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viernes, 3 de enero de 2014

25I XXIV.- Grasa

 

Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

XXIV.- Grasa
Había pasado una semana. Una semana entera de días infinitos, gente grosera y noches solitarias.
Había reencontrado a William un viernes, habían comido, merendado y cenado juntos. Le ofreció quedarse con ella aquella noche y, aquella noche, acabó siendo un fin de semana entero de sexo y comer en la cama. Había sido el mejor fin de semana de su vida, pero llegó el lunes y él se despidió con un beso lento en los labios.
Era domingo y no había vuelto a saber de él. Se sentía idiota.
«Ha sido el mejor sexo de tu vida, eso que te llevas» pero no le servía, no la consolaba. Había creído que le importaba, que él también había sentido una conexión especial casi mágica.
No le había llamado… claro que ella tampoco lo había hecho.
Suspiró y se hizo un ovillo en el sofá, con la piel aún húmeda después de la ducha y el pelo empapado. Llevaba la camiseta promocional que le había dejado a él aquel fin de semana, la camiseta que aún olía a él, y nada más. Si hubiese entrado por esa puerta no habría tenido mucho trabajo para desnudarla, tampoco habría opuesto la más mínima resistencia.
Su móvil vibró junto a su cara y lo agarró con impaciencia.
—William —contestó.
—Casi. Noémie. Has acertado en… dos letras.
Se sintió frustrada y estúpida, se planteó colgar y fingir que no había descolgado.
—¿William? ¿Me he perdido algo?
—No, nada interesante —replicó. En realidad no quería contárselo, le daba demasiado corte.
—Hombre, que descuelgues y lo primero que digas sea "William" con semejante ímpetu y ansias, lo que se dice "nada interesante" no parece… Lo que me lleva a: William, William, ¿nuestro William?
Dichosa Noémie y su lado cotilla. Decir que no habría sido inútil tarde o temprano se acabaría enterando, era la CIA disfrazada de teleoperadora francesa.
—El de Kadic —musitó derrotada.
—Y… ¿desde cuándo te llama por teléfono?
«No si el problema es que no me llama» pensó sentándose en el sofá.
—Coincidimos el otro día por casualidad e intercambiamos los teléfonos —dijo a sabiendas de que habían intercambiado mucho más que los teléfonos—. Creía que tal vez eras él, no sé, ya sé que es estúpido.
Al otro lado del teléfono Noémie rió.
—Vaya, que te has acostado con él, no te ha llamado y estás al borde del colapso.
—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que te odio, Noé?
—Siempre que acierto —replicó divertida—. Dime ¿por qué no le llamas tú?
—No quiero hacerlo —dijo con sinceridad—. Esperaba que para él hubiese significado algo.
—Pues yo creo que deberías llamarle o al menos hablar con él.
—No sé dónde trabaja.
Noémie se animó con aquello. ¿No quería hablar con él por teléfono pero no le importaba ir a su trabajo? Sabía que era un intento de hacerla desistir, una forma de enmascarar el miedo al rechazo. Emilie siempre había tenido demasiado miedo de eso. Pues muy bien, la haría saltar a la piscina como en los viejos tiempos.
Emilie estaba enjuagando los platos para meterlos en el lavavajillas cuando su teléfono vibró. Era un mensaje de Noémie ¡con la dirección del taller de William! Casi se le calló el móvil al suelo, la madre que la…
Entró un segundo mensaje, en él le decía que William estaba tonteando con una chica que era clavada a Yumi, a Emilie se le revolvió el estómago. El muy cerdo la había engañado, se iba a enterar de quién era Emilie Leduc.
Se vistió, olvidando el lavavajillas, y salió disparada como una tormenta tropical. Esta tan sumamente cabreada que le temblaban las manos.
Se plantó frente al taller y fue como despertarse. ¿Y ahora qué?
Estaba tan enfadada que se había movido por un impulso masoca hasta allí, pero ahora que veía la puerta abierta se había desinflado. Podía irse. Dar la vuelta y fingir que no había ido hasta allí. Dar la vuelta y hacer como si nada.
Dar la vuelta. Sí, podía hacerlo, nada se lo impedía. Nadie la había visto allí plantada todavía. Podía marcharse antes de que alguien reparara en la boba inmóvil.
«Pues venga, gírate» se dijo a sí misma logrando mover los pies que parecían haber echado raíces en la acera. Sus ojos enfocaron una camiseta roja llena de manchas de grasa y un vaso de cartón de una cafetería en una mano masculina y sucia. Alzó la mirada encontrando la cara de aquel por el que estaba allí, pero no sonreía. Estaba serio como nunca antes lo había visto.
—Hola Emilie —pronunció esquivándola para entrar en su local.
—¿Sólo vas a decirme eso? —soltó ella apretando los puños. El enfado había vuelto.
—¿Qué más quieres que te diga?
—¿Por qué no me has llamado?
—Sí que te llamé.
«Mentiroso» pensó dolida. Sabía que era un gamberro pero no que fuera un cabrón mentiroso, al menos nunca creyó que lo fuera, pero lo era. Le estaba mintiendo a la cara.
—No, no lo has hecho.
A William le tembló la mano que sujetaba el café, lo dejó en la repisa de la ventana con mal genio y regresó sobre sus pasos hasta plantársele delante. Demasiado cerca, tanto que podía oler la grasa de motor de su camiseta y manos. Emilie dio un paso atrás.
—Te llamé —repitió esta vez con un punto de ofensa en la voz mostrándole el registro de llamadas del móvil—. El miércoles al mediodía.
De repente se sintió absolutamente imbécil. Sacó su teléfono y buscó las llamadas perdidas, no había ninguna del miércoles. Miró las recibidas y allí estaba el nombre de William burlándose de ella sin piedad. Pero ella no había contestado, no había recibido esa llamada, ¿cómo pudo haberla contestado?
—Oh.
—¿"Oh" qué?
—¡Eh! —soltó una rubia bajita de curvas poderosas y tatuajes trabajados—. ¿Sería mucho pedir que no montéis escenitas en la puerta? No es bueno para el negocio, socio.
—Déjanos el despacho, Chloé.
La rubia asintió agitando sus dos coletas bajas con una sonrisa burlona en los labios y tomó el vaso de café que su compañero había dejado en la ventana, frunció el ceño al verlo algo doblado. Se encogió de hombros, mejor que la pagase con un vaso que no con una moto.
—Regla número tres, Will, reeegla número tres.
William gruñó, agarró a Emilie por la muñeca y la arrastró hasta el interior de aquel despacho lleno de cajas. Sólo había una mesa con un ordenador, un perchero y una estantería, la ventana daba a la calle de atrás y estaba entreabierta. Hacía calor.
—"Oh" qué —repitió retomando el hilo de lo que decía antes de la interrupción de su socia mientras la soltaba.
—¿Esa es tu compañera?
—Sí. Pero no me cambies de tema.
Emilie se miró la muñeca donde la huella de la mano de él había quedado impresa en negro aceitoso. No acababa de creerse que no le hubiera hecho daño, parecía tan enfadado.
—Te contestaron —afirmó ella.
—Sí.
—¿Qué te dijeron?
—¿Quién era? —replicó él sin intención de contestar.
—Romain —siseó con rabia—. Es un compañero. Me invitó a comer.
—Ajá, Romain.
—¿Qué quieres decir con "ajá Romain"? sólo es un compañero de trabajo.
—Claaaro, ara resulta que no es tu prometido.
Ella le miró sin saber cómo reaccionar, le golpeó con el dedo índice en el pecho ¿qué demonios estaba diciendo?
—¡Te repito que sólo es un compañero! —chilló
—¡Claro! ¡Y yo sólo soy el tío al que le ahorraste una multa!
Emilie apretó los dientes, le temblaba el cuerpo entero de pura rabia, porque no era verdad. No era sólo el tío al que le había ahorrado pagar. No era sólo eso.
Le soltó una bofetada con la mano bien abierta, él le agarró por la muñeca así que intentó hacer lo mismo con la otra mano pero ésta vez él la detuvo valiéndose de sus buenos reflejos. Emilie tironeó inútilmente para liberar sus muñecas de aquellas manos que la apresaban con firmeza pero sin apretar.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —gruñó acercando su rostro al de ella—. Me vienes a recriminar que no te he llamado cuando sí que lo he hecho, aunque la cuestión es que eres tú quien no me ha llamado. Si tanto querías hablar conmigo sólo tenías que pulsar el botón de llamada.
»¿Acaso esperas que sean los demás los que siempre lo hagan todo?
Y ahí estaba. Un pedazo de la Emilie de Kadic paralizada por el miedo como un ciervo en mitad de la carretera viendo acercarse un coche a toda velocidad. Dejó de forcejear y entonces él la soltó.
—¿Qué quieres, Em?
—A ti, te quiero a ti.
La Emilie paralizada por el miedo se desvaneció permitiéndole moverse de nuevo. Le rodeó el cuello con los brazos y le besó pero él no se movió. Le miró con cautela, seguía estando serio.
—Sigo estando enfadado —siseó él, aunque sus ojos azules brillaban divertidos.
«Se está haciendo el duro» y lo cierto es que se merecía que le diera largas por su comportamiento infantil, egoísta e imbécil, pero no iba a rendirse. Girar la cara en el momento adecuado no había sido lo único que aprendió de Odd. Deslizó sus manos bajo la camiseta roja recorriendo la espalda de William y se puso de puntillas para susurrarle al oído con voz sensual:
—Ahora voy a hacerme perdonar.
Él ahogó la risa en su cuello y se dejó mordisquear la oreja y el cuello, hasta que las manos de ella abandonaron su espalda para colarse en la mitad inferior de su mono de trabajo y aquello fue demasiado para permanecer quieto.
Olvidándose de sus manos sucias de grasa le rodeó la cintura y la alzó sentándola en la mesa, la tocó bajo la camiseta mientras ella desataba las mangas del su mono anudadas a su cintura. William le acarició la mejilla tratando de mantener el control sobre sí mismo pero el enfado había avivado aún más las ganas de perderlo.
«Regla número tres» resonó en la cabeza de William y con esfuerzo se apartó de Emilie que permaneció tumbada sobre la mesa con la camiseta a medio subir y cara de desconcierto.
—¿Qué?
—Regla número tres —pronunció con voz ronca—: nada de sexo en el taller.
—Oh.
William observó las manchas que había dejado en su mejilla, la camiseta y su cintura y no puedo evitar reír. Le tendió un dispensador de toallitas húmedas y al darse cuenta del panorama ella también rió con ganas.
Mientras William le limpiaba la grasa de la mejilla ella volvió a asaltar sus labios.
La Emilie cobarde se había ido para siempre gracias a la grasa del motor de una moto.
Fin
 

ABC...P.- Ai no uta

 

Meitantei Conan y todos sus personajes son propiedad de Aoyama Gosho.
もし君に一つだけ願いが叶うとしたら
今君は何を願うのそっと聞かせて
もし君がこの恋を永遠と呼べなくても
今だけは嘘をついて淡い言葉で信じさせてみて
Si pudieras cumplir un deseo
¿Cuál sería? Cuéntamelo despacio.
Aunque no puedas decir que este amor será eterno,
por ahora, miénteme con palabras vacías
trata de hacer que te crea.
~Ai no uta / Canción de amor~
Kazuha suspiró sentada en la fría escalera de piedra, se le estaba quedando el culo helado pero ese era el único sitio dónde podía sentarse. Las calles estaban abarrotadas por a la feria, la gente iba y venía, caras felices aquí y allá, conversaciones animadas entre amigos… y ella allí, sola. Lanzó un suspiro a medio camino entre amargada y frustrada ¿cómo se lo montaba para acabar siempre igual? Siempre esperando, siempre sola.
—Heiji, idiota —escapó de sus labios junto con una nubecilla de vapor.
El reloj se comía los minutos que restaban del año, torturándola, arrancándole pedazos de corazón y pisoteándolos sin piedad. El año moría junto con sus esperanzas de que él cumpliera lo que le había prometido.
"Volveré antes de que acabe el año, ya lo verás, nos encontraremos aquí mismo".
Y ella le había creído. Había creído a pies juntillas en aquella promesa, porque él nunca le había mentido, porque estar sin Heiji más de un día era como perder la mitad de su vida.
Se cerró el cuello de la chaqueta y se encogió un poco más intentando alejar el frío de su cuerpo. Afortunadamente se había puesto unos vaqueros en vez de la falda que había preparado. Miró su reloj de pulsera, quedaban quince minutos para acabar el año, ella hacía ya tres horas que estaba allí.
Pensó en su amiga Ran, en el tiempo que hacía que esperaba el regreso de Shinichi, en la fe ciega que tenía en él. Pensó en que le daba un poco de envidia porque ella no era tan paciente, para ella el tiempo pesaba como una losa cada vez más grande.
Una vez más suspiró.
Devoró lo que quedaba de la crepe de chocolate y nata, ahora tan helada como ella, que había comprado en una de las paraditas que poblaban la plaza más por hacer algo que por hambre.
De nuevo miró a las parejas que paseaban acarameladas preguntándose si Heiji y ella lo harían alguna vez así. De hecho a Kazuha le bastaba con la mitad de aquello. Dibujó una sonrisa ¿qué estaba pensando? Era una locura, Heiji jamás se prestaría a hacer aquello, no era ese tipo de persona.
El cielo nocturno pintado de gris por las nubes que amenazan con descargar su contenido sobre todas aquellas caras felices. ¿La meteoróloga había dicho algo de lluvia o nieve? No lo recordaba, pero no llevaba paraguas así que esperaba que las nubes se comportaran, ya tenía suficiente frío estando seca.
Se encendieron las luces que decoraban la plaza. Potentes cañones de luz que trataban, sin éxito, de perforar las espesas nubes negras y llegar a las estrellas.
«¿Ves las luces también, Heiji?» se preguntó observando la danza de los focos al ritmo de la música que empezaba a inundarlo todo.
El murmullo fue creciendo, los más atrevidos empezaron a moverse al ritmo de la música mientras que los más tímidos los observaban con muecas divertidas. Kazuha estaba cansada de permanecer inmóvil, sus huesos helados lanzando punzadas de protesta por las tres horas de tortura gélida.
Se planteó el mezclarse con la gente y bailar un poco para desentumecerse el cuerpo, pero lo descartó rápidamente ¿qué pintaba ella sola bailando rodeada de desconocidos? Se sentiría demasiado ridícula. Preferiría poder practicar un poco de aikido, nada como el deporte para entrar en calor y reactivarse.
Las nubes grises dejaron caer finos copos de nieve sobre la gente, sobre ella. En otras circunstancias despedir el año con nieve le habría resultado agradable.
Temblaba de frío. Miró el reloj de nuevo. A aquel año sólo le quedaban cinco minutos. Ahora la pantalla gigante proyectaba un vídeo conmemorando el fin del año y el inicio de otro. Imágenes insultantemente brillantes, de colores vivos.
Kazuha apartó la mirada de aquellas instantáneas y dibujó una sonrisa con las lágrimas inundándole los ojos. No iba a venir. Se puso en pie y se colgó el bolso al hombro sujetando con fuerza el asa. Sus articulaciones protestaron y sus dedos entumecidos le enviaron una fría sensación de acolchado.
«Hora de volver a casa.»
La súbita calidez y el aroma peculiar que invadieron su espalda la dejaron inmóvil entre los copos blancos y fríos que inundaban la noche.
—Mira que haces cosas estúpidas, idiota —siseó a su oído aquella voz tan familiar—. ¿Es que quieres congelarte?
—Y… ¿y de quién crees que es la culpa, idiota? —replicó con genio girándose para encararle al tiempo que él le colocaba su chaqueta sobre los hombros—. Dijiste que nos encontraríamos aquí mismo.
—Tonta, me refería a Osaka.
Kazuha ahogó un suspiro y lo convirtió en una mirada desafiante.
—La próxima vez sé más claro —atajó acurrucándose en la chaqueta de él—. ¿Cómo has sabido que estaba aquí?
Heiji sonrió y se caló su inseparable gorra, aquel gesto que Kazuha adoraba.
—Tengo que recordarte con quién estás hablando.
—Te lo han dicho mis padres —afirmó leyendo la respuesta en sus ojos y él no lo negó.
Por un momento se olvidó de las tres horas de espera, de los meses de ausencia y de la falta de llamadas y mensajes de aquel idiota sonriente. Por un momento sólo pensó en que estaban conectados, desde que eran unos niños, estaban unidos por un lazo invisible. Pensó en los eslabones de la cadena de las esposas (dentro de los amuletos que ella misma había hecho) que les habían obligado a permanecer juntos más tiempo de lo que habían estado dispuestos a aguantar en circunstancias normales.
El peso de la ausencia abandonó sus hombros y con ello el enfado rebrotó.
—¿Dónde has estado? ¡Ni siquiera me has llamado! —exclamó clavándole sus chispeantes ojos.
—Trabajando en un caso, ya te lo dije.
La primera campanada resonó entre los finos copos de nieve, las luces iluminándolo todo y ellos, el uno junto a la otra, con los meñiques enlazados. Unidos. Enredados en aquella relación incierta suya. Pero juntos, al fin y al cabo.
Fin


Os dejo la letra traducida:
Si pudieras cumplir un deseo / ¿Cuál sería? Cuéntamelo despacio. / Aunque no puedas decir que este amor será eterno, / por ahora, miénteme con palabras vacías / trata de hacer que te crea.Si resonara esta canción de amor, / brillaría una luz en el cielo gris de la noche. / Y cada luz se conectaría con otra, / así que no importa cuán lejos estés, te alcanzará.
Si pudiera cumplir un sólo deseo, / desearía verte, aunque solo fuera un sueño. / Si este amor tuviera que acabarse / se rompería como el cristal, yo no volvería a ser la misma, / y aunque no pudiéramos volver atrás seguiría amándote.
No me importa si nuestra relación es incierta, / por favor, se amable como lo eres siempre / y no me digas la verdad. / No puedo aceptar la idea de no verte nunca más.
Sentí que volverías mañana, como siempre / y miré al cielo. / Nunca digas adiós. / Soñando de nuevo esta noche.
Si resonara esta canción de amor, / brillaría una luz en el cielo gris de la noche. / Y cada luz se conectaría con otra, / así que no importa cuán lejos estés, te alcanzará.

ABC... ¡PLAYLIST!

 

ABC... ¡PLAYLIST

Género: Adventure, Romance, Humor, Misterio,
Advertencias: Lime, Lemon
Clasificación: Hetero
Serie: Meitantei Conan / Detective Conan
Pareja: Hattori Heiji, Toyama Kazuha
Año:2014
Estado: En proceso
Capítulos: 26


Colección de one-shots sobre Heiji y Kazuha.

Meitantei Conan y todos sus personajes son propiedad de Aoyama Gosho.

-->Versión en castellano y en catalán<--

Listado de capítulos:
A.- Ai no uta // Ai no uta
Kazuha suspiró sentada en la fría escalera de piedra, se le estaba quedando el culo helado pero ese era el único sitio dónde podía sentarse. Romance, Drama / +16
B.- Boig per tu // Boig per tu
Hattori Heiji vagaba por las lúgubres calles de Osaka. Un apagón les había sumido en las tinieblas a media tarde y no parecía que la cosa fuese a solucionarse rápidamente. Romance / +16
C.-
D.-
E.-
F.-
G.-
H.-
I.-
J.-
K.-
L.-
M.-
N.-
O.-
P.-
Q.-
R.-
S.-
T.-
U.-
V.-
W.-
X.-
Y.-
Z.-

Olores



Code: Lyoko y todos sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.
Olores
Aquella mañana había dado un buen paseo, de esos largos y divertidos, de los de devolverle la pelota a su torpe y adorado amo al que siempre se le escapaba de las manos… los humanos eran torpes, no podía culparle por ello.
Había sido un buen paseo, sí… pero desgraciadamente a su amo se le había olvidado que necesitaba desayunar para rendir.
Quizá su atolondrado amo no lo sabía pero él era un perro muy ocupado. Primero hacía su ronda diaria, había que revisar todos y cada uno de los olores, ¡nunca se sabe cuándo puede aparecer uno nuevo! A veces encontraba olores que le llevaban a pequeños paraísos de migas olvidadas, palomitas, zanahoria… sus paraísos golosos preferidos eran los que estaban adornados con pedacitos de chocolate y migas de galleta ¡qué delicia! Galletas dulces, galletas saladas, galletas de mantequilla…
Olfateó la cama del que olía a madera y a él sin ser su amo, su cama le gustaba mucho, era cómoda y olía bien, metió la nariz bajo la almohada, a veces encontraba cosas allí, pero hoy no era uno de esos días.
Prosiguió su ronda de olores, todo estaba en orden, justo como el día anterior, se relajó.
Después de aquello tocaba comprobar que sus tesoros siguieran en su sitio, a veces los humanos los tiraban ¡qué crueles! Cuando eso pasaba permanecía triste casi una hora, no podía enfadarse, los humanos no eran demasiado listos.
Con alivio comprobó que sus tesoros seguían en su sitio, a salvo de las manos poco inteligentes de los dos humanos ¡aaah qué descanso!
Acabadas sus tareas se sentó en medio de la habitación con mirada soñadora pensado en su paseo.
El paseo había sido fantástico.
La falta de comida terrible.
Dio un par de vueltas en círculo y fue hasta el calzado de su amo. Tumbándose lanzó un gemido al interior de la zapatilla de deporte izquierda, la que olía más fuerte de las dos, con frustración. ¡Qué injusticia! Sus amigos humanos seguro que se pasaban todo el día en la calle jugando y persiguiendo pelotitas de colores saltarinas, jugando con otros humanos y él allí encerrado.
Y con hambre. ¡Jo! Qué hambre tenía.
Rodó sobre su lomo quedándose boca arriba mirando el techo, ojala la luz del sol pudiera comerse, eso sería fantástico. Pero no podía comerse. Ya lo había intentado aquella vez que se quedó atrapado detrás del sofá de la otra casa, la más grande y con menos puertas cerradas, de su amo. Había olfateado el delicioso olor de un trozo de pizza que empezaba a enmohecerse había aprovechado que nadie le miraba y, meneando la cola, se deslizó costosamente en el hueco que había entre el mueble y la pared. La pizza le supo a gloria pero cuando intentó salir se dio cuenta de que estaba atrapado, no podía girarse, no había espacio. Había gemido con impaciencia primero y con pánico después, porque aunque era un perro valiente estar atrapado no le gustaba nada, alguien podría morderle el trasero sin que él pudiera defenderse. Y allí estaba encajonado y con hambre, lo único que había eran los rayos del sol así que mordisqueó el aire y entonces se dio cuenta de que los rayos solares no se podían comer, al menos los perros no podían.
Volvió a rodar y se puso en pie con aquella agilidad perruna suya, saltó a la cama de su amo. Quizá no podía comer, pero no había nada que el impidiera dormir y tal vez durmiendo el hambre se marchaba. Se enroscó sobre la almohada y ocultó el morro entre sus patitas que olían a tierra húmeda y a hierba pisoteada.
Ummm sí, dormir le encantaba.
Estaba a gusto, estaba calentito y muy cómodo, el sueño empezaba a transportarle al nirvana perruno donde todo es posible y entonces un olor inconfundible le hizo abrir los ojos como platos y alzar las orejas.
¡Comida! La maravillosa y apestosa comida que preparaba el ama de su amo, aquella a la que llamaba "mamá" significara lo que significase eso. Pero la comida no venía sola, estaba acompañada de aquel olor profundo y picante de bolsa de deporte, sudor y cosa de esa que hace "fshhhh" y que los humanos se echan bajo las patas delanteras.
Comida y aquel humano con pinta de ser una cama comodísima. Aquel humano que siempre le perseguía gritando y corriendo ¡ah qué divertido que era ese humano! No había nada en el mundo que le gustase más que jugar con ese amigo humano bolsa de deporte y "fshhhh"… puede que le gustase más comer, pero en ese momento el humano le gustaba más.
La puerta hizo ese ruido de "toc-toc" que sonaba casi siempre antes de que se abriera y él se sentó frente a ella meneando la cola con una felicidad que rayaba el éxtasis.
«Entra, entra, entra, entra, entra» pensaba mientras movía su cola con energía, mas el olor a bolsa de deporte se alejó de la puerta dejando el de comida tras de sí. Por un momento se desilusionó pero entonces recordó que él podía abrir la puerta.
Se agazapó balanceando el trasero, calculando la distancia que le separaba de esa palanca mágica que abría la puerta y dio un salto, uno de aquellos tan certeros que sería la envidia de cualquier gato. La puerta se abrió con un "ñieeec", asomó la cabeza y olfateó con delirio la caja que contenía su amado manjar apestoso, por un instante se olvidó de su amigo-bolsa-de-deporte, sólo un instante, hasta que le oyó hablar. Corrió alegremente hacia él y sentó con la lengua colgando por un lado de su boca ¡qué felicidad!
Cuando el humano-bolsa-de-deporte le vio alzó el puño y le habló entonces con aquella gracia perruna echó a correr por el pasillo oyendo los pasos de su amigo gordinflón tras él. Aceleraba y derrapaba, cuando los pasos parecían algo lejanos se detenía mirando hacia atrás y le esperaba meneando su cola con gracia, al hacerlo el humano parecía recuperar su ánimo y volvía a coger velocidad.
Corrió escaleras abajo, salió a los jardines, se movía dando saltitos de felicidad con su amigo pisándole los talones. Su voz era severa pero su energía decía que se lo pasaba tan bien como él ¡qué amigo más fantástico!
Pasó por delante de su amo y sus amigos, el que olía a madera y a él, el que olía a cables y metal, la que olía a flores y la que olía a fresas, les lanzó un ladrido de jovialidad y brincó haciendo una cabriola. Se lo estaba pasando en grande y todo el mundo tenía que saberlo.
Si existía un cielo para perros seguro que estaría lleno de momentos como ese.
Fin

Atractiva


Code: Lyoko y sus personajes pertenecen a MoonScoop y France3.
Nota previa: como advierte el rating, esta historia es para mayores de edad, hay lemon con un puntillo obsceno. Advertencia hecha, lee bajo tu propia responsabilidad.
Atractiva
Me llamó por teléfono cuando ya estaba en la cama y lo primero que me pidió fue que no le colgara. Me extrañó al principio, pero en seguida comprendí que temiese que lo hiciera, desde que le rescatamos no he sido precisamente la persona más agradable del mundo con él.
William era mi amigo, congeniamos rápido, después empecé a desconfiar de él, le perdimos y hasta ese momento me limitaba a comportarme como una imbécil.
Suelo preguntarme cuál habría sido mi reacción si el poseído por X.A.N.A. hubiese sido Ulrich en vez de William. Me atormenta pensar que habría actuado igual, pero un poco más quejica.
Me centré en lo que me decía. Como mínimo se lo debía después de haber sido una cretina con botas caras. Necesitaba volver a subirse al tren de los estudios, después de seis meses sin pisar Kadic, decir que iba atrasado era quedarse corta. Sentí que se me encogía el estómago. Cretina, mezquina, despreciable, desconsiderada… ni la fusión de todos esos calificativos valdría para definirme.
«Estaré en Kadic a primera hora» le dije porque no había clases pero estaba dispuesta a madrugar cuanto hiciera falta, él me respondió emocionado y sorprendido que me estaría esperando.
Si Ulrich supiera que estoy en el Kadic para ayudar a William… preferiría ni pensarlo, seguro que acabaríamos sacándonos los ojos el uno al otro; afortunadamente era más que probable que siguiese durmiendo acompañado de los ronquidos de Odd y Kiwi.
Una mano firme cerrándose sobre mi hombro me hizo casi saltar hacia delante, me giré despacio topando con la desenfadada y pilla sonrisa de William. Dejé escapar todo el aire de mis pulmones aliviada.
—Pensaba que Jim me había pillado.
—Buenos días a ti también, Yumi.
Reí.
—Buenos días.
William izó las bolsas que cargaba en cada mano con una mirada azul y juguetona.
—He comprado cosas ricas, nada sanas y que engordan para entretener nuestras mandíbulas.
—Estupendo, guarrerías para almorzar.
—Ven. —Me sonrió—. Jim está apostado en la puerta principal, nos escabulliremos por la sala de calderas.
—Pero si da a la entrada principal.
—Hay otro camino —susurró en confidencia—. Lo descubrí por casualidad.
Le miré frunciendo el ceño, yo sólo conocía las escaleras.
—¿Quién es el gamberro oficial del Kadic?
—Vale, vale.
Me guió hasta la otra punta del edificio y abrió la portezuela de la sala de calderas sin esfuerzo, siempre creí que estaba cerrada con llave, al parecer me equivoqué. Me ayudó a bajar los cuatro peldaños estropeados por el paso del tiempo, ya que, la barandilla estaba rota. La habitación estaba sumida en la más absoluta penumbra. William sacó una linterna y la encendió bajo su barbilla iluminando su rostro fantasmagóricamente.
—Soy el asesino del campus y he venido a torturarte —pronunció con voz siniestra.
—Uy sí que miedo —repliqué riendo y golpeándole el hombro—, idiota.
Me sentí bien, después de tanto tiempo volvía a sentirme cómoda con él, de nuevo era todo fácil y sencillo. Me alegré porque cuando William llegó fue como el aire fresco que hacía tiempo que me faltaba. El aire que no sabía que necesitaba hasta que llegó. Y ahí estaba.
Era todo como antes.
William rió también, sujetándome la mano me guió por aquel espacio de la sala de calderas desconocido para mí. Abrió una puerta metálica que resultó ser la que daba al pasillo de los lavabos que había junto a la escalera de incendios. Unos pasos más y ya estábamos a punto para subir los dos tramos de escaleras interiores para llegar a su habitación.
El pasillo desierto y silencioso, sujetamos la puerta de vaivén y la cerramos lentamente para evitar aquel roce en sordina que las escaleras siempre ampliaba.
Jim no nos había pillado. Nos colamos en la habitación y aguantamos la respiración un instante como temiendo que el grandullón apareciese, pero no ocurrió. William echó la llave para impedir que nadie abriera la puerta.
—¿Por dónde empezamos? —me preguntó relajado dirigiéndose a la mesa.
—¿Qué es lo que peor llevas?
—Ciencias, definitivamente.
Asentí.
—Pues ciencias.
Desperdigamos los libros y apuntes por el escritorio junto con cosas para picar y nos sumergimos en el apasionante mundo de las bacterias. Fue divertido descubrir los trucos mnemotécnicos de William, las frases totas que formaba para recordar propiedades, elementos y demás detalles asociados. Ahora comprendía aquellas frases sin sentido que le oía decir a veces durante los minutos previos a un examen.
Acordamos una pausa. Me estiré en la silla, se me había cargado la espalda de estar medio de lado para comentar los apuntes. Mis rodillas tocaron algo grueso bajo el escritorio, metí la mano y tanteé era algo pegado con cinta adhesiva.
—No… —empezó a decir, pero ya era tarde.
Mi dedo se había enredado en algo elástico y lo que había pegado derramó su contenido por el suelo. Comprendí entonces que era una carpeta miré lo que había caído. Revistas porno.
Creí haberme levantado de golpe pero seguía sentada en la silla e inmóvil, con la mano a medio camino de una de las revista. Desde la portada una joven oriental me miraba con picardía mientras se tapaba los voluminosos pechos con el brazo tratando de parecer inocente.
—Yo… —siseó William con la cara roja—. Bueno, joder, soy un adolescente. No es para tanto.
No. No lo era. Quizá el hecho de que la chica de la portada fuese asiática era lo que me había impactado más, lo que no me dejaba reaccionar y me tenía allí jugando a las estatuas.
William suspiró y las recogió.
—Jim nunca mira ahí debajo, así que pensé que sería un buen lugar. No contaba con que dieras con ellas de esta manera.
Me reí, no sé porqué pero me reí como si lo que acabase de ocurrir formase parte de un show cómico. Él se relajó y también rió.
—¿Te gusta? —le pregunté.
—¿El qué?
—La chica de la portada.
—No está mal —contestó devolviéndola a su escondite—. Es guapa, pero tiene demasiado pecho para mi gusto. No me parece demasiado atractiva.
—¿De verdad?
—De verdad.
¿Qué clase de conversación era esa? No tenía ni idea de por qué estaba preguntándole aquellas cosas.
—¿Y yo?
—¿Y tú qué?
—¿Te parezco atractiva?
Tragó saliva y me miró con cautela. Qué demonios pasaba conmigo y a dónde quería ir a parar con todas aquellas preguntas imbéciles.
—¿Me lo estás preguntando en serio?
Asentí.
—Lo eres. Mucho. De verdad.
Sonreí y le planté un casto beso en los labios, apenas fue un roce, pero me hizo sentir bien, tal vez demasiado bien.
—Ep, no creo que quieras seguir por ahí —me soltó echándose hacia atrás.
Pero si quería. Y en algún punto de mi interior una vocecilla se reía de mí porque siempre lo había querido. Tenía algo que me atraía demasiado como para no quererlo. Desde el principio. Desde que cruzó la puerta de la clase. Desde antes de descubrir que con él todo era fácil.
Reconocerlo me alivió y no pude evitar llorar. Me había quitado un peso de encima.
William se inclinó hacia adelante y secó mis lágrimas con sus dedos suavemente. Mis manos se acomodaron en sus mejillas cerré los ojos mientras le besaba.
—No es tan terrible como para que llores, Yumi —susurró recuperando el aliento.
Le dediqué una sonrisa llorosa, era obvio que no entendía por qué estaba llorando, no iba a decírselo, al menos no con palabras.
Inspiré hondo llenándome de valor.
Me quité la camiseta lentamente con las mejillas ardiendo, él me miró con los ojos abiertos por la sorpresa, noté como luchaba contra sus impulsos y permanecía quieto, a la espera. Llevé las manos al cierre de mi sujetador y lo desabroché dejándolo caer al suelo. En un acto reflejo cubrí mis pechos desnudos con el antebrazo, entonces recordé a la chica de la revista y lo bajé dejándolos al descubierto de nuevo.
Finalmente, tras lo que me pareció una eternidad, se movió cubriendo mi boca con la suya apasionadamente. Sus labios ahogaron el gemido que nació en mi garganta cuando sus grandes manos acariciaron mis pechos, atrapando mis pezones entre sus dedos ejerciendo una ligera presión sobre ellos. Mi espalda se arqueó fuera de mi control, del mismo modo que el resto de mi cuerpo que no respondía a mis órdenes.
William me tendió sobre el frío suelo de terrazo, aquel contacto gélido bajo mi piel ardiente me hizo estremecer con una sensación extrañamente placentera. Abandonó mis labios cubriendo de besos el largo camino de mi cuello y clavículas, para después resbalar a lo largo de todo mi torso. Su lengua húmeda dibujó mi ombligo y ascendió lentamente hasta mi canalillo.
Me mordí el labio inferior cuando se desvió a uno de mis senos y lo dibujó con esmero con la punta de la lengua, mientras una de sus manos acariciaba mi cintura y la otra se entretenía con mi otro pecho. Tuve que taparme la boca con ambas manos para ahogar los múltiples gemidos de placer que querían huir de su prisión y también para no suplicarle que se deshiciera mi maldito vaquero y de las molestas bragas.
Mi cadera se arqueaba bajo su cuerpo frotando mi intimidad contra su pierna flexionada.
—Despacio —susurró casi sin voz—. No tengas prisa.
Le miré con cautela mientras se quitaba la camiseta roja mostrando su cuidada musculatura. Estiré mi brazo y él se acercó dejándome acariciarle tanto como quise, primero con las manos, después con la punta de los dedos, la uñas y finalmente con mis labios y lengua. Su cuerpo, tan caliente como el mío, se estremeció y sus brazos rodearon mi cintura en un abrazo necesitado. Sentí su dureza en mi cadera y moví la mano dispuesta a aliviar la tensión de su pantalón, pero él la tomó, la llevó a sus labios y me besó en la muñeca.
Volvió a tenderme en el suelo y con parsimonia desabrochó los cuatro botones de mi vaquero, me acarició los muslos sobre la gruesa tela besando mi ombligo. Deslizó las manos por mi trasero obligándome así a separarlo del pavimento, tiró del pantalón con suavidad y yo mordí el lóbulo de su oreja esperando y deseando que me los quitase de una vez y que ahogase aquella llameante necesidad que surgía en algún punto de mi interior y que me consumía sin piedad. Pero no lo hizo. Apenas hizo hueco para poder meter su mano dentro del ceñido tejano y moverla para acariciarme, esta vez sobre la delgada tela de las braguitas.
Los dedos de William recorrieron mis ingles y dieron un certero tirón de mi ropa interior desvelando una porción de piel mayor para explorar. Se recreó jugando con aquella parte de mi cuerpo sin acabar de eliminar la barrera de tela. Me sentía arrollada, como si me hubiese engullido un tornado y no pudiese moverme a voluntad, porque mi cuerpo reaccionaba solo y suplicaba sin palabras una y otra vez que no se detuviera, que siguiese adelante.
La mano de William salió del interior de mis pantalones y cerró ambas en torno a la cinturilla, yo alcé el cuerpo y, él, finalmente, lo hizo resbalar por mis piernas quitándomelos sin dejar de mirarme. Sujetó mi pie derecho y besó toda mi pierna, desde la ingle hasta el tobillo bajando despacio el calcetín y repitió la misma operación con la otra.
Jadeé. William me sonrió y por un momento creí que me daría lo que deseaba en ese instante, que se desharía de su ropa y de lo que quedaba de mía, pero no lo hizo. Su mano regresó para torturarme acariciándome sobre la tela de las bragas y su boca lo hizo con mis pechos.
Quería gritar, dejar salir todos y cada uno de los gemidos que me ardían en la garganta. La habitación contigua estaba vacía y la otra pared daba a la escalera de incendios, pero no era garantía de que nadie fuese a escucharme. Si Jim nos pillaba nos expulsarían a ambos de por vida.
Suspiró lanzando su ardiente aliento sobre mi estómago. Me mordí el pulgar para acallarme. Quería gritar, pero no debía hacerlo.
Tiró de mis bragas un poco hacia abajo con un dedo rozándome lo justo para hacerme pensar que si no dejaba de torturarme pronto acabaría por matarme.
—¿Tienes miedo? —preguntó en un jadeo.
Negué con la cabeza y él sonrió.
—Estoy a tiempo de parar, ¿quieres que pare?
Volví a negar. Si decidía pararse iba a matarle. Sin más.
Puso su dedo índice en mi barbilla y fue bajando muy lentamente entre mis pechos, por mi estómago, mi vientre y un poco más, allí donde antes hubo tela ahora no había nada. Suspiré y entonces volvió a moverse. Sus dedos me acariciaron, el sonido húmedo que provocaron me hizo taparme la cara, me dio una vergüenza mortal.
William hizo caso omiso de ese gesto y continuó con las caricias, sólo eso nada más. Sin presión. Sin forzar. Mi vergüenza se fue diluyendo en gemidos ahogados contra las palmas de mis manos.
Se inclinó sobre mí y me besó, lento al principio con desesperación luego; su mano que había permanecido quieta mientras nuestras lenguas jugueteaban volvió a moverse, esta vez sus dedos se deslizaron dentro de mí con facilidad repitiendo aquel sonido húmedo. Arqueé la espalda y ahogué un hondo gemido en sus labios.
¡Me iba a volver loca! Aquel movimiento suave y delicado, lento pero intenso… no me bastaba.
—Más —gemí aquella única palabra. La única que logré articular de la frase «Quiero más».
Pareció entenderme, se desabrochó los pantalones de un tirón y los empujó hacia abajo con mi ayuda junto con los calzoncillos y se los acabó de quitar a patadas. Se deshizo de los calcetines adoptando una posición de lo más extraña que me hizo reír. Estiró el brazo y sacó un condón del cajón que se puso rápido poniendo en evidencia que no era la primera vez que hacía aquello a diferencia de mí.
Cuando se colocó sobre mí me miró fijamente a los ojos esperando por si me echaba atrás, pero no iba a hacerlo. Moví mis caderas ofreciéndole libertad para seguir y lo hizo.
Sentí la presión y una leve punzada, pero no dolor. Se deslizó con suavidad y fue moviéndose lentamente sin dejar de mirarme a los ojos en busca de miedo o algún síntoma de dolor.
Me abracé a su cuello y me moví acelerando el ritmo, obligándole a acelerar también. Nos besamos sincronizando nuestros movimientos y silenciando nuestros gemidos en la boca del otro hasta que acabamos.
Permanecimos estirados en aquel suelo frío de terrazo respirando agitadamente con las manos entrelazadas.
Definitivamente debería haberlo hecho antes.
Fin

martes, 25 de junio de 2013

Viernes

 

Mortal Instruments y sus personajes pertenecen a Cassandra Clare.
Viernes
Magnus comprobó nuevamente su reloj de pulsera de correa multicolor. Llevaba casi una hora esperando ¡Una hora! Él jamás había esperado ni un minuto por nadie, y no era por que no tuviese todo el tiempo del mundo por delante.
A la sombra de uno de los árboles de Central Park hundió las manos en los bolsillos de sus pantalones de estampado de leopardo, la cadena que colgaba de su cinturón de cuero se le clavaba en la muñeca pero se obligó a ignorar la molesta sensación. Se había puesto una camiseta negra y ceñida, él que adoraba vestir con colores estridentes. Iba muy... discreto, aunque no había renunciado a la purpurina.
«Esto me pasa por quedar con un Nefilim» suspiró. Antes de aceptar aquella extraña y repentina propuesta de cita de Alec ya sabía que era una mala idea. Un cazador de sombras tan joven y tan confundido, empeñado en autoengañarse con sus sentimientos hacia su hermanastro. Pero rememorar aquellos ojos azules y profundos le había imposibilitado la labor de rechazar la invitación. Y ahí estaba, como si aguantase el árbol para evitar que cayese.
La gente que pasaba le miraba, hombres y mujeres, algo que en otro momento le habría regocijado.
Escuchó unos pasos apresurados, nada sorprendente, muchos iban a hacer deporte a Central Park por lo que los ignoró, sacó la mano del bolsillo y volvió a mirar su reloj, una hora y diez minutos. ¿No había esperado ya lo suficiente? Estaba claro que ya no iba a aparecer por allí, quizá se había arrepentido en el último momento, al menos podría haberle avisado. Sí, ya era suficiente. Dio media vuelta.
—Alexander.
Alec resollaba con las manos apoyadas en las rodillas, mantenía la cabeza gacha y la espalda curvada. Su pecho subía y bajaba violentamente.
—Lo siento... —jadeó—. Me han entretenido...
Excusatio non petita, accusatio manifesta.
Alec alzó el rostro, tenía las mejillas rojas por la carrera y el sudor le perlaba la frente, una sonrisa le curvó los labios. Magnus observó el hilillo de sangre seca que le corría por la barbilla procedente de un corte.
—Repudiados —dijo—. No podía dejar colgados a Jace y a Izzy para venir a Central Park a verme contigo. Creí que ya no estarías aquí.
—Estaba a punto de marcharme —replicó un poco molesto por la mención al superhermano.
—Me alegro de haber llegado antes de que te fueses.
De repente la hora de espera y la molesta mención a Jace Wayland habían perdido importancia por culpa de aquellos magnéticos ojos azules.
—¿Te alegras? —preguntó sin mucha convicción.
—Sí, quería verte, de verdad.
El corazón de Magnus Bane brincó cuando Alec se irguió. Ropa negra y amplia, como había imaginado. Asomando por el cinturón vio la empuñadura de Arathiel, el cuchillo serafín que siempre llevaba con él. Magnus pensó que le encantaría rebuscar entre su ropa para encontrar todas las armas que llevase, sólo por una mera cuestión de "seguridad laboral", por supuesto. Y una vez sin ropa ya se encargaría del resto de cuestiones no laborales.
—Deja de mirarme así —protestó el Nefilim.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras desnudándome con la mirada. —Alec se mordió el labio inferior frustrado por la sonrisa lasciva que había pasado a adornar los rasgos asiáticos del brujo de Brooklyn—. Es muy incómodo.
—¿Nadie te ha mirado nunca así?
«No. Nunca» pensó Alec recordando la pregunta que unos días atrás le había hecho el mismo Magnus "¿Nunca te ha besado nadie ni has besado a nadie?" su respuesta, aquella vez en voz alta, había sido también un "no".
—No creo que despierte un gran interés en nadie.
—Lo despiertas en mí.
Magnus sonrió, era tan encantador verle sonrojarse.
—No entiendo por qué.
—Hay muchos y muy variados motivos, nefilim, necesitaría varios días para enumerarlos y seguro que se me olvidaba alguno durante el proceso.
—No me mientas.
Magnus suspiró apesadumbrado, al parecer el lío emocional no era el único problema de aquel muchacho, su baja autoestima era aún más preocupante, se preguntaba si tendría tan poca fe en sí mismo cuando luchase. La imagen de la primera vez que tuvo que curarle regresó a su mente como la peor de sus pesadillas, no creyó poder salvarle, hubiese apostado a que moriría; por eso se quedó a su lado toda la noche, despierto, susurrándole que todo iría bien mientras Alec le apretaba la muñeca como si aquel sencillo contacto le mantuviese anclado al mundo de los vivos, había velado por él, sobresaltándose cuando en sueños se removía como si le doliese algo. Se había esforzado como nunca para que se salvase, y en parte aún estaba pagando las consecuencias, todavía se sentía cansado.
—Primero tienes unos ojos preciosos —arguyó el brujo—, unos rasgos atractivos, un cuerpo increíble al que he tenido cierto acceso mientras sanaba tus heridas...
—¿Q-qué dices?
La sonrisa felina de Magnus tenía algo que le impedía respirar en condiciones, como si le robase el aire. Y entonces Magnus decidió que era un buen momento para hacerle una pequeña demostración de lo que sentía.
Magnus atrajo el cuerpo de Alec hacia el suyo y le besó, Alec notó como el corazón del brujo bombeaba sangre a toda velocidad y después como el suyo aceleraba e igualaba el ritmo, como si estuviesen en sintonía. Por un momento para Alec no existió nada más que la sensación que le envolvía como un sueño agradable y reparador, las manos de Magnus que jugaban por su espalda con aquellos dedos largos y traviesos que tenía y las suyas propias recorriendo nerviosas toda la anatomía a su alcance, demasiado torpes e inexpertas para saber qué debían hacer. La lengua de Magnus enredándose con la suya y borrando de un plumazo la incomodidad de exponerse a las miradas del parque. La violenta y entrecortada respiración del brujo chocando contra su mejilla que ardía a causa del rubor. Sus alientos mezclándose igual que sus salivas en un pulso primario, animal, desesperado y desenfrenado.
—Mira mamá, son dos chicos y se están dando un beso —pronunció una vocecita infantil con un deje de curiosidad e incomprensión.
—No mires —replicó una voz femenina.
El cuerpo de Alec reaccionó antes de que su cabeza procesase lo que hacía, apartó a Magnus de un certero empujón con la cara enrojecida por la vergüenza y por el deseo encendido que palpitaba en su interior.
—¿Demasiado rápido? ¿Demasiado apasionado? —preguntó divertido el brujo.
—Estoy un poco confundido —declaró Alec con las mejillas sonrojadas, los dedos de Magnus se la acariciaron con suavidad no recordaba haber tenido tanta paciencia con nadie; acostumbraba a aburrirse con facilidad de permanecer en un punto muerto.
—Tengo mucho tiempo —sonrió.
—Yo no tengo tanto tiempo.
Magnus sujetó la mano de Alec y tiró de él hasta una zona más discreta del parque, el cazador de sombras le siguió como si nada, con la cabeza gacha y el rostro encendido dándole vueltas y más vueltas a lo que acababa de ocurrir. Cuando Magnus se detuvo él lo hizo también, el brujo chasqueó los dedos y al instante apareció una bolsa de plástico con el logotipo de una farmacia.
—Estás herido, un arañazo en la barbilla, otro en el cuello... —contestó Magnus a la pregunta reflejada en los ojos de Alec—. Hay mucha gente para hacer un conjuro.
—Puedo hacerme una iratze —dijo sacando la estela.
—Ah, no. Nada de runas en mi presencia.
El brujo chasqueó de nuevo los dedos haciendo aparecer un mantel con los colores del arco iris repleto de lentejuelas y tomó asiento a la sombra de los árboles, Alec observó curioso el despliegue de algodón, gasas, vendas, tiritas y antiséptico. Se sentó frente a él con cautela, como si Magnus fuera un gato al acecho y él su futura presa.
—No voy a morderte a no ser que quieras que lo haga —susurró Magnus tomándole el brazo—. ¿Quieres que te muerda?
La respuesta de Alec murió antes de ser pronunciada, se miró el codo sorprendido no se había dado cuenta de que tenía una herida, hizo una mueca de dolor. Ahora que prestaba atención le dolía también el hombro y la cadera, seguro que se lo había hecho cuando había protegido a Izzy y parado el golpe de uno de los repudiados.
—¿Ahora te das cuenta de que estás herido? —Alec asintió a modo de respuesta—. Ya veo, la adrenalina te ha mantenido alejado de la realidad.
«Creo que ha sido la prisa...»
—Lo que me extraña es que tu hermana y Jace no te hayan dicho nada. —Alec notó un cierto resentimiento en el modo de pronunciar el nombre de Jace, pero no le dio importancia—. Podrían haberte curado.
—De hecho... creo que Izzy ha intentado avisarme, pero no me he quedado para escucharla.
Los labios de Magnus dibujaron una "o" que pronto quedó convertida en una sonrisa abierta, magnética y deliciosa.
—¿Tantas ganas tenías de verme?
Alec tuvo una de aquellas reacciones de "niño pillado en mitad de una travesura" abriendo mucho los ojos y poniendo morros después como si lo que acababa de pasar le hubiese ofendido.
—No, claro que no —refunfuñó con tanta desgana que Magnus apenas logró entender lo que acababa de decir—. No me gusta llegar tarde a los sitios por el motivo que sea.
—Mejor para mí entonces. —Sonrió leyendo la respuesta auténtica en sus ojos.
Alec se mordió el labio cuando el algodón le tocó la herida del codo, se había olvidado de que el antiséptico escocía, Magnus sonrió, se inclinó hacia delante y sopló delicadamente aliviando el picor. En aquella posición los dedos de Alec rozaban la suave piel del antebrazo del brujo en un contacto cargado de electricidad. Deseaba moverlos y acariciarle el brazo, no obstante se limitó a mirarse la mano, sus dedos estaban llenos de callos por el uso de armas y tanto entrenamiento, sus nudillos cubiertos de finas y blanquecinas cicatrices. No parecían las manos de un muchacho de dieciocho años, las odiaba tanto como a veces se odiaba a sí mismo. ¿Por qué no podía ser normal? ¿por qué no podía enamorarse de una chica? ¿por qué se había enamorado de Jace? ¿por qué tenía que sentirse tan atraído por ese subterráneo? ¿por qué? Su vida era un enorme por qué.
—Los Nefilim sois muy extraños —murmuró Magnus—, las heridas no parecen molestaros y un poco de antiséptico hace que se os salten las lágrimas.
—¿Qué?
—Es la reacción más común entre los seres humanos —continuó—. Una respuesta involuntaria del cuerpo. Deberían inventar un antiséptico que no picase ¿no crees?
Sintió un par de lágrimas que rodaban por sus mejillas sin que él pudiese contenerlas, no hizo nada por eliminarlas con la manga o con el dorso de la otra mano, permaneció inmóvil mirándole. Cuando sus ojos azules se cruzaron con los dorados y verdes de él supo que sabía que no era culpa del desinfectante.
—Dichosos medicamentos mundi, tan desagradables y lentos... —Magnus negó con la cabeza concentrándose de nuevo en el codo de Alec—. Por eso prefiero la magia, es rápida y efectiva.
—La prefieres porque te dedicas a ello.
—Sí, mi magia es increíblemente eficaz.
—Doy fe de ello —añadió Alec. La magia de Magnus le había salvado la vida—. Gracias otra vez, Magnus.
El brujo dejó escapar una risa ahogada algo exasperada, se lo había agradecido aquella noche mientras batallaba contra el dolor aunque Alec no lo recordase, él no lo olvidaría nunca. Y después había hecho lo mismo en su apartamento.
—No podía permitir que el mundo perdiera a alguien tan hermoso como tú. —No necesitó mirar al muchacho para saber que se había sonrojado, su cuerpo había empezado a desprender un calor delator—. Digamos que estamos en paz, Alexander.
—¿En paz? Yo no he hecho nada por ti.
—Sí lo has hecho —contestó acabando de vendarle el codo—. Estás aquí.
Los dedos de Alec recorrieron el pómulo de Magnus con suavidad logrando que éste volviera a mirarle.
—Eso es una nimiedad.
—Para mí no lo es, Alexander.
Alec sintió que aquella declaración poseía una profundidad que se le escapaba entre los dedos antes de poder comprenderla, o tal vez el "estás aquí" lo estaba interpretando mal, o quizás estaba tomándole el pelo. Debía admitir que le costaba ver cuando Magnus hablaba en serio y cuando lo hacía en broma. Aquel tono que usaba cuando hablaba lo convertía todo en una especie de acertijo adictivo.
—Alec —espetó el chico.
—¿Qué? —Magnus puso cara de no entender nada.
—Que me llames Alec, no Alexander.
Magnus se limitó a sonreír y cambió de posición inclinándose sobre Alec para curarle el arañazo del cuello. La yugular del muchacho palpitaba a un ritmo frenético el único signo de nerviosismo externo que se le apreciaba. Evitó hacer algún comentario al respecto, no habría sido una buena idea ahora que parecía empezar a sentirse cómodo con él.
Alec no dijo nada más y Magnus tampoco lo hizo pero dejó que sus dedos se entretuvieran, más de lo necesario, sobre la piel del Nefilim permitiendo que dijeran lo que él no pronunciaba en voz alta. Alec exhaló un suspiro cuando Magnus hubo finalizado su labor, la proximidad de su cuerpo le había resultado tan agradable y real, tan necesaria y natural que ahora que se había alejado se sentía vacío por dentro.
—Ahora tienes mejor pinta —determinó sonriente. Le sujetó la barbilla con una mano y le limpió los restos de sangre con una gasa húmeda—. ¿Alguna herida que no se vea?
—N-no. Gracias.
—Siempre es un placer.
Con un nuevo chasquido de dedos todo, a excepción del mantel, se desvaneció en el aire, Alec notó que cuando lo hacía escapaban llamitas azuladas de sus dedos.
—¿Algún plan para nuestra cita? —preguntó sacándole del ensimismamiento.
—Yo... es que... bueno... —Suspiró algo frustrado—. Quería...
Magnus parecía estárselo pasando de fábula a su costa, pero no podía culparle, estaba siendo tremendamente torpe. En cierto modo había esperado que fuese Magnus quien hiciese algún plan. Podían hablar pero ¿eso era un buen plan para una cita o era lo que se hacía con los amigos y parabatai? No tenía ni idea, pensó en que debería haber prestado más atención a Isabelle cuando le hablaba de sus citas.
—Magnus... tú, en la fiesta...
—Te pregunté si me llamarías.
—Ah, sí, pero no es eso...
»Estabas... quiero decir que, lo que nos contaste. —El brujo le miró con un millar de preguntas centelleándole en los ojos de gato—. Yo... lo dije en serio. Que lo sentía, quiero decir.
Por un momento a Alec le pareció que realmente Magnus no tenía ni idea de lo que le estaba hablando, hasta que cerró los ojos lentamente y dejó escapar el aire de sus pulmones despacio.
—El pasado es pasado, Alec. Sólo me interesa el futuro.
—Ya pero, necesitaba que lo supieras, que no lo dije por decir.
—Eso lo sé, es fácil descubrir cuando mientes —replicó con un punto de orgullo—. Y ahora sé que no es eso lo que querías decirme. Lo veo en esos ojos azules tuyos tan bonitos.
El Nefilim soltó un bufido, era la primera vez que daba con alguien capaz de leerle, normalmente le daban por imposible de descifrar y esperaban a que fuese él mismo quien contase lo que fuera. El problema era que no sabía como decirle aquello, pensaría que era idiota, o un pervertido o ambas cosas a la vez. ¿Cómo iba a decirle que sentía algo por él pero que no sabía qué era, pero que aquel "sí, me gustas" se quedaba corto? ¿cómo decirle que soñaba que le desnudaba y que recorría cada milímetro de piel borrando el recuerdo de Jace? Y todo por aquella fiesta. No podía.
—No estoy muy seguro de... poder explicarlo.
—Mmmm —ronroneó perezoso Magnus—. ¿Es una de esas cosas que son más fácil de hacer que de explicar?
El cazador de sombras estuvo tentado de asentir sin embargo puso su mejor cara de póker. Hizo memoria de los retazos de citas de Isabelle que había escuchado. «En verano es genial compartir un helado o un granizado». Era verano. Estaban en Central Park. Había quiosquillos con helados por todas partes.
—Helado —dijo simplemente, como si esa sólo palabra tuviese un significado cósmico y místico.
—¿Helado? —inquirió con aburrimiento el brujo—. ¿Volvemos a tener doce años?
—No. Claro que no. —Había sido una idea estúpida, de acuerdo, ahora sabía que lo mejor que podía hacer era ignorar con más intensidad las citas de su hermana—. Pero, hace calor y...
—¿Helado de qué?
—¿Melón? —replicó no muy convencido recordando que el brujo tenía una parte felina y que los felinos odiaban los cítricos. Cuando eran pequeños Isabelle solía divertirse acercándole una peladura de limón a Church que se erizaba, arrugaba la nariz y finalmente acababa huyendo como si le persiguiese el rey del infierno en persona.
Magnus chasqueó los dedos y un cono de helado de melón apareció en la mano de Alec que no pudo evitar sobresaltarse.
—Imagina que les he dejado una buena propina —pronunció el brujo evadiendo la previsible pregunta de "¿lo has robado?"—. Además cobran como si estuviesen hechos de oro.
—No era exactamente esto a lo que me refería.
Supuso que tampoco podía quejarse, él buscaba algo más íntimo y menos infantil, pero al menos se había ganado un helado robado. Cerró los ojos y lo lamió con parsimonia y sin prestar un ápice de atención a nada ni a nadie, inmerso en su búsqueda de algo decente que hacer en una cita porque quería tener opción a repetir. Era inútil, sabía matar a un millar de demonios con un clip para papel pero no comportarse como un adolescente normal y corriente.
Abrió los ojos frustrado y se topó con los ojos de Magnus brillando de un modo extraño, se le había quedado la sonrisa congelada, Alec miró el helado y después a Magnus. Estiró el brazo con el codo vendado.
—¿Quieres probarlo?
La sonrisa de Magnus Bane se amplió lentamente en su rostro.
—Claro —contestó la mar de feliz.
Magnus se inclinó hacia delante, pasando de largo del helado, hasta los labios del cazador de sombras. La mano de Alec que sujetaba el helado se aflojó, pero Magnus cerró la suya sobre la de Alec manteniéndolo bien sujeto. La gente les estaba mirando, Alec sentía sus miradas clavadas en él, o tal vez era sólo su imaginación.
Era la cuarta vez que le besaban. Cuatro besos en toda su vida, era un balance un poco deprimente... Magnus Bane le había dado tres y él le había dado uno a Magnus. El primero había sido extraño, el segundo torpe y apresurado, el tercero algo incómodo y ese le había dejado demasiado perplejo para responder al roce de sus labios. Magnus algo frustrado por la poca colaboración de Alec se apartó lentamente hasta que la mano del Nefilim en su nuca le obligó a volver a acercarse. El beso iniciado por Alec estaba lleno de urgencia y necesidad, de miedo y duda, de deseo y pasión. Magnus le masajeó la espalda tensa logrando que poco a poco el cuerpo de Alec se fuese relajando. Se esforzaba demasiado y se contenía en exceso y Magnus se había propuesto cambiar eso.
Un gemido complacido y relajado se coló en la boca del brujo que entonces se permitió bajar la mano desde la cintura de Alec hasta su trasero para pegarlo aún más a su cuerpo. Los dedos del Nefilim se enredaban en su pelo como si aquel fuese el único punto estable del universo, ardiendo en deseos de deslizar su otra mano bajo la camiseta negra de Magnus, pero aquella otra mano estaba atrapada sujetando el helado. Magnus le lamió los labios sensualmente antes de separarse de él lo suficiente para tomar aire con cierta normalidad.
—Delicioso.
—¿Quieres más? —jadeó con la voz ronca y las mejillas bien rojas. Sus manos seguían unidas sujetando el helado que goteaba entre sus dedos y sus cuerpos en contacto—. Puedes repet...
Magnus no le permitió acabar la frase, no necesitaba oír como acababa. Sentir la excitación del muchacho mientras intercambiaban caricias y sus lenguas se enredaban en una especie de lucha sin sentido, le hacía volver a sentirse vivo y real, le permitía recuperar el sentido de que todo tenía un principio. Quizá tardaría en desenmarañar el enredo que tenía aquel cazador de sombras, pero de repente ya no le importaba porque sabía que no iba a aburrirse de esperar. Ver a Alexander Lightwood con aquellos ojos azules brillando después de besarle, el rubor de sus pálidas mejillas y la sonrisa tímida que le decoraba los rasgos, sólo por aquello valía la pena esperar un poco más.
—Lo que daría por un portal... —se lamentó Magnus.
—Haz uno.
—Si te llevo a mi casa no va a ser para jugar a las cartas, Alexander.
—Ya lo sé —replicó con una sonrisa nerviosa—. Lo sé.
Mantuvo su mirada felina sobre la azul de Alec esperando por si se echaba atrás, buscando la duda en sus ojos, pero sólo vio firme determinación.
Le tomó la mano y le arrastró a la zona protegida con un potente glamour. Tramó los signos del conjuro para el portal en el suelo y susurró el conjuro para activarlo. Aprovechó los seis segundos que tardaba en activarse para besar a Alec.
Magnus le arrastró a través del portal, chasqueó los dedos, sin dejar de besarle, y una de las ventanas del salón se abrió. Chairman Meow odiaba el ruido y él pensaba hacer gritar de placer a Alec durante horas.
Enredó los dedos entre el pelo negro de la nuca de Alec y le obligó a echar la cabeza hacia atrás para poder morderle el cuello blanco, su otra mano seguía apretando el cuerpo del Nefilim contra el suyo con fuerza. No soportaba el espacio que había entre ellos, aquella película de ropa que les separaba. Y Alec aturdido y encendido colaba sus manos bajo la camiseta de Magnus y le clavaba los dedos en la espalda deseando fundirse con él, deseando extinguir el fuego que ardía dentro de él.
Aquello era nuevo para ambos. Para Alec que era la primera vez que se dejaba llevar por la pasión acallando a la razón. Y para Magnus que por primera vez sentía una imperiosa necesidad —absolutamente imparable— de restregarse contra alguien en sus ochocientos años de vida.
—Dime que me amas aunque sea mentira —demandó Magnus tirando de la camiseta de Alec para quitársela.
—Te deseo...
Magnus abrió los ojos sorprendido y le tomó el rostro entre las manos con delicadeza, Alec tenía las mejillas sonrojadas y le brillaban los ojos azules.
—Es un comienzo. —El alivio desapareció rápido al pensar que podría estar sustituyéndole por Jace en su imaginación—. Di mi nombre.
—Magnus.
—No lo olvides —susurró desabrochando el cinturón de Alec con dedos ansiosos—. Quiero que hoy pienses sólo en mí.
«Cómo si pudiera pensar en otra cosa» resonó en la cabeza de Alec.
—Sólo pienso en ti, Magnus.
El brujo se dio por satisfecho con aquella respuesta y prosiguió con la labor de besarle y quitarle la ropa mientras Alec intentaba no perder el ritmo en aquella lucha contra la ropa.
Las camisetas volaron estrellándose contra el suelo. Alec se entretuvo dibujando los músculos del torso desnudo de Magnus con una fascinación desconocida, la suavidad de la piel dorada bajo la yema de sus dedos y aquella característica que le había llamado la atención la primera vez que le había visto, la ausencia de ombligo, dibujó un círculo allí donde debería haber estado. Mientras tanto Magnus le besaba y mordía el cuello acariciando de manera inocente su espalda, dejando que Alec llevase el control de la situación para no presionarle, porque una cosa era besarle y otra acostarse con él.
º º º
Magnus le acarició el hombro con suavidad para evitar despertarle, le estaba saliendo un moratón bastante feo, debería curarle aunque fuese una lesión insignificante, verle herido le resultaba doloroso y no sabía por qué ¿qué tenía Alexander Lightwood que le hacía diferente al resto? No era la primera vez que se enamoraba, ni mucho menos, pero sí que era la primera vez que se sentía así, que tenía la certeza de que cuando ese chico muriera una parte importante de él lo haría también. Por primera vez deseaba ser mortal.
No sabía que era, pero fuese lo que fuese, sabía que valía la pena.
Alec abrió los ojos azules y Magnus, con la mano aún sobre su hombro, esperó que se apartara o cualquier otra reacción brusca, sin embargo el muchacho esbozó una agradable sonrisa de dientes blancos. Era la primera vez que le veía sonreír abiertamente y no pudo evitar pensar en lo mágico de aquel gesto. Deseó echarse hacia delante y besarle pero se mantuvo firme con el único contacto de su mano sobre el hombro del Nefilim. Los dedos de Alec se enredaron entre los mechones negros de la nuca de Magnus. Era un contacto extraño e íntimo.
—Tengo que irme —susurró adormilado.
—No voy a impedírtelo.
—Podrías hacerlo. No dejarme salir nunca de esta cama.
A Magnus le hirió la veracidad y la necesidad de sentirse amado que encerraba aquella frase disfrazada de broma. La soledad y el auto-odio que habían carcomido a Alec durante toda su vida. Años de dolor y de incapacidad de sentirse "normal". El miedo al rechazo.
Los labios de Alec cubrieron los de Magnus con suavidad en un beso lento y dulce. El brujo luchó contra el impulso de apresarle bajo su peso y volver a hacerle el amor, borrar del mundo cualquier cosa que ensombreciese su ánimo a base de sexo y jugueteos lujuriosos. Se contuvo pero se permitió deslizar la mano a lo largo de la espalda de Alec y dejarla descansar en su trasero desnudo.
—Magnus...
—Si vuelves a decir mi nombre de ese modo tan sexy —ronroneó y le mordió el labio inferior con ternura— no voy a poder resistirme.
—Tengo que irme —repitió.
—Adelante —susurró Magnus—. No te estoy reteniendo.
Aunque realmente quería retenerle a su lado, no dejarle salir de su cama, sabía que si se sentía acorralado Alec huiría. Siempre existiría esa posibilidad mientras no se aceptase a sí mismo y comprendiera que no había nada malo en él ni en sus sentimientos. Mientras quedase un ápice de miedo Alec podía huir y alejarse para siempre.
Alec desenredó el pelo de Magnus de entre sus dedos y le dio un último beso antes de salir de la cama. La amortiguada luz de las farolas se colaba a través de los cristales polvorientos y las cortinas de terciopelo. Magnus contempló el cuerpo desnudo de Alec con una sonrisa lasciva, poseía un cuerpo magnífico y una increíble piel nívea. Era una lástima que volviese a vestirse, sin ropa estaba impresionante.
Magnus se atavió con su kimono de seda y encendió la luz justo cuando Alec se ponía la camiseta negra. El brujo le acercó las botas que habían quedado una en cada punta de la habitación y se sentó en la cama, junto a Alec, mientras se las calzaba y las ataba con un nudo desgarbado. Le dio un beso en el cuello haciendo que se ruborizase y que ardiese en deseos de que volviera a quitarle la dichosa ropa y volviese a hacerle el amor.
—Antes de irte tienes que hacer una cosa.
—¿El qué?
Magnus le tomó de la mano y le llevó hasta la puerta, Chairman Meow les miró somnoliento desde el sofá con sus ojos dorados verdosos y al momento volvió a acurrucarse ignorándoles por completo.
—Pon la mano aquí —musitó divertido dejando la mano de Alec sobre el pomo y se apartó.
El chico no protestó y permaneció así esperando a ver que ocurría, quizás algún truco de magia o algo así, no sabía muy bien que esperar de un brujo tan poderoso –-y atractivo— como Magnus Bane. Pero pasaban los minutos y no ocurría nada. Alec le dirigió una mirada enfurruñada respondiendo a su sonrisa resplandeciente, la sensación de que le estaba tomando el pelo empezaba a crecer a marchas forzadas. Apretó el pomo de la puerta con más fuerza combatiendo la vergüenza y acallando a su sentido del ridículo.
—Ya está —ronroneó Magnus.
—¿Y esto para qué...?
Pero no pudo acabar la pregunta. Magnus había abierto la puerta y le había empujado afuera sin ceremonias. Se quedó petrificado en el descansillo, ¿le había mantenido haciendo el idiota cinco minutos para echarle de la casa? Si no quería volver a verle podría habérselo dicho. Arrugó el entrecejo, acababa de acostarse con un tío —el primero con el que se acostaba— que le había largado sin más. De repente se sintió estúpido, le había utilizado para echar un polvo.
—Entra —dijo la voz de Magnus al otro lado, Alec puso los ojos en blanco.
—No puedo entrar, sólo tú puedes abrir la maldita puerta.
La puerta de Magnus era como la del Instituto, sólo que es su caso, la puerta únicamente respondía a su contacto para evitar que las visitas no deseadas se colasen.
—Si no lo pruebas nunca lo sabrás —jugueteó con el tono que infligía a las palabras.
—Magnus...
No volvió a decir nada. Alec suspiró y llevó la mano al pomo, se sorprendió cuando este giró y la puerta cedió. Al otro lado la sonrisa traviesa de Magnus le dio la bienvenida.
—Ahora puedes entrar siempre que quieras. —Observó divertido como Alec permanecía petrificado—. Nunca le he permitido la entrada libre a nadie. Nunca. Así que no hagas que me arrepienta, Alexander o tendré que convertirte en... —sopesó el animal perfecto en el que podía convertir a Alec y sonrió—. En un gatito que le haga compañía a Chairman.
—Creo que eso viola alguno de los Acuerdos.
—No podrían pillarme. —Se encogió de hombros con naturalidad—. He aprendido a ocultar muy bien mi rastro.
Y Alec tuvo la certeza de que lo decía en serio, tanto lo de convertirle en un gato como lo de ocultar su rastro. Se abalanzó sobre el brujo y a punto estuvo de derribarlo y le besó con todo lo que tenía, dándole absolutamente todo lo que sentía. Porque aquel gesto, que a ojos de cualquiera podría parecer simple y sin importancia, para él significaba muchas cosas. Significaba ser aceptado tal como era; significaba que alguien le quería sin vínculos sanguíneos o relación de parabatai; significaba que ser gay suponía una sesión intensa de carantoñas, besos y jugueteos cargados de lujuria; significaba más de lo que podría expresar nunca con palabras.
—Gracias —susurró entre beso y beso. La risa de Magnus se mezcló con su aliento sin romper el contacto de sus labios.
—¿De... nada? —replicó divertido.
—Idiota...
—Cabezota —musitó magreándole el trasero y lamiéndole los labios.
—Pervertido —jadeó Alec.
—¿No es algo que te gusta de mí?
Alec sonrió sin darle la satisfacción de decir que sí y le mordió el labio inferior antes de separarse de él.
—Me marcho —declaró abriendo la puerta y dirigiéndole una última mirada desde el descansillo.
—¿Me llamarás?
Alec le dedicó una sonrisa pero no le dio una respuesta, Magnus permaneció en el descansillo de la escalera hasta que lo vio desaparecer y después lo observó alejarse a través de sucio cristal de una de las ventanas de su loft. Aunque no sabía si volvería a llamarle o no, o si emplearía su privilegio de entrada libre, se sentía estupendamente.
Fin
Aclaraciones:
Excusatio non petita, accusatio manifesta: locución latina. Literalmente: excusa no pedida, manifiesta acusación. Se puede traducir como "quien se excusa, se acusa"

jueves, 7 de febrero de 2013

Encierro


 
Code: Lyoko y todos sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.
Encierro
Abrió los ojos, dolida y magullada, las mismas cuatro paredes, las mismas goteras incesantes, la misma puerta blindada, la misma bombilla amarillenta y parpadeante. Todo igual que ayer, todo igual que el primer día. Por las veces que le habían dado de comer suponía que llevaba allí un mes pero no estaba segura, creía que la alimentaban dos veces al día, quizás era demasiado suponer.
El chirrido de la vieja puerta blindada, ahí venía otra vez. La misma mujer repeinada y vestida de blanco que venía día tras día. Aquella mujer tan familiar. Dejaría la bandeja sobre la mesa, preguntaría cómo se sentía, se pondría los guantes de látex, revisaría sus heridas, le inyectaría calmantes y se marcharía.
Siempre igual.
—¿Cómo te sientes? —preguntó mientras se ponía los guantes de látex.
Ella no respondió, para qué hacerlo. Era obvio como estaba. Si necesitaba una respuesta es que era estúpida.
La mujer de blanco la movió para tener acceso a la herida de su costado. Tendida de lado vio sus cabellos rojos extendidos por el suelo ¿eran de ese color o era el rojo de la sangre? Ya no lo recordaba como tampoco recordaba su propia cara.
El dolor de la herida trepó por sus costillas con una punzada que le cortó la respiración, pero no se quejó ni lloró, en aquel supuesto mes se había vuelto inmune a muchas cosas. Ya no tenía más lágrimas, ni fuerzas, ni ánimos para quejarse. Ni ganas de vivir.
La mujer de blanco no pronunció ni una sola palabra más, los tres primeros días habría querido que le hablase más, que le dijeses cosas, que la hubiese tranquilizado, ahora en cambio le daba igual. Las palabras de consuelo habrían sido tan falsas que le daban ganas de vomitar.
La mujer de blanco no la engañaba, no le prometía soltarla a cambio de información, no le mentía a la cara mientras la reducía a un pedazo de carne. En el fondo le gustaba su compañía. La mujer de blanco era lo más humano que existía en aquel agujero repugnante y opresivo.
Una suave caricia en el pelo era el modo de despedirse de la mujer de blanco, quizás también un modo de darle ánimos, quizás no significaba nada y ella se empeñaba en darle sentido.
La chirriante puerta se cerró tras aquella mujer y la soledad volvió a engullirla. El chasquido de la bombilla, el agua goteando, siempre al mismo ritmo. Como un disco rayado que reproduce una y otra vez el mismo defecto, un bucle desquiciante que le hacía desear perforarse los tímpanos para no tener que seguir escuchándolo.
Las paredes de pintura desconchada, que en tiempos mejores debieron ser blancas, estaban llenas de regueros de agua y moho; y el suelo gris y de cemento, que le rascaba la mejilla y el cuerpo desnudo, estaba minado de moscas, cucarachas y otros bichos muertos, les envidiaba, ellos ya no tenían que sufrir más.
La puerta de nuevo con su amenazante chirrido dando entrada a aquel hombre cruel y sin escrúpulos con su retorcida sonrisa y sus andares altivos.
Como siempre hacía arrastró la silla hasta el lugar donde ella permanecía tumbada, se sentó y encendió un cigarrilo. Ahora vendrían las preguntas, aquellas a las que no podía responder porque no conocía la respuesta. Aquel hombre que se enfurecía al no lograr arrancarle un gemido, un quejido o una súplica. A veces se preguntaba si realmente quería respuestas o sólo era una excusa para golpearla y forzarla.
—Bien Anthea, te lo volveré a preguntar. ¿Dónde está tu marido? —Aspiró el humo del cigarrillo y esperó, pero como siempre Anthea no le contestó.
Le miró a los ojos esperando el golpe que sabía que llegaría. El humo saliendo de los pulmones de él y una patada en el hombro con aquellas botas de puntera reforzada con acero. Una nueva pregunta seguida de silencio y otro golpe más.
Pregunta, silencio, golpe. Pregunta, silencio, golpe. Jadeos masculinos, gotera, gotera, gotera, gotera. Más golpes. Gruñido, rabia contenida.
Siempre igual, siempre lo mismo, siempre en el mismo orden.
Pausa. Pasos rabiosos. Giro brusco.
Sabía que venía ahora. Se quitaría los pantalones y el resto ya lo conocía demasiado bien. Había aprendido a quedarse quieta y a no forcejear. Cuando forcejeaba era peor, porque no sólo la humillaba sino que además le hacía más daño. Para qué forcejear si era inútil. Forcejear sólo hacía que él se divirtiera más, que fuera más cruel y que alargase aquella tortura durante horas.
Las manos de él sobre su garganta ejerciendo la presión justa para que boquease torpemente en busca de aire pero sin asfixiarla, aquello le nublaba la mente y adormecía el dolor. Sintió el mordisco atravesándole la carne del pecho y la sangre resbalando por su piel sucia.
Anthea no se quejó y él la mordió con más fuerza sin lograr arrancarle ni una lágrima. El hombre rebufó y la soltó. Ya había acabado. Ya no volvería hasta el día siguiente en que todo volvería a repetirse de nuevo.
Se subió los pantalones maldiciéndola y le pateó las costillas haciéndola rodar por el suelo como si de un trasto inútil se tratase.
La puerta abriéndose los pasos volviendo hacia a ella, un cubo de agua helada por encima. Portazo. Él alejándose.
Goteras.
Anthea se llevó una mano mutilada hasta el pecho mordido buscando silenciar el dolor. ¿Cuánto quedaba de ella? ¿Cuánto quedaba de Anthea Hopper? No lo sabía. Quizás ya no existía.
Fin

viernes, 18 de noviembre de 2011

Caminos


 

Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.
Caminos
La vida da vueltas y más vueltas, y cuando crees que ya te ha mareado lo suficiente como para dejarte tranquila una temporada, vuelve a dar la vuelta para darte un puñetazo en la cara y recordarte que a los quince eras una tonta.
Es irónico, molesto, engorroso y muy, muy odioso.
Estudiar en Kadic había sido casi como un trámite burocrático. Residir allí hasta graduarme, sacar buenas notas, procurar no crearme enemigos... los amigos y el amor eran cosas que en principio no me habían parecido dignas de ser listadas porque no son predecibles; puedes pensar «jamás me enamoraré», «nunca tendré un amigo como ese idiota» y de repente darte cuenta de que estás enamorada como una tonta de ese idiota al que no querías por amigo.
Por aquel entonces era tímida y un tanto insegura, por suerte para mí mis amigas eran los suficientemente espabiladas como para empujarme al vacío para que probase cosas nuevas y ahora ya no queda rastro de aquella chica insegura y, si lo queda, es tan en el fondo que ya ni asoma la cabeza.
Mi historial romántico. Un desastre tras otro. Primero tuve la feliz mala suerte de fijarme en el chico más popular e inaccesible de toda la academia. Ulrich Stern. Había tantas chicas enamoradas de él que hacía que te plantearas si era algo así como un dios. Lamentablemente él sólo tenía ojos para una chica, Yumi Ishiyama, tampoco podía culparle, hasta yo era capaz de reconocer que es guapísima. Después William Dunbar, que estaba loco por la misma que Ulrich y no tenía reparos en divulgarlo a los cuatro vientos, y yo como una idiota suspirando por él.
—¿¡Me está escuchando, señorita! —gruñó la ancianita sentada frente a mi mesa.
—Sí, le escucho, pero tiene que comprender que es su nieto quien tiene que personarse aquí si quiere que le tramitemos el cambio de...
—Mi nieto está muy ocupado para venir —espetó dando un golpecito sobre el tablero—. Estudia por las mañanas y trabaja por las tardes.
—Créame que le comprendo. —Suspiré—. Pero no hay nada que yo pueda hacer para cambiar las normas.
La mirada de la anciana centelleó de pura rabia. La entendía pero eso no cambiaba nada.
—Quiero hablar con su jefe —finiquitó con tono autoritario.
Quien dijo que las abuelitas son dulces y adorables no conocía a aquella, sino no diría eso. Descolgué el teléfono y marqué la extensión de mi supervisor intercambié con él algunas palabras y después colgué, a los poco minutos la secretaria de mi jefe estaba plantada frente a la mesa con sus lustrosos rizos pelirrojos, sus ojos azules, sus labios rojos y su traje de Dior o de Chanel inundando la sala con su perfume caro que se olía a distancia.
La abuela indignada la siguió golpeando furiosa con su bastón las baldosas blancas.
Apoyé la frente sobre el escritorio y resoplé. Menos mal que los cubículos estaban separados por paneles de plástico y apartados de la vista de la gente que esperaba porque aquella actitud no encajaba con lo que debería hacer.
Pulsé el botón para que saltara el turno a la siguiente persona cabreada. Me bloqueé un momento.
—Siéntese por favor —logré articular no sin cierta dificultad.
—¡Emilie! ¿No te acuerdas de mí? —Me sonrió.
Vaya que sí me acordaba, le había reconocido nada más notar su peculiar aroma a cedro, incluso antes de verle caminar hasta la silla y muchísimo antes de ver aquella sonrisa desenfadada. No creía que supiese mi nombre y menos aún que me recordara. Pensé en disimular pero notaba la cara de idiota que se me había puesto.
—William, sí que me acuerdo de ti.
Rogué porque mi voz no hubiese sonado tan bobalicona como me había parecido.
—Menuda sorpresa, nunca imaginé encontrarte en un sitio como este.
—Ya bueno, yo tampoco me imaginaba trabajando aquí.
—Todo el día escuchando quejas, ¿no?
Suspiré al tiempo que asentía.
—Si sólo fueran quejas... no sabes lo grosera que puede ser la gente cuando no le dices lo que quiere oír.
—Espero no hacer que tu día empeore. —Sonrió y yo pensé que mi día había mejorado lo suficiente como para aguantar las dos horas de gente grosera que aún me quedaban—. Me han puesto una multa.
—No puedo quitártela —lamenté.
—Ya me lo imagino, la cosa es, que el coche en cuestión no es mío.
Le miré intensamente sin entender en qué cambiaba la situación el hecho de que no fuese su coche.
—Yo tengo una moto, no he conducido un coche en la vida. Creo que alguien ha cometido un error.
Tomé la carta con la multa de tráfico, allí aparecía una fotografía de la parte trasera de un Honda Civic blanco. Transcribí el número de referencia para obtener todos los datos. Los repasé con más atención de la que había prestado jamás a ninguna otra reclamación.
Habría sido fácil pasar por alto aquel detalle y seguramente no lo habría notado de no haber estado tan concentrada en ello. William tenía razón, alguien había cometido un error.
—Ya lo veo —dije sin despegar los ojos de la casilla "nombre y apellidos"—. El policía que detuvo al infractor tomó mal el nombre.
—¿Tengo que pagarla?
Tecleé a toda velocidad tramitando la reclamación y especificando que el vehículo pertenecía a un tal William Duncan y no Dunbar.
—No, tranquilo —dije pulsando el icono de la impresora. Tomé el papel recién impreso y se lo tendí junto con un bolígrafo—. Sólo tienes que firmarme esto.
—Vale.
Firmó sin leer y sin hacer mil preguntas, algo tan raro como el que hacienda te regalase billetes de quinientos euros por pasar por delante de su puerta.
—¿No lo lees? —pregunté.
—Me fío de ti —replicó devolviéndome el papel y el bolígrafo.
Tuve la certeza de que si no hubiese estado sentada en la silla me habrían fallado las rodillas y me habría caído al suelo.
—Supongo que eso es todo —murmuré deseando que no se marchase hasta que acabase mi turno—. Me ha encantado volver a verte.
—Oye, si no es mucha osadía, ¿te apetecería comer conmigo? Cuando salgas.
El cuerpo me pedía gritarle que "sí" y hasta llorar de la emoción, pero saqué mi recién descubierta faceta de actriz y esbocé una sonrisa cautelosa.
—¿Y eso?
—Por ahorrarme trescientos euros y porque me ha hecho ilusión volver a verte.
¡Oh, Alá, Dios, Jesús, Yaveh, Buda y todos los santos del universo! Con lo de ahorrarle trescientos euros ya me bastaba.
—¿Te apetece, Emilie?
—Claro —contesté con toda la calma que logré reunir.
—¡Genial! Te esperaré en... la sala de espera –-musitó encogiéndose de hombros divertido.
Reí mientras William se marchaba por donde había venido minutos antes. Y cuando le perdí de vista pulsé el botón para atender al siguiente cliente cabreado.
Las dos horas se me hicieron eternas pero no pude borrar la sonrisa de mi cara, daba igual lo que me dijeran. Estaba contenta y los insultos y las groserías me resbalaban. Cada nueva reclamación iba comiéndose los minutos que me separaban de mi cita con William.
Y cuando al fin dio la hora casi salté de la silla cogiendo apresuradamente todas mis cosas. Por la cara que puso cuando me planté frente a él supongo que se me notaba que había salido a toda pastilla.
—¿Has montado en moto alguna vez?
—No, ¿por qué?
—¿Te da miedo?
Negué con la cabeza y entonces recordé que me había dicho que tenía una moto. Me picó la curiosidad, no tenía pinta de llevar una scooter ni una motocicleta de esas pequeñas, no le veía conduciendo una Vespa ni nada por el estilo, pero siendo sincera, tampoco entendía de motos así que me esperaba cualquier cosa.
—Que va —contesté resuelta y curiosa—. Siempre he querido montar en moto.
—Fantástico, toma.
Me tendió un casco azul eléctrico que olía a perfume de mujer y me pregunté quién debía ser su dueña, Yumi Ishiyama cruzó por mi mente como si se burlase de mí. Me quedé mirando el casco fijamente como si con mirarlo fuese a descubrir algo.
—Es de mi compañera de trabajo, no le importará que lo uses.
—¿Compañera de trabajo? —pregunté con tono mordaz.
—Eso he dicho —pronunció iniciando la marcha al exterior, le seguí—. Vivimos cerca y así ahorramos dinero, pagamos el combustible a medias.
—¿En qué trabajas? —pregunté sintiéndome grosera por meterme donde nadie me llamaba.
—Soy mecánico en un taller de motos.
Mecánico y taller de motos... supongo que debí imaginármelo porque William nunca había sido uno de esos chicos estudiosos, serios y sensatos. En Kadic siempre hacía lo que le gustaba y se aplicaba en aquello que disfrutaba. Jamás me lo habría imaginado con traje y corbata sentado en la mesa de una sala de reuniones explicando a sus jefes como remontar las ventas ni nada parecido; sí, definitivamente el trabajar con las manos le pegaba más, concentrado en algo con lo que pringarse las manos y la ropa y después sentirse satisfecho del estropicio.
—Mi compañera se encarga de la contabilidad, nos conocimos en la cola del paro. —Sonrió como si acabase de contar un chiste—. A fuerza de vernos día tras día acabamos hablando y montando nuestro propio negocio.
—¿Tienes tu propio taller?
—Exacto —exclamó y se detuvo frente a una moto.
La analicé con detenimiento. Era muy bonita, de un negro brillante e inmaculado, de corte clásico y elegante con su asiento de cuero y los tubos de escape plateados y relucientes. Miré a William y después miré de nuevo la moto. Si entendiera de motos seguramente la hubiese relacionado directamente con él.
—Es una Moto Guzzi California Classic de 2008 —me dijo arrodillado en la acera abriendo el candado cerraba la cadena que bloqueaba la rueda—. Estaba para desguazar. Su anterior dueño la dejó prácticamente destrozada, se la compré por unos doscientos euros y la arreglé.
—¿Como los de las Harley?
Él asintió a mi pregunta.
—Te quedarás congelada si vas en manga corta.
William me sonrió, se quitó su chaqueta de cuero y me la puso subiéndome después la cremallera y acto seguido se enfundó un casco negro con la visera ahumada y subió a la moto bajándola de la pata de cabra con una leve sacudida.
—¿Nos vamos? —Su voz sonó extraña bajo el casco.
Me puse el mío batallando con la mangas de la chaqueta que me quedaba grande y subí también sin saber muy bien dónde debía agarrarme ¿a su cintura o al asiento? Estaba a punto de preguntarle cuando a tientas buscó mis manos y me hizo abrazarle por la espalda quedando completamente pegada a él con las manos firmemente entrelazadas sobre sus definidos abdominales temerosa de relajar los brazos y provocar una situación embarazosa.
—¿Preparada? —preguntó poniéndola en marcha con un ronco rugido como el de una bestia salvaje.
—Sí —grité por encima del ruido del motor, mi propia voz me sonó extraña, amortiguada por el casco.
William aceleró y salimos disparados del aparcamiento. Zigzagueamos entre los coches atrapados en el atasco de la hora punta, pasando por lugares imposibles. De repente entendí qué era lo que tenían las motos para hacer que muchos se volvieran locos por ellas, aquella sensación de libertad era impagable, con el viento acariciando nuestros cuerpos. Las mangas de su camiseta azul marino se hinchaba atrapando el aire como si de un globo se tratase, la tela ondeaba de un modo curioso.
Nos fuimos alejando más y más del centro de París abandonando las carreteras anchas por otras más estrechas y sinuosas. Lejos de mi casa, lejos de mi trabajo y lejos de Kadic.
William estacionó en las plazas para motos en un trozo de calle peatonal, se deshizo del casco y tras poner la pata de cabra bajó con sencillez. Le miré desde el asiento de la moto sin saber cómo narices tenía que bajarme de esa repentina altura.
—Deslízate hasta la parte delantera. —Lo hice pero mis pies siguieron sin tocar el suelo—. Deja que te ayude.
Me sujetó por la cintura y me alzó como si en vez de cincuenta y tres kilos tuviera el mismo peso que una pluma. Me dejó en el suelo con suavidad.
—Déjame adivinar. Tu compañera es mucho más alta que yo —musité con amargura comparando mi metro sesenta con el metro ochenta y algo de él.
—Es más baja que tú, pero tiene una amplia experiencia en motos —replicó cerrando la cadena e inmovilizando la rueda—. Ya aprenderás.
Sonreí imaginando unas clases extrañas de cómo subir y bajar de la moto al más puro estilo CirqueduSoleil. Me quité el casco y bajé la cremallera de la cazadora, ahora que habíamos parado y a pleno sol hacía calor. William me pasó los dedos por el pelo y yo me sonrojé no había caído en que el casco me había despeinado.
Le seguí calle arriba expectante, nunca había estado allí, todo era nuevo y mágico, además de la buena compañía y la curiosidad por ver a que lugar me llevaba. Durante nuestro trayecto en moto había imaginado de todo un poco desde una cadena de comida basura hasta un elegante restaurante de esos en los que tienes que lidiar con varios tenedores y cuchillos a la vez intentando no equivocarte y quedar como una imbécil.
Entramos en un restaurante de puerta de madera verde con un toldo, verde también, con aspecto de elegante pero de ambiente familiar con una larguísima cola. Por el recibimiento era evidente que aquella no era la primera vez que William ponía los pies allí. Una camarera rubia vino hasta nosotros le dio dos besos a William me encajó la mano analizándome con la mirada y nos llevó hasta una mesa junto a la ventana. Nos dejó las cartas y desapareció.
—¿Eres el cliente estrella? —pregunté aún alucinada porque nos hubiesen dejado pasar sin hacer cola.
—Es la hermana de mi compañera —me dijo.
Me deshice de la cazadora y la colgué en el respaldo de la silla junto con mi bolso.
—Entonces ¿vives por aquí?
—No, lo cierto es que no. Pero me gusta venir, se come de maravilla, ya lo verás.
Asentí y me concentré en la carta, la camarera regresó con sus tacones resonando sobre las baldosas y una libretilla en la mano.
—¿Qué te apetece? Pide lo que quieras, no te cortes.
Miré a la camarera y después volví a mirar la carta. Era todo demasiado caro, me sabía fatal que se gastase tanto dinero en mí. Analicé el listado de ensaladas con sus respectivos precios. Oí a William suspirar y un instante después me arrebató la carta.
—El precio no se come —me dijo con sus brillantes ojos azules clavados en los míos—. ¿Hay algo que no te guste?
—Las coles de Bruselas y el cous-cous. —William enarcó las cejas como si no me creyera.
—Tráenos una ensalada de espinacas con queso de cabra y piñones, para picar, junto con una tortilla de crema rancia y caviar y... —dudó un instante como tratando de recordar algo de vital importancia, sacudió la cabeza y revisó los segundos platos—. Cordero al horno con setas variadas.
La camarera tomó nota con una sonrisa divertida.
—¿De beber?
William me miró.
—Agua.
—Pues agua para los dos —pidió William devolviéndole las cartas a la camarera.
—¿Cordero? —La pregunta escapó de mis labios, me había sorprendido.
—Bueno, no soy ningún genio pero recuerdo que ni Azra ni tú comíais cerdo —declaró—. Aunque no lo has mencionado.
¡Caray! Esa no me la esperaba. No creía que me hubiese prestado jamás la suficiente atención como para notar un detalle tan insignificante, a ojos de cualquiera, como ese.
—Es verdad —dije con una sonrisa.
—¿Me habías tendido una trampa?
Sentí que se me incendiaban las mejillas. Sí. En parte se la había tendido.
—Mi madre es de Irak —declaré, aunque no fuese necesario hacerlo—. Para ella las enseñanzas del Islam están por encima de casi cualquier cosa en el mundo.
—¿Eres musulmana?
—No, no... bueno, algo, supongo. —Suspiré, el tema religioso era espinoso por culpa de los fanáticos—. Cuando era pequeña mi madre me llevaba siempre a la mezquita. Mi padre también era musulmán, pero no era demasiado... no sé como decirlo. Supongo que podría decirse que era como un cristiano que no va la iglesia.
William me sonrió, yo no sabía si era una buena idea hablar de eso con él.
La camarera regresó con la fuente de ensalada, la tortilla y dos platos de porcelana que dispuso con movimientos estudiados al milímetro. Cuando se alejó continué:
—Cuando me matricularon en Kadic dejé de ir, igual que Azra. Pero conservo algunas costumbres como esa del cerdo. Imagino que me es más cómodo así.
—Vaya.
—¿Asustado?
Esperaba la trillada pregunta de "entonces ¿por qué no llevas pañuelo?" y la necesidad de explicarle que el hiyab era algo opcional y no una imposición, al menos no lo era entre los no radicales o los poco religiosos, por no hablar del niqab o el burka.
—¿De qué? —me devolvió la pregunta con aire desenfadado.
—Normalmente cuando la gente oye eso del Islam le entra la paranoia.
—Tranquila —me susurró—. No me das ni pizca de miedo.
Me sentí aliviada. Mi último novio huyó, literalmente, por las escaleras al descubrir que mi madre era de Irak y ver un ejemplar del Corán en la estantería. Cuando le llamé al día siguiente había dado de baja su teléfono móvil y cambiado su fijo, seguro que hasta había cambiado de casa. Tanto "te quiero" y "eres la mujer de mi vida" para huir como un imbécil.
—¿Estás bien, Emilie?
—Sí, lo siento. —Parpadeé tratando de disipar las malditas lágrimas—. No es nada.
—¿Lo preguntabas por experiencia propia?
Asentí y no sé muy bien por qué. Porque no era algo que a él tuviese por qué importarle, al fin y al cabo no éramos más que dos desconocidos que habían estudiado en la misma academia. Un desconocido por el que había suspirado demasiadas noches, un desconocido en el que pensaba con más frecuencia de la que querría.
—Seguro que era un imbécil. No merece la pena que le dediques un minuto más de tu tiempo ni que llores.
«Ese imbécil. No merece ni un minuto de tu tiempo ni una sola de tus lágrimas» me había dicho Noémie aquella noche mientras lloraba como una tonta. Azra me había dicho algo parecido.
Asentí despacio. Tomé los cubiertos y empecé a comer. No sabría decir qué estaba más bueno si la ensalada o la tortilla de ingredientes extraños.
De repente con la comida entre nosotros la conversación se volvió más sencilla y natural. El miedo a decir algo que no debía se evaporó. Comimos y reímos como dos buenos amigos de toda la vida, de ese modo que yo siempre había querido y que tanto había envidiado de Yumi Ishiyama.
La comida se acabó y a nuestro alrededor se fueron acumulando tazas de café y cosas dulces para picar. La camarera traía obediente cualquier cosa que William le pidiera y yo no podía dejar de sorprenderme de que siempre acertase con lo que podría gustarme.
Cuando me di cuenta ya había anochecido y estábamos tomando unos sándwiches vegetales como cena que devoramos con hambre.
William le entregó su tarjeta de crédito a la camarera para pagar el importe que seguramente tendría tres cifras y desestimó totalmente mi oferta de pagar a medias como si el simple hecho de pensarlo fuese una ofensa. Doblé la chaqueta sobre mis brazos antes de salir. Miré alrededor detectando una parada de metro más abajo, no tendría problemas para volver a mi casa que, definitivamente, estaba muy alejada de aquel punto de la ciudad.
—Te llevo a casa —dijo pasándome un brazo sobre los hombros para llevarme hasta la moto.
—No te preocupes puedo coger el metro.
William me miró con una ceja enarcada.
—Ni hablar, he sido yo quien te ha entretenido y es mi obligación dejarte sana y salva en la puerta de tu casa.
—De acuerdo, tú ganas —cedí porque en realidad la idea de pasar un rato más con él me encantaba.
Salimos a la calle, las farolas ya estaban encendidas y la noche estrellada. William me ofreció de nuevo su chaqueta y yo la tomé gustosa porque hacía algo de fresco, aunque no sin sentirme culpable porque ahora sería él quien se quedase helado. Me puse el casco de su compañera y subí a la moto tras él sujetándome automáticamente a su cintura, esta vez con más seguridad y menos vergüenza. Arrancó pero no aceleró como si de repente acabase de recordar algo de vital importancia.
—Esto... tendrás que guiarme porque no tengo ni idea de dónde vives.
Me reí apoyando la barbilla sobre su hombro, nuestros cascos chocaron.
—Tranquilo, no tiene pérdida.
Fui indicándole las calles por las que tenía que ir, las esquinas que debía girar. El Sena discurrió a nuestro lado durante unos metros, con las barquitas iluminadas y los turistas poniéndose en pie cada vez que pasaban bajo uno de los puentes, antes de hacerle girar de nuevo hacia una callejuela estrecha y oscura de asfalto agrietado y molestos baches que William esquivó con destreza zigzagueando.
—¡Es aquí! —grité señalando mi portería y entonces la moto se detuvo.
Me quité el casco y después pasé los dedos por mi pelo intentando dejarlo presentable. Mi pie izquierdo tocó el suelo, William había inclinado la moto para que pudiera bajar por mis propios medios.
—No parece un sitio muy seguro —pronunció deshaciéndose de su casco.
—Bueno... es lo único que podía pagar.
William observó con desconfianza la portería de mi edificio, la puerta estaba abierta y descolgada, sin apenas luz y sombras siniestras proyectándose por todos lados. Agaché la mirada, no estaba demasiado orgullosa del aspecto del edificio que parecía más un nido de ratas y delincuentes o un fumadero de crack que un bloque de viviendas. Oí la pata de cabra levantar la moto y el candado cerrarse. Le miré preguntándome qué hacía.
—No pienso dejar que entres sola ahí adentro —siseó.
—Lo hago cada día —repliqué con aire resuelto.
—Pero no en mi presencia. —Y el tono que usó dejó claro que no iba a ceder aunque me echase al suelo y me pusiera a patalear como una niña consentida—. No, en serio, Emilie. Podría haber entrado cualquiera y asaltarte en mitad de la escalera.
Tenía razón, siempre me había dado miedo entrar y salir de noche, por eso trabajaba por la mañana y por las tardes me encerraba en casa, por eso mismo dormía con un cuchillo debajo de la almohada. Pero a pesar de ello siempre me había sentido bastante segura porque nadie había verbalizado mis miedos y ahora que él lo había dicho en voz alta fui plenamente consciente de lo peligroso que podía ser.
Con un suspiró me adentré en la portería las botas de William resonaban tras mis pasos, subimos los cuatro tramos de escalera hasta mi rellano donde un fluorescente parpadeaba desde hacía semanas. Me avergonzó el aspecto interior del edificio casi tanto como el exterior, realmente parecía estar en ruinas.
Me detuve frente a mi puerta y metí la llave en la cerradura deseando poder alargar aquel momento eternamente.
—Misión cumplida —musité—, supongo.
William con una sonrisa se inclinó hacia delante. Iba a besarme en la mejilla, era de esperar. Decidí que era un buen momento para poner en práctica lo que había aprendido de Odd durante nuestro fugaz romance de tres días: gira la cara y aprovecha la situación. Así pues, me giré hasta que mis labios encontraron los suyos.
Sinceramente, esperaba que se apartase, compusiera una de sus fascinantes sonrisas y me llamase indecente. Pero no ocurrió. Noté como su cuerpo se acercaba al mío con determinación hasta que ya no quedó espacio ni para el aire. Me temblaron las rodillas como si en vez de músculos, ligamentos, huesos y cartílagos tuviese gelatina. Me abracé a su cuello, poniéndome de puntillas, lo único que parecía ser estable y fiable en aquel sobrio pasillo de pintura desconchada.
Reculamos hasta dar con la pared fría, algunos fragmentos de la pintura cayeron al suelo provocando un ruido sordo que el rugido de la sangre en mis oídos casi silenció. De repente hacía calor, un calor tremendo. Entonces me di cuenta de que me daba absolutamente igual que mi adorable vecina viviese pegada a la mirilla y que, sin duda alguna, nos estaría espiando.
Sólo existía el calor y la presión del cuerpo de William contra el mío y el frescor de la pared. Bajé las manos suavemente acariciando sus brazos fríos a causa de ir en manga corta en la moto y me aferré a su cintura sintiendo la piel cálida de su espalda bajo el tacto de mis dedos, allí donde la camiseta estaba algo subida. Su aliento mezclándose con el mío. El deseo de que aquel instante se alargase durante el resto de la eternidad, pero acabó.
—¿Quieres entrar? —logré preguntar.
William me sonrió, me plantó un beso casto en la frente y me acarició la mejilla.
—Si entro tendrás que invitarme a desayunar. —Pude leer en sus ojos azules que lo decía en serio. Sonaba tan tentador que le habría invitado incluso a comer—. Mejor otro día.
Me sentí un poco decepcionada aunque intenté que no se me notase.
—Déjame tu móvil.
—¿Para qué? —pregunté dándoselo.
Pulsó varias teclas y se llevó el auricular a la oreja, una musiquilla se elevó desde el bolsillo de William y enmudeció al instante. Comprendí que se había llamado a sí mismo cuando grabó el número en la memoria de mi teléfono y lo dejó en la pantalla cuando me lo devolvió. Sacó el suyo y grabó mi número.
—Te llamaré —prometió. Aunque esa promesa sonaba a "no voy a llamarte" como en las entrevistas de trabajo—. También puedes llamarme tú si quieres —añadió. Parecía leerme la mente.
—De acuerdo, lo haré.
William me dio un último beso en los labios y otro en la punta de nariz. Yo le devolví su chaqueta y miré como se alejaba por el pasillo y cerré la puerta cuando le hube perdido de vista.
Había sido extraño, pero agradable.
Di vueltas y más vueltas por el salón de mi casa con el teléfono móvil en la mano y el número de William fijo en la pantalla.
¿Qué diría de mí el hecho de que le llamase ya? Parecería que estaba desesperada. Lo mejor sería no hacerlo. Pero mis dedos opinaban diferente.
Pulsé la tecla de llamada y escuché, con el corazón aporreándome las costillas, el tono de llamada.
Descolgó al instante.
—Dime, Emilie.
—He pensado que... ¿qué te gustaría desayunar?
Se cortó ¿o me había colgado? También podría habérsele acabado la batería, aunque no lo creía. Me senté en el sofá con desánimo y suspiré.
Sonó el timbre y me levanté apresurada. Abrí sin mirar antes por la mirilla, una costumbre sin duda peligrosa teniendo en cuenta que no vivía en el bloque más seguro de la ciudad.
—Cualquier cosa me vale —declaró de pie en el zaguán de mi puerta.
—Preparo unas tortitas increíbles —dije ¿no era eso lo que desayunaban en América? Un cliché tonto.
—Me encantan las tortitas —susurró antes de que le cogiese de la camiseta, le arrastrase al interior de mi piso y la puerta se cerrase a nuestras espaldas.
—Has llegado muy rápido.
—Aún no había salido del edificio.
¿Había pasado tan poco rato como para que no hubiese salido? Me tentó la idea de comprobar el reloj, pero preferí dejarme besar con aquella pasión arrolladora hasta que nos hubimos quedado sin oxígeno.
—Tienes unos vecinos muy interesantes —jadeó contra mis labios.
—¡Oh no! ¿Qué te han dicho?
—Que si te rompo el corazón nunca encontrarán mi cadáver. —Sonrió.
—¿En serio? —pregunté incrédula.
—Y tan en serio.
Recorrí su mejilla con mis dedos. Cuántas veces habría imaginado cómo sería tocarle, qué sentiría si me besase, qué me diría si le confesase lo que sentía por él. Y ahora aquel hombre increíble estaba de pie en el recibidor de mi casa, mirándome con sus profundos ojos azules. Un suspiro trémulo escapó de mis labios entreabiertos.
—¿Qué ocurre?
—Me siento un poco tonta.
—¿Por qué? —Sonrió.
—Porque me he imaginado tantas veces que te tenía delante, que podía tocarte, que me mirabas sólo a mí... —Noté el rubor encendiendo mis mejillas—. Deseé tantas veces que me vieras...
—Te veo, Emilie. Y me gusta lo que veo.
La risa brotó de mis cuerdas vocales como si fuese un lamento.
—En Kadic también te veía —declaró sujetándome la barbilla—. Pero tú siempre te escondías.
—¿Qué?
—Nunca pude acercarme a ti.
«William te mira» me había dicho muchas veces Noémie. «Si te sigues escudando detrás nuestro vas a perder la oportunidad» me había advertido. Siempre creí que aquello era una estrategia de Noémie, Magali y Azra para que me quitase la timidez de encima y me acercara a hablar con William.
—Tú estabas loco por Yumi Ishiyama.
—Sí.
Aquella afirmación fue igual que una bofetada.
—Pero eso no cambia nada —dijo y me soltó—. Que quisiera a Yumi no me dejó ciego, seguía viendo.
—¿La querías?
William encogió un hombro e inspiró hondo.
—Eso es el pasado y esto —dijo abarcando mi recibidor con los brazos—, es el presente. Tú estás aquí y yo también lo estoy.
—Y ¿eso significa que vas a quedarte aquí?
—Me has llamado para que volviera. ¿Me quieres aquí?
—Te quiero aquí —afirmé aferrándole por la camiseta y William volvió a besarme.
Quizá aquello no funcionaría, tal vez descubriría que me había creado una imagen idealizada de él y dentro de cuatro días le mandaría a paseo, quizás él descubría alguna manía mía que le sacaría de quicio y me plantaría. Pero, en aquel momento, me importaba más bien poco.
Acababa de descubrir que William significaba pasión desenfrenada.
Fin

Escrito el 18 de noviembre de 2011