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viernes, 3 de enero de 2014

25I XXIV.- Grasa

 

Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

XXIV.- Grasa
Había pasado una semana. Una semana entera de días infinitos, gente grosera y noches solitarias.
Había reencontrado a William un viernes, habían comido, merendado y cenado juntos. Le ofreció quedarse con ella aquella noche y, aquella noche, acabó siendo un fin de semana entero de sexo y comer en la cama. Había sido el mejor fin de semana de su vida, pero llegó el lunes y él se despidió con un beso lento en los labios.
Era domingo y no había vuelto a saber de él. Se sentía idiota.
«Ha sido el mejor sexo de tu vida, eso que te llevas» pero no le servía, no la consolaba. Había creído que le importaba, que él también había sentido una conexión especial casi mágica.
No le había llamado… claro que ella tampoco lo había hecho.
Suspiró y se hizo un ovillo en el sofá, con la piel aún húmeda después de la ducha y el pelo empapado. Llevaba la camiseta promocional que le había dejado a él aquel fin de semana, la camiseta que aún olía a él, y nada más. Si hubiese entrado por esa puerta no habría tenido mucho trabajo para desnudarla, tampoco habría opuesto la más mínima resistencia.
Su móvil vibró junto a su cara y lo agarró con impaciencia.
—William —contestó.
—Casi. Noémie. Has acertado en… dos letras.
Se sintió frustrada y estúpida, se planteó colgar y fingir que no había descolgado.
—¿William? ¿Me he perdido algo?
—No, nada interesante —replicó. En realidad no quería contárselo, le daba demasiado corte.
—Hombre, que descuelgues y lo primero que digas sea "William" con semejante ímpetu y ansias, lo que se dice "nada interesante" no parece… Lo que me lleva a: William, William, ¿nuestro William?
Dichosa Noémie y su lado cotilla. Decir que no habría sido inútil tarde o temprano se acabaría enterando, era la CIA disfrazada de teleoperadora francesa.
—El de Kadic —musitó derrotada.
—Y… ¿desde cuándo te llama por teléfono?
«No si el problema es que no me llama» pensó sentándose en el sofá.
—Coincidimos el otro día por casualidad e intercambiamos los teléfonos —dijo a sabiendas de que habían intercambiado mucho más que los teléfonos—. Creía que tal vez eras él, no sé, ya sé que es estúpido.
Al otro lado del teléfono Noémie rió.
—Vaya, que te has acostado con él, no te ha llamado y estás al borde del colapso.
—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que te odio, Noé?
—Siempre que acierto —replicó divertida—. Dime ¿por qué no le llamas tú?
—No quiero hacerlo —dijo con sinceridad—. Esperaba que para él hubiese significado algo.
—Pues yo creo que deberías llamarle o al menos hablar con él.
—No sé dónde trabaja.
Noémie se animó con aquello. ¿No quería hablar con él por teléfono pero no le importaba ir a su trabajo? Sabía que era un intento de hacerla desistir, una forma de enmascarar el miedo al rechazo. Emilie siempre había tenido demasiado miedo de eso. Pues muy bien, la haría saltar a la piscina como en los viejos tiempos.
Emilie estaba enjuagando los platos para meterlos en el lavavajillas cuando su teléfono vibró. Era un mensaje de Noémie ¡con la dirección del taller de William! Casi se le calló el móvil al suelo, la madre que la…
Entró un segundo mensaje, en él le decía que William estaba tonteando con una chica que era clavada a Yumi, a Emilie se le revolvió el estómago. El muy cerdo la había engañado, se iba a enterar de quién era Emilie Leduc.
Se vistió, olvidando el lavavajillas, y salió disparada como una tormenta tropical. Esta tan sumamente cabreada que le temblaban las manos.
Se plantó frente al taller y fue como despertarse. ¿Y ahora qué?
Estaba tan enfadada que se había movido por un impulso masoca hasta allí, pero ahora que veía la puerta abierta se había desinflado. Podía irse. Dar la vuelta y fingir que no había ido hasta allí. Dar la vuelta y hacer como si nada.
Dar la vuelta. Sí, podía hacerlo, nada se lo impedía. Nadie la había visto allí plantada todavía. Podía marcharse antes de que alguien reparara en la boba inmóvil.
«Pues venga, gírate» se dijo a sí misma logrando mover los pies que parecían haber echado raíces en la acera. Sus ojos enfocaron una camiseta roja llena de manchas de grasa y un vaso de cartón de una cafetería en una mano masculina y sucia. Alzó la mirada encontrando la cara de aquel por el que estaba allí, pero no sonreía. Estaba serio como nunca antes lo había visto.
—Hola Emilie —pronunció esquivándola para entrar en su local.
—¿Sólo vas a decirme eso? —soltó ella apretando los puños. El enfado había vuelto.
—¿Qué más quieres que te diga?
—¿Por qué no me has llamado?
—Sí que te llamé.
«Mentiroso» pensó dolida. Sabía que era un gamberro pero no que fuera un cabrón mentiroso, al menos nunca creyó que lo fuera, pero lo era. Le estaba mintiendo a la cara.
—No, no lo has hecho.
A William le tembló la mano que sujetaba el café, lo dejó en la repisa de la ventana con mal genio y regresó sobre sus pasos hasta plantársele delante. Demasiado cerca, tanto que podía oler la grasa de motor de su camiseta y manos. Emilie dio un paso atrás.
—Te llamé —repitió esta vez con un punto de ofensa en la voz mostrándole el registro de llamadas del móvil—. El miércoles al mediodía.
De repente se sintió absolutamente imbécil. Sacó su teléfono y buscó las llamadas perdidas, no había ninguna del miércoles. Miró las recibidas y allí estaba el nombre de William burlándose de ella sin piedad. Pero ella no había contestado, no había recibido esa llamada, ¿cómo pudo haberla contestado?
—Oh.
—¿"Oh" qué?
—¡Eh! —soltó una rubia bajita de curvas poderosas y tatuajes trabajados—. ¿Sería mucho pedir que no montéis escenitas en la puerta? No es bueno para el negocio, socio.
—Déjanos el despacho, Chloé.
La rubia asintió agitando sus dos coletas bajas con una sonrisa burlona en los labios y tomó el vaso de café que su compañero había dejado en la ventana, frunció el ceño al verlo algo doblado. Se encogió de hombros, mejor que la pagase con un vaso que no con una moto.
—Regla número tres, Will, reeegla número tres.
William gruñó, agarró a Emilie por la muñeca y la arrastró hasta el interior de aquel despacho lleno de cajas. Sólo había una mesa con un ordenador, un perchero y una estantería, la ventana daba a la calle de atrás y estaba entreabierta. Hacía calor.
—"Oh" qué —repitió retomando el hilo de lo que decía antes de la interrupción de su socia mientras la soltaba.
—¿Esa es tu compañera?
—Sí. Pero no me cambies de tema.
Emilie se miró la muñeca donde la huella de la mano de él había quedado impresa en negro aceitoso. No acababa de creerse que no le hubiera hecho daño, parecía tan enfadado.
—Te contestaron —afirmó ella.
—Sí.
—¿Qué te dijeron?
—¿Quién era? —replicó él sin intención de contestar.
—Romain —siseó con rabia—. Es un compañero. Me invitó a comer.
—Ajá, Romain.
—¿Qué quieres decir con "ajá Romain"? sólo es un compañero de trabajo.
—Claaaro, ara resulta que no es tu prometido.
Ella le miró sin saber cómo reaccionar, le golpeó con el dedo índice en el pecho ¿qué demonios estaba diciendo?
—¡Te repito que sólo es un compañero! —chilló
—¡Claro! ¡Y yo sólo soy el tío al que le ahorraste una multa!
Emilie apretó los dientes, le temblaba el cuerpo entero de pura rabia, porque no era verdad. No era sólo el tío al que le había ahorrado pagar. No era sólo eso.
Le soltó una bofetada con la mano bien abierta, él le agarró por la muñeca así que intentó hacer lo mismo con la otra mano pero ésta vez él la detuvo valiéndose de sus buenos reflejos. Emilie tironeó inútilmente para liberar sus muñecas de aquellas manos que la apresaban con firmeza pero sin apretar.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —gruñó acercando su rostro al de ella—. Me vienes a recriminar que no te he llamado cuando sí que lo he hecho, aunque la cuestión es que eres tú quien no me ha llamado. Si tanto querías hablar conmigo sólo tenías que pulsar el botón de llamada.
»¿Acaso esperas que sean los demás los que siempre lo hagan todo?
Y ahí estaba. Un pedazo de la Emilie de Kadic paralizada por el miedo como un ciervo en mitad de la carretera viendo acercarse un coche a toda velocidad. Dejó de forcejear y entonces él la soltó.
—¿Qué quieres, Em?
—A ti, te quiero a ti.
La Emilie paralizada por el miedo se desvaneció permitiéndole moverse de nuevo. Le rodeó el cuello con los brazos y le besó pero él no se movió. Le miró con cautela, seguía estando serio.
—Sigo estando enfadado —siseó él, aunque sus ojos azules brillaban divertidos.
«Se está haciendo el duro» y lo cierto es que se merecía que le diera largas por su comportamiento infantil, egoísta e imbécil, pero no iba a rendirse. Girar la cara en el momento adecuado no había sido lo único que aprendió de Odd. Deslizó sus manos bajo la camiseta roja recorriendo la espalda de William y se puso de puntillas para susurrarle al oído con voz sensual:
—Ahora voy a hacerme perdonar.
Él ahogó la risa en su cuello y se dejó mordisquear la oreja y el cuello, hasta que las manos de ella abandonaron su espalda para colarse en la mitad inferior de su mono de trabajo y aquello fue demasiado para permanecer quieto.
Olvidándose de sus manos sucias de grasa le rodeó la cintura y la alzó sentándola en la mesa, la tocó bajo la camiseta mientras ella desataba las mangas del su mono anudadas a su cintura. William le acarició la mejilla tratando de mantener el control sobre sí mismo pero el enfado había avivado aún más las ganas de perderlo.
«Regla número tres» resonó en la cabeza de William y con esfuerzo se apartó de Emilie que permaneció tumbada sobre la mesa con la camiseta a medio subir y cara de desconcierto.
—¿Qué?
—Regla número tres —pronunció con voz ronca—: nada de sexo en el taller.
—Oh.
William observó las manchas que había dejado en su mejilla, la camiseta y su cintura y no puedo evitar reír. Le tendió un dispensador de toallitas húmedas y al darse cuenta del panorama ella también rió con ganas.
Mientras William le limpiaba la grasa de la mejilla ella volvió a asaltar sus labios.
La Emilie cobarde se había ido para siempre gracias a la grasa del motor de una moto.
Fin
 

25 INSTANTES



Género: Romance, Friendship, Humor, Drama, Aventuras
Advertencias: Lime, Lemon
Clasificación: Hetero
Categoría: Fanfic
Serie: Code: Lyoko
Pareja:William Dunbar, Emilie Leduc
Año: 2013
Estado: En proceso
Capítulos: 25

25 Instantes: veinticinco oneshots sobre William y Emilie (CL).

Code: Lyoko y todos sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3

Versión en castellano // Versió en català

Listado de oneshots:
I.- Inyección
II.- Trébol
II.-Aerosol
IV.- Óvalo
V.- Examen
VI.- Mímica
VII.- Fuerza
VIII.- Borracho
IX.- Papelera
X.- Conversación
XI.- Visitar
XII.- Niños
XIII.- Piernas
XIV.- Sed
XV.- Botas
XVI.- Continente
XVII.- Pie
XVIII.- Pulsera
XIX.- Vestido
XX.- Filmar
XXI.- Bañarse
XXII.- Masaje
XXIII.- Disparo
XXIV.- Grasa // Greix
Había pasado una semana. Una semana entera de días infinitos, gente grosera y noches solitarias. Romance / +16 (Continuación de Caminos)
XXV.- Acuario
Nota: este es un reto abierto a todo aquel que desee hacerlo. Si decides hacer tu propia versión, me encantaría que dejases un link a tu reto para poder leerlo :)

viernes, 18 de noviembre de 2011

Caminos


 

Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.
Caminos
La vida da vueltas y más vueltas, y cuando crees que ya te ha mareado lo suficiente como para dejarte tranquila una temporada, vuelve a dar la vuelta para darte un puñetazo en la cara y recordarte que a los quince eras una tonta.
Es irónico, molesto, engorroso y muy, muy odioso.
Estudiar en Kadic había sido casi como un trámite burocrático. Residir allí hasta graduarme, sacar buenas notas, procurar no crearme enemigos... los amigos y el amor eran cosas que en principio no me habían parecido dignas de ser listadas porque no son predecibles; puedes pensar «jamás me enamoraré», «nunca tendré un amigo como ese idiota» y de repente darte cuenta de que estás enamorada como una tonta de ese idiota al que no querías por amigo.
Por aquel entonces era tímida y un tanto insegura, por suerte para mí mis amigas eran los suficientemente espabiladas como para empujarme al vacío para que probase cosas nuevas y ahora ya no queda rastro de aquella chica insegura y, si lo queda, es tan en el fondo que ya ni asoma la cabeza.
Mi historial romántico. Un desastre tras otro. Primero tuve la feliz mala suerte de fijarme en el chico más popular e inaccesible de toda la academia. Ulrich Stern. Había tantas chicas enamoradas de él que hacía que te plantearas si era algo así como un dios. Lamentablemente él sólo tenía ojos para una chica, Yumi Ishiyama, tampoco podía culparle, hasta yo era capaz de reconocer que es guapísima. Después William Dunbar, que estaba loco por la misma que Ulrich y no tenía reparos en divulgarlo a los cuatro vientos, y yo como una idiota suspirando por él.
—¿¡Me está escuchando, señorita! —gruñó la ancianita sentada frente a mi mesa.
—Sí, le escucho, pero tiene que comprender que es su nieto quien tiene que personarse aquí si quiere que le tramitemos el cambio de...
—Mi nieto está muy ocupado para venir —espetó dando un golpecito sobre el tablero—. Estudia por las mañanas y trabaja por las tardes.
—Créame que le comprendo. —Suspiré—. Pero no hay nada que yo pueda hacer para cambiar las normas.
La mirada de la anciana centelleó de pura rabia. La entendía pero eso no cambiaba nada.
—Quiero hablar con su jefe —finiquitó con tono autoritario.
Quien dijo que las abuelitas son dulces y adorables no conocía a aquella, sino no diría eso. Descolgué el teléfono y marqué la extensión de mi supervisor intercambié con él algunas palabras y después colgué, a los poco minutos la secretaria de mi jefe estaba plantada frente a la mesa con sus lustrosos rizos pelirrojos, sus ojos azules, sus labios rojos y su traje de Dior o de Chanel inundando la sala con su perfume caro que se olía a distancia.
La abuela indignada la siguió golpeando furiosa con su bastón las baldosas blancas.
Apoyé la frente sobre el escritorio y resoplé. Menos mal que los cubículos estaban separados por paneles de plástico y apartados de la vista de la gente que esperaba porque aquella actitud no encajaba con lo que debería hacer.
Pulsé el botón para que saltara el turno a la siguiente persona cabreada. Me bloqueé un momento.
—Siéntese por favor —logré articular no sin cierta dificultad.
—¡Emilie! ¿No te acuerdas de mí? —Me sonrió.
Vaya que sí me acordaba, le había reconocido nada más notar su peculiar aroma a cedro, incluso antes de verle caminar hasta la silla y muchísimo antes de ver aquella sonrisa desenfadada. No creía que supiese mi nombre y menos aún que me recordara. Pensé en disimular pero notaba la cara de idiota que se me había puesto.
—William, sí que me acuerdo de ti.
Rogué porque mi voz no hubiese sonado tan bobalicona como me había parecido.
—Menuda sorpresa, nunca imaginé encontrarte en un sitio como este.
—Ya bueno, yo tampoco me imaginaba trabajando aquí.
—Todo el día escuchando quejas, ¿no?
Suspiré al tiempo que asentía.
—Si sólo fueran quejas... no sabes lo grosera que puede ser la gente cuando no le dices lo que quiere oír.
—Espero no hacer que tu día empeore. —Sonrió y yo pensé que mi día había mejorado lo suficiente como para aguantar las dos horas de gente grosera que aún me quedaban—. Me han puesto una multa.
—No puedo quitártela —lamenté.
—Ya me lo imagino, la cosa es, que el coche en cuestión no es mío.
Le miré intensamente sin entender en qué cambiaba la situación el hecho de que no fuese su coche.
—Yo tengo una moto, no he conducido un coche en la vida. Creo que alguien ha cometido un error.
Tomé la carta con la multa de tráfico, allí aparecía una fotografía de la parte trasera de un Honda Civic blanco. Transcribí el número de referencia para obtener todos los datos. Los repasé con más atención de la que había prestado jamás a ninguna otra reclamación.
Habría sido fácil pasar por alto aquel detalle y seguramente no lo habría notado de no haber estado tan concentrada en ello. William tenía razón, alguien había cometido un error.
—Ya lo veo —dije sin despegar los ojos de la casilla "nombre y apellidos"—. El policía que detuvo al infractor tomó mal el nombre.
—¿Tengo que pagarla?
Tecleé a toda velocidad tramitando la reclamación y especificando que el vehículo pertenecía a un tal William Duncan y no Dunbar.
—No, tranquilo —dije pulsando el icono de la impresora. Tomé el papel recién impreso y se lo tendí junto con un bolígrafo—. Sólo tienes que firmarme esto.
—Vale.
Firmó sin leer y sin hacer mil preguntas, algo tan raro como el que hacienda te regalase billetes de quinientos euros por pasar por delante de su puerta.
—¿No lo lees? —pregunté.
—Me fío de ti —replicó devolviéndome el papel y el bolígrafo.
Tuve la certeza de que si no hubiese estado sentada en la silla me habrían fallado las rodillas y me habría caído al suelo.
—Supongo que eso es todo —murmuré deseando que no se marchase hasta que acabase mi turno—. Me ha encantado volver a verte.
—Oye, si no es mucha osadía, ¿te apetecería comer conmigo? Cuando salgas.
El cuerpo me pedía gritarle que "sí" y hasta llorar de la emoción, pero saqué mi recién descubierta faceta de actriz y esbocé una sonrisa cautelosa.
—¿Y eso?
—Por ahorrarme trescientos euros y porque me ha hecho ilusión volver a verte.
¡Oh, Alá, Dios, Jesús, Yaveh, Buda y todos los santos del universo! Con lo de ahorrarle trescientos euros ya me bastaba.
—¿Te apetece, Emilie?
—Claro —contesté con toda la calma que logré reunir.
—¡Genial! Te esperaré en... la sala de espera –-musitó encogiéndose de hombros divertido.
Reí mientras William se marchaba por donde había venido minutos antes. Y cuando le perdí de vista pulsé el botón para atender al siguiente cliente cabreado.
Las dos horas se me hicieron eternas pero no pude borrar la sonrisa de mi cara, daba igual lo que me dijeran. Estaba contenta y los insultos y las groserías me resbalaban. Cada nueva reclamación iba comiéndose los minutos que me separaban de mi cita con William.
Y cuando al fin dio la hora casi salté de la silla cogiendo apresuradamente todas mis cosas. Por la cara que puso cuando me planté frente a él supongo que se me notaba que había salido a toda pastilla.
—¿Has montado en moto alguna vez?
—No, ¿por qué?
—¿Te da miedo?
Negué con la cabeza y entonces recordé que me había dicho que tenía una moto. Me picó la curiosidad, no tenía pinta de llevar una scooter ni una motocicleta de esas pequeñas, no le veía conduciendo una Vespa ni nada por el estilo, pero siendo sincera, tampoco entendía de motos así que me esperaba cualquier cosa.
—Que va —contesté resuelta y curiosa—. Siempre he querido montar en moto.
—Fantástico, toma.
Me tendió un casco azul eléctrico que olía a perfume de mujer y me pregunté quién debía ser su dueña, Yumi Ishiyama cruzó por mi mente como si se burlase de mí. Me quedé mirando el casco fijamente como si con mirarlo fuese a descubrir algo.
—Es de mi compañera de trabajo, no le importará que lo uses.
—¿Compañera de trabajo? —pregunté con tono mordaz.
—Eso he dicho —pronunció iniciando la marcha al exterior, le seguí—. Vivimos cerca y así ahorramos dinero, pagamos el combustible a medias.
—¿En qué trabajas? —pregunté sintiéndome grosera por meterme donde nadie me llamaba.
—Soy mecánico en un taller de motos.
Mecánico y taller de motos... supongo que debí imaginármelo porque William nunca había sido uno de esos chicos estudiosos, serios y sensatos. En Kadic siempre hacía lo que le gustaba y se aplicaba en aquello que disfrutaba. Jamás me lo habría imaginado con traje y corbata sentado en la mesa de una sala de reuniones explicando a sus jefes como remontar las ventas ni nada parecido; sí, definitivamente el trabajar con las manos le pegaba más, concentrado en algo con lo que pringarse las manos y la ropa y después sentirse satisfecho del estropicio.
—Mi compañera se encarga de la contabilidad, nos conocimos en la cola del paro. —Sonrió como si acabase de contar un chiste—. A fuerza de vernos día tras día acabamos hablando y montando nuestro propio negocio.
—¿Tienes tu propio taller?
—Exacto —exclamó y se detuvo frente a una moto.
La analicé con detenimiento. Era muy bonita, de un negro brillante e inmaculado, de corte clásico y elegante con su asiento de cuero y los tubos de escape plateados y relucientes. Miré a William y después miré de nuevo la moto. Si entendiera de motos seguramente la hubiese relacionado directamente con él.
—Es una Moto Guzzi California Classic de 2008 —me dijo arrodillado en la acera abriendo el candado cerraba la cadena que bloqueaba la rueda—. Estaba para desguazar. Su anterior dueño la dejó prácticamente destrozada, se la compré por unos doscientos euros y la arreglé.
—¿Como los de las Harley?
Él asintió a mi pregunta.
—Te quedarás congelada si vas en manga corta.
William me sonrió, se quitó su chaqueta de cuero y me la puso subiéndome después la cremallera y acto seguido se enfundó un casco negro con la visera ahumada y subió a la moto bajándola de la pata de cabra con una leve sacudida.
—¿Nos vamos? —Su voz sonó extraña bajo el casco.
Me puse el mío batallando con la mangas de la chaqueta que me quedaba grande y subí también sin saber muy bien dónde debía agarrarme ¿a su cintura o al asiento? Estaba a punto de preguntarle cuando a tientas buscó mis manos y me hizo abrazarle por la espalda quedando completamente pegada a él con las manos firmemente entrelazadas sobre sus definidos abdominales temerosa de relajar los brazos y provocar una situación embarazosa.
—¿Preparada? —preguntó poniéndola en marcha con un ronco rugido como el de una bestia salvaje.
—Sí —grité por encima del ruido del motor, mi propia voz me sonó extraña, amortiguada por el casco.
William aceleró y salimos disparados del aparcamiento. Zigzagueamos entre los coches atrapados en el atasco de la hora punta, pasando por lugares imposibles. De repente entendí qué era lo que tenían las motos para hacer que muchos se volvieran locos por ellas, aquella sensación de libertad era impagable, con el viento acariciando nuestros cuerpos. Las mangas de su camiseta azul marino se hinchaba atrapando el aire como si de un globo se tratase, la tela ondeaba de un modo curioso.
Nos fuimos alejando más y más del centro de París abandonando las carreteras anchas por otras más estrechas y sinuosas. Lejos de mi casa, lejos de mi trabajo y lejos de Kadic.
William estacionó en las plazas para motos en un trozo de calle peatonal, se deshizo del casco y tras poner la pata de cabra bajó con sencillez. Le miré desde el asiento de la moto sin saber cómo narices tenía que bajarme de esa repentina altura.
—Deslízate hasta la parte delantera. —Lo hice pero mis pies siguieron sin tocar el suelo—. Deja que te ayude.
Me sujetó por la cintura y me alzó como si en vez de cincuenta y tres kilos tuviera el mismo peso que una pluma. Me dejó en el suelo con suavidad.
—Déjame adivinar. Tu compañera es mucho más alta que yo —musité con amargura comparando mi metro sesenta con el metro ochenta y algo de él.
—Es más baja que tú, pero tiene una amplia experiencia en motos —replicó cerrando la cadena e inmovilizando la rueda—. Ya aprenderás.
Sonreí imaginando unas clases extrañas de cómo subir y bajar de la moto al más puro estilo CirqueduSoleil. Me quité el casco y bajé la cremallera de la cazadora, ahora que habíamos parado y a pleno sol hacía calor. William me pasó los dedos por el pelo y yo me sonrojé no había caído en que el casco me había despeinado.
Le seguí calle arriba expectante, nunca había estado allí, todo era nuevo y mágico, además de la buena compañía y la curiosidad por ver a que lugar me llevaba. Durante nuestro trayecto en moto había imaginado de todo un poco desde una cadena de comida basura hasta un elegante restaurante de esos en los que tienes que lidiar con varios tenedores y cuchillos a la vez intentando no equivocarte y quedar como una imbécil.
Entramos en un restaurante de puerta de madera verde con un toldo, verde también, con aspecto de elegante pero de ambiente familiar con una larguísima cola. Por el recibimiento era evidente que aquella no era la primera vez que William ponía los pies allí. Una camarera rubia vino hasta nosotros le dio dos besos a William me encajó la mano analizándome con la mirada y nos llevó hasta una mesa junto a la ventana. Nos dejó las cartas y desapareció.
—¿Eres el cliente estrella? —pregunté aún alucinada porque nos hubiesen dejado pasar sin hacer cola.
—Es la hermana de mi compañera —me dijo.
Me deshice de la cazadora y la colgué en el respaldo de la silla junto con mi bolso.
—Entonces ¿vives por aquí?
—No, lo cierto es que no. Pero me gusta venir, se come de maravilla, ya lo verás.
Asentí y me concentré en la carta, la camarera regresó con sus tacones resonando sobre las baldosas y una libretilla en la mano.
—¿Qué te apetece? Pide lo que quieras, no te cortes.
Miré a la camarera y después volví a mirar la carta. Era todo demasiado caro, me sabía fatal que se gastase tanto dinero en mí. Analicé el listado de ensaladas con sus respectivos precios. Oí a William suspirar y un instante después me arrebató la carta.
—El precio no se come —me dijo con sus brillantes ojos azules clavados en los míos—. ¿Hay algo que no te guste?
—Las coles de Bruselas y el cous-cous. —William enarcó las cejas como si no me creyera.
—Tráenos una ensalada de espinacas con queso de cabra y piñones, para picar, junto con una tortilla de crema rancia y caviar y... —dudó un instante como tratando de recordar algo de vital importancia, sacudió la cabeza y revisó los segundos platos—. Cordero al horno con setas variadas.
La camarera tomó nota con una sonrisa divertida.
—¿De beber?
William me miró.
—Agua.
—Pues agua para los dos —pidió William devolviéndole las cartas a la camarera.
—¿Cordero? —La pregunta escapó de mis labios, me había sorprendido.
—Bueno, no soy ningún genio pero recuerdo que ni Azra ni tú comíais cerdo —declaró—. Aunque no lo has mencionado.
¡Caray! Esa no me la esperaba. No creía que me hubiese prestado jamás la suficiente atención como para notar un detalle tan insignificante, a ojos de cualquiera, como ese.
—Es verdad —dije con una sonrisa.
—¿Me habías tendido una trampa?
Sentí que se me incendiaban las mejillas. Sí. En parte se la había tendido.
—Mi madre es de Irak —declaré, aunque no fuese necesario hacerlo—. Para ella las enseñanzas del Islam están por encima de casi cualquier cosa en el mundo.
—¿Eres musulmana?
—No, no... bueno, algo, supongo. —Suspiré, el tema religioso era espinoso por culpa de los fanáticos—. Cuando era pequeña mi madre me llevaba siempre a la mezquita. Mi padre también era musulmán, pero no era demasiado... no sé como decirlo. Supongo que podría decirse que era como un cristiano que no va la iglesia.
William me sonrió, yo no sabía si era una buena idea hablar de eso con él.
La camarera regresó con la fuente de ensalada, la tortilla y dos platos de porcelana que dispuso con movimientos estudiados al milímetro. Cuando se alejó continué:
—Cuando me matricularon en Kadic dejé de ir, igual que Azra. Pero conservo algunas costumbres como esa del cerdo. Imagino que me es más cómodo así.
—Vaya.
—¿Asustado?
Esperaba la trillada pregunta de "entonces ¿por qué no llevas pañuelo?" y la necesidad de explicarle que el hiyab era algo opcional y no una imposición, al menos no lo era entre los no radicales o los poco religiosos, por no hablar del niqab o el burka.
—¿De qué? —me devolvió la pregunta con aire desenfadado.
—Normalmente cuando la gente oye eso del Islam le entra la paranoia.
—Tranquila —me susurró—. No me das ni pizca de miedo.
Me sentí aliviada. Mi último novio huyó, literalmente, por las escaleras al descubrir que mi madre era de Irak y ver un ejemplar del Corán en la estantería. Cuando le llamé al día siguiente había dado de baja su teléfono móvil y cambiado su fijo, seguro que hasta había cambiado de casa. Tanto "te quiero" y "eres la mujer de mi vida" para huir como un imbécil.
—¿Estás bien, Emilie?
—Sí, lo siento. —Parpadeé tratando de disipar las malditas lágrimas—. No es nada.
—¿Lo preguntabas por experiencia propia?
Asentí y no sé muy bien por qué. Porque no era algo que a él tuviese por qué importarle, al fin y al cabo no éramos más que dos desconocidos que habían estudiado en la misma academia. Un desconocido por el que había suspirado demasiadas noches, un desconocido en el que pensaba con más frecuencia de la que querría.
—Seguro que era un imbécil. No merece la pena que le dediques un minuto más de tu tiempo ni que llores.
«Ese imbécil. No merece ni un minuto de tu tiempo ni una sola de tus lágrimas» me había dicho Noémie aquella noche mientras lloraba como una tonta. Azra me había dicho algo parecido.
Asentí despacio. Tomé los cubiertos y empecé a comer. No sabría decir qué estaba más bueno si la ensalada o la tortilla de ingredientes extraños.
De repente con la comida entre nosotros la conversación se volvió más sencilla y natural. El miedo a decir algo que no debía se evaporó. Comimos y reímos como dos buenos amigos de toda la vida, de ese modo que yo siempre había querido y que tanto había envidiado de Yumi Ishiyama.
La comida se acabó y a nuestro alrededor se fueron acumulando tazas de café y cosas dulces para picar. La camarera traía obediente cualquier cosa que William le pidiera y yo no podía dejar de sorprenderme de que siempre acertase con lo que podría gustarme.
Cuando me di cuenta ya había anochecido y estábamos tomando unos sándwiches vegetales como cena que devoramos con hambre.
William le entregó su tarjeta de crédito a la camarera para pagar el importe que seguramente tendría tres cifras y desestimó totalmente mi oferta de pagar a medias como si el simple hecho de pensarlo fuese una ofensa. Doblé la chaqueta sobre mis brazos antes de salir. Miré alrededor detectando una parada de metro más abajo, no tendría problemas para volver a mi casa que, definitivamente, estaba muy alejada de aquel punto de la ciudad.
—Te llevo a casa —dijo pasándome un brazo sobre los hombros para llevarme hasta la moto.
—No te preocupes puedo coger el metro.
William me miró con una ceja enarcada.
—Ni hablar, he sido yo quien te ha entretenido y es mi obligación dejarte sana y salva en la puerta de tu casa.
—De acuerdo, tú ganas —cedí porque en realidad la idea de pasar un rato más con él me encantaba.
Salimos a la calle, las farolas ya estaban encendidas y la noche estrellada. William me ofreció de nuevo su chaqueta y yo la tomé gustosa porque hacía algo de fresco, aunque no sin sentirme culpable porque ahora sería él quien se quedase helado. Me puse el casco de su compañera y subí a la moto tras él sujetándome automáticamente a su cintura, esta vez con más seguridad y menos vergüenza. Arrancó pero no aceleró como si de repente acabase de recordar algo de vital importancia.
—Esto... tendrás que guiarme porque no tengo ni idea de dónde vives.
Me reí apoyando la barbilla sobre su hombro, nuestros cascos chocaron.
—Tranquilo, no tiene pérdida.
Fui indicándole las calles por las que tenía que ir, las esquinas que debía girar. El Sena discurrió a nuestro lado durante unos metros, con las barquitas iluminadas y los turistas poniéndose en pie cada vez que pasaban bajo uno de los puentes, antes de hacerle girar de nuevo hacia una callejuela estrecha y oscura de asfalto agrietado y molestos baches que William esquivó con destreza zigzagueando.
—¡Es aquí! —grité señalando mi portería y entonces la moto se detuvo.
Me quité el casco y después pasé los dedos por mi pelo intentando dejarlo presentable. Mi pie izquierdo tocó el suelo, William había inclinado la moto para que pudiera bajar por mis propios medios.
—No parece un sitio muy seguro —pronunció deshaciéndose de su casco.
—Bueno... es lo único que podía pagar.
William observó con desconfianza la portería de mi edificio, la puerta estaba abierta y descolgada, sin apenas luz y sombras siniestras proyectándose por todos lados. Agaché la mirada, no estaba demasiado orgullosa del aspecto del edificio que parecía más un nido de ratas y delincuentes o un fumadero de crack que un bloque de viviendas. Oí la pata de cabra levantar la moto y el candado cerrarse. Le miré preguntándome qué hacía.
—No pienso dejar que entres sola ahí adentro —siseó.
—Lo hago cada día —repliqué con aire resuelto.
—Pero no en mi presencia. —Y el tono que usó dejó claro que no iba a ceder aunque me echase al suelo y me pusiera a patalear como una niña consentida—. No, en serio, Emilie. Podría haber entrado cualquiera y asaltarte en mitad de la escalera.
Tenía razón, siempre me había dado miedo entrar y salir de noche, por eso trabajaba por la mañana y por las tardes me encerraba en casa, por eso mismo dormía con un cuchillo debajo de la almohada. Pero a pesar de ello siempre me había sentido bastante segura porque nadie había verbalizado mis miedos y ahora que él lo había dicho en voz alta fui plenamente consciente de lo peligroso que podía ser.
Con un suspiró me adentré en la portería las botas de William resonaban tras mis pasos, subimos los cuatro tramos de escalera hasta mi rellano donde un fluorescente parpadeaba desde hacía semanas. Me avergonzó el aspecto interior del edificio casi tanto como el exterior, realmente parecía estar en ruinas.
Me detuve frente a mi puerta y metí la llave en la cerradura deseando poder alargar aquel momento eternamente.
—Misión cumplida —musité—, supongo.
William con una sonrisa se inclinó hacia delante. Iba a besarme en la mejilla, era de esperar. Decidí que era un buen momento para poner en práctica lo que había aprendido de Odd durante nuestro fugaz romance de tres días: gira la cara y aprovecha la situación. Así pues, me giré hasta que mis labios encontraron los suyos.
Sinceramente, esperaba que se apartase, compusiera una de sus fascinantes sonrisas y me llamase indecente. Pero no ocurrió. Noté como su cuerpo se acercaba al mío con determinación hasta que ya no quedó espacio ni para el aire. Me temblaron las rodillas como si en vez de músculos, ligamentos, huesos y cartílagos tuviese gelatina. Me abracé a su cuello, poniéndome de puntillas, lo único que parecía ser estable y fiable en aquel sobrio pasillo de pintura desconchada.
Reculamos hasta dar con la pared fría, algunos fragmentos de la pintura cayeron al suelo provocando un ruido sordo que el rugido de la sangre en mis oídos casi silenció. De repente hacía calor, un calor tremendo. Entonces me di cuenta de que me daba absolutamente igual que mi adorable vecina viviese pegada a la mirilla y que, sin duda alguna, nos estaría espiando.
Sólo existía el calor y la presión del cuerpo de William contra el mío y el frescor de la pared. Bajé las manos suavemente acariciando sus brazos fríos a causa de ir en manga corta en la moto y me aferré a su cintura sintiendo la piel cálida de su espalda bajo el tacto de mis dedos, allí donde la camiseta estaba algo subida. Su aliento mezclándose con el mío. El deseo de que aquel instante se alargase durante el resto de la eternidad, pero acabó.
—¿Quieres entrar? —logré preguntar.
William me sonrió, me plantó un beso casto en la frente y me acarició la mejilla.
—Si entro tendrás que invitarme a desayunar. —Pude leer en sus ojos azules que lo decía en serio. Sonaba tan tentador que le habría invitado incluso a comer—. Mejor otro día.
Me sentí un poco decepcionada aunque intenté que no se me notase.
—Déjame tu móvil.
—¿Para qué? —pregunté dándoselo.
Pulsó varias teclas y se llevó el auricular a la oreja, una musiquilla se elevó desde el bolsillo de William y enmudeció al instante. Comprendí que se había llamado a sí mismo cuando grabó el número en la memoria de mi teléfono y lo dejó en la pantalla cuando me lo devolvió. Sacó el suyo y grabó mi número.
—Te llamaré —prometió. Aunque esa promesa sonaba a "no voy a llamarte" como en las entrevistas de trabajo—. También puedes llamarme tú si quieres —añadió. Parecía leerme la mente.
—De acuerdo, lo haré.
William me dio un último beso en los labios y otro en la punta de nariz. Yo le devolví su chaqueta y miré como se alejaba por el pasillo y cerré la puerta cuando le hube perdido de vista.
Había sido extraño, pero agradable.
Di vueltas y más vueltas por el salón de mi casa con el teléfono móvil en la mano y el número de William fijo en la pantalla.
¿Qué diría de mí el hecho de que le llamase ya? Parecería que estaba desesperada. Lo mejor sería no hacerlo. Pero mis dedos opinaban diferente.
Pulsé la tecla de llamada y escuché, con el corazón aporreándome las costillas, el tono de llamada.
Descolgó al instante.
—Dime, Emilie.
—He pensado que... ¿qué te gustaría desayunar?
Se cortó ¿o me había colgado? También podría habérsele acabado la batería, aunque no lo creía. Me senté en el sofá con desánimo y suspiré.
Sonó el timbre y me levanté apresurada. Abrí sin mirar antes por la mirilla, una costumbre sin duda peligrosa teniendo en cuenta que no vivía en el bloque más seguro de la ciudad.
—Cualquier cosa me vale —declaró de pie en el zaguán de mi puerta.
—Preparo unas tortitas increíbles —dije ¿no era eso lo que desayunaban en América? Un cliché tonto.
—Me encantan las tortitas —susurró antes de que le cogiese de la camiseta, le arrastrase al interior de mi piso y la puerta se cerrase a nuestras espaldas.
—Has llegado muy rápido.
—Aún no había salido del edificio.
¿Había pasado tan poco rato como para que no hubiese salido? Me tentó la idea de comprobar el reloj, pero preferí dejarme besar con aquella pasión arrolladora hasta que nos hubimos quedado sin oxígeno.
—Tienes unos vecinos muy interesantes —jadeó contra mis labios.
—¡Oh no! ¿Qué te han dicho?
—Que si te rompo el corazón nunca encontrarán mi cadáver. —Sonrió.
—¿En serio? —pregunté incrédula.
—Y tan en serio.
Recorrí su mejilla con mis dedos. Cuántas veces habría imaginado cómo sería tocarle, qué sentiría si me besase, qué me diría si le confesase lo que sentía por él. Y ahora aquel hombre increíble estaba de pie en el recibidor de mi casa, mirándome con sus profundos ojos azules. Un suspiro trémulo escapó de mis labios entreabiertos.
—¿Qué ocurre?
—Me siento un poco tonta.
—¿Por qué? —Sonrió.
—Porque me he imaginado tantas veces que te tenía delante, que podía tocarte, que me mirabas sólo a mí... —Noté el rubor encendiendo mis mejillas—. Deseé tantas veces que me vieras...
—Te veo, Emilie. Y me gusta lo que veo.
La risa brotó de mis cuerdas vocales como si fuese un lamento.
—En Kadic también te veía —declaró sujetándome la barbilla—. Pero tú siempre te escondías.
—¿Qué?
—Nunca pude acercarme a ti.
«William te mira» me había dicho muchas veces Noémie. «Si te sigues escudando detrás nuestro vas a perder la oportunidad» me había advertido. Siempre creí que aquello era una estrategia de Noémie, Magali y Azra para que me quitase la timidez de encima y me acercara a hablar con William.
—Tú estabas loco por Yumi Ishiyama.
—Sí.
Aquella afirmación fue igual que una bofetada.
—Pero eso no cambia nada —dijo y me soltó—. Que quisiera a Yumi no me dejó ciego, seguía viendo.
—¿La querías?
William encogió un hombro e inspiró hondo.
—Eso es el pasado y esto —dijo abarcando mi recibidor con los brazos—, es el presente. Tú estás aquí y yo también lo estoy.
—Y ¿eso significa que vas a quedarte aquí?
—Me has llamado para que volviera. ¿Me quieres aquí?
—Te quiero aquí —afirmé aferrándole por la camiseta y William volvió a besarme.
Quizá aquello no funcionaría, tal vez descubriría que me había creado una imagen idealizada de él y dentro de cuatro días le mandaría a paseo, quizás él descubría alguna manía mía que le sacaría de quicio y me plantaría. Pero, en aquel momento, me importaba más bien poco.
Acababa de descubrir que William significaba pasión desenfrenada.
Fin

Escrito el 18 de noviembre de 2011

martes, 30 de noviembre de 2010

Tiritas para el corazón



Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Tiritas para el corazón

Los días pasaban más rápido de lo que desearía. Había empezado aquella rutina, un poco por imposición de sus amigas, diez días atrás. Ahora ya no se ponía nerviosa ni se le cortaba la respiración, pero seguía poniéndose roja.

William no había mencionado el "incidente" del beso, ni una sola vez después de aquella noche. Al principio se alegró, porque no podía evitar sentirse un poco incómoda, pero con el paso de los días empezó a desear que dijese algo, lo que fuera.

Las heridas casi habían cicatrizado por completo, ya no necesitaba tantos cuidados, sabía que con que fuese una vez al día bastaba, sin embargo seguía yendo por la mañana y por la noche. Él siempre le sonreía.

Corría. Corría a toda velocidad por el pasillo. Era tarde. Noémie la había entretenido.

Al principio se había enfadado por haberla hecho esperar durante más de una hora. Cuando se disponía a soltarle una reprimenda, Noémie, abrió su bolso con una enigmática sonrisa y con gran teatralidad extrajo un sobre rojo. «Un regalito para William y para ti» le dijo tendiéndole el sobre y esfumándose después.

Se animó de golpe. A William le encantaría.

Los tacones bajos de sus botines negros resonaban sobre el suelo de mármol del pasillo. Se había arreglado más de lo habitual, con su minifalda verde oliva plisada por un lado y lisa por el otro, con un cinturón con tachuelas a juego, y una camiseta de manga corta gris con un corazón atravesado por dos tibias, como una bandera pirata, salpicada de florecillas en color marengo. Aún no había recuperado sus gafas, pero aquellas de color naranja parecían gustarle a William de verdad, y con el paso de los días empezaron a gustarle a ella también.

Se plantó frente a la puerta y llamó de lo más animada.

—Pasa, Emilie —contestó desde el otro lado de la puerta.

No dejaba de sorprenderle que la llamase por su nombre cada vez que golpeaba la puerta. Abrió con la respiración aún agitada por la carrera, no pudo evitar sonreír al verle lanzar el cómic que leía al escritorio. Descalzo con sus vaqueros desgastados y camiseta negra, el pelo del color de la noche siempre revuelto y sus intensos ojos azules como el océano.

—Hola —le saludó con su sonrisa desenfadada—. ¿Te ha pillado Jim?

—No… siento el retraso. —Suspiró al ver que iba a protestar—. "No te disculpes" —imitó el tono que usaba William para pronunciar aquella frase—. Lo… —«siento». Se mordió el labio, lo estaba haciendo de nuevo.

»Te he traído una cosa.

—Me tienes en vilo.

Emilie sonrió llena de ánimo, los ojos de William se habían iluminado como los de un niño que acaba de ver cientos de regalos bajo el árbol de Navidad. Sacó el sobre rojo dándose importancia y finalmente se lo tendió.

Lo observó embobado unos segundos, como si pensase si tenía derecho a aceptarlo o no. Lo cogió y le dio un par vueltas antes de abrirlo. Soltó una exclamación.

—¡Entradas para los Subdigitales! —casi saltó de la emoción.

—Ah… sí —titubeó, no esperaba tanto entusiasmo.

—Vendrás conmigo, ¿verdad?

—Cla-claro.

—¡Excelente!

Dos golpecitos rítmicos en la puerta inundaron la habitación. William dejó a un lado las entradas y sonrió.

—Pasa, Yumi.

Emlie le miró asombrada, al parecer sabía quien estaba al otro lado sólo por la forma de llamar. Cuando la vio aparecer se sintió un poco frustrada, la mismísima Yumi Ishiyama estaba en el umbral. ¿Cómo no iba a frustrarse? Era guapísima, como una de esas modelos de las revistas. Todo el Kadic sabía que William estaba colado por ella.

—Hola —les dijo con una sonrisa mientras cerraba la puerta—. Te traigo lo que me pediste, William.

—¿Lo has encontrado? ¿en serio? —exclamó eufórico levantándose—. Eres un genio, ¿lo sabías?

—Idiota… —pronunció riendo—. Te dije que tenía un ejemplar en casa.

«¿Qué estoy haciendo yo aquí…?» pensó mirándose las manos sobre el regazo.

—También te he traído fotocopias de los apuntes —añadió Yumi rebuscando en su mochila—. Pensé que no podrías copiarlos así que…

William le revolvió el pelo sonriente.

—No sé que haría sin ti, Yumi. Gracias.

—Seguramente catear todos los exámenes.

—Qué cruel.

Las risas de William y Yumi inundaron el cuarto, pero Emilie no tenía ganas de reír. Envidiaba a Yumi y su sencilla complicidad con William, la facilidad con la que hablaba con él y la naturalidad con la que se expresaban.

—Emilie, un consejo —pronunció ella acercándosele con confidencia—. No caigas en su trampa o te acabara obligando a abanicarle cuando tenga calor.

—¡Eh! —farfulló él.

—En fin, tengo que irme ya —musitó la japonesa. Había intentado hacer sentir cómoda a Emilie, pero había visto como se le humedecían los ojos, así que lo más sensato era esfumarse—. Aelita me matará si la dejo plantada.

—Al final he decidido hacerlo. —William se mostró resuelto al decir aquello.

—¿De verdad? —Yumi le dedicó una amplia sonrisa—. Buena suerte.

—Gracias.

Abandonó la habitación con gesto solemne.

Emilie suspiró. La envidiaba. Envidiaba la relación que tenía con William, el que le contara secretos, el que pudiese hablarle de cualquier cosa, la complicidad… Empezaba a repetirse.

—¿Estás bien? —William se sentó a su lado con expresión preocupada—. ¿Qué te ocurre?

—¿Qué? —susurró.

Le miró estupefacta antes de notar las lágrimas que corrían libremente por sus mejillas, ¿cuánto rato llevaba llorando? No se había dado cuenta. Debía parecer idiota.

—Yo… ¡tengo que irme! —exclamó apabullada. Se levantó torpemente en busca de la puerta, la mano de William se cerró en torno a su muñeca con delicadeza.

—¿Ya te marchas?

Parecía decepcionado de verdad. Los músculos de Emilie se aflojaron, él la sostuvo y la ayudó a sentarse en la cama.

—Si te marchas así y alguien te ve… con mi fama seguro que Jim viene a echarnos la bronca a los dos.

—¿Eso es lo que te importa? —La pregunta le salió convertida en un amargo sollozo—. Qué Jim te castigue…

—Eso me da igual. Me preocupa lo que digan de ti, que te expulsen o castiguen por mi culpa.

En su mente resonó una pregunta: ¿por qué? Si le hubiese dicho cualquier otra cosa… ¿Por qué había elegido esas palabras? ¿Por qué preocuparse por ella?

—Duele —el lamento se le escapó entre las lágrimas.

William apoyó los codos sobre las rodillas y la dejó desahogarse. Podría haberla abrazado, acariciado su espalda, prometerle el cielo, la luna y las estrellas. Pero eso no sería justo. Sería como ponerle un grillete en el tobillo y atarla a la pared.

Se levantó poco a poco, como si un gesto brusco fuese a hacerla huir, y tomó de su escritorio una caja de pañuelos de papel y la bolsa verde con las medicinas. Cuando volvía a sentarse, Emilie, se tapó la cara con ambas manos, se había quitado las gafas que ahora reposaban sobre su regazo. Dejó cuidadosamente la caja de pañuelos a su lado y ella musitó algo parecido a un gracias.

Silbó con gran habilidad una canción que sabía que a ella le encantaba. Finalmente se secó las lágrimas con los pañuelos, empezó a respirar de un modo más tranquilo y menos entrecortado. Abrió la bolsa verde y buscó en su interior. Ella le miró dolida, sintiéndose utilizada, ¿sólo le quería para que le curase?

—¿Me permites? —dijo tomando la cajita de tiritas.

—¿Qué haces?

William sonrió, sacó un apósito, le quitó la protección del adhesivo y lo pegó cuidadosamente sobre la camiseta gris de Emilie, justo en el punto donde latía su corazón. Ella miró fijamente la tirita sobre su pecho y después a William sin entender nada.

—Tiritas para curar tu corazón.

—¿Me tomas el pelo?

—Qué va. Cuando era pequeño tenía un perro, se llamaba Hake…

—¿Tu perro se llamaba merluza?

—Bueno, sí… —Se sonrojó—. Era pequeño y quería un león… ¡qué más da! Eso no es lo que importa.

Suspiró moviendo la cajita con gracia.

—Lo atropelló un coche y tuvimos que sacrificarlo. —Emilie se inclinó hacia adelante para acariciar el hombro de William—. Me tiré… horas llorando dentro de la caseta de Hake, hasta que vino mi abuela con una caja de tiritas. Me pegó dos en el pecho y me dijo "para curar el corazón herido".

—¿Funcionó?

—Claro que sí.

—¿En serio? —preguntó incrédula.

William sonrió dejando caer la caja sobre la colcha de la cama.

—Aunque claro, falta una cosa.

—¿Qué cosa?

Él se echó hacia adelante y le besó la mejilla con suavidad, mientras que con la mano le acariciaba la otra. Escrutó su rostro, las mejillas encendidas, los ojos brillantes, los labios entreabiertos.

—Un beso curativo —dijo en un susurro acariciando sus labios con el pulgar.

—¿Ese era el mejor que tienes?

—Ese era sólo de prueba. El bueno viene ahora.

Cuando los labios de William se juntaron con los suyos la recorrió una corriente eléctrica. Se sintió arrollada por todas esas sensaciones nuevas que desbordaban sus sentidos. Tal vez era eso lo que se sentía al estar enamorada de alguien. Le abrazó cerrando los puños con fuerza, sujetándole por la camiseta negra. Si había algo que sabía a pesar de no poder pensar con claridad era que no quería que se separase de ella, pero lo hizo. Rompió el contacto lo justo para tomar aire.

Con la respiración aún entrecortada volvió a besarla. Emilie tiró de su camiseta hasta que ambos acabaron tumbados sobre la colcha azul de la cama, William le acarició el brazo con suavidad, puso la mano en su nuca y apoyando todo el peso de su cuerpo sobre la otra, se incorporó arrastrándola con él. Se apartó de ella y suspiró.

—Así, no —susurró jadeante.

—William, no juegues conmigo.

Se sintió decepcionada de si misma tras decir aquello, era más fácil culparle a él que asumir lo que acababa de hacer y lo que implicaba. Se había metido en aquello ella solita. ¿Qué esperaba? ¿Habría seguido adelante si él se hubiese dejado llevar? Seguramente no.

—Me ofende, señorita Leduc. —Frunció el ceño—. Jamás haría eso. Y siento si te has llevado una impresión errónea.

—Tú no eres Odd.

«Evidentemente» pensó William.

—Él liga con todas —continuó Emilie.

William suspiró.

—Sólo me han interesado tres chicas hasta ahora y, dos, me han dado calabazas tantas veces que me hubiese tirado de cabeza al río.

—¿Tres? —preguntó sorprendida.

—Karen Spade —lo pronunció con melancolía—, metro sesenta, guapa, jefa de las animadoras, atlética, pelo corto y moreno… Empapelé la escuela y el coche del director de cartas de amor para ella.

Emilie parpadeó varias veces y se mordió el labio inferior, pero no logró contener la risa. Era de dominio público que le habían expulsado por llenar la escuela de papeles, lo que no sabía era que hubiese sido por una chica. Eso sí que era una locura.

—¿Y te hizo caso?

—Bueno… vino a despedirme al aeropuerto.

—Supongo que en esa lista también estará Yumi…

—Así es, la segunda. He hecho muchas estupideces por ella, pero no me hace ni caso. —Sonrió—. Está loca por Stern.

—Y él lo está por ella —dijo analizando la reacción de William que no pareció inmutarse. Le había lanzado un golpe bajo con toda la intención.

—Sí, el mundo es así.

»Y entonces apareciste tú.

La mirada azul y penetrante de William le obligó a mirar a otro lado, sentía que cuando le miraba así podría sacarle cualquier cosa.

—¿Qué tengo yo que ver?

—Eres la tercera chica —dijo con descaro. Emilie dio un respingo. Directo y descarado—. No me había fijado demasiado en ti, hasta que un día te vi de la mano con Odd. Y me pregunté el por qué, pero no obtuve respuesta.

—Sí, claro —replicó en un susurro.

—Hablo totalmente en serio.

Emilie enarcó las cejas con la vista clavada en el suelo.

—Odd ¿te gusta?

—Me cae bien —contestó.

—¿Sólo eso? —preguntó.

—Sí.

William soltó un suspiro cargado de alivio y relajó los hombros.

—¡Estupendo!

—¿Por qué? —inquirió sorprendida.

—Por que me gustas mucho.

—A penas me conoces —susurró sonrojada.

—Por eso digo que me gustas —contestó con seguridad—. Si te conociera más podría decir que te quiero.

—Pero…

—¿Pero qué? Tú tampoco me quieres. —Emilie asintió—. ¿Ves?

—Pero me gustas mucho…

Por primera vez, Emilie, creyó ver un ápice de vergüenza en William, mas este se recuperó a la velocidad de la luz esbozando aquella sonrisa traviesa que le caracterizaba. Sujetó la mano derecha de ella entre las suyas con firmeza pero con suavidad e inspiró hondo.

—Supongo que tienes dudas, no tengo prisa —le susurró—. Y puedo hacer tantas estupideces como quieras para demostrarte que es verdad.

—Estarías dispuesto a… ¿a dejar de ver a Yumi?

Suspiró y asintió lentamente.

—Sería complicado yendo a la misma clase, pero sí. Lo haría.

—Pero…

—¿Qué? —Sonrió—. ¿Tienes mala consciencia?

—¡Estás loco! —exclamó girando a verle bruscamente—. ¡No puedes hacer eso!

Los ojos de William centellearon y entonces empezó a reír, Emilie frunció el ceño y le golpeó en el brazo aunque acabó contagiándose de la risa de él.

—¡Me estabas tomando el pelo!

—¡Qué no! Hablaba totalmente enserio.

—Es una locura —afirmó.

—Mi especialidad.

—No quiero que lo hagas —dijo con firmeza—. No podría… no podría… —Suspiró y se echó hacía adelante acercando su cara a la de él—. ¿Es qué vuelves a hacerte el tonto? ¿Vas a volver a pasarte los días como si fueras totalmente estúpido?

Le invadieron las ganas de asesinar a Jérémie por crear a un clon tan sumamente imbécil, aún le perseguían las consecuencias.

—No sería una buena idea —declaró para salir del paso—. Pensaré otra cosa.

—Procura que no te expulsen.

—Sí, señora.

William trató de besarla, ella se apartó con suavidad y se puso en pie.

—¡Oye! —exclamó—. ¿Y mi beso?

Emilie le sacó la lengua dio un par de pasos atrás, con las manos a la espalda y los ojos aún enrojecidos.

—Tendrás que ganártelo. —Rió—. Así que empieza a trabajar, William.

—Eres malvada, doctora.

Fin

Escrito el 29 de noviembre de 2010

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Un beso de cristal



Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Un beso de cristal

El mundo a veces es extraño. Parecía un día perfecto, de esos en los que ni una mísera nube entorpece al azul del cielo ni le da por tapar al cálido sol primaveral, todo semejaba brillar con luz propia en una exasperante competición de destellos cegadores.

Odd jugueteaba con la mano de su nueva novia, Sorya Abbulabbas, bajo la sombra de uno de los árboles centenarios. Jérémie y Aelita hojeaban uno de esos libros gigantescos sobre algún tema complicado y aburrido. Ulrich y Yumi estaban enfrascados en uno de sus entrenamientos a golpes. Y William los miraba sin comprender como era posible que nunca llegasen a hacerse daño de verdad, ambos pegaban con fuerza.

No lejos de allí, Hervé, Nicolas y Sissi, maquinaban cualquier cosa no demasiado buena pero indiferente para ellos. Se dedicaban a juguetear con un balón cerca de los ventanales.

William suspiró y se estiró, le estaba entrando un sueño mortal y más le valía espabilarse si no quería suspender el examen que tenía en una hora. Se puso de pie, les dijo adiós con la mano a los chicos y se adentró en el edificio.

Era un misterio que Jim no estuviese en el pasillo riñendo a los alumnos por estar allí adentro en vez de estar en el patio. Avanzó pasando frente a los enormes ventanales cuando un balón impactó contra ellos haciendo estallar los vidrios. Los pedacitos de cristal rebotaron en su ropa y cayeron al suelo.

Magali De Vasseur, Azra Ürgüp, Noémie N'Guyen y Emilie Leduc se acercaron hasta a él, igual que lo hicieron otros alumnos.

—¿Estás bien, William? —preguntó Noémie.

—Sí, estoy perfectamente.

—Menudo susto —murmuró Emilie con una mano en el pecho.

Miraron a través del marco de la ventana y vieron a Sissi y a Nicolas con la vista clavada en Hervé y a este con una expresión horrorizada, sudor en la frente y la palabra "culpable" estampada en la frente.

—Espero que Jim no me culpe a mí —dijo William con humor.

—No sería tan raro. —Noémie se encogió de hombros—. Todos sabemos que eres el especialista en meterte en líos.

—Bueno… es una suerte que haya testigos de que no he sido yo.

—Claro. —Emilie dio un paso al frente sonrojada—. Nosotras se lo diremos a Jim. No… no te puede castigar por algo que no has hecho.

Alguien entró en el edificio corriendo, pasó como una bala arrollando a Emilie y lanzándola contra los cristales rotos del suelo. William alargó el brazo para evitar que cayera y se hiciese daño. Resbaló. Según perdía el equilibrio reconoció el jersey verde de punto de Hervé que se alejaba por el pasillo.

La abrazó con fuerza protegiéndola del golpe con su propio cuerpo, los afilados pedazos de cristal se hundieron en su espalda provocándole heridas profundas y dolorosas.

—¡Leduc, Dunbar! ¿Estáis bien? —aulló Jim que había acudido al oír el estallido de los vidrios.

—¿Te has cortado, Emilie? —preguntó William sin aflojar el abrazo e ignorando de manera deliberada a Jim.

—E… es-estoy bien —tartamudeó—. ¿Y tú?

Jim llegó hasta a ellos y maldijo a voz en grito.

—¡Avisad al director! —gritó sacando el teléfono móvil del bolsillo de su sudadera—. No te levantes Dunbar, suelta a Leduc despacio.

Quiso obedecer, pero no pudo. Se había asustado tanto que estaba petrificado, le dolían los brazos de la tensión. Inspiró hondo y batalló contra la sensación punzante de sus músculos liberando a Emilie del abrazo. Ella se levantó muy despacio aturdida y asustada. Los cristales de sus gafas se habían roto y no veía demasiado bien. Cuando estuvo en pie, miró a William y sus rodillas se aflojaron. Había sangre en el suelo, Emilie sabía que no era suya… por eso Jim le había dicho que no se levantase. Emmanuel la sujetó por el brazo antes de que acabara en el suelo.

El profesor de gimnasia pedía una ambulancia mientras los alumnos miraban todo lo que ocurría. Hervé se había esfumado, Sissi le miraba horrorizada al borde de las lágrimas y Nicolas petrificado. Sus amigos le observaban preocupados. William pensó que debía tener una pinta espantosa para que todos tuvieran aquella cara.

Para Emilie todo ocurría como si se proyectase en una pantalla borrosa, oía murmullo y voces, pero no podía entender ni una sola palabra. Su pulso latía en sus oídos ensordeciéndola. Tenía mucho miedo.

Cuando recuperó el control sobre si misma estaba en su cuarto con sus amigas, Azra, Magali y Noémie, con los ojos llorosos, una caja de pañuelos de papel en el regazo y una tableta de chocolate con leche en la mano. El móvil de Azra sonó y Emilie dio un bote en la cama del susto.

—Es Odd —dijo con su particular acento pulsando la tecla para hablar—. Hola, ¿qué sucede? —Hizo una pausa escuchando la respuesta de su interlocutor y sonrió— ¿De verdad? Eso es fantástico.

Azra miró a Emilie y le acarició el hombro.

—Sí, estoy con ella —contestó—. Se lo diré. Gracias Odd. —Frunció el ceño y suspiró—. No, no voy a ir contigo al cine mañana. Adiós, Odd.

—¿Y? —preguntó Noémie alargando la letra—. Aparte de intentar ligar contigo, ¿qué quería?

—Llamaba desde el hospital… —dejó la frase a medias al ver que los ojos de Emilie amenazaban con desbordarse de nuevo.

—¡Azra! No nos dejes en vilo —protestó Magali.

—Ah… vienen hacia aquí. William está bien.

Emilie se lanzó a los brazos de su amiga como si acabase de concederle su mayor deseo. Lloraba y sonreía. Lloraba por los nervios y la tensión acumulados, y sonreía porque estaba contentísima al saber que no le había pasado nada malo.

—Odd me ha dicho que le han dado muchos puntos —continuó, frotándole la espalda—. Necesitará que alguien le ayude a quitarse el vendaje y curarse desde esta noche hasta que le diga el médico.

—¡Genial! —exclamó Noémie, sus amigas le miraron con reproche—. No pongáis esas caras. Ese "alguien que le ayude" puede ser nuestra Emilie.

—¿Yo? —preguntó con torpeza sonrojada.

—¡No, la Emilie del otro lado del espejo! —replicó Magali—. Pues claro que tú, tonta.

—Es una gran oportunidad —apoyó Azra.

—Pero antes de irte a hacer de enfermera tenemos que arreglar tu miopía. —Noémie se levantó y caminó hasta el escritorio de Azra y Emilie—. ¿No tienes unas gafas de reserva?

—Sí, pero… prefiero no ver por donde voy que ponérmelas.

—Anda ya, Emilie. ¿Prefieres echarle desinfectante en un ojo y que te ponga una orden de alejamiento?

Se le escapó una risilla nerviosa al imaginarse la situación planteada por Noémie.

—En el primer cajón de la derecha.

Noémie lo abrió y sacó un estuche de color negro con la filigrana de la marca de color rojo. Sacó de su interior las gafas de montura de pasta, gruesa de color naranja y de forma redonda, eran enormes. Magali y Azra asintieron. La arreglarían para que no desentonasen demasiado, además no podía seguir más rato con aquella ropa manchada de sangre.

Todo el vestuario de Emilie acabó sobre las camas bajo el estricto análisis de Noémie, Magali y Azra. ¿Qué iba más con su estilo y no desentonaba con las gafas?

—Decidido —dijo Noémie cogiendo una camiseta blanca con los dobladillos de color rojo.

La tendió en el aire dejando en evidencia el pronunciado escote. Magali cogió unos vaqueros ajustados y de talle bajo, desgastados y remendados en la zona de las rodillas y los bolsillos. Azra con una sonrisa enigmática tomó una camisa de un suave tono calabaza a la que le faltaban varios botones y que hacía años que Emilie no se ponía.

—¡Perfecto! —exclamaron las tres a la vez.

Emilie se levantó y empezó a cambiarse, si se negaba y pataleaba la vestirían a la fuerza. Sus amigas eran unas brujas mandonas y adorables. Se enfundó los pantalones y la camiseta y se puso la camisa como si fuese una chaqueta.

Noémie negó con la cabeza, caminó hasta a ella y abrochó los dos botones a la altura del pecho, marcando el escote de la camiseta sin que quedase descarado y vulgar. Magali y Azra alzaron los pulgares al unísono.

—Y ahora el plan —soltó Magali—. Vamos a estar pendientes de la ventana que tan buena vista de la entrada nos ofrece para saber cuando llega. Esperaremos… ¿cuánto? ¿Diez minutos?

—Mejor quince —contestó Azra.

—Pues esperaremos quince minutos. Nosotras entretendremos a Jim mientras tú te escabulles escaleras arriba. Llamas a su puerta le plantas una sonrisa capaz de fundir el Polo Sur y le ofreces tus servicios de enfermera a domicilio.

—Suena bien —acordó Noémie.

—Pero… —susurró Emilie intimidada por la capacidad de maquinación a la velocidad de la luz de sus amigas—. ¿Y si están sus amigos con él? ¿Y si está Yumi?

Las tres chicas intercambiaron miradas.

—Yo entretendré a Odd —dijo Azra.

—Con eso bastará —asintió Magali—. Stern no creo que tenga muchas ganas de jugar a las casitas con William. No se llevan muy bien. E Ishiyama… supongo que a estas horas se habrá ido a su casa, y si no… nuestra Azra puede entretenerla también.

—Os olvidáis de Jérémie y de Aelita.

—No —dijo crípticamente Noémie—. Todo controlado, querida. Que empiece el plan "Doctora Emilie".

Magali y Noémie se sentaron sobre el escritorio observando con atención la entrada de la escuela. Cuando vieron entrar a William, a Jim y al resto se pusieron en marcha. Sincronizaron los relojes como en un peli de espías, y se movieron hasta sus posiciones.

Mientras entretenían a Jim al pie de las escaleras el reloj de Emilie pitó marcando el paso de los quince minutos de plazo. Suspiró, tanta planificación le había puesto de los nervios. Asomó la cabeza por la barandilla para comprobar que el profe de gimnasia estaba entretenido y subió las escaleras rauda como el viento.

La planta estaba desierta como era de esperar a aquellas horas de la noche, recorrió el pasillo plagado de puertas, todas iguales, hasta dar con la correcta. Se detuvo sin un ápice de seguridad.
Emilie inspiró hondo, cerró la mano en un puño y la alzó, dudó a medio gesto y suspiró agachando la cabeza. Tenía que llamar a una puerta no examinarse de física cuántica, no era tan difícil. Golpeó la madera con los nudillos con timidez.

—Si no vendes nada, entra. —La voz de William sonaba adormilada.

Bajó la maneta y la puerta se abrió con un leve chirriar. Emilie entró con las manos a la espalda, él le sonrió desde la cama. Se arrepintió de haberse puesto aquellas gafas tan feas que parecían sacadas de los setenta, aunque sin ellas se habría perdido aquella magnífica sonrisa.

—Pasa y siéntate.

—Ah… yo… quería darte las gracias.

—Mal hecho —le reprendió con suavidad—. No tenías que hacerlo y menos molestarte en venir hasta aquí.

—Pero antes no te lo he agradecido.

—Basta con que estés bien.

William le acarició el pelo con tanta suavidad que se le cortó la respiración. Ella apoyó las manos sobre la cama.

—¡Ey! —exclamó él—. Me encantan tus gafas nuevas.

—No te burles de mi —dijo con una sonrisa triste—, son espantosas.

—A mi me gustan, estás muy guapa.

Emilie se puso completamente roja y se apartó de la suave caricia de William en su pelo.

—Perdona —se disculpó—. Creo que la medicación me nubla la mente. No quería incomodarte.
Estuvo a punto de escapársele un suspiro de emoción, que no supo como demonios había logrado contener. Se retorció los dedos pensando en que harían sus amigas a continuación si estuvieran con el chico que les gustaba. Seguramente Noémie se habría arrimado más a él y habría coqueteado; Magali habría sonreído y contestado a su piropo con una frase a la altura; y Azra lo más probable era que se hubiese sonrojado y no se habría apartado.

Era una boba, sintió ganas de pegarse a si misma. Entonces recordó que había ido a hacerle de "enfermera a domicilio".

—Deja al menos que te cure, ya que no me dejas darte las gracias.

—No hace falta, pueden hacerlo Odd o Jérémie, incluso Ulrich.

—Ellos no tienen la culpa de que estés herido —musitó mirándose las manos sobre el regazo.

—Técnicamente… la culpa es de Hervé. —Hizo una mueca de disgusto—. No querría que viniese a curarme.

Emilie rió y se apartó un mechón de la frente.

—Quítate la camiseta —pronunció en un susurro—. No me obligues a usar la fuerza.

—Vale, vale. —Rió—. ¿Eres la hermana menor del increíble Hulk?

William se quitó la camiseta, su espalda parecía el tablero de un juego de memorizar cartas, lleno de gasas, esparadrapo y tiritas. Su habitual olor a cedro se mezclaba con el del desinfectante médico, en una combinación curiosamente agradable.

—¿Dónde tienes las medicinas? —preguntó sonrojada.

—En el escritorio, la bolsa verde.

Ella se levantó con fingida seguridad y la llevó hasta la cama junto con la papelera, volvió a sentarse. Fue quitando las tiritas y el esparadrapo con cuidado, intentando que las fibras de las gasas no se enredaran en los puntos.

—No hace falta que tengas tanto cuidado —dijo relajado—. Me han dado tantos antiinflamatorios y calmantes que no me dolería ni aunque me atropellasen.

—Lo siento. Si te hace sentir incómodo…

—No, no. No es eso.

Emilie continuó despegando tiritas y esparadrapo, de vez en cuando sus dedos rozaban la piel de William, era suave y cálida y bajo ella se apreciaba su cuidada musculatura. Sintió arder sus mejillas como si acabasen de prenderle fuego, y, por un momento, creyó que incluso se le empañarían las gafas del calor que acababa de entrarle, al evocar en su mente el fuerte abrazo que le había dado.

No sabía muy bien cuando había ocurrido, un día se sorprendió a si misma mirando fijamente a William y suspirando como una boba, mientras Jim berreaba tras una de las gamberradas del muchacho.

William hacía que su corazón se disparase y eso le gustaba. Era un rebelde, pero sabía ser encantador y comportarse como un caballero cuando debía.

Emilie aplicó, cuidadosamente, yodo sobre las múltiples heridas limpiando con un par de gasas estériles el excedente.

Alargó más de lo necesario las curas por que estaba fascinada. Pero finalmente se resignó a volver a cubrir las cicatrices con las gasas, esparadrapo y tiritas. Le acercó la camiseta que había dejado entre ellos para que se la pusiera, y vio que William tenía una misteriosa sonrisa en los labios.

—Gracias —susurró con voz adormilada—. Eres una enfermera genial.

Besó a Emilie en la mejilla antes de dejarse caer sobre la cama, tanta medicación le había dejado K.O., de nada serviría mentir o intentar disimular. Ella se levantó y tiró de la sábana para arroparle, William emitió un ronroneo ante la placentera sensación de sentirse querido, no le importaría nada tener aquello cada día, le encantaría tenerlo.

Mantuvo los ojos cerrados escuchando como guardaba las medicinas en la bolsa de plástico verde, y algunas de las cosas que él había dejado por ahí tiradas, como las botas, la mochila, un par de libros y CDs.

El ruido cesó y esperó escuchar el sonido de la puerta, pero este no llegó. Abrió un ojo con curiosidad y topó con el rostro de Emilie a escasos milímetros del suyo, con los ojos cerrados, las mejillas encendidas y los labios entreabiertos. William volvió a cerrar los ojos y recibió, encantado, aquel suave beso.

—Tendré que dejar que Hervé me clave cristales cada día si este es el trato que recibo después.

Emilie pegó un respingo, hubiese jurado que se había dormido.

—Descarado —musitó sonriendo. Le había pillado.

Fin

Escrito el 14 de septiembre de 2010

miércoles, 7 de julio de 2010

Sonrisa



Code: Lyoko y sus personajes pertenecen a MoonScoop y France3


Sonrisa
Me sentía cansado.

Cada día era lo mismo. Levantarme, ducharme, vestirme, bajar a desayunar… ver a Yumi y a Ulrich sentados uno al lado del otro, y, saber que, aunque ninguno de los dos se atreviese a declararse, no había hueco para mí.

Lo había asumido ya hacía tiempo, pero eso no quitaba que doliese. Decidí que si no podía estar con ella al menos la ayudaría a encontrar la felicidad, aunque eso significase ayudar a Ulrich.

Abrí los ojos con pereza. Los grandes ventanales dejaban ver un cielo gris plomizo, justo como mi estado de ánimo.

Me levanté refunfuñando.

—Al menos hoy es domingo.

Los domingos no había clase, así que Yumi no aparecía por allí, a menos que tuviesen que estudiar en la biblioteca, y ese no era uno de esos días.

Tras arreglarme se encaminé a la cafetería para desayunar, con un poco de suerte ni siquiera vería a Ulrich y los demás, no tenía ganas de hablar con nadie, ni de que Odd tratase de animarme con sus bromas. No estaba de humor para nada.

Al menos aún no llovía.

Salí del edificio esquivando a los más pequeños, que jugueteaban en la entrada. Alguien pasó por mi lado rozándome el brazo, vi una larga melena morena y supe que se trataba de Emilie Leduc. Iba acompañada de dos de sus amigas, Azra Ürgüp y Magali De Vasseur.

No sé por qué, cuando ella alzó su mano a modo de disculpa me quedé parado, estático a escasos metros de la puerta sonriendo como un idiota.

La observé tras los cristales, riendo y charlando animadamente con sus amigas.

A veces me hacía preguntas sobre Emilie Leduc. Teniendo mi edad ¿cómo era que estaba en la clase de Odd y compañía?, ¿por qué ignoraba de un modo tan descarado a Sissi y su pandilla?, ¿por qué miraba con tristeza a Yumi? ¿Quizás estaba enamorada de Ulrich? Otras veces la sorprendía mirándome, cuando nuestras miradas se cruzaban, ella, bajaba la cabeza y centraba su atención en algo que tuviese cerca, un libro, una libreta…

Emilie era bonita. No tenía aquella belleza exótica y sensual de Yumi, pero había algo en su manera de sonreír que la volvía preciosa. En invierno cuando al entrar en la cafetería se le empañaban las gafas y se sonrojaba intentando limpiarlas, se me hacía adorable. Emilie era el tipo de chica a la que yo nunca prestaba demasiada atención. De hecho ninguna chica llamaba mi atención desde que conociese a Yumi.

—Hola William. —Yumi me sacó de mis pensamientos—. ¿Qué haces aquí fuera?

La miré sorprendido por la pregunta y por que llevase un paraguas abierto, entonces noté el tacto de mi ropa completamente mojada, eso me provocó un escalofrío.

—Estás empapado ¿cuánto tiempo llevas bajo la lluvia?

—Pues…

No supe contestar.

—¿Y tú? —repliqué automáticamente— ¿Qué haces tú aquí? Hoy es domingo.

—Ah. —Sonrió cobijándome bajo el paraguas—. He venido a ayudar a Ulrich y a Odd con el examen de biología.

Por una vez la cercanía con Yumi no me dejó sin aliento. Por primera vez no me sentí arrollado por el torbellino de emociones y sensaciones que despertaba en mí. Por primera vez no tuve ganas de besarla como me fuera la vida en ello, ni de gritarle que se olvidase de Ulrich, que me esforzaría al máximo para hacerla feliz, que nunca la haría llorar.

Vi a Emilie Leduc. Había dejado de reír para mirar con tristeza la bandeja con su desayuno, y, a Azra y a Magali que le acariciaban la espalda a modo de consuelo, mientras me clavaban sus miradas enfurecidas.

—William, deberías ir a cambiarte —me dijo fraternal—. Pillarás un buen resfriado.

—Tengo que decirte algo muy importante —me apresuré a decir al ver que las tres chicas recogían las bandejas para marcharse—. Yumi, eres la chica más fascinante que he conocido nunca, puede que incluso seas la más bonita de todas. Te quiero una barbaridad.

Yumi se sonrojó hasta las orejas y yo no pude evitar sonreír, las chicas pasaron por nuestro lado a toda prisa, sin mirarnos. Giré para verlas, me urgían las ganas de seguirlas, pero no podía dejar aquella conversación a mitad.

—Pero te quiero como a una buena amiga. —Contuve la risa al ver su expresión desconcertada. Yo también me sentía algo desconcertado—. Gracias, Yumi —dije de pronto animado y le besé en la frente.

—De nada… supongo —murmuró al ver que me alejaba corriendo.

Quizás que Yumi no me hubiese correspondido nunca era una cosa buena.

Estaba seguro de que parecía completamente idiota corriendo bajo la lluvia, calado hasta los huesos y con una sonrisa boba en la cara. Pero en ese momento mis ansias de hablar con Emilie Leduc superaban a mi preocupación por mi imagen.

Tres paraguas se movían frente a mí, uno rosa, uno blanco y otro negro. Tiré delicadamente del brazo de la portadora del paraguas blanco, que me miró con unos ojos llorosos que me atravesaron el alma. Reprimí las ganas de estrecharla entre mis brazos con fuerza.

Magali y Azra pasearon su mirada de mí a Emilie varias veces, y entonces vi como Azra sonrió y se llevó tímidamente a Magali dejándonos a solas.

—Te… estás mojando —me dijo mirando mi ropa empapada.

—No importa, ya estaba mojado antes. —Sonreí tontamente.

Ella pasó a mirar al suelo y bajó un poco el paraguas ocultando su cara tras él. Me sentí completamente imbécil, acababa de verme bajo el paraguas de Yumi.

—Quiero decir, que no me importa mojarme. —Me golpeé la frente con la palma de la mano, esa si que era una respuesta inteligente, digna de un genio—. Es decir, que… —Bufé con frustración.

Me había vuelto idiota.

Oí una risita ahogada tras el paraguas blanco y no pude más que levantarlo con la mano. Reía con las mejillas teñidas de rojo, al menos mi estupidez la había animado un poco.

—Muy bien —dije fingiendo estar ofendido, pero sabía que mi sonrisa me delataba—. Yo esforzándome por explicarme y tu te partes de risa.

—¿Por qué me das explicaciones, William?

—No me gusta verte triste.

—¿Y qué opina Yumi de eso? —preguntó con voz triste.

Reí discretamente y le tomé la mano.

—Yumi no tiene nada que opinar. Somos amigos. —Supe que la había pillado por sorpresa por el modo en que me miró—. Ella quiere a Ulrich, él la quiere a ella. Y yo te quiero a ti.

—¿Q-qué?

—Me encantas, Emilie.

Me acerqué a ella, acariciando su mejilla sonrojada y junté mis labios con los suyos, con suavidad, sin exigencias. El paraguas de Emilie cayó al suelo embarrado y sus brazos se enredaron alrededor de mi cuello.

Nos quedamos allí, besándonos bajo la lluvia, ella acariciando mi pelo y yo estrechando su cintura.

—¡Ey, mirad eso! —reconocí la voz de Odd a lo lejos—. William y ¿¡Emilie!? ¡Qué bombazo!

—¡Cállate, Odd! —gritaron los demás.

—¡Ulrich! —grité separándome momentáneamente de Emilie—. Deberías decirle a Yumi que la quieres.

Cogí de la mano a Emilie y nos alejamos riendo como un par de chiquillos, mientras, a lo lejos, Ulrich farfullaba cosas que ni siquiera oíamos.


FIN

Escrito el 07 de julio de 2010