sábado 28 de enero de 2012

A&N III.- De perder y ganar

 
Dragon Ball y sus personajes son propiedad de Toriyama Akira.
III.- De perder y ganar
La observó sentada detrás de la mesa revisando papeles, haciendo cuentas, tecleando en el ordenador, con su taza, que siempre contenía café, ahora llena de zumo de pomelo. Llevaba meses observándola, así a escondidas.
La observaba cuando trabajaba, la observaba cuando comía, la observaba mientras dormía... Y por más que odiase estar siempre observándola no podía dejar de hacerlo.
Bulma se desperezó como un gato sin levantarse de la silla ergonómica poniendo en evidencia su abultado vientre. A pesar del estado avanzado de su embarazo seguía luciendo aquella ropa ajustada y sugerente que hacía que aquella nueva curva de su cuerpo se viera deliciosa y seductora.
—Diablos, cómo me duelen los riñones —protestó jugueteando con el bolígrafo, inclinada hacia delante y con los codos apoyados sobre la mesa del despacho—. Mataría por un buen masaje...
Él mataría por dárselo, pero todavía fingía que la ignoraba.
Su mente voló a aquella primera noche en la que Bulma le dijo que no:
Había estado entrenando hasta caer rendido sobre el suelo agrietado de la cámara de gravedad mientras los fight-robots continuaban dando vueltas a su alrededor acechándolo en silencio con su lucecilla roja cual ojo analizándole. Bulma los había programado para detener el entrenamiento si él perdía el conocimiento, no necesitó que nadie se lo dijera, simplemente lo supo al despertarse con la gravedad desconectada y la puerta abierta.
«No quiere que me mate o es muy retorcida» pensó. Lo cierto es qué no sabía que pensar realmente de aquella mujer tan extraña. Le gritaba le insultaba pero velaba por él cuando se lastimaba, incluso la había visto llorar por él. No atinaba a comprenderla y aquello le desconcertaba, él siempre había tenido buen ojo para calar a la gente, pero con ella no podía.
Entró en aquel edificio de forma peculiar y atracó la nevera desperdigando la mitad de su contenido sobre la mesa blanca e impoluta de la cocina. La devoró, a su ritmo, sin ton ni son, dulces, carnes, pescados, arroz... todo mezclado sin importarle que los diferentes sabores se convirtieran en otros desagradables. Lo único que importaba era saciar el agujero que sentía en el estómago.
Suspiró satisfecho tras la desmesurada comilona. Se olfateó a sí mismo, necesitaba una ducha con urgencia, apestaba a sudor y cansancio.
Apagó la luz de la cocina viendo de reojo como los robots domésticos se encargaban del estropicio que había dejado él. Subió la escalera con paso exhausto, quizás se había pasado un poco entrenando, nunca se había sentido tan agotado como ese día. El pasillo estaba a oscuras cosa inusual, la luz de Bulma siempre se colaba por debajo de su puerta, siempre se quedaba hasta tarde trabajando o esperándole a él; esa era otra de las cosas que no lograba dilucidar de ella. Entró en su propia habitación, se desnudó y se fue al cuarto de baño. Allí las toallas blancas se apiñaban sobre el toallero, siempre perfectamente dobladas y limpias, siempre oliendo a fresco. Se miró en el espejo de cuerpo entero que al parecer tanto les gustaban en aquella casa, el reflejo le mostró la imagen de un guerrero agotado, ojeroso, lleno de moratones y con un sinfín de cicatrices extendiéndose por su cuerpo. Acarició con la yema de los dedos la única cicatriz que no había dejado marca visible en su cuerpo, el rayo de energía de Freezer que había puesto fin a su vida. No estaba allí, sin embargo la sentía, día tras día, como si aquel maldito lagarto espacial se burlase de él.
Las heridas físicas no eran nada comparadas con las heridas emocionales, cada golpe que recibía su orgullo le provocaba más dolor que el peor de los golpes.
Vegeta se metió en la ducha dejando que el agua caliente le quemase la piel y desatase los múltiples nudos que había en sus cansados músculos. Se enjabonó liberando aquel olor a hierbas al que había acabado acostumbrándose. Arrugó la nariz, se estaba acostumbrando demasiado a aquella vida entre los humanos, usaba sus jabones, se duchaba y bañaba con agua caliente que obtenía con sólo girar una llave, dormía en una cama mullida y cómoda, sólo tenía que pedir comida cuando tenía hambre, nada de cazar, nada de ríos de agua gélida, nada de noches al raso...
«Te estás convirtiendo en una vieja retirada de la guerra» se reprochó. Las mujeres saiyan se retiraban tras tener descendencia porque ya no eran útiles para luchar, se volvían blandas y topaban frontalmente con eso llamado "compasión", les daba por salvar y defender a otras mujeres y a los niños. Se estropeaban, por decirlo de alguna manera.
Cerró el grifo y se secó con una de las toallas blancas. Mientras se frotaba la piel no dejaba de observar su reflejo en aquel enorme espejo. Estaba derrotado, vencido, destrozado. Algo no estaba bien. Había algo que no funcionaba como debería. Nunca había tenido una pinta tan deplorable, ni siquiera moribundo.
No había nada que hacer, al menos mientras estuviese tan cansado, necesitaba distraerse un poco y él conocía la distracción perfecta. Lanzó la toalla con la que acababa de secarse al suelo y rebuscó en el interior de uno de los cajones eso que los humanos llamaban "calzoncillos". Se los puso, eran como unos pantalones cortos, más largos que los pantalones que lucían Raditz y Nappa. Eran cómodos, aunque al parecer no eran apropiados para llevarlos por la calle sin ponerse otros pantalones encima.
Ataviado con aquella única prenda de vestir fue hacia la habitación de la mujer extraña en busca de un poco de calor y sobre todo de placer. No se molestó en llamar, de igual modo que ella hacía.
Estaba ovillada bajo su edredón, pero no estaba dormida. Llevaba días extraña, vomitando todo lo que comía, había perdido peso y estaba tremendamente irritable. Pero no parecía enferma, le brillaban los ojos, tenía un saludable tono rosado en las mejillas y sonreía como una boba la mayor parte del tiempo.
El leve susurro de las sábanas al girarse hacia la pared le indicó que le había oído entrar, que sabía que estaba ahí. No había necesidad de avisar antes, sencillamente se metió en su cama y la atrajo hacia su cuerpo. Le besó la nuca invitándola a girarse y continuar con aquel juego suyo, pero Bulma no se movió y finalmente él mismo la giró para besar sus labios. Las manos de ella empujaron su barbilla, un gesto inútil puesto que no tenía suficiente fuerza para limitar sus movimientos, aún y así Vegeta se detuvo a unos centímetros de sus labios, el aliento de Bulma chocando contra su cara.
—No —susurró.
Su primer no. La primera vez que una mujer le decía que no. La primera vez que ella le rechazaba seriamente. Era un no rotundo, no un "no debemos" o "no podemos" o "no quiero" acompañado de sonrisilla que le invitaba a convencerla a base de juegos y caricias. Era un no, amargo y frío. Un no doloroso.
—No, por favor —repitió al sentir que acariciaba sus piernas—. Vegeta. No.
«¿Por qué?» quiso decir, pero la pregunta sólo sonó en su cabeza.
—Eres muy brusco —le dijo y dejó de empujarle la barbilla.
La confusión se dibujó en sus rasgos. Siempre había sido igual de brusco y ella nunca se había quejado. ¿Por qué ahora? ¿La habría lastimado la última vez? ¿Por qué?
—Me da miedo que nos hagas daño —continuó con la mirada fija en la expresión abierta del saiyan. Estaba confundido, necesitaba una respuesta y comprender porqué hablaba en plural—. Vegeta, estoy embarazada.
Él se apartó de ella bruscamente como si acabase de transformarse en Freezer. Embarazada. No podía ser.
Salió de la cama. Quiso decirle que ese bebé no era suyo, que seguro que era del inútil de Yamcha o de cualquier otro humano ridículo, pero no lo dijo. Habría sido estúpido decirlo. Bulma no le había dicho, ni siquiera insinuado, que él fuese el padre, además el único olor ajeno a Bulma que perfumaba su piel era el suyo propio. Siempre olía a él aunque hiciese días que no compartían cama y por mucho que ella se duchase o se echase perfumes. Bulma siempre desprendía aquel sutil aroma a él.
Abandonó la habitación y cerró la puerta ahogando el sonido del llanto de Bulma. Cerrando esa puerta había cerrado algo más que una habitación.
Ahora, allí, frente a la puerta entreabierta del despacho podía sentir la energía saiyan que desprendía el bebé de Bulma, era su hijo, ya no había espacio para las dudas, por más que él quisiese negarlo llegaría el día en que las evidencias le golpearían frontalmente.
—Deja de hacer eso —espetó Bulma lanzando el bolígrafo que él cazó al vuelo. Le había descubierto—. Si se te ha estropeado la cámara lo siento, pero no puedo hacer nada por arreglarla. —Se puso en pie y se señaló la tripa—. No puedo tirarme en el suelo y colarme bajo el panel de control.
—Funciona bien.
—¿Entonces qué? ¿Tienes hambre? —Estaba a la defensiva, estaba dolida—. ¿El señor necesita una almohada más blanda? ¿A alguien que le abanique, majestad?
La miró. Podría haberle dicho algo. Pero se marchó en silencio.
—¡Idiota! —el grito le persiguió por el pasillo y resonó en sus oídos el resto del día.
Bulma se dejó caer sobre la silla y se arrepintió al momento, no estaba como para dejarse caer así ni en un sofá. Se frotó el vientre con una sonrisa tierna.
—Perdóname Trunks, a veces me olvido de que tengo que ser más delicada. Soy una bruta, pero no más que tu padre.
«Vegeta... —pensó con dolor—. ¿Por qué hemos acabado así?». Si bien era cierto que él nunca había sido el hombre más dulce y cariñoso del universo a ella siempre la había tratado bien. Podría haberla lastimado, podría haberla tomado a la fuerza millones de veces, podría haberle roto los huesos sin proponérselo, pero jamás le había hecho nada más grave que un minúsculo moratón en la muñeca.
El día en que tuvo la feliz idea de invitarle a su casa jamás se habría imaginado que aquel hombre sin sentimientos aparentes pudiese llegar a robarle el corazón. Se abrió hueco a toda velocidad en sus pensamientos. Había llegado a amarle como nunca antes había amado a nadie. Ni siquiera a Yamcha.
Pensó muchas veces en ello. No tenía porqué acogerlo. No era un animal abandonado y mucho menos falto de cariño, pero ella era así, sencillamente su lado ONG siempre derrotaba a su lado racional.
Se había acostumbrado a su constante ir y venir, a sus entrenamientos suicidas, a su apetito voraz. Todo aquello acabó por hacérsele tan familiar que, los escasos días en los que él desaparecía, lo echaba en falta.
Las miradas enfurruñadas, su constante descontento con todo, sus pullas, sus insinuaciones, la constante mención a su fuerza superior...
¿Cuántas veces le había jurado que la mataría? ¿cuántas le había dicho que si quisiera su cuerpo lo obtendría sin pedirle su opinión? ¿cuántas...?
Todas sus amenazas eran como el viento. Las oías pero por más que forzases la vista no podías verlas. Tantas amenazas y jamás la lastimó, jamás le puso la mano encima sin esperar a que ella le permitiese tomarla. Tantos "podría romperte los huesos" que desaparecían bajo las suaves caricias, siempre cuidadosas y delicadas como el aleteo de una mariposa...
Muchas veces había pensado que era por la cámara de gravedad, por la tecnología, para que pudiese seguir surtiéndole de aparatos y reparando los que rompía. Pero no. No era nada de eso. Él, a su manera, la necesitaba. A su manera violenta la quería, no de un modo romántico y dulce, simplemente la quería. Quizás porque era la única persona que no le tenía miedo y no dudaba en plantarle cara, porque no esperaba nada a cambio de tratarlo bien, porque le dejaba hacer lo que quería sin sospechar de él en cada momento. Quizás simplemente porque le dejaba ser él mismo sin juzgarlo.
Vegeta había cambiado mucho, puede que a ojos de los demás siguiese siendo el mismo, pero ella lo veía claramente.
Un año y medio atrás, tras un día de aquellos para olvidar en que se había peleado con Yamcha por enésima vez, había vuelto a casa hablando... bueno, gritándole por teléfono a Yamcha que insistía en que tenían que salvar su relación. Salvar su relación cómo si eso fuese posible. Le había descubierto con otra, más joven, con demasiada silicona y cero cerebro. Salvarlo.
Las luces estaban apagadas, era tarde, la cámara de gravedad estaba desconectada, cosa extraña.
—Por favor, nena, escúchame —le insistía Yamcha con aquél irritante tono de voz que fingía arrepentimiento—. Podemos arreglarlo.
—¡No hay nada que arreglar, Yamcha! —chilló ella dejando de pensar en la cámara de gravedad y su inquilino violento y obsesivo—. ¡No insultes a mi inteligencia con semejante estupidez! ¿Qué quieres arreglar? ¿El cerebro de la mocosa a la que te estabas tirando?
—Pero, nena...
—¡Se acabó, Yamcha! Nuestra relación está muerta desde hace mucho tiempo. No funciona. Se acabó —declaró y cortó la llamada.
Apretó el puño haciendo crujir la carcasa y se adentró en la cocina sumida en la oscuridad. Se quedó inmóvil, no había luz pero sí se oía ruido. ¿Y si era un ladrón? ¿Y si era un asesino? ¿Y si era un espía industrial?
«Huye, Bulma, huye» se dijo a sí misma, pero sus dedos fueron directos e imparables al interruptor de la luz y lo accionaron. La luz de los fluorescentes inundó la cocina, los muebles blancos, las baldosas de mármol blanco veteado y las paredes de baldosas azuladas.
—Ah, eres tú —musitó sin una pizca de entusiasmo viendo a Vegeta devorar comida—. ¿Por qué estabas a oscuras?
Ni la miró ni le contestó, mera rutina. Vegeta no solía contestar le preguntase lo que le preguntase, sólo abría la boca para comer y para exigir cosas como si fuese el rey del mundo o para meterse con ella. Bulma suspiró, dejó la chaqueta sobre el respaldo de la silla y el móvil encima de la mesa, si el saiyan se lo comía durante su proceso de "devora todo lo que hay en la mesa" se lo agradecería, y abrió la nevera.
—Tú nunca te cansas de comer, ¿eh? —Rebuscó en el interior del frigorífico entre botellas algo que beber para calmar sus nervios. Descartó los refrescos con cafeína, esos la pondrían aún más nerviosa. Tomó la jarra de té helado que su madre había dejado preparado por la mañana—. ¿Sois sólo Goku y tú o todos los saiyan coméis así? Debe costaros una fortuna alimentaros, no quiero ni imaginarme como sería una reunión de empresa con siete u ocho como vosotros... los del restaurante seguro que acaban saltando por la ventana.
»No te gusta hablar, ¿no? ¿o soy yo? —Le miró allí comiendo sin parar y sin dar muestras de estarle prestando la más mínima atención. Bulma esbozó una sonrisa—. Sé que hablo mucho, pero...
El tono de llamada de su móvil volvió a sonar, Bulma puso los ojos en blanco, era Yamcha de nuevo.
—¿Qué? —le gruñó al descolgar, al otro lado él le suplicaba por una segunda oportunidad de nuevo, por enésima vez la misma cantinela de las últimas dos horas—. No tengo el teléfono encendido por ti, por si tu memoria falla soy la actual directora de la Capsule Corporation, lo que significa que tengo que estar disponible las veinticuatro horas por si hay alguna emergencia.
Vegeta entonces la miró de espaldas a él, le vio reflejado en el cristal del armario de los vasos. ¿Cuántas veces le había dicho Vegeta que Yamcha la engañaba, que olía a otras mujeres? ¿Cuántas veces le ignoró? ¿Cuántas le acusó de mentirle? Demasiadas.
—¡No eres tan importante como para eso! ¿Me oyes? ¡Imbécil presuntuoso! —gritó con toda su rabia—. ¡Si vuelves a llamarme avisaré a la policía o te rociaré con salsa barbacoa para que Vegeta te ase!
Y colgó de nuevo apretando los dientes. Se podía ir al mismísimo infierno y dejarla en paz. No quería hablar con él ¿es que no lo entendía? No estaba de humor para enfrentarle, en frío ya vería, pero en ese momento sólo quería asesinarle.
—¿Ya no comes pozo sin fondo? —gruñó Bulma y suspiró, él no tenía la culpa—. Lo siento —musitó sentándose en la silla—, me saca de mis casillas.
—No me interesa —replicó mirándola fijamente a los ojos como si intentara leerle el pensamiento. Tomó uno de los múltiples pastelillos y se lo acercó deslizándolo por la mesa—. Come.
—¿Qué?
—Come.
—No tengo hambre.
—Come. Es una orden.
Bulma le dedicó una leve sonrisa cargada de sarcasmo.
—No tienes autoridad para darme órdenes, príncipe. —Él se encogió de hombros—. Y no tengo hambre.
Vegeta fijó su atención en un punto indefinido de la mesa. Nueve palabras, seguramente era la vez que le decía más de cuatro palabras sin soltar un sinfín de insultos, aunque de la orden no se había librado.
Su teléfono volvió a sonar, de nuevo Yamcha, de nuevo iba a pedirle una segunda oportunidad. Estaba harta ya, lo dejaría sonar hasta que se cansase. Ignorarlo sonaba bien. Repiqueteó con las uñas sobre la superficie lacada de blanco de la mesa. Le irritaba escucharlo sin parar. Cerró los ojos, como si con ese gesto el sonido irritante fuese a desaparecer.
El sonido cesó. Se había rendido muy pronto, Bulma abrió los ojos y vio a Vegeta de pie a su lado con el teléfono en el oído y el ceño fruncido. Oía el susurro de la voz de Yamcha.
—Eres patético. —La voz de Vegeta resonó en el silencio de la cocina—. ¿Eso te ha funcionado alguna vez? Superas a Nappa en patetismo, gusano.
»Ha colgado —dijo devolviéndole el teléfono a Bulma.
—Eso ha sido muy grosero.
El saiyan simplemente se encogió de hombros con esa mueca socarrona que la sacaba de quicio. Bulma se puso en pie de un salto dispuesta a enfrentarle y recriminarle su actitud. Con las manos en las caderas, ligeramente inclinada hacia él y con el ceño fruncido.
¿Por qué se enfadaba con él? Sólo había dicho en voz alta que era patético ¿acaso no lo creía ella también? ¿No era precisamente eso lo que llevaba dos horas intentando no gritarle?
«Oh, mierda». Era idiota. Se le nubló la vista y borró la distancia que separaba su cuerpo del de Vegeta. Estaba abrazando a ese saiyan psicópata, obsesivo y malhumorado.
—¿Y ahora qué? —le soltó Vegeta con un tono cargado de incomodidad.
—Es que... acabó de darme cuenta de una cosa —sollozó.
Dejó pasar la oportunidad de apartarla, de fingir que le daba igual, había dudado durante demasiado rato. Bulma sintió que en parte le importaba a Vegeta y también que él se había dado cuenta de que le había descubierto.
Bulma no dijo nada al respecto, sólo lloró. Descubrir que hacía tiempo que había dejado de sentir algo por Yamcha y que si seguía con él era por mera costumbre dolía más que haberlo pillado en la cama con otra.
Aquél momento en la cocina cambió la forma de ver a su huésped. Había dejado de parecerle molesto e insoportable y aprendió a leer en sus movimientos y sus gruñidos. Ya no la sacaba de sus casillas con tanta facilidad, no caía en sus trampas verbales y disfrutaba de sus visitas nocturnas...
Pero las visitas nocturnas habían desaparecido después de rechazarle y decirle que estaba embarazada. Y ahora estaban solos Trunks y ella.
Se desperezó nuevamente. Ya había trabajado suficiente.
Recogió sus cosas y se encaminó a su casa dispuesta a darse un buen baño con mucha espuma y velas por todos lados. Relajarse le sentaría bien, no sólo a ella, a Trunks también le iría bien.
El chófer la dejó frente al edificio y Bulma se apeó elegantemente. Vegeta estaba con la espalda apoyada contra la pared, justo al lado de la puerta.
La siguió con la mirada mientras ella cruzaba el umbral de la puerta ignorándole deliberadamente. La dejó entrar y esperó paciente hasta tenerla en una situación en la que no pudiese huir de él, como si fuese una presa. Bulma no le temía pero era experta en fugarse cuando algo no le interesaba, si la acorralaba impidiéndole la huida tendría que lidiar con sus respuestas mordaces.
Subió por las escaleras recorriendo el mismo camino que había hecho ella. La ventaja de que los padres extraños de su anfitriona les hubiesen alojado juntos al otro lado de la finca es que no tenía que preocuparse por interrupciones de ningún tipo.
Pegó la oreja a la puerta de la habitación de Bulma y escuchó el chapoteo del agua, también olía el jabón.
«Se está dando un baño» se dijo. Era perfecto, así no podía huir de él.
Abrió la puerta de golpe y, antes de que Bulma pudiese reaccionar al sonido de la puerta, Vegeta ya estaba frente a ella mirándola fijamente.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con el pulso acelerado, le había dado un susto de muerte— ¿No te han enseñado a llamar antes de entrar?
—¿Y a ti? —replicó con una sonrisa torcida. Ella jamás llamaba a su puerta antes de entrar.
—¿Qué quieres? —inquirió reprimiendo el gesto de taparse, era una estupidez, la había visto desnuda un sinfín de veces—. Los robots domésticos están programados, la cena estará lista en seguida. No tendrás tanta hambre como para no poder esperar diez minutos, ¿no?
—Cállate y escucha.
Bulma cerró los ojos exasperada, siempre dándole órdenes, al parecer no podría relajarse.
Vegeta apretó los puños, lo había ensayado y había elaborado respuestas acordes a las respuestas habituales de ella. Sólo tenía que soltarlo, abandonar su orgullo un minuto y ya está.
—No pienso cuidaros a ninguno de los dos. —Esperó la reacción, pero ella siguió imperturbable en la bañera—. Si piensas quedarte conmigo y que ese crío esté cerca de mí más os vale aprender a cuidaros solos. Soy un saiyan no un humano.
—¡Ja! El día en que necesite que tú me cuides será el mismo día en que el mundo se acabe, gorila del espacio.
—Mujer presuntuosa.
—Hombre egocéntrico.
Lo último que hizo Vegeta antes de quitarse la ropa y colarse en la bañera fue sonreírle de aquel modo tan particular y darle un suave toquecito en el hombro, que en el idioma Vegeta significaba "lo siento".
Fin

Escrito originalmente en 1997, reeditado el 27 de enero de 2012

viernes 13 de enero de 2012

A&N II.- Recompensa

 
Dragon Ball y sus personajes son propiedad de Toriyama Akira.
II.- Recompensa
Las gotas de sudor se estrellaron contra el suelo de la cámara de gravedad, Vegeta aterrizó entre jadeos. Quizás había exagerado un poco aumentando tan de golpe las G pero necesitaba hacerse más y más fuerte.
Inspiró hondo dispuesto a retomar su entrenamiento mas unos toquecitos en la puerta llamaron su atención; resignado con el convencimiento de que su visitante insistiría e insistiría hasta que abriese hizo lo único que podía hacer: abrir.
Trunks le sonrió desde la parte más baja de la escalerilla.
—Hola papá —saludó el niño intentando mantener la compostura. Tenía una misión y no podía fallar.
—¿Qué pasa?
—Tengo hambre —dijo a sabiendas de que el poder del estómago era muy superior al deseo de hacerse más fuerte—; mucha hambre.
—Dile a Bulma que te prepare algo.
Ya está, era así de simple; ahora sólo tenía que cerrar la puerta y seguir hasta que su propio estómago se quejase.
—Pero es que mamá no está aquí —se quejó Trunks—. Y no sé cuando va a volver...
—¿Que no está? ¿Y dónde está, si puede saberse?
—Está en... ¡Uy! Casi se me escapa.
Vegeta enarcó las cejas. Trunks reprimió una sonrisa, lo había conseguido, el deseo de fortalecerse había sido derrotado por la curiosidad. El niño agachó la cara y se miró los zapatos con fingido arrepentimiento.
—¿Dónde?
—No puedo decírtelo, papá.
—¿Ah no? —Se cruzó de brazos y miró intensamente la cabellera lila de su hijo que miraba a su vez sus zapatos—. ¿Y eso por qué?
—Por qué si te lo digo te enfadarás —siseó y alzó la cara con expresión inocente.
Vegeta tuvo la sensación de que lo que ocultaba no iba a gustarle en absoluto.
—Tengo hambre —volvió a protestar Trunks.
—Tú dime dónde está Bulma y yo te doy comida.
—Ha ido a la ciudad, a un hotel de lujo —confesó el niño y Vegeta sonrió creyéndose ganador, tentar a su hijo con el estómago a cambio de información había sido brillante. De lo que no se dio cuenta Vegeta era de que se había tragado el anzuelo, el sedal e incluso la caña de pescar junto con el pescador—. Con un grupo de brillantes científicos y un hombre que, según mamá, es brillante, encantador y muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy importante, guapo y atractivo... ¡Espera! —exclamó contando con los dedos—. Creo que me he dejado algún "muy".
Con sólo aquello el orgullo de Vegeta ya estaba en llamas que Bulma considerase a alguien tan "importante, guapo y atractivo" era malo, tremendamente malo; pero Trunks no le dio tregua y continuó.
—También me ha dicho que es muy divertido, que siempre le cuenta anécdotas de cosas que le pasan, que es bueno escuchando a los demás; que siempre que mamá ha tenido un problema él le ha ayudado cortésmente como un caballero. —Trunks asentía conforme iba enumerando las cualidades del misterioso hombre tan "importante, guapo y atractivo"—. Dice mamá que es un hombre muy cariñoso y abierto, que jamás duda en decirle lo que piensa ni lo que siente y que... —enmudeció, un aura asesina empezaba a rodear a su padre cuya expresión fría daba auténticos escalofríos.
Trunks maldijo a Gohan, a Goten, a Goku y a Piccolo por darle aquella idea tan estúpida y peligrosa y sobre todo se maldijo a sí mismo por ser tan idiota y ponerlo en práctica.
—¿Qué más? —preguntó con tono glacial el príncipe saiyan.
—Que... es un genio, que... mantiene conversaciones inteligentes y estimulantes... —El pequeño estaba pálido—. Pa-papá ¿es-estás bien?
—Encárgate lo que quieras comer —gruñó antes de salir volando como alma que lleva el diablo.
Trunks se dejó caer de culo al suelo aliviado de la presión de la energía de su padre, a veces olvidaba que daba pánico cuando se enfadaba, básicamente porque con ellos siempre era bueno y cariñoso —en la intimidad—, incluso le abrazaba de vez en cuando y le decía cosas bonitas a su madre después de un pésimo día. Su padre era un buen hombre disfrazado de mala persona, arrepentido de sus errores pasados y dispuesto a no volver a cometerlos y a enmendarlos en la medida de lo posible.
Se sacó el teléfono de videoconferencia, que le había robado a su madre, del bolsillo del pantalón y llamó a la familia de Goten que esperaban ansiosos a saber cómo había acabado su experimento. Un montón de caras apretujadas aparecieron en la pantalla.
—¿Qué? ¿Cómo ha ido? —inquirió Goku emocionado, podía sentir la energía de Vegeta en plena forma.
—Creo que mi papá va a matar a alguien —declaró Trunks.
—¡Que va! —exclamó Goku meneando la mano.
—Pero estaba muy enfadado cuando se ha ido.
—Eso demuestra mi teoría de que Vegeta es muy posesivo —dijo Piccolo orgulloso—. No soporta la idea de que alguien se acerque a la mujer.
—O que realmente quiere a Bulma —apuntó Gohan.
—O que tiene mucha hambre —dijo Goten llevándose las manos al estómago, él tenía mucha hambre.
Trunks les miró de hito en hito atónito, todo aquello era para comprobar cuál de sus teorías era la acertada.
Mientras tanto, algo surcaba el cielo a toda velocidad dejando una estela dorada a su paso. La gente no atinaba a saber que era aquello que volaba aunque cualquiera de sus compañeros hubiesen sabido que era Vegeta hecho una furia. Se plantó en la ciudad en apenas unos minutos y buscó el hotel. No le había preguntado a Trunks por el hotel, pero imaginaba en cual estaría; siempre decía que le encantaba aquel hotel y que algún día tenían que ir juntos y pasar un par de días, claro que a él eso de perder un par de días en un hotel no le gustaba para nada, prefería dedicar ese par de días a entrenar en su cámara de gravedad.
Aterrizó sobre el pavimento de la entrada con la certeza de que aquella constante negativa a los planes románticos de Bulma la había empujado a los brazos de don "muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy importante, guapo y atractivo". Dentro de su corazón volvió a prender la llama de la ira. Don "muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy importante, guapo y atractivo" no podía ser rival para él.
La puerta automática de cristal se abrió y Vegeta se adentró en el hotel con el ceño fruncido y su antigua expresión desdeñosa, fría, cínica y desafiante. Estaba de un humor de perros.
La recepcionista alzó el rostro para sonreírle pero su cara formó un mueca de pánico.
—Brief, Bulma. —La mujer de la recepción tembló mientras Vegeta la fulminaba con la mirada—. ¿Es que estás sorda?
Lentamente la recepcionista movió los dedos sobre las teclas formando el nombre de Bulma en busca de la habitación. Tragó en seco al ver la etiqueta de "confidencial" en la ficha y miró temerosa al hombre.
—No... no puedo darle esa información señor.
—¿Cómo que no? —gruñó a punto de perder el poco autocontrol que le quedaba, estaba dispuesto a hacer estallar el hotel con la clientela dentro si así la encontraba—. Es mi mujer, exijo que me digas dónde está.
—S-se-se-señor... si lo desea pu-puedo llamarla por teléfono y solici...
—Llámala —ordenó y se cruzó de brazos con cara de pocos amigos sin despegar sus ojos negros de la aterrorizada recepcionista.
La joven mujer marcó un número de teléfono y jugueteó con el cable tratando de no pensar en ese hombre de aspecto tan peligroso. Al otro lado alguien descolgó.
—Se-señorita Brief, hay... hay aquí alguien que pregunta por usted —tartamudeó y escuchó la respuesta, después miró al hombre blanca de miedo—. Pues... es ba... no muy alto, tiene el pelo de punta negro y... —Vegeta notó que la habían interrumpido y atinó a escuchar el susurro de la risa de Bulma—. ¿Le conoce de verdad? ¿S-su marido? —respondía con preguntas a todo lo que le decían al otro lado de la línea como si no pudiese dar crédito—. Sí, de acuerdo señorita Brief, en seguida.
La recepcionista colgó el auricular y clavó su mirada en el número que figuraba en la pantalla, no se atrevió a volver a mirar aquellos ojos negros.
—Habitación 3021, el ascensor central le llevará directo a la planta correcta.
Se encaminó al elevador sin gruñir un simple gracias ni nada. Retuvo el impulso de presionar el botón con todas sus fuerzas, si lo hacía seguro que lo rompería y no podría explicarlo, así que le dio flojito apenas con un roce. Pero su temperamento iba ganando terreno a marchas forzadas y sin poder remediarlo empezó a repiquetear con el pie el suelo del ascensor conteniendo así los golpes violentos que habrían estropeado aquel chisme.
«Clin» tintineó aquel cacharro lento y lujoso y Vegeta saltó afuera como una fiera encerrada durante meses a la que acaban de abrirle la puerta de la jaula. Recorrió presto el pasillo sin prestar atención a la elegante alfombra que cubría todo el suelo, a las paredes de un cuidado blanco roto y a la cenefa roja que bordeaba el centro de la misma, las inmensas lámparas araña ornadas con lágrimas de cristal y a los exquisitos cuadros más propios de un museo que de un hotel, como tampoco prestó atención a los cómodos sofás que se apostaban a lo largo del corredor.
La idea de volar aquel hotel por los aires cada vez le gustaba más. Estaba que trinaba. Como pillase a aquel cretino iba a molerlo a golpes, a mandarlo al sol sin billete de vuelta, a torturarlo indefinidamente, a aplastarlo como si fuese una minúscula hormiga... en definitiva iba a borrarlo de la faz del planeta.
Miró a su derecha para ver el número 3019 en la puerta que tenía justo al lado, así pues la de Bulma debía de ser la siguiente. Continuó avanzando.
La puerta estaba abierta y su mujer apoyada en el marco, aquello le sorprendió. No había hecho nada por ocultarse, acaso ¿iba a tener el descaro de presentarle a su maldito amante? Estaba relajada. Tremendamente relajada.
Se plantó delante de ella y alzó la barbilla antes de pasar por su lado como si fuese transparente, la oyó suspirar. Le había sonado muy seductor aquel suspiro, pero no iba a dejar que aquello le alejase de su misión de dar con el imbécil que quería robarle a su mujer. Ubicado en el centro de la lujosa sala empezó a mirar a todos lados en busca del ki de algún desconocido, sentía el de Bulma, sentía las habitaciones cercanas vacías. Ni rastro de una energía relevante. Cabía la posibilidad de que fuera increíblemente débil y por eso no lo captase.
Bulma le miró sorprendida mientras Vegeta miraba en todas direcciones en busca de a saber qué.
—¿Se puede saber qué estás haciendo, Vegeta?
—¿Dónde está? —gruñó entrando en la lujosa estancia donde estaba la cama.
—¿Dónde está qué?
—¡Él!
—¿De qué demonios me estás hablando?
Vegeta dejó de rebuscar por la habitación y se plantó frente a ella con una cara que en otros tiempos la habría aterrorizado. Bulma apoyó ambas manos en las caderas adoptando una pose orgullosa, no sabía qué narices se le había metido en la cabeza al saiyan pero no estaba dispuesta a tragarse un rapapolvo.
—Ese tío que te dice cosas bonitas, que te cuenta cosas divertidas y que te dice que te ama.
—Que me dice... que... ¿me ama? —titubeó con las cejas enarcadas por la sorpresa.
—Sea quien sea, yo soy mejor que él.
—Por partes —espetó Bulma masajeándose las sienes—. ¿Mejor que quién?
—Don "muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy importante, guapo y atractivo" —escupió con tono irritado.
—Acaso ¿estás celoso? —Sonrió con malicia y una mirada mordaz.
—Tú eres mi mujer.
Bulma se echó a reír frente a la mirada desconcertada de Vegeta. Él había esperado que lo negase con cara de inocente o a que lo reconociese con aquella mirada desafiante, pero no estaba preparado para que ella se pusiese a reír de aquel modo. Tras tantos años conviviendo con ella y otros humanos molestos creía haber descubierto como funcionaban sus mentes y sus reacciones, así que ahora estaba absolutamente desconcertado.
Bulma se secó las lágrimas de risa e inspiró hondamente para recuperar el ritmo normal de su respiración. Le recorrió con los dedos la mandíbula, enredó los dedos en los negros mechones de la nuca de Vegeta y pegó su cuerpo al de él para besarle.
Fue un beso violento síntoma de que estaba enfadado y celoso pero nada reacio a corresponderle y regalarle unas cuantas caricias, poco cariñosas a modo de venganza. Vegeta alzó la mano, la tomó por la barbilla, la separó y la observó. Labios y mejillas rojos, ojos brillantes y vivos, piel perfecta y cariño y pasión en su expresión.
—Por cierto, dime —ronroneó Bulma sin dejar que aquel gesto le robase el buen humor—. ¿De dónde has sacado la idea del amante?
—Trunks... —dijo y entonces la soltó y apretó los puños con fuerza—. ¡Voy a matar a ese mocoso! —exclamó recordando las palabras de su hijo mientras Bulma volvía a reír.
—¿Trunks te ha dicho que tengo un amante?
«No exactamente» pensó el saiyan consciente de que la película del amante se la había formado él solito con la inestimable ayuda de su orgullo de príncipe. Optó por contestar con un gruñido antes de que ella volviera a preguntarle.
—Así que estabas celoso —susurró divertida dándole un toquecito con la yema del dedo en la punta de la nariz. Después de tantos años aquella era la primera vez en que su amorcito se ponía frenéticamente celoso.
—No digas tonterías, mujer.
Bulma sonrió, desde aquella primera noche que pasaron juntos Vegeta sólo la llamaba mujer cuando algo le daba vergüenza. Así había acabado descubriendo lo que sentía por ella.
—Qué lástima —se lamentó Bulma—. Si no estabas celoso no te has ganado ninguna recompensa.
—¿Recompensa? —preguntó él lleno de curiosidad.
Ella asintió sin dar más detalles observando complacida el brillo de curiosidad en sus ojos negros.
—¿Qué clase de recompensa?
—No sé... —dijo remoloneando—, no has hecho nada para ganártelo, así que no mereces saberlo.
—Mujer ¡no...!
Pero lo que fuera que iba a decir no llegó a salir de su garganta porque las manos de Bulma en su trasero y sus labios sellándole los suyos se lo hicieron olvidar todo y prestamente sus manos se movieron por la espalda de Bulma, expertas, conociendo a la perfección cada curva y cada punto sensible de aquel delicioso cuerpo.
La cremallera del elegante vestido rojo no entrañaba secreto alguno para el saiyan que la bajó hasta sus caderas de un movimiento certero. Bulma abandonó sus labios jadeante y le sonrió.
—Te amo —le susurró divertida con el rubor en la mejillas de su hombre—. Te has puesto loco de celos por un supuesto hombre "muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy, muy importante, guapo y atractivo".
Vegeta asintió algo aturdido, siempre le pasaba lo mismo, aquella mujer era capaz de convertirle en un corderito dócil. Aunque pensándolo mejor eso le valdría la recompensa de la que Bulma hablaba.
—Pero daría igual si ese hombre fuese "tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan importante, guapo y atractivo", jamás podría llegarte a la suela de los zapatos.
La sonrisa socarrona y altiva de Vegeta se dibujó lentamente, su orgullo se había regenerado al cien por cien.
—¿Y mi recompensa?
—La tienes aquí mismo, tómala —susurró dejando que el vestido resbalase hasta el suelo.
A Vegeta le gustaba aquella recompensa, sólo lamentaba una cosa, Trunks tendría que encargar comida varios días, eso o irse a saquear la nevera de Kakarotto. Sí, mejor que saquease la casa de Kakarotto.
Por el momento él iba a encargarse de disfrutar, durante días, de su recompensa.
Fin
 Escrito originalmente en 1995, reeditado el 15 de enero de 2012

A&N I.- Hijo

 

Dragon Ball y sus personajes son propiedad de Toriyama Akira.
I.- Hijo
Que ella fuese Bulma Brief, la heredera de la Capsule Corp, que su fortuna fuese la mayor de la tierra... no hacía que la habitación de aquel hospital fuese menos deprimente.
Bulma suspiró en la cama y se giró para ver la pequeña cuna donde dormía su hijo recién nacido. Estaba agotada, pero aún y así no podía conciliar el sueño; a su lado su madre acomodaba un ramo inmenso de flores dentro de un jarrón tarareando una cancioncilla de amor. Bulma sonrió, no la había dejado sola ni un momento, con su presencia trataba de apaciguar la ausencia de Vegeta.
Bulma miró por la enorme ventana de la habitación y contuvo una exclamación pero no la sonrisa que se le dibujó rápidamente en los labios.
—Ah, mamá —dijo con tono cantarín—, porque no vuelves a casa y te das un buen baño.
—Pero Bulma, cielo...
—No te preocupes estaré bien. Además me apetece algo con muchas calorías, chocolate, fresas, nata...
La señora Brief miró a su hija comprensiva, necesitaba recuperar las calorías perdidas durante las tres horas de parto y cinco días de comida de hospital, aunque no estaba muy segura de si era conveniente dejarla sola.
—Creo que aquí cerca hay una pastelería —dijo la señora Brief.
—No, mamá. Quiero uno de esos de la pastelería de Satan City. —La miró con ojos suplicantes—. Por favor, mami.
—Pero cariño, eso me llevará al menos media mañana...
—No pasará nada, si necesito algo llamaré a la enfermera.
La señora Brief suspiró con la mano en la mejilla, no podía negarle un delicioso pastelillo a su hijita. El chocolate era la única medicina para un corazón roto y ella estaba segura de que el corazón de Bulma acabaría rompiéndose por la frialdad de ese hombre.
—Por favor —insistió.
Finalmente la mujer cedió, besó la frente de su hija y después le dio un beso en la manita a su nieto para ir a comprar el mejor pastel del mundo para su niña. Bulma escuchó, conteniendo la respiración, los tacones de su madre alejarse por el pasillo y permaneció inmóvil hasta que dejó de oírlos.
Apartó la sábana y bajó los pies al suelo, apoyándolos lentamente, se irguió con una mueca de dolor ahogando un quejido. No iba a flaquear, ella no era débil. Caminó penosamente hasta la ventana, quitó el seguro y deslizó la hoja de vidrio.
—Entra, deprisa.
Y él entró.
Bulma cerró la ventana rápidamente para que el pequeño no tuviese frío, aún era demasiado pequeño y frágil para exponerlo a la fría brisa otoñal.
—La gente normal usa la puerta —comentó apoyada en el vidrio, necesitaba unos segundos para poder moverse de nuevo hasta la cama.
Vegeta la miró allí inmóvil, con la frente perlada de sudor y con todo el peso recostado contra la ventana. Esbozó una sonrisa orgullosa; se estaba haciendo la fuerte, fingiendo que estaba perfectamente, toda digna como si apoyarse contra el cristal fuera la cosa más interesante del universo. Pero a él no podía engañarle, la sentía sumamente débil.
Decidió echarle una mano para que su orgullo de mujer no saliese demasiado herido. La tomó en brazos y la llevó hasta la cama donde ella misma, y sin protestar, se acomodó arropándose bien.
«Sabía que vendrías» pensó orgullosa al constatar que había aprendido a entenderle.
El saiyan llevaba su traje de guerrero, no podía ser de otra manera, aquella ropa le hacía sentirse seguro y en cierto modo superior. Una indumentaria que le permitía seguir sintiéndose como el frío príncipe de los saiyan, poderoso, despiadado y sin sentimientos. Bulma dibujó una tierna sonrisa al verle mirar con cierto temor al pequeño que dormía en la cuna de metacrilato junto a la cama.
—Se llama Trunks. —Vegeta no apartó la vista del niño—. Nació hace cinco días, aunque supongo que eso ya lo sabías.
—Sí —replicó él.
—¿Quieres cogerlo?
Vegeta la miró con los ojos muy abiertos; Bulma contuvo la risa, se le veía aterrorizado con la simple idea de ponerle un dedo encima al bebé.
—Ven, siéntate —le dijo dando palmaditas a su lado en el colchón, él lo hizo de modo prácticamente inconsciente—. No te preocupes si lo coges como lo has hecho conmigo hace un momento no pasará nada. Que sea pequeño no lo convierte en quebradizo.
Bulma cogió al pequeño Trunks que se removió entre sueños buscando el pecho de su madre para asirse.
—Tienes que pasarle el brazo por debajo de la cabeza, así —dijo adoptando ella misma la posición sujetando a Trunks—. Y con el otro le mantienes bien sujeto. Inténtalo.
El saiyan colocó los brazos como le había indicado la mujer que asintió satisfecha.
—Mira Trunks, éste es tu papá —musitó dejando al bebé en brazos de su padre—. Se llama Vegeta, es gruñón, borde, antipático, egoísta, caprichoso, cruel, despiadado, arrogante... —enumeró con una sonrisa divertida las múltiples cualidades del hombre mientras éste gruñía—; pero en algún lugar dentro de semejante idiota se esconde una buena persona. Ya lo verás.
Trunks se echó a llorar como si estuviese en brazos del mismísimo diablo, Vegeta puso cara de terror y Bulma rió.
—¡Estás demasiado tenso! Mírate —exclamó entre risas—. Llora porque se siente inseguro, siente tu nerviosismo, relájate.
—Yo soy un guerrero no un... ¡cógelo mujer!
Bulma tomó a Trunks entre sus brazos y el pequeño dejó de llorar al instante.
—El gran príncipe Vegeta derrotado por un inocente bebé de cinco días —canturreó—. Tranquilo Trunks, gruñe mucho pero no muerde.
»Vegeta, supongo que no has venido sólo para conocer a Trunks ¿no?
De hecho Bulma no estaba demasiado segura de si Trunks era remotamente el motivo que le habría llevado hasta aquella habitación de hospital, pero como decía su madre: la esperanza es lo último que se pierde.
—Quería enseñarte algo —contestó él con aquella sonrisa orgullosa adornándole la cara.
—Adelante —siseó.
Vegeta se levantó y se colocó en el centro de la habitación lo suficientemente alejado de la ventana y de la cama. Observó un instante a la mujer y a su hijo y entonces cerró los ojos y los puños. Inspiró hondo.
Los objetos del cuarto empezaron a temblar y Bulma sujetó con más fuerza a Trunks para protegerlo de lo que fuera que hacía Vegeta. Pero entonces, un segundo antes de que ocurriese, lo comprendió.
—Me alegro por ti —pronunció con sinceridad—. Lo has conseguido.
El aura y el cabello dorados, los ojos azules e intensos y la sonrisa arrogante que tanto le caracterizaba. Estaba todavía más impresionante de lo habitual. «Hermoso» era la única palabra que surcaba la mente de Bulma y el orgullo le inflaba el pecho.
Con delicadeza dejó a Trunks en su cunita de metacrilato y lo arropó tiernamente con la mantita de punto azul que le había comprado su madre.
Volvió a mirar al saiyan cuya expresión había perdido arrogancia, seguramente por la falta de alabanzas, de vítores o de lágrimas de emoción. Tal vez si a Bulma le hubiesen quedado fuerzas habría hecho alguna de aquellas cosas, pero no era el caso y lo máximo que podía hacer era mirarlo.
—Felicidades —le dijo Bulma tratando de enorgullecerle de nuevo, pero no funcionó. Vegeta volvió a su forma normal—. Estoy muy orgullosa de ti.
Vegeta regresó a su lado despacio como si analizase su reacción, buscando algo que faltaba. Las ganas de guerrear. Eso era lo que faltaba. Había esperado alguna palabra para bajarle los humos quitándole importancia al hecho de haberse convertido en supersaiyan.
La miró largamente a los ojos, aquellos ojos azules y vivarachos, siempre brillantes, siempre dispuestos a fulminarle durante cualquiera de sus intensas discusiones. Los mismos que buscaba después de un nuevo día de improductivo entrenamiento. Los que velaban por él cuando se lastimaba.
La besó ávidamente en los labios. Casi había olvidado cómo era besarla. Casi. Porque, incluso entrenando, los recuerdos de la mujer aparecían para recordarle que había algo dentro de él que pugnaba por salir; no podía permitírselo, al menos no por el momento.
El que Bulma correspondiese a sus besos con intensidad y voluntad volvía a llenarle de orgullo; y aunque pudiese pasarse así el resto de la vida tenía que marcharse y seguir entrenando.
—Iré a entrenar fuera —le dijo antes de darle un último beso en los labios e ir hacia la puerta.
—Vegeta...
—Volveré —declaró de pie en el zaguán de la puerta.
—A riesgo de provocar un situación violenta —dijo Bulma y Vegeta se giró para mirarla—. Te quiero, ten cuidado.
—No digas tonterías mujer —espetó dándole la espalda de nuevo, pero antes de girarse Bulma había atinado a ver que sus mejillas se ponían rojas—. Cuida de Trunks.
Vegeta cerró la puerta de la habitación y fulminó con la mirada a la mujer rubia sentada en el pasillo junto a la puerta con una sonrisa satisfecha. La madre de Bulma. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Cuánto de aquello habría visto y oído? El saiyan sacó su mejor cara de indiferencia y se la dedicó a la mujer que a su vez amplió su sonrisa hasta que lo vio desaparecer al final del corredor.
A diferencia de Bulma, a ella se le escapaban muchos detalles de ese hombre todavía, al menos ahora sabía que su hija y su nieto sí que le importaban.
Fin

Escrito originalmente en 1995, reeditado el 15 de diciembre de 2011

AZUL Y NEGRO

 

AZUL Y NEGRO

Género: Adventure, Romance, Humor
Advertencias: No
Clasificación: Hetero
Serie: Dragon Ball
Pareja: Vegeta y Bulma
Año: 1990-1999~2012
Estado: En proceso
Capítulos: 7 originalmente


Colección de one-shots sobre Vegeta y Bulma.

Dragon Ball y suis personajes son propiedad de Toriyama Akira.

-->Versión en castellano y en catalán<--


Listado de capítulos:
I.- Hijo // Fill
Que ella fuese Bulma Brief, la heredera de la Capsule Corp, que su fortuna fuese la mayor de la tierra... no hacía que la habitación de aquel hospital fuese menos deprimente. (Romance // +16)
II.- Recompensa //Recompensa
Las gotas de sudor se estrellaron contra el suelo de la cámara de gravedad, Vegeta aterrizó entre jadeos. Quizás había exagerado un poco aumentando tan de golpe las G pero necesitaba hacerse más y más fuerte. (Romance, Humor // +16)
III.- De perder y ganar // Sobre perdre i guanyar
La observaba cuando trabajaba, la observaba cuando comía, la observaba mientras dormía... Y por más que odiase estar siempre observándola no podía dejar de hacerlo. (Romance, Drama // +16)
IV.-
V.-
VI.-
VII.-

viernes 18 de noviembre de 2011

Caminos


 

Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.
Caminos
La vida da vueltas y más vueltas, y cuando crees que ya te ha mareado lo suficiente como para dejarte tranquila una temporada, vuelve a dar la vuelta para darte un puñetazo en la cara y recordarte que a los quince eras una tonta.
Es irónico, molesto, engorroso y muy, muy odioso.
Estudiar en Kadic había sido casi como un trámite burocrático. Residir allí hasta graduarme, sacar buenas notas, procurar no crearme enemigos... los amigos y el amor eran cosas que en principio no me habían parecido dignas de ser listadas porque no son predecibles; puedes pensar «jamás me enamoraré», «nunca tendré un amigo como ese idiota» y de repente darte cuenta de que estás enamorada como una tonta de ese idiota al que no querías por amigo.
Por aquel entonces era tímida y un tanto insegura, por suerte para mí mis amigas eran los suficientemente espabiladas como para empujarme al vacío para que probase cosas nuevas y ahora ya no queda rastro de aquella chica insegura y, si lo queda, es tan en el fondo que ya ni asoma la cabeza.
Mi historial romántico. Un desastre tras otro. Primero tuve la feliz mala suerte de fijarme en el chico más popular e inaccesible de toda la academia. Ulrich Stern. Había tantas chicas enamoradas de él que hacía que te plantearas si era algo así como un dios. Lamentablemente él sólo tenía ojos para una chica, Yumi Ishiyama, tampoco podía culparle, hasta yo era capaz de reconocer que es guapísima. Después William Dunbar, que estaba loco por la misma que Ulrich y no tenía reparos en divulgarlo a los cuatro vientos, y yo como una idiota suspirando por él.
—¿¡Me está escuchando, señorita! —gruñó la ancianita sentada frente a mi mesa.
—Sí, le escucho, pero tiene que comprender que es su nieto quien tiene que personarse aquí si quiere que le tramitemos el cambio de...
—Mi nieto está muy ocupado para venir —espetó dando un golpecito sobre el tablero—. Estudia por las mañanas y trabaja por las tardes.
—Créame que le comprendo. —Suspiré—. Pero no hay nada que yo pueda hacer para cambiar las normas.
La mirada de la anciana centelleó de pura rabia. La entendía pero eso no cambiaba nada.
—Quiero hablar con su jefe —finiquitó con tono autoritario.
Quien dijo que las abuelitas son dulces y adorables no conocía a aquella, sino no diría eso. Descolgué el teléfono y marqué la extensión de mi supervisor intercambié con él algunas palabras y después colgué, a los poco minutos la secretaria de mi jefe estaba plantada frente a la mesa con sus lustrosos rizos pelirrojos, sus ojos azules, sus labios rojos y su traje de Dior o de Chanel inundando la sala con su perfume caro que se olía a distancia.
La abuela indignada la siguió golpeando furiosa con su bastón las baldosas blancas.
Apoyé la frente sobre el escritorio y resoplé. Menos mal que los cubículos estaban separados por paneles de plástico y apartados de la vista de la gente que esperaba porque aquella actitud no encajaba con lo que debería hacer.
Pulsé el botón para que saltara el turno a la siguiente persona cabreada. Me bloqueé un momento.
—Siéntese por favor —logré articular no sin cierta dificultad.
—¡Emilie! ¿No te acuerdas de mí? —Me sonrió.
Vaya que sí me acordaba, le había reconocido nada más notar su peculiar aroma a cedro, incluso antes de verle caminar hasta la silla y muchísimo antes de ver aquella sonrisa desenfadada. No creía que supiese mi nombre y menos aún que me recordara. Pensé en disimular pero notaba la cara de idiota que se me había puesto.
—William, sí que me acuerdo de ti.
Rogué porque mi voz no hubiese sonado tan bobalicona como me había parecido.
—Menuda sorpresa, nunca imaginé encontrarte en un sitio como este.
—Ya bueno, yo tampoco me imaginaba trabajando aquí.
—Todo el día escuchando quejas, ¿no?
Suspiré al tiempo que asentía.
—Si sólo fueran quejas... no sabes lo grosera que puede ser la gente cuando no le dices lo que quiere oír.
—Espero no hacer que tu día empeore. —Sonrió y yo pensé que mi día había mejorado lo suficiente como para aguantar las dos horas de gente grosera que aún me quedaban—. Me han puesto una multa.
—No puedo quitártela —lamenté.
—Ya me lo imagino, la cosa es, que el coche en cuestión no es mío.
Le miré intensamente sin entender en qué cambiaba la situación el hecho de que no fuese su coche.
—Yo tengo una moto, no he conducido un coche en la vida. Creo que alguien ha cometido un error.
Tomé la carta con la multa de tráfico, allí aparecía una fotografía de la parte trasera de un Honda Civic blanco. Transcribí el número de referencia para obtener todos los datos. Los repasé con más atención de la que había prestado jamás a ninguna otra reclamación.
Habría sido fácil pasar por alto aquel detalle y seguramente no lo habría notado de no haber estado tan concentrada en ello. William tenía razón, alguien había cometido un error.
—Ya lo veo —dije sin despegar los ojos de la casilla "nombre y apellidos"—. El policía que detuvo al infractor tomó mal el nombre.
—¿Tengo que pagarla?
Tecleé a toda velocidad tramitando la reclamación y especificando que el vehículo pertenecía a un tal William Duncan y no Dunbar.
—No, tranquilo —dije pulsando el icono de la impresora. Tomé el papel recién impreso y se lo tendí junto con un bolígrafo—. Sólo tienes que firmarme esto.
—Vale.
Firmó sin leer y sin hacer mil preguntas, algo tan raro como el que hacienda te regalase billetes de quinientos euros por pasar por delante de su puerta.
—¿No lo lees? —pregunté.
—Me fío de ti —replicó devolviéndome el papel y el bolígrafo.
Tuve la certeza de que si no hubiese estado sentada en la silla me habrían fallado las rodillas y me habría caído al suelo.
—Supongo que eso es todo —murmuré deseando que no se marchase hasta que acabase mi turno—. Me ha encantado volver a verte.
—Oye, si no es mucha osadía, ¿te apetecería comer conmigo? Cuando salgas.
El cuerpo me pedía gritarle que "sí" y hasta llorar de la emoción, pero saqué mi recién descubierta faceta de actriz y esbocé una sonrisa cautelosa.
—¿Y eso?
—Por ahorrarme trescientos euros y porque me ha hecho ilusión volver a verte.
¡Oh, Alá, Dios, Jesús, Yaveh, Buda y todos los santos del universo! Con lo de ahorrarle trescientos euros ya me bastaba.
—¿Te apetece, Emilie?
—Claro —contesté con toda la calma que logré reunir.
—¡Genial! Te esperaré en... la sala de espera –-musitó encogiéndose de hombros divertido.
Reí mientras William se marchaba por donde había venido minutos antes. Y cuando le perdí de vista pulsé el botón para atender al siguiente cliente cabreado.
Las dos horas se me hicieron eternas pero no pude borrar la sonrisa de mi cara, daba igual lo que me dijeran. Estaba contenta y los insultos y las groserías me resbalaban. Cada nueva reclamación iba comiéndose los minutos que me separaban de mi cita con William.
Y cuando al fin dio la hora casi salté de la silla cogiendo apresuradamente todas mis cosas. Por la cara que puso cuando me planté frente a él supongo que se me notaba que había salido a toda pastilla.
—¿Has montado en moto alguna vez?
—No, ¿por qué?
—¿Te da miedo?
Negué con la cabeza y entonces recordé que me había dicho que tenía una moto. Me picó la curiosidad, no tenía pinta de llevar una scooter ni una motocicleta de esas pequeñas, no le veía conduciendo una Vespa ni nada por el estilo, pero siendo sincera, tampoco entendía de motos así que me esperaba cualquier cosa.
—Que va —contesté resuelta y curiosa—. Siempre he querido montar en moto.
—Fantástico, toma.
Me tendió un casco azul eléctrico que olía a perfume de mujer y me pregunté quién debía ser su dueña, Yumi Ishiyama cruzó por mi mente como si se burlase de mí. Me quedé mirando el casco fijamente como si con mirarlo fuese a descubrir algo.
—Es de mi compañera de trabajo, no le importará que lo uses.
—¿Compañera de trabajo? —pregunté con tono mordaz.
—Eso he dicho —pronunció iniciando la marcha al exterior, le seguí—. Vivimos cerca y así ahorramos dinero, pagamos el combustible a medias.
—¿En qué trabajas? —pregunté sintiéndome grosera por meterme donde nadie me llamaba.
—Soy mecánico en un taller de motos.
Mecánico y taller de motos... supongo que debí imaginármelo porque William nunca había sido uno de esos chicos estudiosos, serios y sensatos. En Kadic siempre hacía lo que le gustaba y se aplicaba en aquello que disfrutaba. Jamás me lo habría imaginado con traje y corbata sentado en la mesa de una sala de reuniones explicando a sus jefes como remontar las ventas ni nada parecido; sí, definitivamente el trabajar con las manos le pegaba más, concentrado en algo con lo que pringarse las manos y la ropa y después sentirse satisfecho del estropicio.
—Mi compañera se encarga de la contabilidad, nos conocimos en la cola del paro. —Sonrió como si acabase de contar un chiste—. A fuerza de vernos día tras día acabamos hablando y montando nuestro propio negocio.
—¿Tienes tu propio taller?
—Exacto —exclamó y se detuvo frente a una moto.
La analicé con detenimiento. Era muy bonita, de un negro brillante e inmaculado, de corte clásico y elegante con su asiento de cuero y los tubos de escape plateados y relucientes. Miré a William y después miré de nuevo la moto. Si entendiera de motos seguramente la hubiese relacionado directamente con él.
—Es una Moto Guzzi California Classic de 2008 —me dijo arrodillado en la acera abriendo el candado cerraba la cadena que bloqueaba la rueda—. Estaba para desguazar. Su anterior dueño la dejó prácticamente destrozada, se la compré por unos doscientos euros y la arreglé.
—¿Como los de las Harley?
Él asintió a mi pregunta.
—Te quedarás congelada si vas en manga corta.
William me sonrió, se quitó su chaqueta de cuero y me la puso subiéndome después la cremallera y acto seguido se enfundó un casco negro con la visera ahumada y subió a la moto bajándola de la pata de cabra con una leve sacudida.
—¿Nos vamos? —Su voz sonó extraña bajo el casco.
Me puse el mío batallando con la mangas de la chaqueta que me quedaba grande y subí también sin saber muy bien dónde debía agarrarme ¿a su cintura o al asiento? Estaba a punto de preguntarle cuando a tientas buscó mis manos y me hizo abrazarle por la espalda quedando completamente pegada a él con las manos firmemente entrelazadas sobre sus definidos abdominales temerosa de relajar los brazos y provocar una situación embarazosa.
—¿Preparada? —preguntó poniéndola en marcha con un ronco rugido como el de una bestia salvaje.
—Sí —grité por encima del ruido del motor, mi propia voz me sonó extraña, amortiguada por el casco.
William aceleró y salimos disparados del aparcamiento. Zigzagueamos entre los coches atrapados en el atasco de la hora punta, pasando por lugares imposibles. De repente entendí qué era lo que tenían las motos para hacer que muchos se volvieran locos por ellas, aquella sensación de libertad era impagable, con el viento acariciando nuestros cuerpos. Las mangas de su camiseta azul marino se hinchaba atrapando el aire como si de un globo se tratase, la tela ondeaba de un modo curioso.
Nos fuimos alejando más y más del centro de París abandonando las carreteras anchas por otras más estrechas y sinuosas. Lejos de mi casa, lejos de mi trabajo y lejos de Kadic.
William estacionó en las plazas para motos en un trozo de calle peatonal, se deshizo del casco y tras poner la pata de cabra bajó con sencillez. Le miré desde el asiento de la moto sin saber cómo narices tenía que bajarme de esa repentina altura.
—Deslízate hasta la parte delantera. —Lo hice pero mis pies siguieron sin tocar el suelo—. Deja que te ayude.
Me sujetó por la cintura y me alzó como si en vez de cincuenta y tres kilos tuviera el mismo peso que una pluma. Me dejó en el suelo con suavidad.
—Déjame adivinar. Tu compañera es mucho más alta que yo —musité con amargura comparando mi metro sesenta con el metro ochenta y algo de él.
—Es más baja que tú, pero tiene una amplia experiencia en motos —replicó cerrando la cadena e inmovilizando la rueda—. Ya aprenderás.
Sonreí imaginando unas clases extrañas de cómo subir y bajar de la moto al más puro estilo CirqueduSoleil. Me quité el casco y bajé la cremallera de la cazadora, ahora que habíamos parado y a pleno sol hacía calor. William me pasó los dedos por el pelo y yo me sonrojé no había caído en que el casco me había despeinado.
Le seguí calle arriba expectante, nunca había estado allí, todo era nuevo y mágico, además de la buena compañía y la curiosidad por ver a que lugar me llevaba. Durante nuestro trayecto en moto había imaginado de todo un poco desde una cadena de comida basura hasta un elegante restaurante de esos en los que tienes que lidiar con varios tenedores y cuchillos a la vez intentando no equivocarte y quedar como una imbécil.
Entramos en un restaurante de puerta de madera verde con un toldo, verde también, con aspecto de elegante pero de ambiente familiar con una larguísima cola. Por el recibimiento era evidente que aquella no era la primera vez que William ponía los pies allí. Una camarera rubia vino hasta nosotros le dio dos besos a William me encajó la mano analizándome con la mirada y nos llevó hasta una mesa junto a la ventana. Nos dejó las cartas y desapareció.
—¿Eres el cliente estrella? —pregunté aún alucinada porque nos hubiesen dejado pasar sin hacer cola.
—Es la hermana de mi compañera —me dijo.
Me deshice de la cazadora y la colgué en el respaldo de la silla junto con mi bolso.
—Entonces ¿vives por aquí?
—No, lo cierto es que no. Pero me gusta venir, se come de maravilla, ya lo verás.
Asentí y me concentré en la carta, la camarera regresó con sus tacones resonando sobre las baldosas y una libretilla en la mano.
—¿Qué te apetece? Pide lo que quieras, no te cortes.
Miré a la camarera y después volví a mirar la carta. Era todo demasiado caro, me sabía fatal que se gastase tanto dinero en mí. Analicé el listado de ensaladas con sus respectivos precios. Oí a William suspirar y un instante después me arrebató la carta.
—El precio no se come —me dijo con sus brillantes ojos azules clavados en los míos—. ¿Hay algo que no te guste?
—Las coles de Bruselas y el cous-cous. —William enarcó las cejas como si no me creyera.
—Tráenos una ensalada de espinacas con queso de cabra y piñones, para picar, junto con una tortilla de crema rancia y caviar y... —dudó un instante como tratando de recordar algo de vital importancia, sacudió la cabeza y revisó los segundos platos—. Cordero al horno con setas variadas.
La camarera tomó nota con una sonrisa divertida.
—¿De beber?
William me miró.
—Agua.
—Pues agua para los dos —pidió William devolviéndole las cartas a la camarera.
—¿Cordero? —La pregunta escapó de mis labios, me había sorprendido.
—Bueno, no soy ningún genio pero recuerdo que ni Azra ni tú comíais cerdo —declaró—. Aunque no lo has mencionado.
¡Caray! Esa no me la esperaba. No creía que me hubiese prestado jamás la suficiente atención como para notar un detalle tan insignificante, a ojos de cualquiera, como ese.
—Es verdad —dije con una sonrisa.
—¿Me habías tendido una trampa?
Sentí que se me incendiaban las mejillas. Sí. En parte se la había tendido.
—Mi madre es de Irak —declaré, aunque no fuese necesario hacerlo—. Para ella las enseñanzas del Islam están por encima de casi cualquier cosa en el mundo.
—¿Eres musulmana?
—No, no... bueno, algo, supongo. —Suspiré, el tema religioso era espinoso por culpa de los fanáticos—. Cuando era pequeña mi madre me llevaba siempre a la mezquita. Mi padre también era musulmán, pero no era demasiado... no sé como decirlo. Supongo que podría decirse que era como un cristiano que no va la iglesia.
William me sonrió, yo no sabía si era una buena idea hablar de eso con él.
La camarera regresó con la fuente de ensalada, la tortilla y dos platos de porcelana que dispuso con movimientos estudiados al milímetro. Cuando se alejó continué:
—Cuando me matricularon en Kadic dejé de ir, igual que Azra. Pero conservo algunas costumbres como esa del cerdo. Imagino que me es más cómodo así.
—Vaya.
—¿Asustado?
Esperaba la trillada pregunta de "entonces ¿por qué no llevas pañuelo?" y la necesidad de explicarle que el hiyab era algo opcional y no una imposición, al menos no lo era entre los no radicales o los poco religiosos, por no hablar del niqab o el burka.
—¿De qué? —me devolvió la pregunta con aire desenfadado.
—Normalmente cuando la gente oye eso del Islam le entra la paranoia.
—Tranquila —me susurró—. No me das ni pizca de miedo.
Me sentí aliviada. Mi último novio huyó, literalmente, por las escaleras al descubrir que mi madre era de Irak y ver un ejemplar del Corán en la estantería. Cuando le llamé al día siguiente había dado de baja su teléfono móvil y cambiado su fijo, seguro que hasta había cambiado de casa. Tanto "te quiero" y "eres la mujer de mi vida" para huir como un imbécil.
—¿Estás bien, Emilie?
—Sí, lo siento. —Parpadeé tratando de disipar las malditas lágrimas—. No es nada.
—¿Lo preguntabas por experiencia propia?
Asentí y no sé muy bien por qué. Porque no era algo que a él tuviese por qué importarle, al fin y al cabo no éramos más que dos desconocidos que habían estudiado en la misma academia. Un desconocido por el que había suspirado demasiadas noches, un desconocido en el que pensaba con más frecuencia de la que querría.
—Seguro que era un imbécil. No merece la pena que le dediques un minuto más de tu tiempo ni que llores.
«Ese imbécil. No merece ni un minuto de tu tiempo ni una sola de tus lágrimas» me había dicho Noémie aquella noche mientras lloraba como una tonta. Azra me había dicho algo parecido.
Asentí despacio. Tomé los cubiertos y empecé a comer. No sabría decir qué estaba más bueno si la ensalada o la tortilla de ingredientes extraños.
De repente con la comida entre nosotros la conversación se volvió más sencilla y natural. El miedo a decir algo que no debía se evaporó. Comimos y reímos como dos buenos amigos de toda la vida, de ese modo que yo siempre había querido y que tanto había envidiado de Yumi Ishiyama.
La comida se acabó y a nuestro alrededor se fueron acumulando tazas de café y cosas dulces para picar. La camarera traía obediente cualquier cosa que William le pidiera y yo no podía dejar de sorprenderme de que siempre acertase con lo que podría gustarme.
Cuando me di cuenta ya había anochecido y estábamos tomando unos sándwiches vegetales como cena que devoramos con hambre.
William le entregó su tarjeta de crédito a la camarera para pagar el importe que seguramente tendría tres cifras y desestimó totalmente mi oferta de pagar a medias como si el simple hecho de pensarlo fuese una ofensa. Doblé la chaqueta sobre mis brazos antes de salir. Miré alrededor detectando una parada de metro más abajo, no tendría problemas para volver a mi casa que, definitivamente, estaba muy alejada de aquel punto de la ciudad.
—Te llevo a casa —dijo pasándome un brazo sobre los hombros para llevarme hasta la moto.
—No te preocupes puedo coger el metro.
William me miró con una ceja enarcada.
—Ni hablar, he sido yo quien te ha entretenido y es mi obligación dejarte sana y salva en la puerta de tu casa.
—De acuerdo, tú ganas —cedí porque en realidad la idea de pasar un rato más con él me encantaba.
Salimos a la calle, las farolas ya estaban encendidas y la noche estrellada. William me ofreció de nuevo su chaqueta y yo la tomé gustosa porque hacía algo de fresco, aunque no sin sentirme culpable porque ahora sería él quien se quedase helado. Me puse el casco de su compañera y subí a la moto tras él sujetándome automáticamente a su cintura, esta vez con más seguridad y menos vergüenza. Arrancó pero no aceleró como si de repente acabase de recordar algo de vital importancia.
—Esto... tendrás que guiarme porque no tengo ni idea de dónde vives.
Me reí apoyando la barbilla sobre su hombro, nuestros cascos chocaron.
—Tranquilo, no tiene pérdida.
Fui indicándole las calles por las que tenía que ir, las esquinas que debía girar. El Sena discurrió a nuestro lado durante unos metros, con las barquitas iluminadas y los turistas poniéndose en pie cada vez que pasaban bajo uno de los puentes, antes de hacerle girar de nuevo hacia una callejuela estrecha y oscura de asfalto agrietado y molestos baches que William esquivó con destreza zigzagueando.
—¡Es aquí! —grité señalando mi portería y entonces la moto se detuvo.
Me quité el casco y después pasé los dedos por mi pelo intentando dejarlo presentable. Mi pie izquierdo tocó el suelo, William había inclinado la moto para que pudiera bajar por mis propios medios.
—No parece un sitio muy seguro —pronunció deshaciéndose de su casco.
—Bueno... es lo único que podía pagar.
William observó con desconfianza la portería de mi edificio, la puerta estaba abierta y descolgada, sin apenas luz y sombras siniestras proyectándose por todos lados. Agaché la mirada, no estaba demasiado orgullosa del aspecto del edificio que parecía más un nido de ratas y delincuentes o un fumadero de crack que un bloque de viviendas. Oí la pata de cabra levantar la moto y el candado cerrarse. Le miré preguntándome qué hacía.
—No pienso dejar que entres sola ahí adentro —siseó.
—Lo hago cada día —repliqué con aire resuelto.
—Pero no en mi presencia. —Y el tono que usó dejó claro que no iba a ceder aunque me echase al suelo y me pusiera a patalear como una niña consentida—. No, en serio, Emilie. Podría haber entrado cualquiera y asaltarte en mitad de la escalera.
Tenía razón, siempre me había dado miedo entrar y salir de noche, por eso trabajaba por la mañana y por las tardes me encerraba en casa, por eso mismo dormía con un cuchillo debajo de la almohada. Pero a pesar de ello siempre me había sentido bastante segura porque nadie había verbalizado mis miedos y ahora que él lo había dicho en voz alta fui plenamente consciente de lo peligroso que podía ser.
Con un suspiró me adentré en la portería las botas de William resonaban tras mis pasos, subimos los cuatro tramos de escalera hasta mi rellano donde un fluorescente parpadeaba desde hacía semanas. Me avergonzó el aspecto interior del edificio casi tanto como el exterior, realmente parecía estar en ruinas.
Me detuve frente a mi puerta y metí la llave en la cerradura deseando poder alargar aquel momento eternamente.
—Misión cumplida —musité—, supongo.
William con una sonrisa se inclinó hacia delante. Iba a besarme en la mejilla, era de esperar. Decidí que era un buen momento para poner en práctica lo que había aprendido de Odd durante nuestro fugaz romance de tres días: gira la cara y aprovecha la situación. Así pues, me giré hasta que mis labios encontraron los suyos.
Sinceramente, esperaba que se apartase, compusiera una de sus fascinantes sonrisas y me llamase indecente. Pero no ocurrió. Noté como su cuerpo se acercaba al mío con determinación hasta que ya no quedó espacio ni para el aire. Me temblaron las rodillas como si en vez de músculos, ligamentos, huesos y cartílagos tuviese gelatina. Me abracé a su cuello, poniéndome de puntillas, lo único que parecía ser estable y fiable en aquel sobrio pasillo de pintura desconchada.
Reculamos hasta dar con la pared fría, algunos fragmentos de la pintura cayeron al suelo provocando un ruido sordo que el rugido de la sangre en mis oídos casi silenció. De repente hacía calor, un calor tremendo. Entonces me di cuenta de que me daba absolutamente igual que mi adorable vecina viviese pegada a la mirilla y que, sin duda alguna, nos estaría espiando.
Sólo existía el calor y la presión del cuerpo de William contra el mío y el frescor de la pared. Bajé las manos suavemente acariciando sus brazos fríos a causa de ir en manga corta en la moto y me aferré a su cintura sintiendo la piel cálida de su espalda bajo el tacto de mis dedos, allí donde la camiseta estaba algo subida. Su aliento mezclándose con el mío. El deseo de que aquel instante se alargase durante el resto de la eternidad, pero acabó.
—¿Quieres entrar? —logré preguntar.
William me sonrió, me plantó un beso casto en la frente y me acarició la mejilla.
—Si entro tendrás que invitarme a desayunar. —Pude leer en sus ojos azules que lo decía en serio. Sonaba tan tentador que le habría invitado incluso a comer—. Mejor otro día.
Me sentí un poco decepcionada aunque intenté que no se me notase.
—Déjame tu móvil.
—¿Para qué? —pregunté dándoselo.
Pulsó varias teclas y se llevó el auricular a la oreja, una musiquilla se elevó desde el bolsillo de William y enmudeció al instante. Comprendí que se había llamado a sí mismo cuando grabó el número en la memoria de mi teléfono y lo dejó en la pantalla cuando me lo devolvió. Sacó el suyo y grabó mi número.
—Te llamaré —prometió. Aunque esa promesa sonaba a "no voy a llamarte" como en las entrevistas de trabajo—. También puedes llamarme tú si quieres —añadió. Parecía leerme la mente.
—De acuerdo, lo haré.
William me dio un último beso en los labios y otro en la punta de nariz. Yo le devolví su chaqueta y miré como se alejaba por el pasillo y cerré la puerta cuando le hube perdido de vista.
Había sido extraño, pero agradable.
Di vueltas y más vueltas por el salón de mi casa con el teléfono móvil en la mano y el número de William fijo en la pantalla.
¿Qué diría de mí el hecho de que le llamase ya? Parecería que estaba desesperada. Lo mejor sería no hacerlo. Pero mis dedos opinaban diferente.
Pulsé la tecla de llamada y escuché, con el corazón aporreándome las costillas, el tono de llamada.
Descolgó al instante.
—Dime, Emilie.
—He pensado que... ¿qué te gustaría desayunar?
Se cortó ¿o me había colgado? También podría habérsele acabado la batería, aunque no lo creía. Me senté en el sofá con desánimo y suspiré.
Sonó el timbre y me levanté apresurada. Abrí sin mirar antes por la mirilla, una costumbre sin duda peligrosa teniendo en cuenta que no vivía en el bloque más seguro de la ciudad.
—Cualquier cosa me vale —declaró de pie en el zaguán de mi puerta.
—Preparo unas tortitas increíbles —dije ¿no era eso lo que desayunaban en América? Un cliché tonto.
—Me encantan las tortitas —susurró antes de que le cogiese de la camiseta, le arrastrase al interior de mi piso y la puerta se cerrase a nuestras espaldas.
—Has llegado muy rápido.
—Aún no había salido del edificio.
¿Había pasado tan poco rato como para que no hubiese salido? Me tentó la idea de comprobar el reloj, pero preferí dejarme besar con aquella pasión arrolladora hasta que nos hubimos quedado sin oxígeno.
—Tienes unos vecinos muy interesantes —jadeó contra mis labios.
—¡Oh no! ¿Qué te han dicho?
—Que si te rompo el corazón nunca encontrarán mi cadáver. —Sonrió.
—¿En serio? —pregunté incrédula.
—Y tan en serio.
Recorrí su mejilla con mis dedos. Cuántas veces habría imaginado cómo sería tocarle, qué sentiría si me besase, qué me diría si le confesase lo que sentía por él. Y ahora aquel hombre increíble estaba de pie en el recibidor de mi casa, mirándome con sus profundos ojos azules. Un suspiro trémulo escapó de mis labios entreabiertos.
—¿Qué ocurre?
—Me siento un poco tonta.
—¿Por qué? —Sonrió.
—Porque me he imaginado tantas veces que te tenía delante, que podía tocarte, que me mirabas sólo a mí... —Noté el rubor encendiendo mis mejillas—. Deseé tantas veces que me vieras...
—Te veo, Emilie. Y me gusta lo que veo.
La risa brotó de mis cuerdas vocales como si fuese un lamento.
—En Kadic también te veía —declaró sujetándome la barbilla—. Pero tú siempre te escondías.
—¿Qué?
—Nunca pude acercarme a ti.
«William te mira» me había dicho muchas veces Noémie. «Si te sigues escudando detrás nuestro vas a perder la oportunidad» me había advertido. Siempre creí que aquello era una estrategia de Noémie, Magali y Azra para que me quitase la timidez de encima y me acercara a hablar con William.
—Tú estabas loco por Yumi Ishiyama.
—Sí.
Aquella afirmación fue igual que una bofetada.
—Pero eso no cambia nada —dijo y me soltó—. Que quisiera a Yumi no me dejó ciego, seguía viendo.
—¿La querías?
William encogió un hombro e inspiró hondo.
—Eso es el pasado y esto —dijo abarcando mi recibidor con los brazos—, es el presente. Tú estás aquí y yo también lo estoy.
—Y ¿eso significa que vas a quedarte aquí?
—Me has llamado para que volviera. ¿Me quieres aquí?
—Te quiero aquí —afirmé aferrándole por la camiseta y William volvió a besarme.
Quizá aquello no funcionaría, tal vez descubriría que me había creado una imagen idealizada de él y dentro de cuatro días le mandaría a paseo, quizás él descubría alguna manía mía que le sacaría de quicio y me plantaría. Pero, en aquel momento, me importaba más bien poco.
Acababa de descubrir que William significaba pasión desenfrenada.
Fin

Escrito el 18 de noviembre de 2011

domingo 13 de noviembre de 2011

25M X.- Pasado

 
Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.
Éste shot está basado en el relato "El soldado y la dama" propiedad de Casanovas (o sea, yo misma), queda totalmente prohibida su redistribución o reproducción con fines lucrativos, así como su publicación en cualquier lugar sin mi permiso.

X.- Pasado

Yumi, una chica delgada y alta, de ojos negros y rasgados, cabello negro como el azabache, miró angustiada a su jefe. Abandonar Kyôto para irse a vivir y trabajar a Barcelona, una ciudad tan diferente a la suya, una ciudad completamente desconocida y con una fama a veces no demasiado buena. Había estado a punto de negarse, de decirle a su jefe que prefería seguir cogiendo llamadas y mecanografiando cartas, pero se había acabado resignando. Siempre le pasaba igual.

Sus padres y su hermano estaba en Francia y lo cierto era que en Japón no había nada ni nadie que la atase. No tenía novio, el último prefería borrarlo de su memoria, era un imbécil que no merecía ni un segundo de su tiempo. Y sus amigos... con tanto trabajo hacía meses que no los veía ni hablaba con ellos, quién sabe si se acordaban de que existía. Al fin y al cabo tal vez el cambiar de aires, conocer una ciudad nueva y, sobre todo, a gente nueva le iría bien.

Abrió por última vez la ventana de su cuarto desde donde podía ver las colas que se formaban a las puertas del espectacular Kiyomizu-dera. Lo echaría en falta, vivir en el casco histórico era mágico.

Subió al taxi, pagado por la empresa, y permaneció en silencio con la vista perdida en la autopista. Quería llorar por aquella sensación de melancolía que la invadía conforme se acercaban al aeropuerto; cuando se subió al avión todo empeoró. Durante el larguísimo vuelo mantuvo la vista clavada en la pantalla, los auriculares puesto y sin dormir ni hacer caso a nadie a excepción de la azafata que le ofreció algo para comer y que no pudo rechazar porque estaba muerta de hambre. Ignoró la panorámica de la ciudad de Barcelona mientras la sobrevolaban, esa que todos miraban fascinados mientras nombraban sus edificios más emblemático que, al parecer, podían distinguirse desde aquella altura. Tampoco prestó atención al aeropuerto, se limitó a tomar su maleta enfurruñada.

—¿Señorita Ishiyama? —preguntó una voz en un japonés rudimentario.

Yumi se giró para ver a un anciano de pelo blanco, mejillas rellenitas y sonrosadas, gafas doradas y una sonrisa afable, que ataviado con un traje de chaqueta azul marino, camisa blanca y corbata celeste sujetaba un cartelito con su nombre.

Sí, soy Ishiyama Yumi —contestó.

—Me llamo Pau Soler, soy el fundador de Somnis d'Or.Yumi, sorprendida, le miró boquiabierta. El fundador de la empresa en persona había ido a recibirla como si fuese una personalidad o una celebrity—. Venga conmigo, por favor, le enseñaré su nuevo hogar.

Salieron del Aeropuerto de El Prat y fueron hasta un elegante coche negro que, al abandonar la autopista, les llevó por el corazón de la ciudad. Yumi miraba fascinada las fachadas de los edificios modernistas, cada fachada era única y espectacular, pero todas formaban un conjunto mágico. El coche se detuvo en la Vía Laietana y Pau la invitó a salir del vehículo tomándola de la mano con suavidad.

Ante sus ojos apareció una iglesia que destacaba por la simplicidad de su construcción. Él le explicó que aquella era la Basílica de Santa María del Mar, la iglesia que la ciudad de Barcelona había levantado con sus propias manos y su dinero para la patrona del mar. Le dijo que viviría al lado de aquella maravilla y de algo llamado El Fossar de les Moreres.

Su nueva casa era pequeña y antigua y estaba amueblada. Con dos habitaciones, un baño, cocina completamente equipada y un gran salón; analizó bien el espacio del que disponía y una vez situada empezó a vaciar las cajas con sus cosas que la empresa ya le había enviado una semana antes. Pasó el resto del día instalándose y procurando sentirse cómoda en un espacio tan diferente al suyo. Aquella noche se encargó una pizza, demasiado agotada como para cocinar, y se la comió sentada en el suelo rodeada por una gran cantidad de velas.

«El Fossar de les Moreres se fundó en el siglo XII y es dónde durmieron nuestros hermanos que dieron sus vidas defendiendo su libertad y las leyes de Catalunya de la invasión borbónica de 1714». No había tenido tiempo para pensar en ello durante el día y ahora le daba auténticos escalofríos pensar en ello. Iba a dormir al lado de una especie de fosa común de hacía siglos, era casi como dormir al lado de un cementerio.

«Ostras Yumi, deberías haberte quedado en Kyôto. Esto es demasiado siniestro» pensó acongojada. Construir al lado de una fosa común, ¡qué locura! Tendría que buscar otro sitio en el que vivir, aunque si se quedaba allí se ahorraría pagar un alquiler.

Abrió la ventana tal como hacía cuando vivía en Kyôto y se asomó, la llama eterna del pebetero le pareció hipnótica danzando con el viento retorciéndose y encogiéndose como si se doliese. El olor de las hojas de las tres moreras era mágico y las estrellas titilando sobre la basílica de Santa María del Mar. El silencio...

De repente aquel barrio, un tanto claustrofóbico, y su fosa común le parecieron sacados de un cuento de hadas en el que todo es posible.

«Barcelona es una ciudad mágica» le había dicho Pau «es posible que si prestas suficiente atención veas algo fantástico paseando por la calle». Yumi sacudió la cabeza, cerró la ventana y se metió en la cama.

Conforme iban pasando los meses se fue enamorando de la ciudad y de su historia, de su gente, de su cultura y de su lengua. Se había propuesto hablar catalán tan bien como su marcado acento japonés le permitiese y escribirlo a la perfección. Los prejuicios que se había formado en base a lo que le habían explicado desaparecieron, la gente era amable y acogedora, en la panadería la recibían con una sonrisa cada mañana y por la noche siempre le guardaban un panecillo para la cena. En el mercado los vendedores la llamaban "Llumeneta" y le explicaban con toda la paciencia del mundo qué eran las cosas que vendían, las butifarras, las seques, los rovellons y los pinetells... todo un mundo de sabores y olores nuevos que ir descubriendo poco a poco.

El Born con sus calles estrechas y sinuosas, con sus nombres que hacían referencia al gremio que había morado en ellas siglos atrás, se había convertido en su hogar y ya no sabía vivir sin aquella vista de Santa María del Mar y el Fossar, sin todas aquellas delicias artesanales que aparecían detrás de cada esquina, sin el olor a mar que llegaba cuando la presión atmosférica estaba más baja de lo habitual, de la humedad pegajosa durante los días calurosos y la helada cuando hacía frío.

Yumi acabó de cenar y apagó la televisión. Se tiró en el sofá cerrando los ojos e inspiró profundamente. Le pareció oír un timbal en la calle, pero era algo impensable, así que creyó que la señora Núria, su vecina octogenaria y más sorda que una tapia, debía tener el volumen de su televisor al máximo otra vez o que tal vez se lo había imaginado.

Pasaron un par de minutos y aquel sonido volvió a resonar en sus oídos. Se levantó de un salto y sacó la mitad del cuerpo por la ventana, la calle estaba desierta. Los bares de la plaza de Santa María ya estaban cerrados, nadie paseaba al perro. No había nada fuera de lo común sin embargo su curiosidad iba en aumento así que se puso la cazadora vaquera, cogió las llaves y bajó a la calle.

Se detuvo en el centro del Fossar mirando a todos lados, pero no había nada ni nadie. Sacudió la cabeza sintiéndose algo estúpida por lanzarse a la calle en mitad de la noche por un sonido que era más que evidente que se había imaginado; porque de haber sido real habría más gente allí abajo o asomada a las ventanas. De repente le pareció oír un susurro.

—¿Hola? —preguntó medio asustada pero llena de curiosidad.

—¿Quién es usted? —preguntó una voz masculina desde algún punto de la calle con un peculiar acento—. ¿En qué bando está?

—¿Ba-bando? —titubeó ella—. ¿Qué quieres decir con bando?

—¿Es una botiflera?

Ella frunció el entrecejo, no sabía que significaba ser una "botiflera" pero imaginaba que no era nada bueno. Entrevió una figura borrosa detrás de una de las moreras del Fossar y en una especie de impulso suicida, Yumi, caminó hasta allí. Tuvo que parpadear un par de veces para que su vista se aclarase. Delante de ella había un hombre con una especie de uniforme militar, llevaba una casaca azul oscuro y con el reverso granate y un montón de botones dorados, las calzas y las medias rojas se perdían bajo la casaca y en los pies llevaba unos zapatos de cuero con una hebilla. Por un momento Yumi creyó que debía ir a un baile de disfraces extraño.

El joven se quitó el sombrero marrón y se lo llevó al pecho dejando a la vista una mata de pelo castaño mal peinado y algo largo, de cara angulosa pero amable, con una nariz algo pronunciada y manchada de polvo gris al igual que sus mejillas y unos ojos castaños que le robaron el aliento a Yumi que permanecía inmóvil frente a aquel desconocido.

—Mi nombre es Ulrich Stern, soy soldado de la Compañía de los Paraires de la Coronela de Barcelona —se presentó orgulloso—. Disculpe, señorita.

—Me llamo Yumi...

—No se preocupe, Yumi, no le haré daño. Soy miembro de la Coronela. La mantendré a salvo de Felipe V y de nuestros enemigos.

«Felipe V» se dijo a sí misma. Hacía casi trescientos años de eso pensó que era una broma o que estaba como una cabra, pero la mirada seria de Ulrich la hizo cambiar de idea. Realmente parecía totalmente seguro de lo que estaba diciendo.

—Si me disculpa, tengo que ir a hacer la ronda.

Y sin decir nada más se evaporó en mitad de la oscuridad. Yumi huyó asustada, ¡un fantasama! ¡Acababa de ver un fantasma! Ya sabía ella que eso de dormir al lado de una fosa común no iba a traerle nada bueno. ¡Un fantasma! Aquella noche se la pasó espiando las sombras de su habitación y la puerta entreabierta de su armario. No pudo dormir.

Pese al susto inicial, las siguientes semanas a menudo se encontraba a sí misma mirando por la ventana esperando volver a ver a aquel fantasma, era extraño, pero tenía ganas de saber más cosas sobre aquella aparición misteriosa. Finalmente decidió bajar de nuevo al Fossar con la esperanza de que volviese. Se sentía un poco tonta sentada en el mármol helado rodeada de ofrendas florales de vecinos anónimos esperando a saber qué.

—Señorita Yumi.

Se giró con los ojos brillantes buscando el origen de la voz, Ulrich estaba en el centro del Fossar de pie mirándola fijamente, llevaba la casaca azul desabrochada y la camisa de lino blanca se veía desgastada, algo amarilleada y salpicada de sangre que era evidente que no le pertenecía. Se levantó y fue hasta él con una sonrisa.

—Has vuelto —pronunció impaciente.

—He venido cada noche, pero usted nunca estaba. —Ulrich la miró con las mejillas ligeramente sonrojadas y una expresión tímida en el rostro—. Creía que tal vez os habían matado en uno de los bombardeos, me alegro de ver que estáis bien.

A Yumi la hizo feliz escuchar que había ido cada noche para encontrarla, le hizo sentirse querida, de un modo que hacía tiempo que no sentía. Hablaron durante horas bajo la llama del pebetero y las estrellas.

A partir de aquella noche se encontraban la chica de Japón y el fantasma del siglo XVIII a diario, aunque lloviese, aunque hiciese un frío que pelaba. Durante el día soñaba despierta esperando a que oscureciese, a que la calle quedase desierta y a que Ulrich saliese de detrás de la morera. Aquellas noches felices él le hablaba de cuando siendo niño su padre y él había abandonado su ciudad natal para dedicarse al comercio, de su trabajo como paraire, de cómo había entrado en la Coronela. Y ella le contaba cosas de su viaje hasta Barcelona, omitiendo el tema del avión y de su trabajo en una multinacional, de lo que había aprendido aquel día y de todo lo que deseaba hacer y ver; Ulrich siempre le repetía que cuando la guerra acabase podría hacer todo aquello que deseaba y ella, sintiéndose algo culpable por no decirle toda la verdad, asentía con la mirada clavada en el millar de estrellas que les acompañaban todas las noches.

—Si algún día os sentís sola, Yumi, mirad a las estrellas, yo las estaré mirando también.

Y ella, como si fuese una cría, no pudo reprimir un par de lágrimas, porque Yumi sabía la verdad y que daba igual cuanto mirara las estrellas porque lo que les separaba era más grande que el propio universo. Ulrich se había convertido en lo más similar a un amigo que jamás había tenido, alguien en quien confiar, alguien con la que sentirse protegida, alguien con quien pasarlo bien charlando y sin necesidad de medir todas las palabras.

Aquella noche el cielo estaba nublado y hacía frío, pero a Yumi le daba igual. Leía sentada al lado del pebetero oliendo el perfume de las flores y de las hojas de morera esperando a que Ulrich llegase. Concentrada en la lectura no se percató de que él había llegado y de que la estuvo observando desde la otra punta del Fossar largo rato como si fuese una de las imágenes de Santa María del Mar, hasta que sobre las letras impresas apareció una hermosa rosa roja como la sangre.

—¿Es para mí?

—Sí. Es poca cosa —murmuró—, lo siento, pero bien... ya sabe que no es fácil encontrar algo en buen estado en medio de este sitio, los bombardeos y la hambruna... Quedan pocas cosas dentro de las murallas.

Ella le sonrió, lo cierto era que no podía imaginarse como era sufrir aquel asedio y bombardeos constantes, el hambre, la desesperación, el dolor, las enfermedades. Siempre se preguntaba si él sabía que estaba muerto y si la veía tal cual era o como a una chica de su época; le daba miedo preguntar y perder aquello que tenía. A veces se sentía como si caminase por una cuerda floja suspendida a cinco metros del suelo y sin red.

—Es la más bonita de todas, estoy segura.

—No... tanto como tú, Yumi. —La voz de Ulrich se había convertido en un susurro ahogado por la timidez. Sonrojada de pies a cabeza, Yumi, le miró fijamente, era como sacado de un sueño—. Me gusta tu pelo tan negro y tus ojos rasgados.

—Gracias —dijo.

—Tengo que marcharme, Yumi. —Ulrich le acarició la mejilla y después se puso en pie.

—¿Tan pronto? ¿No puedes quedarte un rato más?

—Mañana tengo que defender la muralla —pronunció con un destello de responsabilidad en sus ojos castaños.

Yumi sintió un escalofrío y el peso del terror oprimiéndole el pecho. No era posible.

—No vayas, por favor —dijo cogiéndole por el reverso de la manga izquierda con tanta fuerza que parecía querer arrancarle la manga—. Por favor, quédate conmigo... Aquí estamos bien, ¿no? Quédate aquí...

Su súplica sólo obtuvo una sonrisa como respuesta, Ulrich le masajeó los nudillos hasta que su agarre perdió fuerza, después le apartó la mano con mucha suavidad y le dio un beso tan suave como un suspiro. Las lágrimas le rodaron por las mejillas cuando él se desvaneció dejando tras de sí un «hasta mañana» que le rompió el corazón. Había estudiado la Guerra de Sucesión y sabía bien que, Ulrich, era un fantasma, uno de los muertos enterrados en el Fossar de les Moreres, un héroe anónimo; alguien a quien la gente rendía homenaje durante el Once de Septiembre pero del que nadie sabía el nombre.

Yumi se dio cuenta de que se había enamorado de Ulrich y eso la hizo llorar como si el mundo fuese a acabarse mientras entre sus manos sostenía la rosa roja que él le había entregado y que era tan real como ella misma.

Bajó cada noche al Fossar pero él nunca volvió aunque a Yumi le parecía verlo en cada sombra de la calle con sus ojos castaños y su sonrisa decidida orgulloso de defender su ciudad.

Fin

Aclaraciones:
En realidad antes de 1989 el Fossar de les Moreres no existía como hoy en día, había pisos construidos encima. Cuando se pavimentó con los ladrillos rojos como la sangre se trasladaron todos los cuerpos por una cuestión de salud pública. Si venís a Barcelona y pasáis a visitar la Basílica de Santa María del Mar (visita obligada) veréis el Fossar a través de una de las puertas laterales, siempre está lleno de ofrendas florales de los ciudadanos de Catalunya. El Fossar no es sólo un monumento fúnebre dónde se homenajea a los caídos durante la Diada Nacional de Catalunya. Suscita mucha curiosidad el hecho de que nuestra fiesta nacional conmemore una derrota, pero tanto el Fossar como la Diada tienen un mensaje "da igual cuantas veces caigas, mientras te quede aliento te puedes volver a levantar". 
Botifler/a: durante la Guerra de Sucesión se llamaban así a los partidarios de Felipe V. 
Compañía de los Paraires: una de las divisiones de la Coronela de Barcelona, la integraban los paraires o lo que es lo mismo los que preparaban la lana para ser tejida, seguro que en castellano existe un término concreto, pero lo desconozco y el traductor de google no me da ninguna traducción, así que si alguien lo sabe que me lo diga y lo edito, gracias. 
Kiyomizu-dera: "templo del agua pura". Es, seguramente, el templo más famoso de todo Japón, está ubicado en la ciudad de Kyôto. El nombre de Kiyomizu-dera se refiere a varios templos budistas, pero por norma general quien lo menciona se refiere al templo Otowasan Kiyomizudera. Data del año 798 y toma el nombre de las múltiples cascadas que bajan de las colinas cercanas que están dentro del complejo del templo. "Kiyo" se traduce como "pura, clara o limpia" y "mizu" significa "agua". Es una de las visitas obligadas para todo aquel que vaya a Kyôto. 
La Coronela de Barcelona: Durante los sitios de Barcelona (1697-1714) se encargaron de la protección de la ciudad intramuros, dentro de la Coronela había varias compañías: Compañía de los Paraires, Compañía de los Curtidores, Compañía de los Carniceros, Compañía de los Jóvenes Sastres, Compañía de los Zapateros, Compañía de los Cerrajeros, Compañía de los Hortelanos de San Antonio y Compañía de los Horneros y Panaderos. Cada compañía tenía sus colores representativos. 
Llumeneta: traducido al castellano sería "lucecita" o "luciérnaga", en las zonas costeras "llumeneta" también se emplea para referirse al Foc de Sant Elm (fuego de San Telmo) es un fenómeno atmosférico provocado por una descarga eléctrica que ioniza el aire y crea una especie de llamarada eléctrica espectacular y varios rayos asociados que caen en cascada. Os dejo una imagen (eliminad los espacios) www. nauticahoy. com. ar/blog/wp-content/ uploads/2007/10/fuegos-de-san-telmo. Jpg 
Somnis d'Or: en castellano "Sueños de Oro".

Escrito el 02 de noviembre de 2011