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martes, 25 de junio de 2013

Viernes

 

Mortal Instruments y sus personajes pertenecen a Cassandra Clare.
Viernes
Magnus comprobó nuevamente su reloj de pulsera de correa multicolor. Llevaba casi una hora esperando ¡Una hora! Él jamás había esperado ni un minuto por nadie, y no era por que no tuviese todo el tiempo del mundo por delante.
A la sombra de uno de los árboles de Central Park hundió las manos en los bolsillos de sus pantalones de estampado de leopardo, la cadena que colgaba de su cinturón de cuero se le clavaba en la muñeca pero se obligó a ignorar la molesta sensación. Se había puesto una camiseta negra y ceñida, él que adoraba vestir con colores estridentes. Iba muy... discreto, aunque no había renunciado a la purpurina.
«Esto me pasa por quedar con un Nefilim» suspiró. Antes de aceptar aquella extraña y repentina propuesta de cita de Alec ya sabía que era una mala idea. Un cazador de sombras tan joven y tan confundido, empeñado en autoengañarse con sus sentimientos hacia su hermanastro. Pero rememorar aquellos ojos azules y profundos le había imposibilitado la labor de rechazar la invitación. Y ahí estaba, como si aguantase el árbol para evitar que cayese.
La gente que pasaba le miraba, hombres y mujeres, algo que en otro momento le habría regocijado.
Escuchó unos pasos apresurados, nada sorprendente, muchos iban a hacer deporte a Central Park por lo que los ignoró, sacó la mano del bolsillo y volvió a mirar su reloj, una hora y diez minutos. ¿No había esperado ya lo suficiente? Estaba claro que ya no iba a aparecer por allí, quizá se había arrepentido en el último momento, al menos podría haberle avisado. Sí, ya era suficiente. Dio media vuelta.
—Alexander.
Alec resollaba con las manos apoyadas en las rodillas, mantenía la cabeza gacha y la espalda curvada. Su pecho subía y bajaba violentamente.
—Lo siento... —jadeó—. Me han entretenido...
Excusatio non petita, accusatio manifesta.
Alec alzó el rostro, tenía las mejillas rojas por la carrera y el sudor le perlaba la frente, una sonrisa le curvó los labios. Magnus observó el hilillo de sangre seca que le corría por la barbilla procedente de un corte.
—Repudiados —dijo—. No podía dejar colgados a Jace y a Izzy para venir a Central Park a verme contigo. Creí que ya no estarías aquí.
—Estaba a punto de marcharme —replicó un poco molesto por la mención al superhermano.
—Me alegro de haber llegado antes de que te fueses.
De repente la hora de espera y la molesta mención a Jace Wayland habían perdido importancia por culpa de aquellos magnéticos ojos azules.
—¿Te alegras? —preguntó sin mucha convicción.
—Sí, quería verte, de verdad.
El corazón de Magnus Bane brincó cuando Alec se irguió. Ropa negra y amplia, como había imaginado. Asomando por el cinturón vio la empuñadura de Arathiel, el cuchillo serafín que siempre llevaba con él. Magnus pensó que le encantaría rebuscar entre su ropa para encontrar todas las armas que llevase, sólo por una mera cuestión de "seguridad laboral", por supuesto. Y una vez sin ropa ya se encargaría del resto de cuestiones no laborales.
—Deja de mirarme así —protestó el Nefilim.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras desnudándome con la mirada. —Alec se mordió el labio inferior frustrado por la sonrisa lasciva que había pasado a adornar los rasgos asiáticos del brujo de Brooklyn—. Es muy incómodo.
—¿Nadie te ha mirado nunca así?
«No. Nunca» pensó Alec recordando la pregunta que unos días atrás le había hecho el mismo Magnus "¿Nunca te ha besado nadie ni has besado a nadie?" su respuesta, aquella vez en voz alta, había sido también un "no".
—No creo que despierte un gran interés en nadie.
—Lo despiertas en mí.
Magnus sonrió, era tan encantador verle sonrojarse.
—No entiendo por qué.
—Hay muchos y muy variados motivos, nefilim, necesitaría varios días para enumerarlos y seguro que se me olvidaba alguno durante el proceso.
—No me mientas.
Magnus suspiró apesadumbrado, al parecer el lío emocional no era el único problema de aquel muchacho, su baja autoestima era aún más preocupante, se preguntaba si tendría tan poca fe en sí mismo cuando luchase. La imagen de la primera vez que tuvo que curarle regresó a su mente como la peor de sus pesadillas, no creyó poder salvarle, hubiese apostado a que moriría; por eso se quedó a su lado toda la noche, despierto, susurrándole que todo iría bien mientras Alec le apretaba la muñeca como si aquel sencillo contacto le mantuviese anclado al mundo de los vivos, había velado por él, sobresaltándose cuando en sueños se removía como si le doliese algo. Se había esforzado como nunca para que se salvase, y en parte aún estaba pagando las consecuencias, todavía se sentía cansado.
—Primero tienes unos ojos preciosos —arguyó el brujo—, unos rasgos atractivos, un cuerpo increíble al que he tenido cierto acceso mientras sanaba tus heridas...
—¿Q-qué dices?
La sonrisa felina de Magnus tenía algo que le impedía respirar en condiciones, como si le robase el aire. Y entonces Magnus decidió que era un buen momento para hacerle una pequeña demostración de lo que sentía.
Magnus atrajo el cuerpo de Alec hacia el suyo y le besó, Alec notó como el corazón del brujo bombeaba sangre a toda velocidad y después como el suyo aceleraba e igualaba el ritmo, como si estuviesen en sintonía. Por un momento para Alec no existió nada más que la sensación que le envolvía como un sueño agradable y reparador, las manos de Magnus que jugaban por su espalda con aquellos dedos largos y traviesos que tenía y las suyas propias recorriendo nerviosas toda la anatomía a su alcance, demasiado torpes e inexpertas para saber qué debían hacer. La lengua de Magnus enredándose con la suya y borrando de un plumazo la incomodidad de exponerse a las miradas del parque. La violenta y entrecortada respiración del brujo chocando contra su mejilla que ardía a causa del rubor. Sus alientos mezclándose igual que sus salivas en un pulso primario, animal, desesperado y desenfrenado.
—Mira mamá, son dos chicos y se están dando un beso —pronunció una vocecita infantil con un deje de curiosidad e incomprensión.
—No mires —replicó una voz femenina.
El cuerpo de Alec reaccionó antes de que su cabeza procesase lo que hacía, apartó a Magnus de un certero empujón con la cara enrojecida por la vergüenza y por el deseo encendido que palpitaba en su interior.
—¿Demasiado rápido? ¿Demasiado apasionado? —preguntó divertido el brujo.
—Estoy un poco confundido —declaró Alec con las mejillas sonrojadas, los dedos de Magnus se la acariciaron con suavidad no recordaba haber tenido tanta paciencia con nadie; acostumbraba a aburrirse con facilidad de permanecer en un punto muerto.
—Tengo mucho tiempo —sonrió.
—Yo no tengo tanto tiempo.
Magnus sujetó la mano de Alec y tiró de él hasta una zona más discreta del parque, el cazador de sombras le siguió como si nada, con la cabeza gacha y el rostro encendido dándole vueltas y más vueltas a lo que acababa de ocurrir. Cuando Magnus se detuvo él lo hizo también, el brujo chasqueó los dedos y al instante apareció una bolsa de plástico con el logotipo de una farmacia.
—Estás herido, un arañazo en la barbilla, otro en el cuello... —contestó Magnus a la pregunta reflejada en los ojos de Alec—. Hay mucha gente para hacer un conjuro.
—Puedo hacerme una iratze —dijo sacando la estela.
—Ah, no. Nada de runas en mi presencia.
El brujo chasqueó de nuevo los dedos haciendo aparecer un mantel con los colores del arco iris repleto de lentejuelas y tomó asiento a la sombra de los árboles, Alec observó curioso el despliegue de algodón, gasas, vendas, tiritas y antiséptico. Se sentó frente a él con cautela, como si Magnus fuera un gato al acecho y él su futura presa.
—No voy a morderte a no ser que quieras que lo haga —susurró Magnus tomándole el brazo—. ¿Quieres que te muerda?
La respuesta de Alec murió antes de ser pronunciada, se miró el codo sorprendido no se había dado cuenta de que tenía una herida, hizo una mueca de dolor. Ahora que prestaba atención le dolía también el hombro y la cadera, seguro que se lo había hecho cuando había protegido a Izzy y parado el golpe de uno de los repudiados.
—¿Ahora te das cuenta de que estás herido? —Alec asintió a modo de respuesta—. Ya veo, la adrenalina te ha mantenido alejado de la realidad.
«Creo que ha sido la prisa...»
—Lo que me extraña es que tu hermana y Jace no te hayan dicho nada. —Alec notó un cierto resentimiento en el modo de pronunciar el nombre de Jace, pero no le dio importancia—. Podrían haberte curado.
—De hecho... creo que Izzy ha intentado avisarme, pero no me he quedado para escucharla.
Los labios de Magnus dibujaron una "o" que pronto quedó convertida en una sonrisa abierta, magnética y deliciosa.
—¿Tantas ganas tenías de verme?
Alec tuvo una de aquellas reacciones de "niño pillado en mitad de una travesura" abriendo mucho los ojos y poniendo morros después como si lo que acababa de pasar le hubiese ofendido.
—No, claro que no —refunfuñó con tanta desgana que Magnus apenas logró entender lo que acababa de decir—. No me gusta llegar tarde a los sitios por el motivo que sea.
—Mejor para mí entonces. —Sonrió leyendo la respuesta auténtica en sus ojos.
Alec se mordió el labio cuando el algodón le tocó la herida del codo, se había olvidado de que el antiséptico escocía, Magnus sonrió, se inclinó hacia delante y sopló delicadamente aliviando el picor. En aquella posición los dedos de Alec rozaban la suave piel del antebrazo del brujo en un contacto cargado de electricidad. Deseaba moverlos y acariciarle el brazo, no obstante se limitó a mirarse la mano, sus dedos estaban llenos de callos por el uso de armas y tanto entrenamiento, sus nudillos cubiertos de finas y blanquecinas cicatrices. No parecían las manos de un muchacho de dieciocho años, las odiaba tanto como a veces se odiaba a sí mismo. ¿Por qué no podía ser normal? ¿por qué no podía enamorarse de una chica? ¿por qué se había enamorado de Jace? ¿por qué tenía que sentirse tan atraído por ese subterráneo? ¿por qué? Su vida era un enorme por qué.
—Los Nefilim sois muy extraños —murmuró Magnus—, las heridas no parecen molestaros y un poco de antiséptico hace que se os salten las lágrimas.
—¿Qué?
—Es la reacción más común entre los seres humanos —continuó—. Una respuesta involuntaria del cuerpo. Deberían inventar un antiséptico que no picase ¿no crees?
Sintió un par de lágrimas que rodaban por sus mejillas sin que él pudiese contenerlas, no hizo nada por eliminarlas con la manga o con el dorso de la otra mano, permaneció inmóvil mirándole. Cuando sus ojos azules se cruzaron con los dorados y verdes de él supo que sabía que no era culpa del desinfectante.
—Dichosos medicamentos mundi, tan desagradables y lentos... —Magnus negó con la cabeza concentrándose de nuevo en el codo de Alec—. Por eso prefiero la magia, es rápida y efectiva.
—La prefieres porque te dedicas a ello.
—Sí, mi magia es increíblemente eficaz.
—Doy fe de ello —añadió Alec. La magia de Magnus le había salvado la vida—. Gracias otra vez, Magnus.
El brujo dejó escapar una risa ahogada algo exasperada, se lo había agradecido aquella noche mientras batallaba contra el dolor aunque Alec no lo recordase, él no lo olvidaría nunca. Y después había hecho lo mismo en su apartamento.
—No podía permitir que el mundo perdiera a alguien tan hermoso como tú. —No necesitó mirar al muchacho para saber que se había sonrojado, su cuerpo había empezado a desprender un calor delator—. Digamos que estamos en paz, Alexander.
—¿En paz? Yo no he hecho nada por ti.
—Sí lo has hecho —contestó acabando de vendarle el codo—. Estás aquí.
Los dedos de Alec recorrieron el pómulo de Magnus con suavidad logrando que éste volviera a mirarle.
—Eso es una nimiedad.
—Para mí no lo es, Alexander.
Alec sintió que aquella declaración poseía una profundidad que se le escapaba entre los dedos antes de poder comprenderla, o tal vez el "estás aquí" lo estaba interpretando mal, o quizás estaba tomándole el pelo. Debía admitir que le costaba ver cuando Magnus hablaba en serio y cuando lo hacía en broma. Aquel tono que usaba cuando hablaba lo convertía todo en una especie de acertijo adictivo.
—Alec —espetó el chico.
—¿Qué? —Magnus puso cara de no entender nada.
—Que me llames Alec, no Alexander.
Magnus se limitó a sonreír y cambió de posición inclinándose sobre Alec para curarle el arañazo del cuello. La yugular del muchacho palpitaba a un ritmo frenético el único signo de nerviosismo externo que se le apreciaba. Evitó hacer algún comentario al respecto, no habría sido una buena idea ahora que parecía empezar a sentirse cómodo con él.
Alec no dijo nada más y Magnus tampoco lo hizo pero dejó que sus dedos se entretuvieran, más de lo necesario, sobre la piel del Nefilim permitiendo que dijeran lo que él no pronunciaba en voz alta. Alec exhaló un suspiro cuando Magnus hubo finalizado su labor, la proximidad de su cuerpo le había resultado tan agradable y real, tan necesaria y natural que ahora que se había alejado se sentía vacío por dentro.
—Ahora tienes mejor pinta —determinó sonriente. Le sujetó la barbilla con una mano y le limpió los restos de sangre con una gasa húmeda—. ¿Alguna herida que no se vea?
—N-no. Gracias.
—Siempre es un placer.
Con un nuevo chasquido de dedos todo, a excepción del mantel, se desvaneció en el aire, Alec notó que cuando lo hacía escapaban llamitas azuladas de sus dedos.
—¿Algún plan para nuestra cita? —preguntó sacándole del ensimismamiento.
—Yo... es que... bueno... —Suspiró algo frustrado—. Quería...
Magnus parecía estárselo pasando de fábula a su costa, pero no podía culparle, estaba siendo tremendamente torpe. En cierto modo había esperado que fuese Magnus quien hiciese algún plan. Podían hablar pero ¿eso era un buen plan para una cita o era lo que se hacía con los amigos y parabatai? No tenía ni idea, pensó en que debería haber prestado más atención a Isabelle cuando le hablaba de sus citas.
—Magnus... tú, en la fiesta...
—Te pregunté si me llamarías.
—Ah, sí, pero no es eso...
»Estabas... quiero decir que, lo que nos contaste. —El brujo le miró con un millar de preguntas centelleándole en los ojos de gato—. Yo... lo dije en serio. Que lo sentía, quiero decir.
Por un momento a Alec le pareció que realmente Magnus no tenía ni idea de lo que le estaba hablando, hasta que cerró los ojos lentamente y dejó escapar el aire de sus pulmones despacio.
—El pasado es pasado, Alec. Sólo me interesa el futuro.
—Ya pero, necesitaba que lo supieras, que no lo dije por decir.
—Eso lo sé, es fácil descubrir cuando mientes —replicó con un punto de orgullo—. Y ahora sé que no es eso lo que querías decirme. Lo veo en esos ojos azules tuyos tan bonitos.
El Nefilim soltó un bufido, era la primera vez que daba con alguien capaz de leerle, normalmente le daban por imposible de descifrar y esperaban a que fuese él mismo quien contase lo que fuera. El problema era que no sabía como decirle aquello, pensaría que era idiota, o un pervertido o ambas cosas a la vez. ¿Cómo iba a decirle que sentía algo por él pero que no sabía qué era, pero que aquel "sí, me gustas" se quedaba corto? ¿cómo decirle que soñaba que le desnudaba y que recorría cada milímetro de piel borrando el recuerdo de Jace? Y todo por aquella fiesta. No podía.
—No estoy muy seguro de... poder explicarlo.
—Mmmm —ronroneó perezoso Magnus—. ¿Es una de esas cosas que son más fácil de hacer que de explicar?
El cazador de sombras estuvo tentado de asentir sin embargo puso su mejor cara de póker. Hizo memoria de los retazos de citas de Isabelle que había escuchado. «En verano es genial compartir un helado o un granizado». Era verano. Estaban en Central Park. Había quiosquillos con helados por todas partes.
—Helado —dijo simplemente, como si esa sólo palabra tuviese un significado cósmico y místico.
—¿Helado? —inquirió con aburrimiento el brujo—. ¿Volvemos a tener doce años?
—No. Claro que no. —Había sido una idea estúpida, de acuerdo, ahora sabía que lo mejor que podía hacer era ignorar con más intensidad las citas de su hermana—. Pero, hace calor y...
—¿Helado de qué?
—¿Melón? —replicó no muy convencido recordando que el brujo tenía una parte felina y que los felinos odiaban los cítricos. Cuando eran pequeños Isabelle solía divertirse acercándole una peladura de limón a Church que se erizaba, arrugaba la nariz y finalmente acababa huyendo como si le persiguiese el rey del infierno en persona.
Magnus chasqueó los dedos y un cono de helado de melón apareció en la mano de Alec que no pudo evitar sobresaltarse.
—Imagina que les he dejado una buena propina —pronunció el brujo evadiendo la previsible pregunta de "¿lo has robado?"—. Además cobran como si estuviesen hechos de oro.
—No era exactamente esto a lo que me refería.
Supuso que tampoco podía quejarse, él buscaba algo más íntimo y menos infantil, pero al menos se había ganado un helado robado. Cerró los ojos y lo lamió con parsimonia y sin prestar un ápice de atención a nada ni a nadie, inmerso en su búsqueda de algo decente que hacer en una cita porque quería tener opción a repetir. Era inútil, sabía matar a un millar de demonios con un clip para papel pero no comportarse como un adolescente normal y corriente.
Abrió los ojos frustrado y se topó con los ojos de Magnus brillando de un modo extraño, se le había quedado la sonrisa congelada, Alec miró el helado y después a Magnus. Estiró el brazo con el codo vendado.
—¿Quieres probarlo?
La sonrisa de Magnus Bane se amplió lentamente en su rostro.
—Claro —contestó la mar de feliz.
Magnus se inclinó hacia delante, pasando de largo del helado, hasta los labios del cazador de sombras. La mano de Alec que sujetaba el helado se aflojó, pero Magnus cerró la suya sobre la de Alec manteniéndolo bien sujeto. La gente les estaba mirando, Alec sentía sus miradas clavadas en él, o tal vez era sólo su imaginación.
Era la cuarta vez que le besaban. Cuatro besos en toda su vida, era un balance un poco deprimente... Magnus Bane le había dado tres y él le había dado uno a Magnus. El primero había sido extraño, el segundo torpe y apresurado, el tercero algo incómodo y ese le había dejado demasiado perplejo para responder al roce de sus labios. Magnus algo frustrado por la poca colaboración de Alec se apartó lentamente hasta que la mano del Nefilim en su nuca le obligó a volver a acercarse. El beso iniciado por Alec estaba lleno de urgencia y necesidad, de miedo y duda, de deseo y pasión. Magnus le masajeó la espalda tensa logrando que poco a poco el cuerpo de Alec se fuese relajando. Se esforzaba demasiado y se contenía en exceso y Magnus se había propuesto cambiar eso.
Un gemido complacido y relajado se coló en la boca del brujo que entonces se permitió bajar la mano desde la cintura de Alec hasta su trasero para pegarlo aún más a su cuerpo. Los dedos del Nefilim se enredaban en su pelo como si aquel fuese el único punto estable del universo, ardiendo en deseos de deslizar su otra mano bajo la camiseta negra de Magnus, pero aquella otra mano estaba atrapada sujetando el helado. Magnus le lamió los labios sensualmente antes de separarse de él lo suficiente para tomar aire con cierta normalidad.
—Delicioso.
—¿Quieres más? —jadeó con la voz ronca y las mejillas bien rojas. Sus manos seguían unidas sujetando el helado que goteaba entre sus dedos y sus cuerpos en contacto—. Puedes repet...
Magnus no le permitió acabar la frase, no necesitaba oír como acababa. Sentir la excitación del muchacho mientras intercambiaban caricias y sus lenguas se enredaban en una especie de lucha sin sentido, le hacía volver a sentirse vivo y real, le permitía recuperar el sentido de que todo tenía un principio. Quizá tardaría en desenmarañar el enredo que tenía aquel cazador de sombras, pero de repente ya no le importaba porque sabía que no iba a aburrirse de esperar. Ver a Alexander Lightwood con aquellos ojos azules brillando después de besarle, el rubor de sus pálidas mejillas y la sonrisa tímida que le decoraba los rasgos, sólo por aquello valía la pena esperar un poco más.
—Lo que daría por un portal... —se lamentó Magnus.
—Haz uno.
—Si te llevo a mi casa no va a ser para jugar a las cartas, Alexander.
—Ya lo sé —replicó con una sonrisa nerviosa—. Lo sé.
Mantuvo su mirada felina sobre la azul de Alec esperando por si se echaba atrás, buscando la duda en sus ojos, pero sólo vio firme determinación.
Le tomó la mano y le arrastró a la zona protegida con un potente glamour. Tramó los signos del conjuro para el portal en el suelo y susurró el conjuro para activarlo. Aprovechó los seis segundos que tardaba en activarse para besar a Alec.
Magnus le arrastró a través del portal, chasqueó los dedos, sin dejar de besarle, y una de las ventanas del salón se abrió. Chairman Meow odiaba el ruido y él pensaba hacer gritar de placer a Alec durante horas.
Enredó los dedos entre el pelo negro de la nuca de Alec y le obligó a echar la cabeza hacia atrás para poder morderle el cuello blanco, su otra mano seguía apretando el cuerpo del Nefilim contra el suyo con fuerza. No soportaba el espacio que había entre ellos, aquella película de ropa que les separaba. Y Alec aturdido y encendido colaba sus manos bajo la camiseta de Magnus y le clavaba los dedos en la espalda deseando fundirse con él, deseando extinguir el fuego que ardía dentro de él.
Aquello era nuevo para ambos. Para Alec que era la primera vez que se dejaba llevar por la pasión acallando a la razón. Y para Magnus que por primera vez sentía una imperiosa necesidad —absolutamente imparable— de restregarse contra alguien en sus ochocientos años de vida.
—Dime que me amas aunque sea mentira —demandó Magnus tirando de la camiseta de Alec para quitársela.
—Te deseo...
Magnus abrió los ojos sorprendido y le tomó el rostro entre las manos con delicadeza, Alec tenía las mejillas sonrojadas y le brillaban los ojos azules.
—Es un comienzo. —El alivio desapareció rápido al pensar que podría estar sustituyéndole por Jace en su imaginación—. Di mi nombre.
—Magnus.
—No lo olvides —susurró desabrochando el cinturón de Alec con dedos ansiosos—. Quiero que hoy pienses sólo en mí.
«Cómo si pudiera pensar en otra cosa» resonó en la cabeza de Alec.
—Sólo pienso en ti, Magnus.
El brujo se dio por satisfecho con aquella respuesta y prosiguió con la labor de besarle y quitarle la ropa mientras Alec intentaba no perder el ritmo en aquella lucha contra la ropa.
Las camisetas volaron estrellándose contra el suelo. Alec se entretuvo dibujando los músculos del torso desnudo de Magnus con una fascinación desconocida, la suavidad de la piel dorada bajo la yema de sus dedos y aquella característica que le había llamado la atención la primera vez que le había visto, la ausencia de ombligo, dibujó un círculo allí donde debería haber estado. Mientras tanto Magnus le besaba y mordía el cuello acariciando de manera inocente su espalda, dejando que Alec llevase el control de la situación para no presionarle, porque una cosa era besarle y otra acostarse con él.
º º º
Magnus le acarició el hombro con suavidad para evitar despertarle, le estaba saliendo un moratón bastante feo, debería curarle aunque fuese una lesión insignificante, verle herido le resultaba doloroso y no sabía por qué ¿qué tenía Alexander Lightwood que le hacía diferente al resto? No era la primera vez que se enamoraba, ni mucho menos, pero sí que era la primera vez que se sentía así, que tenía la certeza de que cuando ese chico muriera una parte importante de él lo haría también. Por primera vez deseaba ser mortal.
No sabía que era, pero fuese lo que fuese, sabía que valía la pena.
Alec abrió los ojos azules y Magnus, con la mano aún sobre su hombro, esperó que se apartara o cualquier otra reacción brusca, sin embargo el muchacho esbozó una agradable sonrisa de dientes blancos. Era la primera vez que le veía sonreír abiertamente y no pudo evitar pensar en lo mágico de aquel gesto. Deseó echarse hacia delante y besarle pero se mantuvo firme con el único contacto de su mano sobre el hombro del Nefilim. Los dedos de Alec se enredaron entre los mechones negros de la nuca de Magnus. Era un contacto extraño e íntimo.
—Tengo que irme —susurró adormilado.
—No voy a impedírtelo.
—Podrías hacerlo. No dejarme salir nunca de esta cama.
A Magnus le hirió la veracidad y la necesidad de sentirse amado que encerraba aquella frase disfrazada de broma. La soledad y el auto-odio que habían carcomido a Alec durante toda su vida. Años de dolor y de incapacidad de sentirse "normal". El miedo al rechazo.
Los labios de Alec cubrieron los de Magnus con suavidad en un beso lento y dulce. El brujo luchó contra el impulso de apresarle bajo su peso y volver a hacerle el amor, borrar del mundo cualquier cosa que ensombreciese su ánimo a base de sexo y jugueteos lujuriosos. Se contuvo pero se permitió deslizar la mano a lo largo de la espalda de Alec y dejarla descansar en su trasero desnudo.
—Magnus...
—Si vuelves a decir mi nombre de ese modo tan sexy —ronroneó y le mordió el labio inferior con ternura— no voy a poder resistirme.
—Tengo que irme —repitió.
—Adelante —susurró Magnus—. No te estoy reteniendo.
Aunque realmente quería retenerle a su lado, no dejarle salir de su cama, sabía que si se sentía acorralado Alec huiría. Siempre existiría esa posibilidad mientras no se aceptase a sí mismo y comprendiera que no había nada malo en él ni en sus sentimientos. Mientras quedase un ápice de miedo Alec podía huir y alejarse para siempre.
Alec desenredó el pelo de Magnus de entre sus dedos y le dio un último beso antes de salir de la cama. La amortiguada luz de las farolas se colaba a través de los cristales polvorientos y las cortinas de terciopelo. Magnus contempló el cuerpo desnudo de Alec con una sonrisa lasciva, poseía un cuerpo magnífico y una increíble piel nívea. Era una lástima que volviese a vestirse, sin ropa estaba impresionante.
Magnus se atavió con su kimono de seda y encendió la luz justo cuando Alec se ponía la camiseta negra. El brujo le acercó las botas que habían quedado una en cada punta de la habitación y se sentó en la cama, junto a Alec, mientras se las calzaba y las ataba con un nudo desgarbado. Le dio un beso en el cuello haciendo que se ruborizase y que ardiese en deseos de que volviera a quitarle la dichosa ropa y volviese a hacerle el amor.
—Antes de irte tienes que hacer una cosa.
—¿El qué?
Magnus le tomó de la mano y le llevó hasta la puerta, Chairman Meow les miró somnoliento desde el sofá con sus ojos dorados verdosos y al momento volvió a acurrucarse ignorándoles por completo.
—Pon la mano aquí —musitó divertido dejando la mano de Alec sobre el pomo y se apartó.
El chico no protestó y permaneció así esperando a ver que ocurría, quizás algún truco de magia o algo así, no sabía muy bien que esperar de un brujo tan poderoso –-y atractivo— como Magnus Bane. Pero pasaban los minutos y no ocurría nada. Alec le dirigió una mirada enfurruñada respondiendo a su sonrisa resplandeciente, la sensación de que le estaba tomando el pelo empezaba a crecer a marchas forzadas. Apretó el pomo de la puerta con más fuerza combatiendo la vergüenza y acallando a su sentido del ridículo.
—Ya está —ronroneó Magnus.
—¿Y esto para qué...?
Pero no pudo acabar la pregunta. Magnus había abierto la puerta y le había empujado afuera sin ceremonias. Se quedó petrificado en el descansillo, ¿le había mantenido haciendo el idiota cinco minutos para echarle de la casa? Si no quería volver a verle podría habérselo dicho. Arrugó el entrecejo, acababa de acostarse con un tío —el primero con el que se acostaba— que le había largado sin más. De repente se sintió estúpido, le había utilizado para echar un polvo.
—Entra —dijo la voz de Magnus al otro lado, Alec puso los ojos en blanco.
—No puedo entrar, sólo tú puedes abrir la maldita puerta.
La puerta de Magnus era como la del Instituto, sólo que es su caso, la puerta únicamente respondía a su contacto para evitar que las visitas no deseadas se colasen.
—Si no lo pruebas nunca lo sabrás —jugueteó con el tono que infligía a las palabras.
—Magnus...
No volvió a decir nada. Alec suspiró y llevó la mano al pomo, se sorprendió cuando este giró y la puerta cedió. Al otro lado la sonrisa traviesa de Magnus le dio la bienvenida.
—Ahora puedes entrar siempre que quieras. —Observó divertido como Alec permanecía petrificado—. Nunca le he permitido la entrada libre a nadie. Nunca. Así que no hagas que me arrepienta, Alexander o tendré que convertirte en... —sopesó el animal perfecto en el que podía convertir a Alec y sonrió—. En un gatito que le haga compañía a Chairman.
—Creo que eso viola alguno de los Acuerdos.
—No podrían pillarme. —Se encogió de hombros con naturalidad—. He aprendido a ocultar muy bien mi rastro.
Y Alec tuvo la certeza de que lo decía en serio, tanto lo de convertirle en un gato como lo de ocultar su rastro. Se abalanzó sobre el brujo y a punto estuvo de derribarlo y le besó con todo lo que tenía, dándole absolutamente todo lo que sentía. Porque aquel gesto, que a ojos de cualquiera podría parecer simple y sin importancia, para él significaba muchas cosas. Significaba ser aceptado tal como era; significaba que alguien le quería sin vínculos sanguíneos o relación de parabatai; significaba que ser gay suponía una sesión intensa de carantoñas, besos y jugueteos cargados de lujuria; significaba más de lo que podría expresar nunca con palabras.
—Gracias —susurró entre beso y beso. La risa de Magnus se mezcló con su aliento sin romper el contacto de sus labios.
—¿De... nada? —replicó divertido.
—Idiota...
—Cabezota —musitó magreándole el trasero y lamiéndole los labios.
—Pervertido —jadeó Alec.
—¿No es algo que te gusta de mí?
Alec sonrió sin darle la satisfacción de decir que sí y le mordió el labio inferior antes de separarse de él.
—Me marcho —declaró abriendo la puerta y dirigiéndole una última mirada desde el descansillo.
—¿Me llamarás?
Alec le dedicó una sonrisa pero no le dio una respuesta, Magnus permaneció en el descansillo de la escalera hasta que lo vio desaparecer y después lo observó alejarse a través de sucio cristal de una de las ventanas de su loft. Aunque no sabía si volvería a llamarle o no, o si emplearía su privilegio de entrada libre, se sentía estupendamente.
Fin
Aclaraciones:
Excusatio non petita, accusatio manifesta: locución latina. Literalmente: excusa no pedida, manifiesta acusación. Se puede traducir como "quien se excusa, se acusa"

domingo, 19 de junio de 2011

Consuelo


Mortal Instruments y sus personajes pertenecen a Cassandra Clare.

Consuelo

Magnus había buscado a Alec por media Alacante sin éxito, en otras circunstancias no lo habría hecho, no con sus padres dando vueltas por allí, pero en aquella tesitura necesitaba dar con él.

Había encontrado a Isabelle sentada en las escaleras de la Sala de los Acuerdos deshecha en un mar de lágrimas, con el maquillaje dibujándole líneas oscuras en las mejillas, jamás había visto a Isabelle Lightwood de aquel modo. Iba a preguntar pero no necesitó hacerlo.

«Max está muerto» había sollozado la muchacha, «Sebastian lo ha asesinado y yo... yo no he hecho nada por evitarlo.»

Magnus con sus dedos largos, blancos y delgados le había acariciado la mejilla en una suave muestra de afecto y apoyo, un subterráneo como él abrazando y consolando a una Nefilim en Idris habría causado demasiado revuelo y sólo conseguiría empeorar la situación, eso era algo que había aprendido hacía mucho tiempo.

«No sé dónde está Alec. Se ha ido hace horas. No le dejes solo» aquellas palabras le arañaron el alma, no supo decir qué era lo que atenazaba el corazón de Isabelle si la pérdida de Max o la huida de Alec. «Le encontraré» le dijo, le dio un rápido beso en la frente antes de partir en busca de Alec.

¿Dónde más podía buscar? Era más que evidente que no estaba en la ciudad, las calles abarrotadas de Nefilim preparándose para combatir eran un caos, pero Magnus sabía que si se lo cruzase lo notaría. Había pensado en hacer un conjuro de rastreo, pero se dio cuenta que no tenía nada que perteneciese a Alec, nada que pudiese usar para dar con él, le dieron ganas de llorar por no haber pensado en pedirle algo a Isabelle.

Se encogió de hombros, lamentarse era un acto inútil, y continuó caminando hacia las afueras. Idris era hermosa de un modo inquietante. La arquitectura era preciosa pero el ambiente era falso e irreal, seguramente la causa era el resplandor mortecino de las Torres Demoníacas, la protección legendaria de Idris. Idris no le gustaba, nunca le había gustado, era un sitio aburrido.

Oteó los alrededores, buscar sin ton ni son tampoco era algo muy recomendable, tenía que ser más práctico. El relieve de los valles de Idris se extendían como en un paisaje impresionista, con su pasto verde y reluciente, su cielo azul y despejado... Unas ruinas despuntaban entre el verdor, Magnus frunció el ceño, no recordaba ningunas ruinas allí, claro que esa era la tercera vez que pisaba Alacante, creía recordar que allí estaba lo que los Nefilim denominaban El Gard. A sus oídos regresaron los rumores que corrían por la ciudad de la caída de El Gard, así que era cierto...

Magnus se encogió de hombros, por echar un vistazo no perdía nada, aunque no le parecía el sitio más apropiado para dar con Alec.

—Lightwoods —farfulló el brujo con desesperación.

Caminar por allí se le hacía sumamente extraño y, en parte, incómodo. Pero se obligó a continuar, le había dicho a Alec que lo suyo no funcionaría, lo había creído de verdad hasta que éste le había prometido presentarle a su familia si sobrevivían al ataque de los Iblis. Tenía que reconocer que con el paso de los años no había aprendido a huir de las relaciones tortuosas, aún cuando sabía que nunca acababan bien. Y la compleja situación de Alec lo convertía todo en algo difícil, por no hablar de que nunca miraba las cosas como debía.

Se llenó los pulmones de aire cuando llegó hasta las ruinas y lo soltó despacio mirando alrededor. Sus ojos dorados toparon con una silueta humana recortada contra la luz del sol, le reconoció al instante.

—Alexander —llamó el brujo, pero el muchacho no se movió ni un milímetro aunque le había oído perfectamente.

Alec mantenía la vista fija en la lejanía de espaldas al brujo. Era como una postal pensó Magnus, una postal triste de la que no puedes apartar la vista aunque te rompa el corazón, con la luz del sol dibujando un halo dorado alrededor de la ropa y el pelo negros del chico. Magnus caminó hasta él y se detuvo tan cerca que cada vez que tomaba aire su pecho rozaba la espalda de Alec.

—He hablado con Isabelle —musitó sin atreverse a tocarle.

—¿Te lo ha dicho? Lo de Max, quiero decir. —Su voz sonaba sorprendentemente entera.

—Sí.

—¿Cómo está Izzy?

Magnus se tragó el "sobrevivirá" que iba a pronunciar, no era la mejor expresión para ese momento.

—Mejor que tú, en mi opinión. —Los músculos de Alec se tensaron—. Necesitas hablar.

—No es hablar lo que necesito.

—¿Qué es lo que necesitas?

Normalmente sabía qué hacer en cada caso, la gente como Jace necesitaba gritar, hacer alguna locura, comportarse como un cavernícola y después desahogarse con la persona en quien confiaba, Isabelle necesitaba oír que no era su culpa y una caricia para sentirse mejor... pero Alec era un enigma en ese sentido.

—Dime qué puedo hacer por ti. —Silencio fue la única respuesta que obtuvo—. Alec, por favor...

—¿Qué estaba haciendo mientras mataban a mi hermano? ¿Por qué no estaba allí? —dijo en tono frío y carente de emociones, como un autómata—. ¿Por qué dejé a Isabelle y Max solos con Sebastian? ¿Qué había más importante que la vida de mi hermano?

—Protegías tu ciudad —contestó con rotundidad—. Cumplías con tu deber como Nefilim, aunque eso no lo haga más fácil. No tenías motivos para sospechar de Sebastian. Nada de esto es culpa tuya, Alec.

—¿Y por qué me siento como si lo fuera?

—Porque eres una buena persona y quieres a tu hermano, a tu familia, a tus amigos.

—Magnus...

El brujo le rodeó los hombros con los brazos con firmeza y presionó su mejilla contra la pálida de Alec, el muchacho exhaló un suspiro cargado de pesar y apoyó sus manos sobre los antebrazos de Magnus con suavidad.

—¿Por qué he podido salvarte a ti pero no a Max?

—Hay preguntas que no tienen respuesta.

Aquella pregunta dolía pero no podía culparle. Max era un niño que apenas había empezado a vivir además de su hermano y él no era más que un subterráneo con el que mantenía algo similar a una relación. Seguramente, en su lugar, él se habría preguntado lo mismo y hubiese albergado el mismo deseo secreto de que las cosas hubiesen sido diferentes.

—Dime una —barbotó con brusquedad cosa que Magnus agradeció ya que era un avance, volvía a mostrar emociones.

—Mi aspecto, por ejemplo. —Alec se apartó ligeramente para poder mirarle a la cara—. A parte de mis ojos y de que no tengo ombligo no hay ningún otro rasgo que delate que no soy un humano normal y corriente, y actualmente ni eso, hay lentillas de gato en cualquier óptica o tienda de disfraces.

—No tienes un aspecto precisamente normal, con tanta purpurina y colorines. Por no hablar de las llamas azules que se te escapan de la punta de los dedos de vez en cuando. —Estiró los dedos y acarició el contorno de la oreja de Magnus.

Magnus sonrió al sentir el cuerpo de Alec más relajado.

—Cuestión de gustos —declaró sentándose junto a Alec sobre el muro derruido de El Gard. Cada uno por un lado diferente con solo sus hombros rozándose—. Hay quien me considera fascinante.

—¿Fascinante? —inquirió con humor.

—Pues sí —replicó con un toque de orgullo.

—A Max... le habrías gustado mucho —murmuró agachando la cabeza, los mechones de pelo negro le taparon los ojos—. Se había aficionado a los cómic manga, tienes pinta de dibujo manga...

Alec se movió para abrazarle, en aquella posición era algo complicado por lo que Magnus tuvo que hacer acopio de todo su sentido felino del equilibrio y girarse un poco para evitar caer al suelo y poder corresponder a aquel gesto. Le acarició la espalda suavemente, Alec con la cara enterrada en su pecho tembló entre sus brazos y Magnus supo que lloraba aunque lo hiciera en silencio. «Los Nefilim no lloran» pronunció una voz venida del pasado en su cabeza, la voz de otro Lightwood de ciento treinta años atrás, «los Nefilim sois demasiado obstinados y estúpidos para reconocer que lo hacéis» le contestó Magnus a aquella voz.

—No pasa nada, Alexander —susurró—, todo está bien.

El muchacho asintió sin decir nada y se dejó mimar por aquel hombre de aspecto excéntrico, rasgos asiáticos y ojos de gato que siempre sabía como hacerle sentir mejor, y que había cambiado su vida de un modo tan íntimo.

—Te quiero Magnus —pronunció antes de poder pensar en lo que decía, pero una vez dicho ya no había vuelta atrás.

—¿Me quieres? —le devolvió la pregunta que le había hecho mientras luchaban contra los demonios Iblis en la plaza de la Cisterna.

Alec asintió. Roto por la pérdida de su hermano y por alegrarse de haber salvado la vida de Magnus, por haber deseado que le besara mientras aquel monstruo de Sebastian asesinaba a su hermanito. ¿En qué clase de monstruo le convertía el sentirse feliz por estar junto a Magnus? ¿Qué clase de persona era?

Sollozó sin poder contener más lo que sentía. Si los Nefilim no podían llorar le daba igual, los cazadores de sombras tampoco eran homosexuales y él lo era, tampoco se enamoraban de subterráneos, así que lloraría y se dejaría consolar por un brujo de ochocientos años con el que se había acostado una docena de veces y al que acaba de descubrir que amaba con locura.

Fin

Escrito el 19 de junio de 2011

jueves, 2 de junio de 2011

Inmortal


Mortal Instruments y sus personajes son propiedad de Cassandra Clare.

Inmortal

—Si pudieras pedir un deseo ¿cuál sería? —le preguntó Isabelle.

Alec pensó durante un buen rato. Estaban ambos en la habitación de Alec tumbados sobre la cama. Isabelle tenía las piernas levantadas y los talones apoyados en la pared blanca donde reposaba la cabecera del lecho, su cabeza quedaba más o menos a mitad de la cama junto a la de Alec que con las piernas colgando por el otro lado de la cama y las manos apoyadas sobre su pecho le clavó sus ojos azules y brillantes.

—No lo sé.

—No te creo —replicó ella. Estaba convencida de que sí que lo sabía y ella tenía la sospecha de saber lo que era—. Venga, dímelo.

—¿Cuál pedirías tú?

Isabelle le regaló una mirada enfurruñada.

«Recuperar a Max» pensó y sus ojos negros se ensombrecieron «haber hecho caso de mi instinto y desconfiar de Sebastian». Isabelle cerró los ojos y cuando volvió a abrirlos aquella sombra de tristeza ya no estaba.

—Un novio guapo y decente.

»Alec, no tiene nada de vergonzoso.

—¿El qué, Izzy?

—Lo de Magnus.

Alec tosió, se había atragantado con su propia saliva. Sus mejillas se tiñeron de rojo al instante. A Isabelle jamás dejaría de sorprenderle la forma que tenía su hermano de reacción ante las cosas que le daban pudor, cómo podían parecerse tan poco en aquel aspecto.

—Ya lo sé —farfulló—. No me avergüenzo.

—Alec... ¿Magnus te trata bien?

Él estiró el brazo y le acarició el nacimiento del flequillo, su hermana cerró los ojos ¿cuánto hacía que no compartían un rato de charla y confidencias? Había perdido la cuenta.

—Sí.

—¿Y cómo es en la ca...?

—¡Izzy! No pienso contestar a eso.

—¿Por qué? —protestó con un mohín infantil devolviéndole una mirada oscura y profunda.

—Porque no. Tú a mí no me cuentas esas cosas.

Isabelle Lightwood dibujó una enorme y descarada sonrisa.

—Porque tú no me preguntas —le dijo—. Yo no tengo inconveniente en explicarte lo que quieras saber.

—¿Quieres decir que Simon y tú...? —Los ojos azules de Alec se abrieron como platos—. Izzy...

—¿Te sorprendería?

—Sí... no... aaah.

—Ya no soy una niña, Alexander.

Alec cerró los ojos y se llenó los pulmones de aire.

—Ya lo sé.

—Alec.

—¿Sí?

—Si Magnus Bane te rompe el corazón le presentaré a mi látigo de electro.

La risa escapó de sus labios, hacía mucho que no oía reír a su hermano, al menos de aquel modo tan ligero y sin amargura tiñéndole la risa. Era agradable haber recuperado al Alexander Lightwood lleno de ternura y buen humor, el Alexander Lightwood que ella quería tanto.

—Creo que eso ya lo sabe, Isabelle.

—Eso demuestra que es inteligente. —Sonrió ella.

El móvil de Alec vibró entre ellos, él lo tomó sin mucho interés en sus rasgos, con el pulgar sobre la tecla de descolgar miró la pantalla. Su reacción hizo reír a Isabelle. Alec había descolgado con la cara roja, se había incorporado con tanto impulso que acabó cayéndose de la cama y maldiciendo entre dientes. Al otro lado del teléfono oía el tono cantarín de Magnus Bane preguntándole algo a lo que Alec no podía responder en ese instante porqué se estaba mordiendo el labio para no gritar de dolor.

Isabelle cogió el móvil que su hermano le tendía.

—¿Alec? —preguntó la voz de Magnus.

—No, soy Isabelle.

Sintió que al otro lado de la línea el brujo dudaba.

—No te has equivocado —contestó a la pregunta no formulada—. Es que se ha caído de la cama y ahora está demasiado ocupado fingiendo que no se ha hecho daño para hablar.

—¿Se ha caído de la cama?

—Ya sabes cómo es, ¿no? —musitó divertida—. Siempre cayéndose de algún lado.

—Deberías hacerle una runa curativa entonces.

Isabelle sonrió a su hermano doblado en el suelo.

—No hay ninguna que cure lo que le duele.

Alec le arrebató el teléfono a Izzy de un certero manotazo.

—Idiota —gruñó Alec con el móvil en la oreja.

—Muy bonito, yo me preocupo por ti y tú me llamas idiota —replicó Magnus.

—No... se lo... —Isabelle rió haciéndose un ovillo sobre la cama de Alec, era tan divertido—. Hablaba con esa maldición que tengo por hermana. —Alec atizó con la almohada en el hombro a la chica que reía—. A ti no... tú no... ¿ha pasado algo?

—¿Sólo puedo llamarte cuando pasa algo? —preguntó fingiendo sentirse ofendido.

—No, sabes que no, pero... —Alec echó un rápido vistazo al despertador—. Son las tres de la madrugada y...

Isabelle señaló en silencio que en realidad eran las tres y cuarto, ya no reía pero se lo estaba pasando en grande, Alec movió la mano indicándole que le dejase en paz.

—Tienes razón. Pasa algo muy grave —contestó Magnus—. Estaba soñando que estaba en una fiesta. —Alec tapó el micrófono del teléfono y suspiró. Los sueños que empezaban con una fiesta siempre acababan de un modo extraño—. Estaba rodeado de Nefilim, algunos con muy poco gusto vistiendo. De repente me giraba para ofrecerte algo para beber y no estabas, entonces me he despertado.

—¿Y qué pasa? —inquirió con inocencia.

—Que me he despertado y no estás aquí.

Magnus tumbado sobre su cama con su kimono de seda se enroscó un mechón de pelo en el dedo índice. Después de sus magníficas vacaciones aún no se había acostumbrado a abrir los ojos y no tener a Alec durmiendo a su lado con aquella carita tan dulce y vulnerable que ponía.

—¡Qui... quieres dejarme en paz, idiota! —gritó Alec y Magnus tuvo que apartarse el teléfono del oído para no quedarse sordo.

Aquellas palabras vinieron acompañadas de un montón de ruidos misteriosos, golpeteos, un quejido, varías carcajadas y el latido de su corazón dolido por lo que le acababa de decir su novio. Un portazo tronó a través de la línea telefónica.

—¿Magnus? —Éste no contestó, no tenía ganas de contestar—. ¿Estás ahí? ¿Magnus...?

Chairman Meow saltó sobre la cama lleno de curiosidad por el cambio de humor de su amo, se rozó en su mano, maulló y ronroneó encantado con los mimitos.

—Magnus, oigo a Chairman Meow ¿por qué no contestas?

—¿No quieres que te deje en paz? —Suspiró el brujo.

—Perdona, se lo decía a Izzy. Es peor que un demonio Raum.

—No sé si creérmelo.

Alec rió a través de la línea arrancándole una sonrisa muy a su pesar, adoraba la musicalidad de su risa.

—No has venido —dijo Magnus ofendido—. Ni me has llamado.

—Lo siento. Me he pasado todo el día en una reunión aburridísima con la directora del Instituto de Shangai. He vuelto hace apenas una hora.

—Podrías haberme llamado cuando has vuelto.

—Odias que te despierten. —Rió de nuevo—. Seguro que me hubieses gritado por ello.

—Yo nunca haría eso, Alec. ¿Por qué estabas aún despierto?

—No puedo dormir... —confesó—. No he logrado dormir ni una noche desde que estoy aquí.

—Puedo hacer algún hechizo para que duermas.

—No es cuestión de hechizos.

Magnus sonrió feliz y tironeó cariñoso de los bigotes de Chairman Meow que retozó sobre la sábana hasta quedar con la barriga al aire tentando a los dedos de su amo para que le rascaran.

—¿Intentas decirme que me echas de menos?

—Sí —contestó Alec.

—¿Cuánto tardas en venir? —Él no podía pisar el instituto Maryse le mataría si lo hiciera.

—Veinte minutos, diez si voy corriendo.

—¿Sabes qué necesitamos? —ronroneó Magnus. Alec esperó la respuesta sin decir nada—. Un portal.

—A mi madre le gustará tanto esa idea como la certeza de que siempre que desaparezco acabo en tu cama.

—Eso no es verdad —determinó en tono divertido—. A veces acabas en mi sofá o en la moqueta o en la mesa o en...

Alec soltó un bufido que Magnus había aprendido a interpretar como "deja de decir esas cosas tan abiertamente que me da vergüenza", algo que personalmente encontraba la mar de adorable.

—¿Vas a venir o tengo que mandarte una invitación por correo?

—Voy.

Tras colgar Alec se coló la cazadora negra y se volvió a calzar las botas que se había quitado apenas media hora antes. Abrió la puerta encontrándose a Isabelle en cuclillas al lado de su puerta con una sonrisa burlona en la cara.

—¿Te fugas para ir a ver a tu novio? A mamá le daría un infarto si lo supiera.

—Antes me has preguntado qué desearía —murmuró Alec mirándole con seriedad—. Que guardes silencio y no se lo cuentes.

—A sus órdenes general Alexander —contestó bromeando.

—Tonta.

Isabelle observó a su hermano alejarse por el pasillo corriendo como si fuese a apagar un incendio. Pensó que era bonito tener a alguien que te esperase a horas intempestivas de la noche o que te llamase sencillamente para oír tu voz cuando no podía dormir. Una lágrima le rodó por la mejilla ¿cuándo había empezado a envidiar la felicidad de su hermano? Era curioso. Siempre había creído entender cómo se sentía Alec viendo a Jace flirtear con todas las que se le ponían a tiro, pero no era hasta ahora que había empezado a comprender realmente cómo se había sentido todo aquel tiempo, ahora que Alec tenía algo que ella buscaba, deseaba y envidiaba.

«Me alegro mucho por ti, Alec.»

Isabelle se puso en pie, se estiró como un gato y recorrió el silencioso pasillo de vuelta hasta a su habitación.

«Si pudiera pedir un deseo, Alec, desearía que fueses inmortal para que nunca tuvieses que separarte de Magnus Bane.»

Fin

Escrito el 01 de mayo de 2011

jueves, 26 de mayo de 2011

Envejecer

Mortal Instruments y sus personajes son propiedad de Cassandra Clare.

Envejecer

Alec abrió los ojos. Aún era de noche, la habitación permanecía en una penumbra sólo rota por el resplandor amortiguado por las cortinas procedente de las farolas de la calle. Aquellas sábanas blancas, que había esperado que fuesen de colorines, se ceñían sobre su cuerpo desnudo en una especie de nudo imposible de deshacer. No le sorprendía despertarse de ese modo porque siempre le ocurría lo mismo.

Tumbado boca abajo giró el cuello para ver el sereno perfil de Magnus durmiendo a su lado. A veces Alec se hacía preguntas en noches como aquella mientras le veía dormir. ¿Cuántos años tenía Magnus? Se lo había dicho, una vez, tal vez dos, pero aquel número de tres cifras no parecía encajar en la imagen joven de su amante, no aparentaba más de veintidós o veinticinco a mucho estirar. Y él, que ahora era apenas un adulto, con sus diecinueve años recién cumplidos y sus rasgos aún algo aniñados que pronto comenzarían a cambiar. Algún día no muy lejano, y contando con que un demonio no acabase antes con su vida, empezaría a envejecer y llegaría el momento en que desentonaría a su lado. Magnus sería siempre joven y él no.

Envejecer no era lo que le preocupaba realmente, era el tener la certeza de que algún día dejaría de atraer a aquel brujo al que amaba.

Chairman Meow maulló desde alguno de los sofás de la sala como si le estuviese exigiendo que dejase de pensar cosas deprimentes y mandándole a dormir. Alec esbozó una sonrisa y acto seguido trató de deshacerse de las sábanas blancas procurando no moverse demasiado para evitar despertar a Magnus. Soltó una maldición entre dientes. ¿Por qué él acababa siempre envuelto como un rollo de primavera y Magnus desnudo y espatarrado cómodamente ocupando casi toda la cama? A veces sospechaba que era una treta del brujo para evitar que se marchase a media noche sin avisar.

—Aunque personalmente considero que estás irresistible de cualquier manera —musitó Magnus sin abrir los ojos—, permíteme decirte no te queda nada bien ese ceño arrugado.

—¿Te he despertado? —preguntó sintiéndose idiota.

—Ha sido Chairman Meow.

El brujo permaneció en silencio atento a los sonidos del exterior, Alec había pasado allí noches suficientes como para saber que de vez en cuando llegaban visitas no programadas en busca de alguna cura o algún favor y, que Magnus, siempre se mantenía en silencio como si durmiera hasta dilucidar de qué se trataba. Abrió los ojos y soltó el aire despacio, Alec supuso que simplemente quien fuera había pasado de largo.

Magnus se tumbó de lado y chasqueó los dedos, al instante, el cuerpo de Alec se vio liberado de la presión de la sábana blanca. Los ojos felinos de Magnus reflejaban la luz en las córneas haciéndolos brillar igual que los de un gato. Alec sabía que podía verle a la perfección a pesar de la poca luz de la habitación; los primeros días le había dado una vergüenza mortal la certeza de que podía ver su desnudez con claridad, ahora ya no le preocupaba.

Magnus estiró el brazo y prendió una de las lamparitas, no porque lo necesitase. Alec luchó contra el irrefrenable acto reflejo de cerrar los ojos hasta que se adaptasen a la nueva iluminación, las pupilas del brujo se convirtieron en dos finas líneas sobre el fondo dorado y verdoso de sus iris. Cuando el joven cazador de sombras pudo dejar de parpadear encontró el rostro del brujo a milímetros del suyo.

—A mí no me engañas Lightwood.

—¿De qué...?

—Te preocupa algo.

Alec le maldijo para sus adentros por saber leerle tan bien pero le perdonó al instante cuando le besó. Se apretó contra su pecho dejándose arrastrar por la marea de sensaciones que le provocaba la lengua de Magnus jugando con la suya. Sus dedos largos y delgados le dibujaban las finas cicatrices que tenía en la espalda desnuda de las incontables batallas, algunas de aquellas heridas las había sanado el propio Magnus. El Nefilim le acarició la nuca resiguiendo el camino de vértebras y músculos.

Cuando Magnus se apartó de sus labios y movió la mano derecha para chasquear los dedos, Alec pudo ver la marca fina y blanquecina de la runa de unión que él le había dibujado para la batalla contra los demonios de Valentine, él llevaba la equivalente, también en la mano derecha, y de algún modo le hacía sentir seguro de que lo suyo no era fruto de un juego pasajero. Los labios de Alec se curvaron en una sonrisa tímida pensando en que debería ser Magnus quien sintiera aquello ya que, él había creído estar enamorado de Jace y le había costado demasiado aceptar que a quien amaba era a Magnus Bane.

La sábana había reaparecido y esta vez les tapaba a ambos. Alec permaneció inmóvil acariciando los cabellos del brujo de manera inconsciente.

—Y ahora que te he hecho sonreír —empezó mientras frotaba su nariz contra la de Alec— dime que te preocupa.

Los dedos del chico detuvieron su caricia al instante y clavó sus ojos azules en los dorados de él. Magnus se dio cuenta de que esperaba que se hubiese olvidado del tema. Alec inspiró hondo para después soltar el aire poco a poco, Magnus ciñó un poco más el abrazo en una muda muestra de apoyo.

—Algún día pareceré un anciano y tú seguirás siendo joven, Magnus.

El brujo entreabrió los labios, acarició la mejilla del Nefilim. No había pensado en eso y tampoco había imaginado que envejecer fuese una preocupación para aquel muchacho acostumbrado a arriesgar la vida en cada lucha desde que apenas era un niño.

—Alec.

—Qué estupidez —farfulló con las mejillas teñidas de rojo encendido consiente del compromiso que significaba el plantearse envejecer al lado de un hijo de Lilith—. Olvídalo.

—Creo que olvidas con quien compartes cama joven Nefilim. —Sonrió mostrando aquellos dientes puntiagudos—. Soy Magnus Bane, el Gran Brujo de Brooklyn y no me he ganado ese sobrenombre convirtiendo a mundanos en ranas o haciendo juegos de adivinación en un tenderete callejero.

—No existen las pociones de la juventud eterna y no creo que haya ningún hechizo, conjuro o truco de magia que evite lo que es inevitable.

Los ojos azules de Alec destilaban tanta agonía que a Magnus se le hizo un nudo en la garganta; era dolorosamente cierto. No existían ese tipo de cosas, ninguna cura milagrosa contra el paso del tiempo. Quizá en el libro blanco, pero tenía serias dudas. En sus largos años de vida había perdido a demasiados seres queridos y amantes.

Alec enredó los dedos entre los mechones de pelo negro salpicados de colores de Magnus del mismo modo en que lo hacía cuando le besaba y empezaba a quitarle la ropa.

—Encárgate de disfrutar de cada segundo —le susurró contra los labios—. Eso es lo único que debe preocuparte, Alexander Lightwood.

—Cada vez que me llamas así me recuerdas a las broncas de mi madre cuando era un niño y me pillaba haciendo algo que no debía —contestó con el ceño ligeramente fruncido pero en tono divertido.

Chairman Meow volvió a maullar desde el sofá y sonó como un "callaos ya, que no me dejáis dormir". Magnus rió y Alec lo hizo también.

Las manos del brujo recorrieron la anatomía del Nefilim dispuesto a hacerle disfrutar un buen rato y borrarle las preocupaciones, todo de una sola vez.

Fin

Escrito el 25 de Mayo de 2011