas de Yumi.

—Quiero decir, que no me importa mojarme. —Me golpeé la frente con la palma de la mano, esa si que era una respuesta inteligente, digna de un genio—. Es decir, que… —Bufé con frustración.

Me había vuelto idiota.

Oí una risita ahogada tras el paraguas blanco y no pude más que levantarlo con la mano. Reía con las mejillas teñidas de rojo, al menos mi estupidez la había animado un poco.

—Muy bien —dije fingiendo estar ofendido, pero sabía que mi sonrisa me delataba—. Yo esforzándome por explicarme y tu te partes de risa.

—¿Por qué me das explicaciones, William?

—No me gusta verte triste.

—¿Y qué opina Yumi de eso? —preguntó con voz triste.

Reí discretamente y le tomé la mano.

—Yumi no tiene nada que opinar. Somos amigos. —Supe que la había pillado por sorpresa por el modo en que me miró—. Ella quiere a Ulrich, él la quiere a ella. Y yo te quiero a ti.

—¿Q-qué?

—Me encantas, Emilie.

Me acerqué a ella, acariciando su mejilla sonrojada y junté mis labios con los suyos, con suavidad, sin exigencias. El paraguas de Emilie cayó al suelo embarrado y sus brazos se enredaron alrededor de mi cuello.

Nos quedamos allí, besándonos bajo la lluvia, ella acariciando mi pelo y yo estrechando su cintura.

—¡Ey, mirad eso! —reconocí la voz de Odd a lo lejos—. William y ¿¡Emilie!? ¡Qué bombazo!

—¡Cállate, Odd! —gritaron los demás.

—¡Ulrich! —grité separándome momentáneamente de Emilie—. Deberías decirle a Yumi que la quieres.

Cogí de la mano a Emilie y nos alejamos riendo como un par de chiquillos, mientras, a lo lejos, Ulrich farfullaba cosas que ni siquiera oíamos.


FIN

Escrito el 07 de julio de 2010

lunes, 31 de mayo de 2010

ADQST Capítulo 04.- X.A.N.A.




Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.
X.A.N.A.

—Según los datos obtenidos durante vuestra, imprudente, incursión en el sector cinco —empezó a explicar Jérémie cerca de las cuatro de la madrugada—, X.A.N.A. se valió del sistema de replikas para asegurarse de que no le eliminábamos del todo.

Hizo callar a Odd nada más ver sus intenciones de hacer preguntas.

—Se aseguró de hacer copias de seguridad por todo el mundo, lo que significa que hay más superordenadores en otras ciudades, incluso en otros países. Será imposible librarse de él. —El pesimismo se adueñó de él—. X.A.N.A. es invencible, no hay duda.

Jérémie suspiró y se puso en pie, buscando una nueva perspectiva algo más optimista.

—La única solución que se me ocurre es destruir todos los superordenadores. Pero eso supondría una gran inversión de tiempo y dinero. El Skidbladnir quedó destruido como recordaréis, así que habría que programar algo similar, y eso lleva tiempo. Aún y así, en caso de que lo logremos, estoy seguro de que X.A.N.A. ha aprendido la lección y habrá encontrado la manera de evitar que nos traslademos de la replika a la ubicación del superordenador. —Se quitó las gafas y se frotó los ojos con desanimo—. Aquí viene la inversión económica, tendríais que viajar en busca de los ordenadores, lo que sería tan costoso que acabaríamos en la ruina antes de lograr nada, eso sin contar con lo improbable que es lograr nada.

—¿Sabes de que estoy seguro yo, Einstein? —preguntó Odd alzando un dedo—. De que piensas demasiado.

—¡Odd! Cómo puedes…

—No, Jérémie, Odd tiene razón —le interrumpió Aelita.

—Sí, Jérémie —continuó Ulrich—. ¿No podéis fabricar un detector o algo por el estilo? Algo como el superescáner.

—Primero, se dice programar. Y segundo, si fuera tan fácil ¡Franz Hopper no estaría perdido en la red! —gritó.

Aelita apretó los puños con fuerza por la mención a su padre.

—¡Bravo Einstein! —gruñó Ulrich—. Veo que no has aprendido delicadeza en los últimos años.

—Lo… lo siento, Aelita.

—No, tienes razón. Pero aunque no sea fácil, estoy segura de que el mensaje de mi padre es algún tipo de pista.

—O es una trampa de X.A.N.A., incluso podría ser que tu padre hubiese perdido la razón. —Jérémie dejó caer los hombros consciente de lo que acababa de decir—. No sabemos si tanto tiempo perdido en el mar digital le ha afectado.

Aelita ahogó un gemido de tristeza, la falta de tacto de su marido siempre acababa hiriéndola. Leyó el mensaje de nuevo en voz alta:

Soy Franz Hopper. Soy Franz Hopper. Soy Franz Hopper. Soy Franz Hopper.
X.A.N.A., sector 5.
Torre. Aelita. Mar digital.
Replika, Alaska, laboratorio, reina. Hombres de negro, Anthea, arma, log, Lyoko.
Aelita, Hermitage, libros. Traidor, X.A.N.A., modificar. Suprimir, controlar, transformar, espía.
Azul, rojo, blanco, verde, negro. Torre.


—¿Qué puede querer decir?

—¿Y si con los colores se refiere a las torres? —preguntó Yumi encogiéndose de hombros—. Las normales eran azules, las activadas por X.A.N.A. rojas, las activadas por tu padre blancas y las activadas por Jérémie verdes…

—Sí, podría ser —Ulrich asintió—. Pero ¿qué hay de las negras?

—Ni idea.

—Las activadas por mí en una replika desde otro superordenador —dijo William pillándoles por sorpresa a todos.

—¿Cómo dices? —preguntó Jérémie ajustándose las gafas.

William suspiró con pesadez, el mensaje de Hopper lo cambiaba todo, no podía ocultar su “fantasma” más tiempo.

—Está bien —dijo armándose de valor—. Tengo que explicaros algo. Cuando me recuperasteis de las garras de X.A.N.A. mi memoria sobre él se borró casi por completo. Sin embargo, hace dos años… —Hizo una pequeña pausa—. Cuando tuve aquel accidente ¿te acuerdas, Yumi?

Ella sintió un escalofrío mientras asentía, preferiría no acordarse, pero los recuerdos volvieron a su mente como si estuviese ocurriendo en ese preciso instante:

Eran las cuatro de la tarde y ya llevaba media hora esperando a William en la entrada del centro comercial. Había insistido muchísimo en que le acompañase para comprarse un traje y ahora que ella había aceptado, él no aparecía. Estaba nerviosa, hacía un buen rato que no dejaban de pasar ambulancias y coches de policía con las sirenas encendidas.

Sacó su teléfono móvil y marcó el número de William, cansada ya de esperar. La voz al otro lado de la línea le desconcertó, no era él.

—¿Diga? —contestó una voz masculina algo grave.

—¿Quién es usted? ¿Dónde está William? —inquirió alarmada.

—Al habla el detective Nakamura de la comisaría central de Kyoto. ¿Con quién hablo?

Sintió que el suelo se movía bajo sus pies y tuvo que sentarse en las escaleras de la entrada, pálida como la cera, con sudor frío empapándole la espalda.

—Ishiyama Yumi. Soy amiga de Dunbar William.

—Ishiyama-dono —dijo el hombre procurando sonar menos rudo—, lamento decirle que su amigo ha sufrido un accidente de tráfico. En estos momentos se encuentra en el hospital general de Kyoto y…

Se le cayó el móvil al suelo y el sonido del aparato contra el empedrado de la calle le hizo despertar. Salió corriendo hacia el hospital, que no estaba lejos de allí, encontrándose con varias ambulancias en la entrada de urgencias. Entró a toda prisa esquivando a los familiares histéricos, a los heridos leves… hasta llegar al mostrador en el que había una mujer bajita y con gafas, ahogada entre papeles.

—¿Dónde está Dunbar William? —preguntó tan rápido que se atragantó con su propia saliva.

La mujer paseo su mirada por las hojas de ingresos en busca del nombre mencionado por la joven.

—Está en quirófano, espere en la sala, cuando acaben le avisaré, señorita…

—Ishiyama.

—Ishiyama-san. —Le sonrió con ternura, tratando de infundirle un poco de ánimo—. Avisaré al doctor para que venga a hablar con usted.

Asintió resignada y nerviosa. Con cada hora que pasaba su inquietud crecía hasta llegar a la histeria. Y cuando el médico la llevó a la UCI y le vio lleno de tubos y cables, su estado anímico no mejoró. El diagnóstico la dejó muy preocupada. William estaba en coma y su pronóstico era muy grave.

Ulrich puso una mano sobre su hombro, con mirada preocupada, devolviéndola al mundo real. Se había puesto a temblar y él lo había notado.

—Estuve en coma dos semanas y acabé hecho un desastre. Veinte operaciones, cuatro meses en cuidados intensivos, rehabilitación… —Sonrió tranquilizadoramente al ver la reacción de su amiga—. Mientras, digamos, dormía, soñé con X.A.N.A. y con todo lo que ocurrió. Cuando me desperté mi memoria había regresado, lo recuerdo todo.

—¿Por qué no…?

—¿Te lo dije? —acabó la pregunta de Yumi que asintió—. No quería preocuparte más, ya tenías bastante con hacerme de enfermera veinticuatro horas al día durante un año. Y después, no me vi con valor para contártelo.

—William… —susurró apenada.

—Es muy conmovedor —refunfuñó Jérémie—. ¿¡Cuándo pensabas decírnoslo!? X.A.N.A. nos ha atacado y quién sabe si tú has tenido algo que ver.

Miraron sorprendidos la pataleta de Jérémie, que había perdido los estribos.

—No tengo nada que ver con eso, puedes creerme.

—¡Ja! —espetó amenazante—. ¿Te crees que un “puedes creerme” sirve de algo? —Se acomodó las gafas paseando histérico por delante de sus amigos—. Claro, como lo dices tú, pues ¡Eh! ¿Sabéis qué? ¡Vamos a creerle! ¿Engañarnos? ¿William? Qué estupidez.

Se detuvo frente a él y le golpeó en el pecho con el dedo índice.

—Pues ¿sabes qué, William? ¡No te creo! —le gritó—. Además, te quiero fuera de mi casa.

Presenciaron atónitos la salida de tono de Jérémie, siempre había sido un tanto extremista cuando se ponía nervioso, pero aquello sobrepasaba lo común.

—Olvidas que l’Hermitage es también mi casa. William es mi invitado —dijo Aelita aún sorprendida.

—¡No lo dices en serio! ¿verdad que no?

—No podría hablar más en serio, Jérémie —le gritó—. No seas infantil.

—¡No pienso dormir bajo el mismo techo que ese traidor!

—¡Pues búscate un hotel!

Sissi se despertó con los gritos y viendo lo cabreados que estaban prefirió no decir nada. Odd dio un paso al frente y se aclaró la garganta con la intención de captar la atención de sus amigos, pero no funcionó.

—Creo que todos necesitamos dormir —dijo con calma—. No sigáis diciendo cosas de las que os arrepentiréis por la mañana.

—Por la mañana llamaré a Matthias —dijo William—. Así no tendrás que verme, Jérémie.

Dicho esto se encaminó al ascensor y pulsó el botón. Sus compañeros, mientras tanto, miraban con reproche a Jérémie, que se limitó a cruzarse de brazos y devolverles la mirada.

—Eres muy injusto —dijo Yumi en un tono lúgubre que les puso los pelos de punta a todos.

Tomó el mismo camino de William y el resto la siguió dejando al rubio solo en la fábrica. En el puente, Odd, pasó un brazo por los hombros del moreno en un gesto de camaradería, Aelita rodeó su cintura acompañando su gesto, Sissi le dio un golpecito en el hombro, Yumi le revolvió el pelo y Ulrich le palmeó la espalda de forma amistosa. Nunca hubiesen imaginado que se pondrían de parte de William en vez de la de Jérémie, pero debían reconocer que su amigo se había pasado.

La noche en l’Hermitage fue extraña sin Belpois, pero eso no les quitó el sueño. Estaban agotados. Todos durmieron hasta el mediodía y cuando se levantaron vieron que su amigo no había regresado.

Yumi fue la que más tarde se levantó, se encontró la casa desierta por lo que se tomó un café bien cargado directamente en la cocina. Se puso ropa cómoda y salió al jardín.

Había salido con la intención de tumbarse al sol y leer un rato, pero nada más poner un pie en el jardín supo que no podría concentrarse. Ulrich, con sólo un pantalón corto de color verde oscuro, entrenaba descalzo sobre el césped a la sombra de un frondoso roble.

Él mantenía los ojos cerrados mientras repetía las series de golpes, sonrió al reconocer los pasos que se acercaban a la tumbona.

—Buenos días —saludó divertido sin abrir los ojos—. O debería decir ¿buenas tardes?

—No me quito de encima el jet lag.

—¿Qué hora sería en Japón?

Ella miró los dos relojes que llevaba en la muñeca, uno marcaba la hora francesa: las cuatro y media de la tarde; y el otro, la japonesa: las doce y media.

—Exactamente las doce y media de la noche.

—Eso si que es una diferencia horaria.

—¿Y los demás? No he visto a nadie.

—Aelita ha ido a ver a Jérémie. —Caminó hasta la tumbona donde ella estaba y cogió la toalla para secarse el sudor—. William, Odd y Sissi han ido a comprar.

—Vaya.

—Creo que le ha convencido para quedarse.

Yumi esbozó una media sonrisa y respiró hondo.

—¿Qué pasó? —preguntó con tono neutro mirando al suelo—. Me refiero al accidente de William. Te pusiste muy tensa en la fábrica.

—No… quiero hablar de eso.

—Yumi, yo…

Suspiró enfadado por verse interrumpido por el tono de su teléfono móvil, justo en el momento en que pensaba decir algo importante a la mujer de sus sueños.

—¿Qué quieres Odd? —gruñó. Yumi rió disimuladamente—. Maldita sea ¿es que ninguno de los tres lleva llaves? ¿eh? ¿cuatro? —bufó y se sonrojó hasta las orejas—. ¡Ya voy pesado! —exclamó lanzando el móvil sobre la tumbona—. ¿Y tú de qué te ríes?

—Lo siento —se disculpó entre risas—. Has puesto una cara muy graciosa.

—Genial —replicó con sarcasmo—. Mi cara graciosa y yo nos vamos a abrir la puerta.

Ella le observó alejarse con una sonrisa en los labios, hasta que le perdió de vista. Miró el libro que había dejado olvidado sobre el césped, y que ya no le parecía tan interesante.

Cuando Ulrich regresó de abrir la puerta volvió a situarse bajo el roble, pero esta vez le daba la espalda. Ella optó por no decirle nada e intentar pensar en otra cosa, aunque eso le resultaba realmente difícil. Ulrich había crecido en aquellos años, ahora era algo más alto que ella y su musculatura, tras años dedicados a las artes marciales, estaban más desarrollados. Era aún más atractivo que antes.

—Tienes una buena vista, ¿eh? —Aelita le susurró burlona refiriéndose a Ulrich.

Yumi se sobresaltó, puesto que no la había oído acercarse.

—¿Qué? —preguntó sonrojándose.

—No irás a decirme que lo que miras con tanto interés es ese ficus muerto que plantó Jérémie, ¿no?

—¿Cómo? Quiero decir… no estaba mirando nada —replicó recogiéndose el pelo nerviosa—. Son imaginaciones tuyas.

—Siempre igual. —Suspiró negando con la cabeza—. Creía que con el paso de los años habríais dejado de hacer el tonto, Yumi.

La aludida carraspeó mirando a otro lado.

—¿Cuándo piensas admitir que estás loca por él? —preguntó Aelita bajando la voz.

—Yo no… —empezó.

—Yumi. —La miró con suspicacia—. Somos amigas desde hace diez años, y aunque en los últimos cinco no nos hemos visto demasiado; te conozco. ¿Crees que no me doy cuenta de las miradas que os dedicáis?

—Ulrich y yo sólo somos amigos. —Su voz con un deje de exasperación.

—Ya. Dile eso a quien quiera creérselo.

Dicho eso se levantó para volver a entrar en la casa con una sonrisa satisfecha. Si Yumi se exasperaba era una buena señal.

Se puso en pie para seguirla, no quería que la cosa quedase así, sentía la necesidad de decirle que quisiera creerlo o no, era así, que sólo eran buenos amigos. Aunque bien sabía que le estaría mintiendo. Nada más empezar a caminar una prenda de ropa impactó contra su cabeza, la cogió curiosa y frunció el ceño. Era la toalla de Ulrich.

—¿Huyes como una cobarde? —interrogó en posición desafiante y una sonrisa encantadora.

—Si quieres pelea… —Se encogió de hombros—. Por mí encantada.

Corrieron el uno hacia el otro preparando sus respectivos ataques. Una serie de patadas y maniobras evasivas que se sucedían calculadas al milímetro, conocían a la perfección las habilidades del otro.

Yumi perdió el equilibrio al pisar una piedra oculta entre el césped, Ulrich trató de sujetarla y evitarle el golpe, pero cayó sobre ella de un modo poco elegante. Sus entrecortadas respiraciones chocaban entre sí y un leve sonrojo cubrió sus mejillas.

—Estás empapado —susurró rodeando su sudorosa espalda con los brazos.

—Es que hace mucho calor —le contestó.

—Sí… es cierto.

Se quedaron inmersos uno en la mirada del otro. Ulrich empezó a acercar sus labios a los de ella, a la vez que Yumi cerraba los ojos. Estaban a unos milímetros de besarse.

—¡Alerta X.A.N.A.! —La voz de Odd les llegó desde una de las ventanas del piso superior—. Ulrich, Yumi estéis donde estéis a la fábrica.

Ulrich se puso de pie y la ayudó a incorporarse con brusquedad, como un chiquillo descubierto cometiendo una travesura. Cada uno miraba a un lado diferente, ambos completamente rojos y, también, un poco decepcionados.

En la entrada del pasadizo secreto de l’Hermitage, Aelita y William corrían escaleras abajo para llegar cuanto antes a la fábrica. Odd hablaba con Sissi que le miraba inquisitivamente, no muy contenta con lo que estaba ocurriendo. Tanto tiempo queriendo descubrir el secreto de la pandilla y ahora que lo sabía no paraban de darle largas.

—No te enfades, cielo —le decía sujetándole la mano—. De verdad que te lo explicaré todo bien.

—¿Y eso cuando será? —farfulló ella molesta—. ¿Dentro de cien años?

—En cuanto regrese, te lo juro.

Sissi le miró sin acabar de creerle, pero bien sabía que tenía que confiar en él.

—De acuerdo —replicó—. Al menos déjame ir contigo.

—Si X.A.N.A. lanza un ataque lo hará contra nosotros y contra la fábrica —explicó con el tono dulce y juguetón que siempre usaba con ella, y que tan bien le funcionaba—. Y si estás en la fábrica, podrían hacerte daño.

—Está bien —cedió—. Pero me lo cobraré.

Odd rió, la tomó por la cintura y la besó apasionadamente, mientras ella enredaba los dedos en su pelo, arruinando su extraño y característico peinado.

—Vuelve sano y salvo…

—¡Claro que sí! —Sonrió viendo que sus amigos “desaparecidos” habían llegado hasta ellos—. Hasta luego, bonita.

Bajaron las escaleras rápidamente sin mediar palabra, algo extraño, pero los tres pensando en cosas similares. Salieron al puente, se deslizaron por las cuerdas y tomaron el ascensor hasta la sala del ordenador, en la que Aelita, William y Jérémie hablaban, y por lo que oyeron la conversación había empezado hacía un buen rato.

—Lo siento, William —dijo Jérémie bajando la cabeza—. Me pasé anoche.

—No importa. —Sonrió—. Comprendo como te sentiste, debería habéroslo dicho.

—Sí, es cierto, debiste hacerlo —replicó con tono despectivo.

—¡Jérémie! —Los chicos le reprendieron por su actitud.

Tras una breve ronda de bufidos, suspiros y miradas de todo tipo, los guerreros de Lyoko subieron al ascensor con destino a los escáneres.

—La torre activada está en el sector cinco —dijo Jérémie a través de los altavoces de la sala de escáneres—. Os virtualizaré allí directamente.

Aelita, Odd y William entraron primero, una vez estuvieron en Lyoko, entraron Yumi y Ulrich. Los cinco jóvenes se reunieron en la sala de entrada del sector 5, mientras esta daba vueltas y el corredor comenzaba a abrirse.

—Deberíamos separarnos —dijo Odd—. Hacer un poco de limpieza y buscar el interruptor.

—Genial, voy delante. —William echó a correr—. ¡Superhumo!

—El guaperas siempre quitándonos toda la diversión. —Odd negó con la cabeza.

Ulrich enarcó las cejas y decidió que no estaba dispuesto a dejarlo todo en manos de su rival.

—¡Supersprint! —exclamó para asombro de todos.

—Creo que el interruptor será para nosotros tres. —Aelita trató de contener la risa.

Siguieron a los dos muchachos hasta la sala, donde ya había varios gusanos lanzando sus láseres contra ellos. En esa ocasión la sala parecía estable, los bloques estaban quietos y el techo no se hundía. Estaba todo tan liso y despejado que el botón sólo podía estar en un lugar. Arriba.

—Os quedan veinticinco segundos —les informó Jérémie desde la fábrica.

Aelita desplegó sus alas y voló hacia la parte superior de la sala, en busca de la mejor perspectiva para dar con el interruptor. Lo vio justo sobre la entrada y se apresuró a apretarlo. Nada más hacerlo la sala empezó a temblar y a cambiar, el suelo se abrió, las paredes se movieron haciendo más estrecha la estancia, el techo bajó rápidamente. Los chicos se movieron tratando de ponerse a salvo de las mutaciones del lugar para no quedar desvirtualizados. El bloque sobre el que estaba Yumi cedió repentinamente, William invocó el superhumo y Ulrich el supersprint, ambos con el único objetivo de rescatar a su compañera.

El superhumo fue más veloz que el supersprint, por lo que William la tomó en brazos, caballerosamente.

—Ya estás a salvo, preciosa —le dijo dejándola en el suelo.

Ulrich frunció el ceño e inició el descenso hacia la sala de la torre seguido de cerca por Odd y Aelita.

—No te agobies —le susurró Odd—. El guaperas siempre…

—Cállate —gruñó amenazante—. Lo estás empeorando.

—Es muy raro… —murmuró Aelita.

—Raro no, princesa. Ulrich siempre ha sido un gruñón.

Él contestó a su comentario con una mirada gélida.

—No hablo de eso. Fijaos bien. —Movió los brazos abarcando toda la sala—. ¿Dónde están los monstruos? No hay ni rastro de X.A.N.A.

—Debe haberse dado cuenta de que no tiene nada que hacer contra Odd el magnífico.

—O es una trampa —dijo William nada más llegar hasta donde estaban sus amigos.

—¿Qué hacemos? —Yumi puso una mano sobre la cadera.

—De momento desactiva la torre, Aelita. —La voz de Jérémie resonó desde la fábrica—. Después ya pensaremos en lo que está ocurriendo.

Ella asintió y se lanzó hacia la torre sin dudarlo. Cuando entró la plataforma se iluminó y su cuerpo empezó a ascender hasta el nivel superior, en el que se activó la pantalla. Puso su mano sobre el terminal siendo reconocida:

Aelita.

Code: Lyoko.

—Torre desactivada —anunció.

—Bien, voy a traeros de vuelta. Materializar Yumi, materializar Odd, materializar Ulrich. —Hizo una pausa—. Materializar Aelita, materializar William.

Se apresuraron a reunirse con su compañero, que les esperaba cruzado de brazos.

—¿Cuál era el ataque de X.A.N.A.? —preguntó Aelita.

—No he notado nada raro —le dijo Jérémie—. No parece haber lanzado ningún ataque.

—Esto es muy raro, Einstein.

Todos estuvieron de acuerdo con Odd. Torres activadas sin un ataque, por pequeño que este fuese, era algo fuera de lo común y sin ninguna lógica, y una oposición bastante pobre por parte su enemigo, como mínimo preocupante.

—¿Alguna idea, William?

Miraron a Aelita sorprendidos por su pregunta. Él sólo le sonrió agradecido de que no le odiase como Jérémie.

—Puede que su ataque esté alejado de nosotros y que la torre fuese una excusa para poner algo en marcha.

—¿Por qué? —preguntó ceñudo Jérémie.

—La vuelta al pasado. Si hace algo cerca y causa revuelo sabe que la activaréis —dijo señalando lo obvio—. Si ni ves ni hueles el humo no te percatas del incendio.

—¡Es una locura! —Odd se llevó las manos a la cabeza—. Podría estar destruyendo ciudades y no nos enteraríamos.

—Destruyendo ciudades no —murmuró el joven genio—. Habilitando nuevos superordenadores…
Continuará

lunes, 24 de mayo de 2010

Anuncios: Nuevas historias


Próximamente nuevas historias en las que ya estoy trabajando. Salida prevista para finales de julio principios de agosto.

Fanfics:
La apuesta: X.A.N.A. ataca y a Odd se le ocurre la genial idea de hacer una apuesta con Ulrich ¿besar a Yumi? ¿ser esclavo de Odd? ¡Qué dilema! (Género: Romance, Humor// Advertencias: Ninguna// Clasificación: Hetero// Fiction Rating: +13)

Veinticinco momentos: veinticinco oneshots sobre Ulrich y Yumi (CL). Aquí la lista de palabras del desafío:
01.- Pastelería
02.- Baño
03.- Resfriado
04.- Secreto
05.- Árbol
06.- Naranja
07.- Bomba
08.- Caricia
09.- Arriesgar
10.- Pasado
11.- Nariz
12.- Agua
13.- Excusa
14.- Amigo
15.- Sol
16.- Salado
17.- Enfado
18.- Manzana
19.- Llaves
20.- Hogar
21.- Lluvia
22.- Diario
23.- Elfo
24.- Té
25.- Camisa.
(Género: Romance, Humor, Drama, Aventuras// Advertencias: Lime, Lemon// Clasificación: Hetero// Fiction Rating: +13/+16/+18)
Nota: este es un reto abierto a todo aquel que desee hacerlo. Si decides hacer tu propia versión, me encantaría que dejases un link a tu reto para poder leerlo :)

Hot Chocolate: Un fiesta improvisada en la fábrica, un digno rival, un golpe y un beso (Género: Romance// Advertencias: Ninguna// Clasificación: Hetero// Fiction Rating: +13)

domingo, 2 de mayo de 2010

ADQST Capítulo 03.- Viejos enemigos



Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France 3.
Viejos enemigos

El reloj digital de Jérémie marcaba las tres y treinta y seis minutos, la calma reinaba en l’Hermitage, sólo rota temporalmente por los truenos en el exterior. En la entrada, una llave se deslizó en la cerradura y el sordo chasquido del cerrojo resonó en el vacío recibidor.

Ulrich y Yumi entraron empapados, de pies a cabeza y haciendo esfuerzos por no reírse.

La cena había sido un desastre. El camarero, que sin lugar a dudas era la primera vez que cargaba con más de un plato, había lanzado los tortellini de espinacas y salsa de queso sobre los pantalones de Ulrich y, poco después, un botellín de agua sobre ella. La mitad de la gente del pequeño restaurante había acabado con la ropa llena de comida. Durante el trayecto hasta la sala de conciertos les había llovido, ¡y ellos sin paraguas! El grupo era un completo caos, la mejor parte de su actuación era cuando estaban calladitos y a distancia de los instrumentos. En el camino de vuelta, con ataque de risa incluido, el autobús se había estropeado a penas diez metros después de que subieran, la lluvia se había convertido en un diluvio y no habían encontrado un solo taxi en todo el trayecto.

Un potente trueno resonó asustándoles. Había caído cerca, muy cerca. Se asomaron por la puerta, que aún no habían cerrado, y vieron una pequeña columna de humo más allá del bosque, cerca del internado. Ambos supusieron que el humo provenía de un árbol ¿de dónde si no?

Ulrich cerró la puerta y echó la llave. Todo lo que tenían que hacer era darse una buena ducha de agua caliente y dormir.

Aquella mañana el cielo estaba cubierto de nubes negras, ya no llovía, pero el mal tiempo se negaba a abandonar la villa. El aire olía a tierra mojada y hierba húmeda y hacía algo de frío.

Sissi levantó la persiana de la habitación que compartía con Odd, y arrugó la nariz al ver el panorama.

—Qué asco de día —refunfuñó cogiendo las cosas para darse una ducha.

—¿Qué tiene de malo? —preguntó Odd frotándose un ojo aún adormecido— ¿Pensabas hacer algo especial?

—Pensábamos —le corrigió de mal humor—. Vamos a pasar la mañana con mi padre.

Abrió los ojos de par en par despertándose de golpe. No había vuelto a pensar en Jean-Pierre Delmas desde que Sissi y él se fueran a vivir a Sidney y a donde les llevasen las giras del grupo. Se levantó y la siguió hasta el baño, su expresión había pasado del sueño y cansancio a la preocupación en cuestión de segundos.

—Creía que os ibais de compras o algo así.

—Te lo dije antes de venir, Odd —dijo quitándose la ropa—. Las compras son esta tarde.

—Genial —pronunció con sarcasmo—. Será como volver al Kadic.

Sissi gruñó con desagrado y le empujó fuera del baño. Un mal augurio para lo que acabaría ocurriendo durante la mañana.

Y es que el temor de Odd Della Robbia estaba más que fundado. Jean-Pierre Delmas no llevaba muy bien que su adorada hijita Sissi se hubiese enamorado e ido a vivir con el bala perdida de Odd, lo consideraba un buen chico, sí, pero poco adecuado para ella. Al fin y al cabo su historial en el Kadic le daba la razón, malas notas, faltas injustificadas, los secretitos que tenía con sus amigos y también las pullas que le lanzaba a su hija.

Cuando ella estaba presente se esforzaba por disimular, pero en cuanto se alejaba su cara cambiaba radicalmente, hasta tal punto, que al muchacho no le salían ni las bromas más tontas que solía hacer cuando estaba nervioso. Al menos Sissi parecía encantada, no había notado nada raro y su humor era esplendido.

Aquella mañana Odd y Sissi no fueron los únicos que salieron de l’Hermitage. William, que empezaba a incomodarse con “los fantasmas del pasado”, alquiló un coche y condujo durante horas sin rumbo fijo pensando en que podía hacer. Tenía dos grandes problemas; el primero era la escapada de Ulrich y Yumi y su renovada íntima amistad, tan molesta para él; y el segundo, en las últimas horas los recuerdos de X.A.N.A. eran más vivos que nunca, tanto que le parecía seguir bajo su dominio.

—“¿Y ahora qué? —pensaba—. Si les digo lo que me pasa desconfiarán de mí… y eso significaría quedarme a un lado.

Tomó el desvío hacia la estación de servicio que estaba unos metros más adelante, se estaba quedando sin combustible y se le había dormido el trasero. Definitivamente tanto él como el coche necesitaban un descanso. Se detuvo frente a un surtidor y repostó, pagó y aparcó a un lado.

En la estación de servicio había unas pequeñas galerías comerciales, dedicadas, prácticamente en exclusiva, a los turistas y una cafetería. Optó por tomar algo, un café bien cargado y un sándwich no le vendrían nada mal.

Se abstrajo pensando en los problemas que dio a sus compañeros, todo por culpa de su impulsiva forma de ser. Se había emocionado tanto, aquella primera vez en Lyoko, que ignoró por completo las advertencias y peticiones de Jérémie y Aelita, eso había desembocado en el desastre. Les había eliminado en cientos de ocasiones, y, cada una de ellas, le dolía en lo más profundo. Todo fue su culpa.

El tono de su teléfono móvil le sacó de sus pensamientos. Era Yumi. Eso le hizo sonreír y recuperar gran parte de su buen humor.

—No puedes vivir sin mí, ¿eh? —contestó burlón.

—Claro, claro —replicó ella con seriedad—. ¿Dónde te has metido?

—Pues… verás… —Suspiró pensando en que podía decirle—. Quería ir a un sitio, pero… qué más da. Oye, Yumi —dijo cambiando el tono de voz a uno preocupado— ¿ha pasado algo?

—¿Volverás pronto? —preguntó sin contestarle.

—Sí. Pero ¿qué es lo que pasa?

—Quiero que vuelvas. —Su voz se quebró como si llorase.

A William se le heló la sangre, ella nunca le había pedido que volviese aunque le pasase algo, siempre le esperaba, y no era tan vulnerable como para llorar en mitad de una conversación telefónica, así que algo espantoso tenía que ocurrirle.

—¡Yumi! ¿Dónde estás? —exclamó preocupado.

—En l’Hermitage… ven, por favor —suplicó en un hilo de voz.

No necesitó oír nada más. Se puso en pie rápidamente y salió corriendo con el móvil aún en la oreja.

—¿Te has hecho daño? ¿Alguien te ha hecho daño? —chilló sin poder controlar su nerviosismo—. ¿Yumi, Ulrich te ha hecho daño?

—William…

La llamada se cortó en ese instante, miró el aparato incrédulo y se apresuró a marcar su número, pero no tuvo éxito, la operadora le informó de que el móvil estaba apagado o sin cobertura. Maldiciendo se metió en el coche y condujo rozando el límite de velocidad deseando que Yumi estuviese bien.

Cuando llegó a la casa se quedó petrificado al ver en el jardín delantero a Odd, Ulrich y Yumi riendo con unos refrescos en la mano. Abrió la puerta bruscamente y se acercó a ella corriendo.

—Yumi ¿estás bien?

Ella parpadeó mirando fijamente como se arrodillaba a sus pies.

—¿Qué? —Alcanzó a articular perpleja—. Estoy perfectamente, ¿no me ves?

—Pero… ¿y tu llamada? ¡Estabas llorando, me has pedido que volviera!

—William, yo no te he llamado. —Puso una mano sobre la mejilla de su amigo, se le veía tan asustado arrodillado frente a ella—. Diría que alguien te ha gastado una broma de mal gusto.

—Era tu número y tu voz.

Los muchachos se miraron entre ellos, la preocupación de Dunbar no era fingida así que algo extraño estaba ocurriendo.

En el salón Sissi, Aelita y Jérémie tomaban café. La hija del director había insistido mucho en que debía hablar con ellos de algo muy importante, por lo que el matrimonio aceptó. Pero hasta el momento la conversación había girado en torno a los años vividos en el Kadic, y muchas de las cosas que comentaba no les traían muy buenos recuerdos. Aelita se echó a temblar sin causa aparente, Jérémie angustiado puso sus manos sobre sus temblorosos hombros.

—¿Qué te pasa?

—He… he oído un grito espantoso —logró pronunciar.

—Yo no he oído nada…

—Nadie ha gritado —replicó Sissi.

—Nosotros también lo hemos escuchado, Jérémie —dijo Yumi entrando.

Ulrich apareció tras la japonesa seguido de Odd y William. Aelita se relajó un poco al saber que no eran imaginaciones suyas, sentía un gran alivio por ese lado, pero aquel grito había sonado tan desesperado que le horrorizaba.

—¿Insinuáis que Belpois y yo estamos sordos?

—No, yo tampoco lo entiendo, nena. —Odd pasó el brazo por la cintura de su chica.

—Sólo nosotros cinco… —murmuró Yumi sin que nadie lograse escucharle.

La conversación se volvió confusa para ella mientras trataba de atar cabos, tenía que haber un motivo por el que ni Sissi ni Jérémie hubiesen escuchado nada. De sus labios escapó una exclamación al hallar la respuesta, era tan evidente que ni lo había pensado, la atención de todos se había centrado en ella.

—¿Qué pasa? —Ulrich dudaba en si debía acercarse más a ella o permanecer donde estaba.

—Aelita, Odd, William, tú y yo. —William enarcó una ceja por el “tú y yo”—. Los cinco tenemos algo en común.

Se pusieron a pensar, pero todo lo que se les ocurría eran cosas que habían hecho los siete, ir al Kadic, comer en el comedor, las clases con los mismo profesores…

—Lyoko.

—Sissi no ha ido pero Jérémie sí, tu teoría falla. —Le hizo ver Odd.

—No —replicó Aelita—. Jérémie fue, pero a diferencia de nosotros…

—Nunca estuve en el sector cinco —acabó la frase de su mujer.

—¡Alto! ¿Qué es ese Lyoko y lo del sector cinco?

Sissi se sentía perdida, lo de Lyoko le sonaba haberlo leído en el diario de Ulrich aquella vez que se lo había robado, pero lo del sector cinco no sabía por donde tomarlo.

—¿Sector cinco? —Odd trataba de encontrar una explicación que darle—. Hemos dicho….

—Cuando estábamos en el Kadic… —empezó Jérémie, ahora que Odd y Sissi estaban juntos suponía que ella les guardaría el secreto, además en caso de que lo contase era muy poco probable que alguien la creyese— encontré un ordenador en la fábrica abandonada, dentro de él había un mundo virtual con una entidad malvada que…

—Lo que intenta explicar Einstein —intervino Ulrich— es que nosotros cinco viajábamos a ese mundo virtual llamado Lyoko mientras él se encargaba de guardarnos las espaldas usando el ordenador.

—Yo vivía allí hasta que Jérémie encontró el modo de sacarme.

—¡Ja! —Rió irónica—. No hace falta que os inventéis cosas si no me lo queréis explicar.

—Sissi, es la verdad.

Belpois salió de discretamente sin que sus amigos se diesen cuenta. Les dejaría a ellos dar las explicaciones. Tenía algo importante que hacer, subió a su habitación y recuperó su viejo portátil, aquel del que no se separaba en el Kadic, cogió la toma de corriente y bajó de nuevo. Los chicos seguían con la labor de poner en antecedentes a Sissi.

Hizo a un lado a William que le bloqueaba el acceso al enchufe y lo conectó todo para encender el ordenador. Se desesperó, no recordaba que fuese tan lento. Una vez en marcha habló:

—Voy a escanear Lyoko.

—No es por llevarte la contraria, Jérémie —dijo William—, pero si mal no recuerdo apagamos aquel cacharro hace tiempo.

—Si está apagado el programa no responderá. —Se subió las gafas en un acto reflejo rezando interiormente para que todo siguiese desconectado. Pero entonces el portátil emitió un pitido—. ¡Oh, no! —exclamó—. No sé como, pero el superordenador vuelve a estar en funcionamiento… —Se tapó el rostro con las manos—. Y lo peor de todo… hay una torre activada.

—¿¡Qué!? —gritaron al unísono todos menos Sissi.

—Un segundo. Pensemos un poco —dijo Yumi tratando de mantener la mente fría—. Alguien ha debido ponerlo en marcha. Pero de todos modos… si es X.A.N.A. quien ha activado esa torre deberíamos poder volver a apagarle sin problemas. Sin el sistema de replikas no tiene a donde ir, ¿no?

—Tienes razón, en parte. —Respiró hondo procurando ordenar sus ideas—. Tal vez ha activado la torre para volver a poner en funcionamiento el sistema y escapar como la última vez y…

—¡Dejad ya el blablabla! ¡Vamos a luchar! —gritó Odd excitado por la perspectiva de volver a patear a X.A.N.A.

Todos estuvieron de acuerdo con sus palabras y corrieron en dirección a la fábrica a través del pasadizo del cobertizo. La sala se iluminó cuando entraron, todo estaba igual, a excepción de la cantidad de polvo que se había acumulado. Jérémie tomó asiento y empezó a teclear, mientras el resto esperaban órdenes.

—Venga a los escáners —dijo adoptando aquella vieja actitud de genio loco.

Sissi se quedó junto a él y el resto subieron al ascensor que les llevó a la sala de los escáners. La voz de Jérémie resonó en la sala cuando las puertas se cerraron.

—Transmitir Odd. Transmitir William. Transmitir Yumi. Escanear Odd. Escanear William. Escanear Yumi. ¡Virtualización!

Los tres cayeron en la región de los bosques, todo estaba tal cual lo recordaban. X.A.N.A. había recuperado el diseño original de Lyoko. Aelita y Ulrich aterrizaron junto a ellos.

—La torre activada está al norte de vuestra posición —dijo la voz de Jérémie desde ninguna parte.

—Bien. En marcha —dijo Ulrich echando a correr.

Los demás le siguieron. Era genial volver a esta allí.

—Os dejo al cargo de Sissi, voy a ver por que vuelve a estar operativo el superordenador.

Se quitó el auricular de la oreja tendiéndoselo a Sissi.

—¡Pero! ¡yo no tengo ni idea de cómo funciona este trasto! —se quejó.

—Es muy fácil, todo lo que tienes que hacer es vigilar la pantalla —dijo señalando el monitor—. Los triángulos verdes son nuestros amigos, el amarillo Aelita, los rojos los enemigos. En las fichas verás cuantos puntos les quedan.

—¡Espera Jérémie!

Pero él había corrido hacia el ascensor y ya no podía oírle. Se sentó de morros frente a la pantalla y se puso el auricular.

—Ah… ¿hola? —balbuceó con torpeza.

—Te oímos —le contestó Odd.

—No hay triángulos rojos…

—¡No! Sin enemigos es muy aburrido —se quejó.

Aelita rió, su amigo no tenía remedio. William corría detrás de Yumi aún preocupado, había algo que no encajaba. Tenía un mal presentimiento.

—Se os acercan… ¿eh? —dudó—, unas cosas por ahí.

William silbó y puso su pesada espada sobre su hombro.

—Eso ha sido muy específico.

—¡Eh! no te metas con mi chica, guaperas.

—¡Megatanques! —exclamó Aelita.

Odd alzó los brazos y contoneó su cuerpo en uno de sus bailes triunfales con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Juliette! ¡Xantal! ¡Françoise! Gracias por venir a visitarnos.

Los chicos negaron con la cabeza antes de esquivar los disparos de los monstruos de X.A.N.A., Odd apuntó a uno de los megatanques pero falló dándole en el hombro a Yumi.

—¡Ay! —se quejó—. Apunta bien.

—Yumi, te quedan setenta puntos —le informó Sissi.

William se lanzó frontalmente contra un megatanque usando su técnica del superhumo cuando este atacó, emergiendo del suelo a tiempo para destruirlo. Ulrich les hizo señas a las dos chicas para que se hicieran a un lado, con el fin de distraer a los monstruos sin sufrir bajas.

Yumi lanzó uno de sus abanicos y Aelita una bola de energia al tiempo que Ulrich avanzaba.

—¡Triplicar! —exclamó el muchacho—. A ver si te atreves con nosotros, boliche.

—Se os acerca otra cosa —titubeó Sissi.

—Yo me encargo del cangrejo —dijo Yumi al ver al bicho acercarse.

—Buena suerte —desearon al unísono los tres Ulrich.

La nipona esquivó los láseres que lanzaba deslizándose entre sus patas, y lanzó su arma que lo rozó sin llegar a eliminarlo. Estiró su brazo derecho y puso la mano izquierda sobre su sien concentrándose para utilizar la telequinesia. En a penas unos segundos redirigió su abanico dando en el blanco.

—Vaya… —siseó—. Estoy en forma.

Corrió para volver junto a sus amigos. Ulrich venció al megatanque y William cubrió a Aelita del otro, Odd por su parte no hacía más que esquivar, había perdido práctica.

—Ve a la torre —le dijo Ulrich a Aelita—. Nosotros nos encargamos de esto.

Ella asintió y corrió en dirección a la torre con cierta nostalgia, ya casi ni recordaba lo que sentía cuando vivía allí. Entró y las luces de la plataforma se iluminaron, ascendió hasta el nivel superior, en el que apareció una pantalla azulada, puso su mano sobre ella.

“AELITA” marcó la pantalla que parpadeó “CODE:” surgió. Aelita no dudó un segundo e introdujo la clave “LYOKO”.

—Torre desactivada.

Odd derrotó al último megatanque al tiempo que el aura de la torre se volvía azul de nuevo. Aelita salió de inmediato reuniéndose con sus compañeros.

—¿Y ahora qué? —preguntó Ulrich— ¿Volvemos a casa?

—No. Tengo una idea y como Jérémie no está aquí para reñirnos…

Sonrió guiñándoles un ojo.

—Sissi, tienes que enviarnos al sector cinco.

—¡Estáis locos! No sé como hacer nada de eso.

—Introduce los datos que te voy a dar. —La tranquilizó Aelita—. Es muy sencillo.

Aelita empezó a dictarle, en el mundo real Sissi, introducía todos los datos en el superordenador. Finalmente tecleó la clave “Escipión”.

En Lyoko el transportador los llevó hasta el sector cinco. La sala azul, tan familiar, les envolvía. Poco a poco la compuerta empezó a abrirse. Los chicos corrieron hacia el estrecho pasillo en busca del interruptor.

—Sissi —llamó Aelita—. Busca una marca en la pantalla.

—¡Hay una cuenta atrás! —exclamó la morena desde la fábrica— ¡Va muy deprisa!

—Busquémoslo nosotros —dijo Odd.

Miraron alrededor. Había bloques que subían y bajaban, otros que giraban, un desfiladero muy estrecho en las alturas.

—¡Allí! —exclamó Ulrich—. Todo tuyo, Yumi.

La japonesa asintió y con la agilidad que le caracterizaba se abrió camino hasta el estrecho paso. Pero X.A.N.A. no estaba dispuesto a ponérselo fácil. Varias tarántulas cargaron sus láseres, la apuntaban a ella, y en el nivel inferior Ulrich, Odd y William no daban abasto para contenerlos y proteger a su compañera. Lo único que podía hacer era esquivar los ataques y acercarse lo más rápido posible al maldito interruptor.

Aelita gritó haciendo que todos sus compañeros la vieran caer al vacío. Yumi usó la telequinesia para frenar su caída y con suerte ponerla a salvo, era cuestión de tiempo que quedase extenuada o que un gusano le diese.

—¡La tengo! —gritó William sujetando la mano de Aelita—. ¡Venga sigue adelante!

Esquivó como pudo la ráfaga de láseres activando la llave antes de quedar desvirtualizada.

—Yumi…

—¿Qué le ha pasado? —gimió Sissi.

—Nada grave. —Odd disparó varias flechas contra los gusanos—. Ha vuelto a casa.

La joven se mantuvo pendiente de la pantalla, aunque no tenía muy claro lo que ocurría. Cuando su chico volviera tendría que darle muchas explicaciones por su propio bien. Se sobresaltó con el sonido de la puerta al abrirse. Yumi se acercó a ella y le sonrió para tranquilizarla.

—Ya me encargo yo. —La chica asintió y le entregó el auricular—. ¿Me oís? Sustituiré a Sissi.

—Envíanos los vehículos —gritó Ulrich—. Esto se pone feo, si tenemos que esperar nos eliminaran a todos.

—Estarán listos cuando lleguéis. —Empezó a teclear los códigos en el programa de los vehículos—. ¡Odd! ¡Tres tarántulas a tu espalda!

—¡Genial!

Sissi miraba curiosa la pantalla por encima del hombro de Yumi.

—Odd está bien —le informó.

En Lyoko los chicos corrían en dirección a la plataforma exterior donde había un terminal.

—Voy a buscar datos.

—Vale, nosotros nos encargamos de los enemigos —determinó el samurai.

—A… Aelita —llamó ajustándose el auricular—. Ha aparecido un mensaje cifrado en la pantalla ¿qué hago?

—Presiona F5 y dale al enter, el programa se encargará de todo.

—Recibido.

Los chicos competían por ver quien eliminaba a más monstruos sin pensar demasiado en la protección de su compañera, que recibió un disparo en la pierna. William y Ulrich pugnaban por ver quien era más veloz, Odd y Aelita pensaron, divertidos, que sus esfuerzos por impresionar a Yumi no iban a servirles de mucho estando ella en la fábrica.

Cayó el último de sus enemigos, habían limpiado la zona sin llegar a usar los vehículos.

—Ulrich te quedan diez puntos. William a ti cincuenta. —Rodó los ojos al escuchar un “¡Toma ya, tengo más puntos que tú!” de lo más infantil a través del auricular—. Odd cinco y Aelita veinte.

—Sólo unos minutos más, casi tengo los datos que necesitamos.

—Las mantas… —murmuró—. ¿Las veis?

Sugoi! —exclamó William.

Odd y Ulrich cogieron sus respectivos vehículos, William miró con fastidio el aerodeslizador de Yumi, hubiese preferido la moto.

—Tengo que decirle a Jérémie que me programe un transporte molón.

—Ey, que aquí venimos a luchar, no a fardar.

—Para ti es fácil de decir —le dijo a Ulrich esquivando un disparo—. ¡Eh, gatito! Cuidado no te den.

—Preocúpate de ti —replicó matando a una manta—. Sé cuidarme perfectamente —dijo antes de que un láser le alcanzase eliminándole.

—Odd… —murmuró Ulrich—. Vale. Hora de trabajar en equipo.

El moreno asintió, giró ciento ochenta grados para destruir a la manta que les atacaba por la espalda mientras Ulrich iba a por la que venía de frente.

—Yumi, te envío los datos.

En ese momento los dos chicos destruyeron a las mantas completamente compenetrados. Aelita les hizo señas para que volviesen junto a ella.

—¿Has encontrado algo interesante? —le preguntó Ulrich.

—Sí… bueno… —titubeó—. He encontrado algunos datos sobre X.A.N.A. y, me temo, que apagar el superordenador no servirá de nada.

—Alegra esa cara —le aconsejó Ulrich—. De nada sirve preocuparse antes de tiempo, pase lo que pase te ayudaremos.

—Si hay que patear a X.A.N.A. cuenta conmigo —dijo William con algo de rabia—. Tengo cierto asuntillo pendiente con él.

—Gracias, chicos. —Los abrazó con fuerza—. ¿Volvemos a casa?

—De acuerdo. Yo me cargo a William, tú a mi —le indicó a Aelita—, y él a ti ¿entendido?

Los dos chicos asintieron, contaron hasta tres y se desvirtualizaron.

Cuando regresaron a la sala del ordenador encontraron a Odd y Sissi abrazados y a Yumi aún sentada en la butaca.

—No ha estado nada mal —admitió Ulrich.

—¿Nada mal? —inquirió Odd— ¡Ha sido genial!

—Sí, ya, muy bien —refunfuñó Sissi—. Aún espero que me aclaréis de qué va esto.

El programa emitió un pitido, interrumpiendo a Sissi y anunciando que había finalizado su tarea de decodificar el mensaje. Las palabras aparecieron en la pantalla con total claridad:

Soy Franz Hopper. Soy Franz Hopper. Soy Franz Hopper. Soy Franz Hopper.
X.A.N.A., sector 5.
Torre. Aelita. Mar digital.
Replika, Alaska, laboratorio, reina. Hombres de negro, Anthea, arma, log, Lyoko.
Aelita, Hermitage, libros. Traidor, X.A.N.A., modificar. Suprimir, controlar, transformar, espía.
Azul, rojo, blanco, verde, negro. Torre.


—Un mensaje de mi padre —susurró con lo ojos llenos de lágrimas—. Mi padre sigue vivo en algún lugar.

—¿Tu padre? —Sissi enarcó una ceja y se cruzó de brazos.

—Es una larga historia —dijo Odd arrastrando las sílabas—. Te lo explico luego.

—¡Es genial, Aelita! —William la abrazó animado, no conocía todos los datos, pero recordaba lo que le había hecho X.A.N.A.

—Sí, es estupendo —apoyó Yumi y Ulrich asintió.

Jérémie subió por la escalerilla de la pared, con sumo cuidado, topando con la celebración de los chicos. Atrapó a Aelita al vuelo, cuando se lanzó a sus brazos exultante de alegría.

—¡Mi padre está vivo! ¡Nos ha enviado un mensaje!

—Qué buena noticia. —Trató de darle un tono jovial a su voz pero no lo logró. Ella aflojó su abrazo y le miró a los ojos, intentando leer en ellos lo que le ocurría. El muchacho suspiró—. Me alegro mucho, de verdad. Es sólo que…

Dio unos pasos atrás separándose de ella.

—¿Has descubierto algo, Jérémie? —preguntó Aelita tomando su mano— ¿Sabes por qué el superordenador vuelve a funcionar?

—Un rayo.

—La tormenta de anoche —sentenció Ulrich.

—Es muy probable, aunque no comprendo como ha pasado.

—¿Un rayo ha entrado por la ventana inexistente, le ha salido una mano y ha activado la palanca del superordenador? —Odd sacó su mejor tono irónico—. Vamos Einstein, eso no pasa ni en las películas.

—Cuando X.A.N.A. escapó hizo una copia de seguridad de si mismo, en algún lugar —explicó—. La potente descarga activó el programa y poseyó a un trabajador de la eléctrica para que activara el superordenador.

—Y… ¿cómo sabes que era de la eléctrica? —William hizo la pregunta que estaba en mente de todos.

—Por que duerme en la sala del superordenador. —Suspiró—. Tenemos que sacarle de ahí antes de que recupere el conocimiento.

—¿Qué vamos a hacer, Einstein? —Ulrich se recargó sobre la pared.

El rubio sonrió cansado paseando su mirada por sus amigos.

—En otra situación… no dudaría en apagarlo —dijo sin delicadeza—. Pero, lo siento… tengo que pediros que me ayudéis de nuevo. Tenemos que rescatar al padre de Aelita.

—Pensaba que no lo pedirías nunca. —Odd rió.

—Sobre eso… Jérémie —dijo Aelita—. Tenemos que hablar.
Continuará

Aclaraciones:
Sugoi:
fantástico, genial.
Lo del diario de Ulrich salió en el capítulo cuatro “Carnet de bord”.
Escrito el 02 de mayo de 2010