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sábado, 12 de febrero de 2011

Melodía



Code: Lyoko y sus personajes pertenecen a MoonScoop y France3

Melodía

Un sábado sin clases siempre era algo para celebrar. Odd lo sabía perfectamente y quería celebrarlo por todo lo alto. Lástima que no pudiese.

¿El problema?

Jérémie estaba liado con a saber qué cosa de ordenadores para alguna cosa con nombre aburrido y aplicaciones poco comunes.

Aelita y la Hertz montaban un proyecto para la clase de química. Desde que dejaran de combatir en Lyoko que la muchacha había pasado a ocuparse de colaborar con la profesora, aquello le gustaba y lo disfrutaba, al menos había recuperado la sonrisa tras perder a su padre.

Ulrich…

Bueno, desde que se decidiera a declararse que era casi imposible verle el pelo. Si no fuera porque iban a la misma clase y compartían habitación en la residencia del Kadic llevaría meses sin verle. Ulrich y Yumi siempre estaban juntos en algún sitio. En el cine, cenando, en los recreativos, entrenando…

Además era San Valentín, el amor flotaba en el aire como la gripe en diciembre. Mirase adonde mirase había parejitas haciendo manitas. El parque, la biblioteca, la cafetería…

No era que, de repente y sin previo aviso, hubiese dejado de gustarle San Valentín, una fiesta que significaba chocolate, arrumacos y amor no era como para despreciarla. Pero ninguna chica se le había acercado, ni dado chocolate, ni hecho manitas y el amor por él no lo estaba oliendo ni de lejos y eso que ya estaba bien entrada la tarde.

Desde que tenía memoria, que se remontaba a cuando tenía cuatro años, nunca había pasado un San Valentín solo y eso era un duro golpe para su orgullo.

Seguro que Aelita buscaba a Jérémie cuando acabase con la Hertz. Ulrich y Yumi... bueno, ellos seguro que se daban de golpes y después se comían a besos. Hasta William, el eterno enamorado de Yumi, tenía novia; cogidos de la mano y riendo como idiotas en un banco, William y Emilie. Él nunca había hecho eso con Emilie. Se habían pasado los días haciendo manitas, dándole a la lengua, pero hablar, lo que se dice hablar, más bien poco.

A lo lejos vio a Hervé de la mano de una chica y pensó que eso ya era el colmo ¡hasta Hervé tenía una novia! ¿y él qué? Deambulando como un alma en pena por Kadic. Vagando como un zombi en busca de algo que llevarse a la boca…

No quería seguir paseándose solo, dejando en evidencia su soltería, si lo hacía podía acabar convirtiéndose en la supernoticia del mes de febrero. No le convenía en absoluto. En el comedor había demasiada gente lo que lo convertía en el peor lugar en el que refugiarse a esperar a que acabase el día; en la biblioteca se aburriría como una ostra. Jim le haría hacer deporte hasta caer muerto si se le ocurría pisar el gimnasio.

La sala de música. Esa era la mejor solución. Casi nunca había nadie, los profesores no la pisaban fuera del horario de clases. Y había todo lo que necesitaba alguien como él: música.

Caminó bajo las grandes arcadas que conectaban los edificios procurando no ser visto. Un escalofrío le recorrió la columna, en la sombra hacía un frío que pelaba, notaba la punta de la nariz helada, hundió las manos en los bolsillos de su cazadora púrpura, encogió los hombros y apretó el paso.

El portón metálico se abrió con una sacudida, cuando hacía frío la puerta siempre se atascaba. A un lado la escalera que subía al almacén y a la salida de emergencia del ala este de los dormitorios y al otro la sala de música. Había luz que escapaba de la puerta de madera entreabierta. No era el único que había decidido pasar allí la tarde. Se oía un suave repiqueteo rítmico en el suelo.

Odd entró quitándose la chaqueta que le molestaba en el caldeado interior del edificio. Y en aquel instante la vio.

Sobre el escenario, sujetando el pie del micrófono con aplomo, marcaba el compás con el pie la que se le antojó una estrella de la música. Con la melena negra balanceándose a su espalda, la camiseta ceñida de color rosa de manga larga que dejaba su ombligo al descubierto, el vaquero clásico y desgastado con parches en los bolsillos, y botines a juego con la camiseta. Tenía una imagen fascinante.

Y entonces de sus labios brotó la más maravillosa de las melodías. Y ahí estaba él con la boca abierta, mirándole como si alguien le hubiese dado al botón de pausa de su mando a distancia, mientras ella, con los ojos cerrados y los auriculares blancos asomando entre su pelo, cantaba.

Las notas danzaban en el aire acunando las palabras cargadas de desamor, melancolía y una nueva esperanza. Jamás había escuchado aquella canción pero fue como si, en parte, hablase de él mismo. Como si hubiese encontrado algo que le faltaba y no se hubiera dado cuenta hasta aquel preciso instante.

Sissi se quitó los auriculares con un suspiro sin abrir los ojos. Cantar la relajaba, aunque no se le diese tan bien como le gustaría. Había sudado sangre para dar con alguien que quisiese tocar las viejas partituras, compuestas por su padre cuando era joven, y que se dejase grabar. Ninguna de ellas tenía letra pero ella las inventaba según lo que le transmitía la melodía.

Se puso tensa al oír aplausos, abrió los ojos y enfocó a Odd frente al escenario sonriente. Se mordió la lengua para no pegarle un grito poco femenino y aún menos educado. Torció la boca en muestra de descontento.

Llevaba un mes esforzándose al máximo para no verle y al muy idiota parecía que se lo hubieran dicho porque no paraba de darse de bruces contra él, incluso cuando creía estar sola. No quería enamorarse de Odd Della Robbia, preferiría enamorarse de una rata de alcantarilla mugrienta llena de piojos, pulgas, garrapatas y con la rabia que por las noches le mordiese los tobillos con saña mientras un tiranosaurio le pisaba los dedos de las manos.

—¿A qué viene ese careto? —preguntó él sin rastro de aquella sonrisa.

—¿Qué haces aquí, Della Robbia?

—Que yo sepa esta sala es de todos, Delmas —replicó con retintín.

—¿No tienes una novia a la que manosear?

Odd sintió aquella pregunta como una puñalada, se desinfló y notó como la mala leche se apoderaba de todo su ser, no por la mención a su falta de chica si no por quien se lo había restregado por la cara.

—Al menos lo mío tiene cura —espetó él—, porque el que Ulrich se fije en ti lo tienes cada día más negro.

Sissi abrió la boca pero volvió a cerrarla sin decir nada y Odd se quedó mudo por lo que acababa de decir, no era propio de él no sabía de dónde había salido eso pero no le había gustado ni un pelo.

—Lo siento Sissi.

Altiva como ella sola, Sissi, giró la cara haciendo ondear su pelo negro. Enrolló el cable blanco de los auriculares alrededor del MP3 y los metió en la mochila al filo del escenario.

—Va en serio —insistió Odd—. Lo siento.

—Ya te he entendido la primera vez.

—¿No vas a perdonarme?

Sissi soltó un bufido similar al de un gato cabreado y le taladró con la mirada.

—¿Te han dicho alguna vez que eres muy pesado?

—Mmm... No —pronunció sonriente y nuevamente relajado.

—Pues eres muy pesado. Más que pesado, pesadísimo.

Ella se sentó en el escenario con las piernas colgando. Odd admiró su fortaleza porque a cualquier otra se le habrían humedecido los ojos por aquel golpe bajo o se habría enroscado en algún rincón a llorar mientras maldecía a su mala suerte. Pero ella no se hundía, se enfadaba y le retaba.

Odd caminó hasta la escalerilla y subió a hacerle compañía sentándose a su lado. Quería hablarle, pero no sabía de qué. Por una vez Odd no sabía qué decir.

Sissi tenía las manos apoyadas sobre la tarima del proscenio y la mirada fija al frente. Estaba tranquila y relajada.

Él se levantó, tenía una idea. Fue hasta la parte trasera del escenario y sonrió satisfecho.

—¿Puedo? —Odd tomó la guitarra y aguardó la respuesta.

—Supongo.

Le observó acercársele inexpresiva ¿Qué iba a decirle? La guitarra era de él. Odd la cogió con decisión y tocó algunos acordes que Sissi reconoció al instante. Una canción que su padre escuchaba a diario desde que era niña, había aprendido a amar aquella melodía.

—Free Fallin' —musitó.

—¿La conoces? —preguntó él.

Conocía la respuesta a la pregunta desde hacía un año. Ella misma se lo había explicado por internet. Tom Petty & The Heartbreakers.

—Es mi favorita —contestó.

—¿Sabes la letra?

Como respuesta la voz de Sissi se dejó oír clara entonando cada nota de aquella canción, la guitarra de él abrazaba cada palabra meciéndola con suavidad. Música y voz, como si hubiesen sido creados para estar juntos y sólo pudiesen funcionar de aquel modo.

La canción acabó, inundando la sala de silencio, como si la magia del mundo hubiese acabado sin dejar rastro.

—Della Robbia —murmuró.

Odd arrugó el entrecejo ¿por qué demonios le había dado por llamarle por el apellido? Le molestaba.

—¿Qué, Delmas?

—Eras tú, ¿verdad?

—No sé de qué me hablas —contestó con sinceridad.

—El que conocí por internet.

—¿Internet?

Procuró disimular pero sabía que no había sido nada convincente, Sissi no era tan tonta como parecía a veces, ahora que la conocía lo sabía con seguridad. Los ojos castaños de ella le miraban fijamente, no había colado.

—La canción —dijo ella—. No es tan conocida y menos entre la gente de nuestra edad. Y habiendo oído tus composiciones y tu MP3, lo último que te pega es escuchar Free Fallin'.

—Sé apreciar una buena canción cuando la escucho.

—No eres tan inocente como pretendes parecer, Della Robbia.

Odd bufó y ella le sonrió.

—Deja de llamarme por el apellido, Delmas.

—No soy estúpida, Della Robbia —declaró poniendo énfasis en el apellido—. Mi… el tío que conocí dijo que era de Australia, pero que era de ascendencia italiana. ¿Sabías que hay un único australiano en Kadic? Tú, Della Robbia.

Acababa de demostrar ser más astuta de lo que él creía, él pensaba que Paul Gaillard era australiano, quizás no lo había entendido bien.

—Eres un imbécil —siseó abrazándose las rodillas.

—¿Por qué?

—Yo sólo quería encontrar a alguien que pudiera quererme. Adelante, ríete, te lo he puesto en bandeja.

—¿Yo no sirvo para quererte? —Sintió un leve rubor ardiéndole en las mejillas.

—Muy gracioso —espetó—. No quiero a un tío que me quiera una semana y después me tire como un pañuelo de papel.

—Sissi —susurró sin apenas ser consciente—. Yo puedo…

Sissi suspiró y hurgó en el interior de su mochila rosa peluda hasta dar con lo que buscaba, una cajita naranja que hizo ruido al moverla. Sissi tiró del lazo lila perfectamente atado y lo deshizo como si nunca hubiese existido, abrió la tapa y un intenso olor a chocolate inundó sus sentidos.

—¿Quieres? —le preguntó a Odd—. Los preparo cada año pero nunca tengo a quien dárselos así que me los como yo.

—Está Ulrich, ¿no?

Odd tomó uno de los bombones con forma de corazón y lo observó antes de metérselo en la boca, debía de haberle llevado horas hacerlos y además estaban buenísimos.

Sissi suspiró.

—No se los daría, él no sirve.

—¿Qué quieres decir? Siempre le regalas cosas.

—Yo le quería, pero él nunca me habría querido a mí.

Sissi mordisqueó un bombón con forma de estrella. Había hablado en pasado.

—¿Ya no te gusta? —preguntó Odd con la sorpresa brillando en sus ojos lavanda.

—Nunca me ha gustado —replicó molesta—. Siempre he estado enamorada de él.

—Pero ya no.

Ella le miró mordiéndose una piel del dedo pulgar, estaba dando más información de la debida, era idiota. Ese cotilleo podía alimentar las bromas de Odd durante meses.

—Sissi —la llamó apartando la mirada—, ¿por qué eres siempre tan estúpida? Las pocas veces que he hablado así contigo… —Sissi recordaría menos de las que eran realmente por las vueltas al pasado, pero eso no importaba—. No eres así.

—¿De dónde has sacado la partitura de Free Fallin'? —cambió de tema.

—De internet.

—Claro.

—Estos bombones están de muerte. —Devoró uno con forma de nota musical.

Ella le tendió la cajita naranja.

—Quédatelos, el chocolate engorda.

—Gracias.

Sissi se tumbó boca arriba en el escenario con las piernas aún colgado y cerró los ojos, puso las manos con los dedos entrelazado sobre su estómago.

Odd se inclinó sobre ella y juntó sus labios.

—Lo dije enserio —susurró tomando la mano de ella y sin separarse apenas de sus labios—. Me gustaste mucho cuando hablamos, no sabía que eras tú.

—¿Y qué? —inquirió tensa sin abrir los ojos.

—Que me gustas…

—No soy un pañuelo y no pienso hacer manitas contigo.

Odd sonrió, esperaba un golpe.

—Dios me libre de hacerte hacer algo que no quieres.

—Exacto— replicó ella.

—Voy a besarte ¿puedo?

Sissi no le contestó, permaneció inmóvil como Blancanieves o La Bella Durmiente; Odd se acercó, su madre decía «el que calla otorga» así que lo tomó como un sí.

Los labios de Sissi eran suaves y cálidos y los de Odd sabían a chocolate casero. Dejó descansar una parte del peso de su cuerpo sobre el de ella y el resto sobre su antebrazo apoyado en el suelo, mientras que con la otra mano acariciaba su pelo. La mano de Sissi escaló hasta su mejilla y se mantuvo allí con suavidad.

Él no era de besos inocentes pero valoraba su integridad física y ella era bien capaz de atizarle con lo primero que pillase, aunque fuese un arma mortal.

Tras unos minutos de roces inocentes, Odd, se separó de ella sujetando su rojo labio inferior entre los dientes y tirando de él con delicadeza para después soltarlo y volver a besarla.

—Eres un pervertido, Della Robbia —susurró contra sus labios.

—No puedo evitarlo, Delmas.

—¿No puedes o no quieres?

Odd sonrió mirándola a los ojos.

—Ambas.

—Vaya suerte la mía.

—Míralo por el lado bueno. Tienes al tío más guapo del Kadic.

—Ese es Ulrich —dijo dibujando una sonrisa sarcástica.

—Vale, pues el segundo.

—Théo Gauthier.

—¡El tercero!

—William Dunbar —musitó satisfecha.

—¿El cuarto?

—Paul Gaillard.

Le estaba sacando de sus casillas y eso la hacía sentir tan bien… en realidad no creía que William y Paul fueran más guapos que Odd, pero qué demonios, él se había metido con ella cientos de veces, así que era la hora de su venganza.

—Puede que seas el penúltimo, con suerte el antepenúltimo.

—Vale, pero soy el que mejor besa. —Y la besó como para confirmarlo. Nada inocente. Se empeló a fondo en demostrar que lo era—. ¿Lo ves?

—Psé.

—¿Cómo que "psé", Delmas?

—Théo…

Volvió a besarla y los brazos de Sissi se enredaron con tanta fuerza tras sus hombros que parecía querer fundirse con él. Le sorprendía querer con tanta intensidad ser el primero de cualquier lista que tuviese Sissi, creía tener superada su fascinación inicial por ella, supuso que su breve romance vía internet había reavivado la llama.

—Soy mejor que Théo —declaró sin apenas respiración.

—Della Robbia, esto es acoso.

—Dilo, Delmas.

—Y si no lo digo, ¿qué?

—Tendré que seguir hasta ser el mejor.

—Entonces tendrás que practicar mucho, Della Robbia.

La sonrisa de Odd se fue dibujando a cámara lenta en sus labios, sonaba a permiso para continuar y a reto.

Se tumbó boca arriba al lado de Sissi, sus manos mantenían un ligero y agradable contacto. Los dedos de Odd se enredaron con los de ella con firmeza y esperó a que le apartase, pero Sissi no lo hizo, en cambio, apretó con fuerza la mano de él.

Sissi rompió el silencio entre ellos retomando la última conversación vía internet que habían tenido sobre sus sueños de futuro. Un futuro lleno de música que quizás podrían compartir. Formar un grupo juntos, subir a lo más alto cogidos de la mano…

Era bien entrada la madrugada cuando Odd se dio cuenta de que Sissi se había quedado dormida a su lado. Se habían perdido la cena junto con la noción del tiempo.

Odd sonrió mirándola, era una hermosa mariposa que parecía un ángel cuando dormía.

—Te quiero —apenas susurró apartándole un mechón de la cara.

Al final no había sido un San Valentín tan malo.

Fin

Escrito el 12 de febrero de 2011

viernes, 6 de agosto de 2010

¡Idiota!


Code: Lyoko y todos sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

¡Idiota!

Mi vida nunca ha sido perfecta. Ni de lejos. Por eso hay cosas que entierro en lo más profundo de mi cerebro. Porque las odio y no quiero pensar en ellas. Pero siempre hay alguien que se empeña en tocarte las narices y, desenterrar la basura.

Ella me llamó. Con su voz desconocida llena de florituras. Si esperaba que llorase de alegría, se equivocaba.

"Mi querida Elisabeth. Soy mamá" me había repetido como unas seis veces. ¿Querida?, ¿Elisabeth?, ¿mamá? ¡Y un cuerno!

Aún me acuerdo. Tenía cinco años. Era mi cumpleaños, diluviaba y llevaba varios días con dolor de garganta. Mi padre había inflado cientos de globos de colores, comprado serpentinas y confeti, y preparado una deliciosa tarta de nata y trufa. Mi favorita.

Mi madre no apareció por allí. Un cumpleaños más, solos mi padre y yo.

Llegó de madrugada con un vestido verde botella, subió al piso de arriba sin dignarse a mirarnos y poco después bajó con tres maletas. Se marchaba. Nos abandonaba. Tampoco fue, lo que se dice, una sorpresa. Casi nunca estaba y cuando estaba era como si no existiésemos ni papá ni yo.

No volví a saber de ella, tampoco me importaba. Hasta que me llamó. Quería que me fuese a vivir con ella. Sus palabras fueron "ven a vivir conmigo, Elisabeth. Deja al perdedor fracasado de tu padre."

Recordé porque odiaba mi nombre. Las dos nos llamábamos igual. Era un recuerdo tan lejano que había empezado a borrarlo de mi cabeza.

Me juré a mi misma que nunca derramaría una lágrima por ella, pero lloré. Lloré día y noche.

Mi aspecto era horrible y esperaba que el idiota de Odd Della Robbia se dedicase a fastidiarme, sin embargo no lo hizo. Se lo agradecí silenciosamente. Pero le odié cuando hizo que Ulrich y la bruja flacucha se abrazasen. Se me hizo un nudo en la garganta y cuando me quise dar cuenta corría por el bosque. Las lágrimas corrían de nuevo por mis mejillas, me dolían y escocían los ojos, y la fuerte opresión en mi pecho era mayor cada vez.

Poca gente entraba en el bosque y yo me sentí a salvo de miradas indiscretas. Me dejé caer en el primer árbol que vi, enterré la cara entre las rodillas y lloré y grité hasta que me dolió la garganta.

Me olvidé de Ulrich. Me olvidé de mi "madre". Me olvidé del mundo. Y me olvidé del reloj. Lo olvidé todo hasta que oí pasos, y pensé que si no me movía tal vez no repararía en mí.

Le odié por haberme visto.

—¿Por qué lloras?

—Déjame en paz, Odd.

Aquello debería haber bastado para que se fuese, pero se sentó a mi lado y yo le maldije. Quise pegarle y gritarle que se marchase, que se perdiese debajo de cualquier piedra. Pero la calidez que emanaba de su cuerpo me hizo flaquear. Porque tenía miedo. Aquello dolía. No podía asimilar mis sentimientos por mi madre, lo horrible que era lo que me había pedido.

Entonces me derrumbé del todo, me refugié entre sus brazos y lloré. Él me abrazó con firmeza. La voz de Odd susurrándome que todo iría bien, que cuidaría de mí, calmó mis nervios. Y poco a poco empecé a sentir que todo aquello no había sido más que una pesadilla.

Aún y así no podía fiarme de Odd, podría usar aquello en mi contra. Burlarse de mí con sus amigos.

—Si le cuentas esto a alguien eres hombre muerto, Odd.

—Seré una tumba —contestó con su tono cantarín.

—Créeme, más te vale —gruñí.

Un aspecto horrible. Estaba segura de que parecía un zombie. Hubiese dado lo que fuera por un espejo y mi maquillaje.

—¿Por qué estás tan triste?

—No es asunto tuyo.

—¿Mal de amores?

—No es asunto tuyo —repetí amenazante.

—¿Tu padre te ha requisado el móvil? —preguntó bromeando.

Pensé que ojala que lo hubiera hecho. Enarqué una ceja entornando los ojos.

—Ese es un motivo ridículo.

—Ridículo o no, es un motivo.

No me moví, el calor del cuerpo de Odd era reconfortante. Sentía su corazón latir con fuerza bajo mi mano, eso hizo que el mío también se acelerase. Y entonces me pilló por sorpresa. Me besó y sentí una mezcla de sorpresa, furia, desconcierto y ansias de repetir.

Hice lo único de lo que fui capaz en ese momento. Le solté una bofetada, me puse de pie, me aparté el pelo y me sacudí el polvo del trasero.

—Pervertido —murmuré sin atreverme a mirarle.

Y me fui a toda pastilla.

Me esforcé horrores por no volver a pensar en Odd, por desgracia para mí, tenía que verle cada día. En clase. En el comedor. En la sala de descanso. En el gimnasio. Sólo me faltaba encontrármelo en el baño.

Reconozco que me aproveché de Hervé y Nicolas. Les hice bloquear todos los intentos de Odd por acercarse a mí.

Los comentarios mordaces se esfumaron, y nunca creí posible que algo así ocurriese, pero los echaba de menos. En cierto modo me hacía sentirme querida. Ridículo, lo sé.

Mi suerte se acabó. Ella volvió a llamarme y yo sentí que me ardían los ojos, con la vista nublada me costó reconocerle cuando se acercó a mí. Reprimí un sollozó en la garganta. No pensaba volver a llorar.

Odd me arrebató el móvil y discutió con mi madre, aunque él no sabía quien era. Me defendió diciéndole que me dejase en paz, que no merecía mis lágrimas. Y presionó con fuerza la tecla para cortar la llamada.

—Los del telemarketing no saben aceptar un "no" por respuesta, ¿eh? —bromeó, dándome un ligero golpecito con el codo.

Me propuse darle una respuesta a la altura pero sólo me salió un ruidillo gutural. Tenía un nudo en la garganta. Me senté en el suelo, con la espalda apoyada contra el edificio de los dormitorios, y Odd se arrodilló frente a mí, se inclinó y volvió a besarme, con su mano en mi mejilla. Hundí mis dedos en su pelo y le despeiné.

Se separó de mí y ahogué una queja cuando lo hizo.

—No ha estado mal, ¿eh?

—¡Idiota! —le grité con todas mis fuerzas.

Los labios de Odd se curvaron en una sonrisa y yo deseé que volviera a besarme. Estaba sorprendida y enfadada.

Sorprendida porque me hubiese gustado y por no haber pensado en Ulrich, y enfadada porque para Odd las chicas éramos un simple pasatiempos.

Podría acostumbrarme a ello…

Estaría bien, supongo.

Fin
Escrito el 05 de agosto de 2010.

domingo, 1 de agosto de 2010

Lágrimas


Code: Lyoko y todos sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Lágrimas

X.A.N.A. ya no estaba y yo me aburría. La vida de estudiante era un rollo después de haber sido un héroe. El ver a Ulrich y a Yumi haciendo esfuerzos sobrehumanos para fingir ser sólo amigos ya no me entretenía. Y la extrema timidez de Jérémie y Aelita me exasperaba.

Las chicas siempre me servían de distracción, aunque suene fatal el decirlo así. Nunca había tenido problemas para romper corazones. Por eso cada semana tenía una novia diferente.

Dejé escapar un suspiro, porque eso ya no me llenaba. Las chicas empezaban a convertirse en una rutina.

Estábamos en el comedor, desayunando. El chocolate estaba tan delicioso como siempre y los croissant crujientes y calentitos. El sol brillaba con intensidad, las vacaciones se acercaban y Heïdi Klinger me sonreía desde la mesa frente a la nuestra. Tendría que estar exultante de alegría, pero no lo estaba. Tampoco me animó que Yumi y Aelita me dieran sus croissants.

Las clases fueron como siempre. La señora Hertz me riñó por no estar atento. El señor Fumet se había pasado toda la hora hablando. Jim nos había hecho correr hasta casi caer muertos en la pista…

Hubo algo que me mantuvo disperso todo el día. Sissi.

No es que acostumbrase a prestarle más atención de la debida. Pero estaba extraña. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, como si hubiese estado la noche entera llorando. Normalmente le hubiese lanzado algún comentario mordaz, algo para hacerla enfadar. Me encantaba hacerla enfadar. Pero no osé a hacerlo.

Había sentido una fuerte punzada en el pecho al verla así.

Procuré no pensar más en ella y sus ojos tristes, así que me centré en fastidiar a Ulrich y a Yumi, mi segundo pasatiempos preferido. Fue tremendamente divertido, en especial el momento que logré que se abrazaran y acabaron tan rojos como una boca de incendios.

Sí, señor. Fue genial.

¡Odd el magnífico ganaba de nuevo! Lástima que ni eso me contentase ¿qué demonios me estaba pasando? Debería estar celebrando la victoria con un enorme helado de chocolate.

No me apetecía helado, pero dar un paseo no estaría mal. En los últimos meses había descubierto un claro en el bosque, a medio camino entre L'Hermitage y el Kadic, cerca del barranco. Nunca vi a nadie allí, por lo que enseguida memoricé como llegar.

Me dirigí hacia allí silbando el estribillo de la canción de moda, con las manos en los bolsillos, una deportiva desatada y sin prestar atención a lo que me rodeaba.

Frené en seco al escuchar unos sollozos algo más adelante. Me detuve a pensar en quien podría ser, mi mente no halló respuesta. Avancé con cautela hasta llegar al árbol del que procedían los lloros. Fue todo un shock.

Sissi, con la cara enterrada entre las rodillas, lloraba. Tuve una sensación extraña, una especie de opresión en la boca del estómago, seguida de un leve hormigueo.

Rodeé el árbol hasta quedar frente a ella, que no se movió ni un milímetro. Las palabras escaparon de mis labios.

—¿Por qué lloras?

—Déjame en paz, Odd.

Tal vez Sissi Delmas no hubiese hecho méritos para que me conmoviesen sus lágrimas, pero debía admitir que cuando la vi por primera vez me había sentido atraído por ella. Una atracción que no había desaparecido del todo. Era caprichosa, engreída, y estaba loca por Ulrich. Mal asunto.

Me senté a su lado esperando que me golpease y me echase, no obstante, Sissi se lanzó a mis brazos y lloró amargamente durante horas.

¿Qué podría haber minado su confianza de esa manera? Nunca antes la había visto frágil. De hecho siempre había creído que su moral estaba hecha a prueba de bombas. Estaba equivocado, no había duda.

Envidiaba a mis amigos, todos tenían a alguien a quien amar. Jérémie tenía a Aelita. Ulrich tenía a Yumi. Y yo un día estaba con Magali, otro con Jeanne, y otro con… quien fuese. No era que no me gustase ser el casanova del Kadic, pero yo también quería una chica a la que querer de esa manera.

Intentar que Sissi se fijase en mí sería una labor tan estúpida e inútil, que me cansaba con sólo pensarlo.

La rodeé con mis brazos, porque… bueno porque soy humano ¡maldita sea! No puedo ver a una chica llorar. Sé que le susurré cosas con la intención de calmarla, pero si me preguntasen que le dije no podría contestar. No tengo ni idea de que le dije. Solamente quería animarla, que dejase de llorar como si no hubiera un mañana.

Aunque me costó una barbaridad, logré mi objetivo. Poco a poco su tristeza fue amainando, sus músculos se fueron relajando y su respiración se reguló.

—Si le cuentas esto a alguien eres hombre muerto, Odd.

—Seré una tumba —le aseguré.

—Créeme, más te vale —gruñó.

Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, las mejillas ruborizadas, la nariz y los labios rojos. Se le había corrido el rimel. Me pareció que estaba muy guapa, más que cuando se emperifollaba para gustarle a Ulrich.

Por unos segundos sentí ganas de darle un puñetazo a Ulrich.

—¿Por qué estás tan triste?

—No es asunto tuyo.

—¿Mal de amores?

—No es asunto tuyo —repitió en tono agresivo.

Sabía que era muy probable que los culpables fuesen Yumi y Ulrich, no obstante no me parecía tan factible. Principalmente por que las muestras de cariño de mis amigos siempre le hacían enfadar. Se enfadaba y resoplaba.

—¿Tu padre te ha requisado el móvil? —pregunté con humor.

Me miró alzando una ceja con los ojos entornados.

—Ese es un motivo ridículo.

—Ridículo o no, es un motivo.

Me dí cuenta de que aún la estrechaba entre mis brazos, su mano derecha sobre mi pecho, y su cuerpo descansando apoyado en el mío. En una cercanía extraña. No era la primera chica con la estaba en una posición similar, sin embargo, el que fuese Sissi hizo que mi corazón se disparara. Ella parecía estar tanto o más cómoda que yo con aquella proximidad.

No sé por qué hice lo que hice. Pero besé sus labios. Cuando abrí los ojos, Sissi, estaba ruborizada con una expresión de sorpresa total. Por un momento pensé que tal vez pudiese enamorarla, que tal vez le habría gustado que la besase. ¡Vaya si lo pensé!

La sonora bofetada que me dio me despertó de golpe. ¡Vaya genio!

Se levantó bruscamente, se apartó el pelo con un ademán y se sacudió el pantalón pirata con gracia.

—Pervertido —murmuró sin girar a mirarme.

Fue entonces cuando lo decidí.

Conquistaría a Sissi aunque fuese lo último que hiciese en mi vida.

Fin

Escrito el 1 de agosto de 2010.