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domingo, 9 de octubre de 2011

Oneshots (Originales)




Estos oneshots son originales y están protegidos por los derechos de autor. Queda totalmente prohibida su redistribución, si quieres puedes facilitar un enlace a mi blog pero en ningún caso subirlos a otras páginas.
Por favor, si veis alguno de mis shots fuera de estás páginas denúncialo, será un plagio:
http://www.fictionpress.com/u/663858/Natsumi_Niikura
http://natniikura.deviantart.com
http://fictopia.net/es/usuario/Natsumi_Niikura

-->Versión en castellano // Versió en català <--

El soldado y la dama // El soldat i la dama
Lena huyó asustada, ¡un fantasama! ¡Acababa de ver un fantasma! Romance, Sobrenatural, Drama / +16

El soldado y la dama



Ésta historia es totalmente original, por favor, no la publiquéis en ningún sitio sin mi permiso.
El soldado y la dama
Lena, un chica delgada y bajita, con unos enormes ojos azul cielo, cabello rojo como el fuego y tres pecas debajo del ojo derecho, miró angustiada a su jefe. Abandonar su Heidelberg natal para ir a vivir a Barcelona, una ciudad desconocida y a veces con una fama un poco oscura. Había tenido miedo. Incluso había pensado decirle a su jefe que no quería el ascenso, que prefería seguir siendo una simple comercial con un sueldo base y demasiadas horas de trabajo, pero finalmente se resignó.

Su familia había muerto hacía cuatro años en un accidente de tráfico y no tenía nada ni nadie que la atase en Alemania. Su novio la había dejado por una exuberante chica de Brasil o de Cuba, ya no lo recordaba; y sus amigos... bien, siempre podía hacer otros nuevos. Quizás conocer un país nuevo y gente nueva le haría bien.

Abrió por última vez la ventana de su apartamento desde donde había una vista privilegiada del río Neckar. Lo echaría de menos. Era su vista preferida del mundo entero.

En el taxi no dijo nada, con la mirada perdida en las calles y las casas que pasaban delante de sus ojos. Tenía ganas de llorar y la melancolía ya la dominaba; aquella sensación aumentó cuando subió al avió. Y durante todo el vuelo permaneció con la vista clavada en la pantalla, los auriculares puestos pero sin prestar atención a nada ni nadie. Ignoró la panorámica aérea de la ciudad de Barcelona que todos miraban maravillados. Tampoco prestó atención al aeropuerto, simplemente tomó su maleta enfurruñada.

—¿Señorita Haas? —preguntó una voz en alemán.

Lena se giró para ver a un ancianito de cabello blanco, mejillas rellenas y sonrosadas, gafas doradas y una sonrisa afable.

Sí, soy Lena Haas —contestó.

Me llamo Pau Soler, soy el fundador de Somnis d'Or.Lena, sorprendida, le miró boquiabierta. El fundador de la empresa en persona había ido a recibirla como si fuese una personalidad o una celebrity—. Venga conmigo, por favor, le enseñaré su nuevo hogar.

Salieron del Aeropuerto del Prat y fueron hasta un elegante coche negro que les llevó al corazón de la ciudad. Se detuvieron en la Vía Laietana y Pau la invitó a salir del vehículo cogiéndole la mano con suavidad.

Ante sus ojos apareció una iglesia que destacaba por la simplicidad de su construcción. Él le explicó que aquella era la Basílica de Santa María del Mar, la iglesia que la ciudad de Barcelona había levantado con sus propias manos y su dinero para la patrona del mar. Les dijo que viviría al lado de aquella maravilla y del Fossar de les Moreres.

Pasó el resto del día instalándose en el piso, demasiado entretenida como para pensar en nada. Por la noche encargó una pizza que se comió sentada en el suelo rodeada de velas.

«El Fossar de les Moreres se fundó en el siglo XII y es dónde durmieron nuestros hermanos que dieron sus vidas defendiendo su libertad y las leyes de Cataluña de la invasión borbónica de 1714». Le daba escalofríos recordarlo, dormiría al lado de una especia de fosa común de hacía siglos. Le pareció que era exactamente como dormir al lado de un cementerio.

«Ostras Lena, deberías haberte quedado en Heidelberg. Esto es demasiado siniestro» pensó acongojada. Construir al lado de una fosa común, ¡qué locura! Tendría que buscar otro sitio en el que vivir, aunque si se quedaba allí se ahorraría pagar un alquiler.

Abrió la ventana tal como hacía cuando vivía en Heidelberg y se asomó, la llama eterna del pebetero le pareció hipnótica danzando con el viento retorciéndose y encogiéndose como si se doliese. El olor de las hojas de las tres moreras era mágico y las estrellas titilando sobre la basílica de Santa María del Mar. El silencio...

De repente aquel barrio, un tanto claustrofóbico, y su fosa común le parecieron sacados de un cuento de hadas en el que todo es posible.

«Barcelona es una ciudad mágica» le había dicho Pau «es posible que si prestas suficiente atención veas algo fantástico paseando por la calle». Lena sacudió la cabeza, cerró la ventana y se metió en la cama.

Conforme iban pasando los meses se fue enamorando de la ciudad y de su historia, de su gente, de su cultura y de su lengua. Se había propuesto hablar catalán tan bien como su marcado acento alemán le permitiese y escribirlo a la perfección. Los prejuicios que se había formado en base a lo que le habían explicado desaparecieron, la gente era amable y acogedora, en la panadería la recibían con una sonrisa cada mañana y por la noche siempre le guardaban un panecillo para la cena. En el mercado los vendedores la llamaban "Eleneta" y le explicaban con toda la paciencia del mundo qué eran las cosas que vendían, las butifarras, las seques, los rovellons y los pinetells... todo un mundo de sabores y olores nuevos que ir descubriendo poco a poco.

El Born con sus calles estrechas y sinuosas se había convertido en su hogar y ya no sabía vivir sin aquella vista de Santa María del Mar y el Fossar.

Lena acabó de cenar y apagó la televisión. Se tiró en el sofá cerrando los ojos e inspiró profundamente. Le pareció oír un timbal en la calle, pero era algo impensable, así que creyó que el sonido debía provenir de un televisor encendido o que se lo había imaginado.

Pasaron un par de minutos y aquel sonido volvió a resonar en sus oídos. Se levantó de un salto y sacó la mitad del cuerpo por la ventana, la calle estaba desierta, pero su curiosidad iba en aumento así que se puso la cazadora vaquera, cogió las llaves y bajó a la calle.

Se detuvo en el centro del Fossar mirando a todos lados, pero no había nada ni nadie. De repente le pareció oír un susurro.

—¿Hola? —preguntó medio asustada.

—¿Quién es usted? —preguntó una voz masculina desde algún punto de la calle—. ¿En qué bando está?

—¿Ba-bando? —titubeó ella—. ¿Qué quieres decir con bando?

—¿Es una botiflera?

Ella frunció el entrecejo, no sabía que significaba ser una "botiflera" pero imaginaba que no era nada bueno. Entrevió una figura borrosa detrás de una de las moreras del Fossar y en una especie de impulso suicida, Lena, caminó hasta allí. Tuvo que parpadear un par de veces para que su vista se aclarase. Delante de ella había un hombre con una especie de uniforme militar, llevaba una casaca azul oscuro y con el reverso granate y un montón de botones dorados, las calzas y las medias rojas se perdían bajo la casaca y en los pies llevaba unos zapatos de cuero con una hebilla.

El hombre se quitó el sombrero marrón y se lo llevó al pecho dejando a la vista su pelo castaño que le caía sobre los hombros, su cara de rasgos amables, con la punta de la nariz algo manchada de polvo igual que sus mejillas y unos ojos verdes que dejaron sin respiración a Lena.

—Mi nombre es Jaume Ferrer, soy soldado de la Compañía de los Paraires de la Coronela de Barcelona —se presentó orgulloso—. Disculpe, señorita.

—Me llamo Lena...

—No se preocupe, Lena, no le haré daño. Soy miembro de la Coronela. La mantendré a salvo de Felipe V.
«Felipe V» se dijo a sí misma. Hacía casi trescientos años de eso pensó que era una broma pero la mirada seria de Jaume la hizo cambiar de idea.

—Ahora tengo que ir a hacer la ronda.

Y sin decir nada más se evaporó en mitad de la oscuridad. Lena huyó asustada, ¡un fantasama! ¡Acababa de ver un fantasma! Aquella noche no pudo dormir.

Las siguientes semanas a menudo se encontraba a sí misma mirando por la ventana esperando volver a ver a aquel fantasma, finalmente decidió bajar de nuevo al Fossar con la esperanza de que volviese. Se sentía un poco tonta sentada en el mármol helado esperando a saber qué.

—Señorita Lena.

Se giró con los ojos brillantes buscando el origen de la voz, Jaume estaba en el centro del Fossar de pie mirándola fijamente. Se levantó y fue hasta él con una sonrisa.

—Has vuelto —pronunció con un nudo en la garganta.

—He venido cada noche, pero usted nunca estaba. —Jaume la miró con las mejillas ligeramente sonrojadas—. Creía que tal vez os habían matado, me alegro de ver que estáis bien.

A Lena la hizo feliz escuchar que había ido cada noche para encontrarla. Hablaron durante horas bajo la llama del pebetero y las estrellas.

A partir de aquella noche se encontraban la chica de Alemania y el fantasma del siglo XVIII a diario, aunque lloviese, aunque hiciese un frío que pelaba. Durante el día soñaba despierta esperando a que oscureciese, a que la calle quedase desierta y a que Jaume saliese de detrás de la morera.

Jaume se convirtió en lo más parecido a un amigo que había tenido nunca, alguien con quien hablar de cualquier cosa sin tener que controlar lo que decía, alguien de confianza, alguien que la hacía sentirse protegida, alguien con quien pasárselo bien hablando.

Lena leía sentada al lado del pebetero esperando la hora a la que él venía, inmersa en la lectura no se dio cuenta de cuando se le acercó, hasta que, de repente, sobre las letras impresas apareció un preciosa rosa roja como la sangre.

—¿Es para mí?

—Sí. Es poca cosa —murmuró—, lo siento, pero bien... ya sabe que no es fácil encontrar algo en buen estado en medio de este sitio.

Ella le sonrió, siempre se preguntaba si él sabía que estaba muerto y si la veía tal cual era o como a una chica de su época; le daba miedo preguntar y perder aquello que tenía.

—Es la más bonita de todas, estoy segura.

—No tanto como tú, Lena. —Sonrojada de pies a cabeza le miró fijamente, era como sacado de un sueño—. Me gusta tu pelo rojo.

—Gracias —dijo.

—Tengo que marcharme, Lena. —Jaume le acarició la mejilla y después se puso en pie.

—¿Tan pronto?

—Mañana tengo que defender la muralla.

Lena sintió un escalofrío y el peso del terror oprimiéndole el pecho.

—No vayas, por favor —dijo cogiéndole por el reverso de la manga izquierda—. Por favor, quédate conmigo...

Su súplica sólo obtuvo una sonrisa como respuesta, Jaume le apartó la mano con mucha suavidad y le dio un beso tan suave como un suspiro. Las lágrimas le rodaron por las mejillas cuando él se desvaneció, había estudiado la Guerra de Sucesión y sabía bien que, Jaume, era un fantasma, uno de los muertos enterrados en el Fossar de les Moreres, un héroe anónimo; alguien a quien la gente rendía homenaje durante el Once de Septiembre pero del que nadie sabía el nombre.

Lena se dio cuenta de que se había enamorado de Jaume y eso la hizo llorar como si el mundo fuese a acabarse.

Bajó cada noche al Fossar pero él nunca volvió aunque a Lena le parecía verlo en cada sombra de la calle.

Fin


Aclaraciones:
En realidad antes de 1989 el
Fossar de les Moreres no existía como hoy en día, había pisos construidos encima. Cuando se pavimentó con los ladrillos rojos como la sangre se trasladaron todos los cuerpos por una cuestión de salud pública.
Botifler/a:
durante la Guerra de Sucesión se llamaban así a los partidarios de Felipe V.
Compañía de los Paraires:
una de las divisiones de la Coronela de Barcelona, la integraban los que preparaban la lana para ser tejida.
La Coronela de Barcelona:
Durante el sitio de Barcelona (1697-1714) se encargaron de la protección de la ciudad intramuros, dentro de la Coronela había varias compañías: Compañía de los Paraires, Compañía de los Curtidores, Compañía de los Carniceros, Compañía de los Jóvenes Sastres, Compañía de los Zapateros, Compañía de los Cerrajeros, Compañía de los Hortelanos de San Antonio y Compañía de los Horneros y Panaderos.
 
Escrito originalmente en 1994, revisado el 09 de octubre de 2011

domingo, 15 de agosto de 2010

UDN.- Preferencias



Preferencias

Muchas veces he escuchado que las personas estamos condicionadas por nuestras preferencias. A mí siempre me ha gustado el helado de fresa con chocolate fundido, los ojos negros i el cabello rojo. Quizás por eso, no puedo dejar de mirar al chico que duerme en el suelo a mi lado.

El destino marcó en el calendario nuestro encuentro. Le tendría que haber matado, pero me lo llevé conmigo.

Nuestro precario refugio crujía bajo la fuerte tormenta que azotaba la ciudad. Si no hubiese visto las cosas que he visto, si no fuese quien soy seguramente estaría aterrorizada.

Miré el reloj colgado en la pared ennegrecida por la humedad, pasaban de las siete.

—¡Arriba! —le dije—. Es hora de salir.

Cesc se rascó un ojo mirándome como si estuviese loca, eso me hizo sonreír como si fuera idiota. Se levantó sin protestar, cosa que me sorprendió, los primeros días había gritado, pataleado y hecho aspavientos para no salir de la cama. Cabe decir que le entendía, hacía frío, mucho frío, y la perspectiva de vagar sin rumbo por la ciudad en medio de un temporal de lluvia no era demasiado tentadora.

—¿Cuál es el plan para hoy? —me preguntó con sarcasmo.

—Haremos la ronda. Subiremos a la montaña, hay construcciones antiguas donde acostumbran a esconderse los míos. —Le di la espalda mientras se cambiaba de ropa—. Hay un lugar en concreto que me interesa. Está en mitad del bosque, hay una fuente de esas con un estaque debajo y una estatua de una mujer sentada peinándose. Muy cerca hay una especie de casa de piedra, parece sospechosa.

—¿Quieres decir? Casas de esas que hay por todos lados, mira los pueblos antiguos.

Suspiré, no me había hecho entender como esperaba.

—Son un montón de piedras apiladas haciendo la estructura de una casa. Parecen guijarros de río.

—Muy bien. Tú mandas, ¿no?

No contesté. Básicamente porque yo no mandaba. Le había salvado. Pero no mandaba. Quizás para un humano todo aquello fuese demasiado complicado.

—¿Qué? ¿Estarás de morros todo el día o nos moveremos?

—Cualquiera diría que empieza a gustarte todo esto. —Se encogió de hombros y negó con la cabeza—. No sé si eso es bueno o malo.

—No te lo tomes a mal, pero sólo pienso en que quizás así logre escaparme.

Suspiré. Debía de haberlo imaginado. Aunque me jodiese no le podía dejar huir, aún no. El imbécil siniestro nos estaría buscando como un loco, sediento tanto de sangre como de venganza. Nos haría picadillo.

—Vamos —dije sin emociones.

Cesc me siguió en silencio. Tenía que esforzarme por no ir demasiado deprisa, porque si no, él no podría seguirme. Llovía a mares, parecía que el cielo se nos caería encima. Los transportes públicos eran una opción demasiado peligrosa, así que le hice caminar por la ciudad y después por el barrizal en que se había convertido la montaña.

Al cabo de dos horas de excursión embarrada y silencio sepulcral Cesc habló.

—¿Cómo funciona?

—¿El qué?

—Eso de ser un diablo. —Pensé que se burlaba de mí y me giré para verle la cara, sonreía, curioso de verdad—. ¿Sois como los vampiros? ¿Mordéis y transformáis a la gente? ¿Tenéis superpoderes?

Me eché a reír, yo me había hecho las mismas preguntas tiempo atrás.

—Siento decepcionarte pero no nos parecemos en nada a los vampiros. —La voz me salió en un tono suave y dulce—. ¿Mordemos? Pues sí, pero no transformamos a la gente en diablos. No funciona así.

—¿Entonces no podéis hacerlo?

—Bueno… sí que se puede. Pero es muy difícil, los humanos sois muy frágiles y el ritual es muy duro.

Me estremecí. Lo había presenciado una vez, me horrorizó. Me sentí mareada, enferma y asqueada.

Era un chico de dieciséis años, Lali, una diablesa de mi edad, se había encaprichado de él y lo quiso tener para el resto de la eternidad con ella. Él, por supuesto, no sabía lo que era su novia.
Le sedaron y ataron a una fría mesa de acero inoxidable, de esas de las autopsias, cuando el chico se despertó estaba tan acojonado que se meó encima. Entonces comenzó todo.

Nuestro consejero, que también era algo así como un mago, un viejecito de más de tres mil años de antigüedad, blandió un puñal de obsidiana y lo hizo resbalar por la piel del chico haciendo brotar la sangre. Un total de doscientos cortes, a esas alturas, el pobre chaval agonizaba. Pero su tortura no acababa ahí. La horda de diablos, diez, se lanzaron sobre él y le mordieron, haciendo que su sangre salpicase por todas partes, mientras que Lali trataba de tener sexo con él, cabe decir que no lo consiguió. El chico murió desangrado minutos después. La ceremonia aún no había llegado a la mitad, fue un fracaso absoluto.

—Qué decepción —murmuró.

—¿Por qué?

—Esperaba los detalles macabros.

Le lancé una mirada escéptica.

—¿Hablas en serio?

—No, pero me ha dado la sensación de que me echarías el rollo.

Los dos estábamos empapados y embarrados. Él me miraba fijamente y yo tenía ganas de darle una bofetada. Sus ojos negros enfocaron algo detrás de mí pero yo no aparté la vista de él.

—Ey, mira —dijo sorprendido—. ¿No es eso lo que buscábamos?

Fruncí las cejas antes de girarme. La fuente con la mujer que se peinaba estaba allí, en medio de un claro en el bosque, rodeada de pinos, como una ninfa. Le apreté la mano, en parte emocionada, en parte muerta de miedo. Si lo recordaba bien la casa tenía que estar justo a nuestra izquierda, la cortina de lluvia dificultaba la visión. Avancé arrastrándole.

En efecto, la precaria casa de piedra estaba allí, como un testimonio mudo de un tiempo mejor donde la gente podía confiar en sus vecinos. Sus paredes estaban llenas de grafittis cutres y el moho asomaba entre las piedras.

—¿Entraremos? —murmuró a mis espaldas.

—Yo sí. Tú esperarás aquí, ¿entendido?

Asintió en silencio y entré con cautela. Mis ojos dorados me permitían ver bastante bien en aquella oscuridad, pero no los necesitaba para saber lo que había pasado allí dentro. Me llegaba el olor de la sangre, de muchas personas, quizás el diablo estaría echando la siesta después de la comida.

Al llegar al final del pasillo comprobé que no había nadie, se me había escapado, pero ¿cuánto hacía que se había marchado? Hundí mis dedos en el charco de sangre. Estaba caliente, muy caliente. Aquella persona acababa de morir aún no hacía ni cinco minutos.

Me espeluzné. Cesc esta solo fuera. Mi cautela se esfumó y corrí como una bala al bosque.

Un diablo, con el aspecto de un hombrecito frágil y enfermizo, tenía a Cesc en el suelo, le tapaba la boca con la mano. Estaba preparándose para comérselo. Mi corazón latió con fuerza y mi naturaleza pasó por encima de mis modales de humana. Me lancé sobre él, con el cuerpo encorvado, las manos tensas y enseñando los dientes, completamente fuera de mis casillas. Hice rodar al diablo por encima de las agujas de los pinos, el barro y el agua. Le mordí con todas mis fuerzas en el brazo, su sangre goteaba de mis labios y manchaba mi camiseta.

—No toques a mi humano, escoria.

El diablo me empujó y choqué contra uno de los pinos quedando aturdida.

Creo que soñé con mi abuela. Me explicaba una de aquellas historias sobre los romanos y los griegos. Me pareció, incluso, poder saborear el pastel de fresa que cocinábamos juntas.

Una mano cálida sobre mi mejilla me devolvió a la realidad, parpadeé hasta conseguir enfocar la cara preocupada de Cesc, tenía una brecha en la frente.

—Ey venga, Mercè, despierta.

—¿Dónde está?

—Ha huido.

Me ayudó a levantarme, le temblaba la mano, en parte por el frío y sobre todo por el susto. Se encogió de hombros.

—Quiero volver a casa —titubeó.

—¿Te encuentras bien?

No contestó, tampoco me miró.

—Volvamos —dije sin más.

Durante todo el trayecto, Cesc caminó cinco pasos por detrás de mi, mudo como una tumba. Había estado a punto de morir, ¿quién podría recriminarle aquella actitud? Yo no podía.

Fin

Escrito originalmente en 1993, reeditado el 13 de agosto de 2010.

viernes, 5 de febrero de 2010

UN DÍA NORMAL



Un día normal

Un día normal. Los días “normales” suelen ser tan aburridos que piensas “ojala no me hubiese levantado”, pero lo que es normal para ti no lo es para mi.

Mi familia no es nada habitual, quizás ahora piensas que te diré que son vampiros o licántropos, pero te equivocas, no son nada de eso, aunque lo creí durante una temporada ¿que cómo es posible? Es muy simple.

Yo era una niña cuando ocurrió aquello.

Vivía en una casa vieja y estropeada en el centro de la ciudad, las vidrieras lucían pequeños vidrios de colores que proyectaban formas extrañas, y a veces inquietantes, los suelos eran de madera, las paredes cubiertas de papel rosa con florecitas de lo más hortera y los muebles parecían sacados de una película antigua tipo “Rebecca”. Ahora que me paro a pensar era un poco escalofriante. Pero eso no importa ahora.

Escuché unos gemidos en la sala y tan asustada como curiosa bajé la escalera a oscuras. Desde mi perspectiva de mocosa inocente ver a mis padres empapados de sangre en la sala de casa en plena noche sólo podía significar que eran vampiros. Las novelas ya tienen esas cosas, cuando eres pequeña te tragas sus historias y crees que son ciertas. Creí ciegamente en aquella teoría mía y esperé paciente al momento más adecuado para hacer mi pregunta entre el perfume de las tostadas con queso y miel, el café humeante, los croissants y la manzanilla de mi madre.

—Papá, mamá... ¿sois vampiros? —mi voz infantil resonó más segura que nunca.

—¡Venga ya, Mercè! ¿De dónde has sacado esa estupidez? —la pipa de fumar de mi padre se movió al compás de su palabras— Los vampiros no existen.

—Tienes demasiada imaginación, hija.

—¡Pero os vi! La otra noche os vi llenos de sangre ¡de pies a cabeza!

Los rostros de mis padres empalidecieron y entonces supe que había metido la pata, pero ¡¡qué querían!! Estaba llena de curiosidad por aquel episodio nocturno. No recibí respuesta hasta que cumplí los dieciséis años.

El día de mi cumpleaños, mi madre se arrodilló delante de mí con una mirada diferente, una que no le había visto nunca, me acarició la mejilla y sonrió.

—No somos vampiros, pero sí somos monstruos. Ven conmigo.

Me cogió la mano dirigiéndome a la buhardilla donde se levantó una nube de polvo al entrar. Mis ojos tardaron un rato a acostumbrarse a la oscuridad, era la primera vez que entraba y eso hizo que la decoración —por llamarlo de alguna manera—- me asustase.

Había maniquís, candelabros, velas de todos los tamaños y formas, libros encuadernados en piel... parecía la casa de los horrores de una peli de terror cutre, sólo faltaba el pentagrama dibujado con sangre. Las telarañas colgabas por todos lados y se hacía difícil caminar sin engancharse con ellas.

Miré a mi madre buscando las palabras para formular mi pregunta, pero antes de consiguiese aclararme ella habló.

—Sé que se te hará raro, quizás no me creerás pero somos diablos.

—¿Diablos? —balbuceé— ¿quieres decir demonios?

—No. Los demonios son una cosa y los diablos otra muy diferente.

Sentí un repentino vértigo y tuve que apoyarme en uno de los maniquís.

—No es para tanto —mi madre rió.

—¿¡Qué cojones!?

—Tanta curiosidad y ahora me sales con esas —movió las manos teatralmente delante de la cara—. No sé quien te ha enseñado a hablar tan mal.

Me caí de culo al suelo perdiendo la noción de la realidad, seguramente pasaron un par de horas hasta que conseguí retomar la conversación.

—No lo entiendo —se me rompió la voz— ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Matar a la gente? ¿Hacer travesuras?

—Pronto tu propio cuerpo te dirá lo que debes hacer —me apartó algunos cabellos negros de la frente y me besó en la mejilla riendo.

Después de aquello comencé a comprender algunas cosas, mi resistencia física, por que mis heridas se curaban tan deprisa, mis ojos dorados... nunca le había prestado atención a todos aquellos pequeños detalles.

Mis padres me estuvieron más encima de lo que era habitual, me parece que aquello me asustó más que mi charla en la buhardilla, pero tal y como había dicho mi madre pronto empecé a sentir ciertas necesidades que antes no había tenido.

No sé si me entenderás. No me refiero a necesidades carnales propias de la edad, el sexo, hacer el idiota para sentir la adrenalina recorriendo tu cuerpo, ni nada de todo eso. Empecé a sentir deseo de matar, de arrebatarle la vida a alguien del modo más cruel del que fuese capaz.

Afortunadamente para toda la humanidad me tuvieron encerrada mientras aquel delirio asesino no se calmó, controlar mis instintos no era nada fácil, pero acabé aprendiendo.

A los dieciocho me presentaron al resto de diablos de nuestra zona, a duras penas eran una veintena y no sabría decir cual de ellos daba más miedo, eran tan siniestros que se me heló la sangre. Explicaron en que consistía su plan. Bueno, nuestro plan; por lo que parecía, yo estaba incluida en toda aquella mierda.

Exterminar a los humanos.

Vaya mierda, ¿no? Pues sí. Aquel era el plan de los diablos.

Uno de ellos, el más alto y grande, me bloqueó el paso cuando intentaba seguir a mis padres hasta la calle. Llevaba un estrambótico esmoquin blanco, una camisa negra con botones rojos, una corbata blanca con un cuervo negro y unos zapatos blancos.

—Nena, si echas a perder todo lo que he planeado durante años —su voz se tornó siniestra—, te juro que desearás no haberme conocido nunca.

—No sé de que me habla.

—Te perseguiré, te encontraré, te torturaré y cuando me canse de ti, te mataré, mocosa.

Traté de disimular el escalofrío que me recorrió el cuerpo y sonreí sarcástica, me limité a abrirme paso ignorándole.

Es una tontería, pero los meses siguientes me los pasé mirando bajo la cama cada vez que me iba a dormir, mirando obsesivamente la puerta del armario, escrutando la oscuridad de cada calle y sintiendo la mirada siniestra de aquel tío clavada en mi nuca.

Con el tiempo todo empezó a parecerme normal, las expediciones nocturnas, los asesinatos de mis compañeros... bien, cosas que harían enfermar a casi todo el mundo.

Por eso hoy es parte de un día normal en mi vida, pero es un poco especial, verás, hoy debería cobrarme mi primera vida humana, mi primer asesinato.

—Tú tendrías que estar muerto ahora mismo. —Me arrodillé al lado del chico tirado en mitad de un charco de sangre—. Qué mala suerte ¿no?

—¿Me lo explicas para justificarte?

—No —suspiré—. Hoy no te mataré.

Me alcé lanzándole una toalla blanca de algodón.

—Sécate, saldremos a la calle.

El chico me miró visiblemente confuso.

—Yo no soy como ellos... —murmuré— no quiero serlo.

—Muy tranquilizador —dijo sarcásticamente limpiándose la sangre de la cara—, los delirios de una tía colgada mientras estoy rodeado de psicópatas.

—¿Qué prefieres? ¿La tía colgada o los tíos psicópatas?

Puso los ojos en blanco, supongo que exasperado.

—La colgada, supongo.

—Fantástico ¿Cómo te llamas?

—Cesc, me llamo Cesc.

Le cogí la mano con firmeza arrastrándole por la calle llena de cuerpos inertes, la sangre nos salpicaba los pantalones y el hedor de la basura mezclada con el de la putrefacción nos asqueaba. Cesc estuvo a punto de desmayarse, pero le apreté la mano con más fuerza obligándole a correr más, era el peor momento para flaquear, si nos deteníamos ahora la horda de diablos sedientos de sangre humana nos haría pedacitos.

Por supuesto no corríamos a ciegas. En las horas en las que la vigilancia menguaba aprovechaba para escaparme y buscar un lugar seguro donde ocultarme hasta que supiese como librarme de todos los monstruos del mundo. En una de mis escapadas, encontré una fábrica vieja en ruinas en mitad de tierra de nadie, perdida en una colina.

Era el escondite perfecto. Allí estaríamos seguros.


Escrito originalmente en 1993, reeditado el 03 de febrero de 2010

UN DÍA NORMAL



UN DÍA NORMAL

Género: Adventure, Horror
Advertencias: Violencia
Clasificación: Hetero
Año: 1993~2010
Estado: En proceso
Capítulos: ??

Los días "normales" suelen ser tan aburridos que piensas "ojala no me hubiese levantado", pero lo que es normal para ti no lo es para mi.
Colección de one-shots sobre Mercè y Cesc.

-->Versión en castellano y en catalán<--


Listado de capítulos:
01.- Un día normal> // Un dia normal
02.- Preferencias // Preferències

lunes, 7 de septiembre de 2009

DAF Capitulo 02.- Descubre lo que quieres


Capítulo 02.- Descubre lo que quieres

Los primeros días pasaron veloces, el ambiente era bueno y el ser una novedad para sus compañeros era más positivo que molesto. La gente tendía a ser más amable de lo necesario, incluidos algunos profesores.

Esas dos primeras semanas descubrió también que algunos la odiaban sin conocerla, el caso más molesto era el de una de las profesoras, una tal María Teresa, le daba la clase de lengua castellana y también la de literatura española. Esa mujer no se esforzaba lo más mínimo en disimular su odio hacia ella. Si bien en un principio se sorprendió, después entendió que había provocado aquello. La profesora era estúpida, pero en el sentido de que no era ni inteligente ni muy culta, además de prepotente y muy poco humilde, se creía siempre en posesión de la verdad. Lástima que ya fuese tarde para remediarlo, tendría que sobrevivir a ella.

Al menos tenía el consuelo de que su profesor de historia era de lo más interesante y siempre se divertía en sus clases.

—¡Berta! —Mayka se incorporó de la silla haciéndole señas— te he guardado sitio.

—Gracias —musitó acomodándose—, creía que no llegaba…

—¿El accidente?

La pelirroja sonrió cansada. A las seis de la mañana había volcado un remolque cargado de grava en mitad de paseo de Gracia y eso había provocado un choque en cadena de hasta 10 coches, debido a eso la mitad de las calles cercanas estaban colapsadas y la policía impedía el paso a todos los que no tuviesen que entrar o salir de sus casas o negocios.

—Sí… la mitad de las calles están cortadas —suspiró apoyando la barbilla en la mesa— he tenido que dar un rodeo y casi me pierdo.

—Necesitas una guía turística —exclamó emocionada.

—Creo que sí —rió divertida.

—Respira tranquila, la de inglés aún no ha llegado, puede que no llegue.

Miró al frente y cerró los ojos respirando hondo, tanto correr para nada… en fin, disfrutaría de una hora libre y conocería un poco más a sus compañeros, o al menos a su nueva amiga.

—Berta ¿puedo preguntarte algo? —asintió devolviéndole la mirada— ¿cómo es que has cambiado de instituto el último año?

—Ah… pues verás, a mi padre le ofrecieron un traslado y mi madre quiso venir aquí por todos los medios, así que no me quedó más remedio que mudarme con ellos —suspiró, su madre era muy caprichosa—. Como mi hermano vino para estudiar medicina aquí, ha sido como una gran reunión familiar de esas de las pelis hollywoodienses…

—Estarás contenta entonces —sonrió.

—No exactamente, si te soy sincera preferiría haberme quedado allí, al menos ya conocía a la gente y los profesores, hubiese sido más cómodo.

Se sorprendió de la facilidad con la que había dicho eso que sabía que no era cierto, había deseado huir de su ciudad cuando todo aquello comenzó, pero sí que era cierto que no querría haber acabado tan lejos, con un cambio de instituto le habría bastado.

—Ya… míralo por el lado bueno —dijo alzando un dedo— ¡Aquí puedes ver el mar!

—Un buen punto de vista, el mar es ideal para borrar todo aquello que te angustia —pronunció una voz masculina, ambas giraron a verle—. Buenos días, la profesora de inglés…

—La sargento Font —exclamó uno de los chicos entre risas.

—¿Así la llamáis? —sonrió con complicidad—. Pues la sargento Font no ha llegado aún, estará en el atasco o haciendo desfilar a los soldados, la cuestión es que os toca soportarme dos horas seguidas.

—Señor Sallà —alzó la mano Mayka.

—Nada de ‘señor Sallà’, llamadme Pau.

—Pau ¿haremos dos horas de historia?

—He pensado que podríamos hacer algo así, pero no temáis no serán dos horas de silla, libro y apuntes.

Sonrió divertido y el murmullo se adueñó de la clase. Les hizo ponerse en pie y seguirle, la puerta de entrada y la verja se abrieron en exclusiva para ellos, los estaba sacando del instituto y no sabían a donde iban. Caminaron a penas diez minutos, se encontraban frente a la catedral gótica de Barcelona, se miraron entre ellos y los murmullos empezaron de nuevo.

—Bien, chicos, estamos en una ciudad llena de historia y no sólo se aprende de los libros, mirad esta maravilla, ha sobrevivido a una infinidad de duras pruebas y se alza orgullosa y majestuosa dispuesta a enseñarnos todo lo que deseemos escuchar.

—Profe, pareces un colgado —dijo con burla un chico moreno que Berta identificó como Marcos, el graciosillo de la clase— los edificios no hablan.

—Quizás es que tu mente está demasiado cerrada para oír —replicó el profesor.

—Eso es una gilipollez —volvió a decir.

—No se refiere a que hable literalmente —dijo Berta— si no que si prestas la suficiente atención y observas con detenimiento puedes hacerte una idea de lo que ha pasado.

—Que aburrido…

—Todo depende de cómo lo mires —sonrió el profesor—. Pasando a otro tema, quiero que observéis los que os rodea, elegid alguna construcción de las que hay por aquí aquella que llame vuestra atención, da igual si es un edificio moderno o arquitectura gótica, incluso uno de esos bancos de piedra…

Hizo una pausa para recrearse con el sentimiento de incertidumbre de las caras de sus alumnos.

—Quiero que me contéis su historia, sin acudir a una biblioteca o a Internet, con quince líneas me basta, lo importante es que aprendáis a mirar con otros ojos. Dentro de una hora y media os quiero a todos aquí.

Los jóvenes se dispersaron por los alrededores con la certeza de que su profesor estaba como una cabra o se había fumado alguna sustancia ilegal. Mayka y Berta miraron a su alrededor en busca de algo que llamase su atención, la mayoría se habían ido a aquello que conocían a la perfección, la catedral. La pelirroja fijó su vista en la calle estrecha a la derecha de la catedral, hizo un gesto a su compañera y se encaminó decidida a investigar lo que allí hubiese.

Se concentró en su labor, al final de la calle veía la plaça de Sant Jaume. Observó las construcciones con detenimiento

—No es una buena idea que vayas sola por esta calle.

—¿Qué…? —su voz se atascó en su garganta.

—¿Ves a aquel grupito de allí? —ella asintió—, pues esperan a que te despistes para llevarse cualquier cosa que lleves encima.

—No sabía que hubiesen carteristas…

—Dónde hay turistas hay carteristas, es ley de vida.

—Creo que no me acostumbraré nunca… —suspiró.

—Gracias por echarme una mano antes.

—No hay de que —sonrió—. Creo que ha sido demasiado poético para sus neuronas…

—Señorita Mas, creo que lleváis toda la razón.

Observó esa sonrisa de niño travieso mientras su corazón martilleaba con fuerza en su pecho, se sonrojó sin saber muy bien si era por su profesor o por sentirse tonta con los desbocados latidos de su corazón.

—Señ… —negó con el dedo ante sus ojos antes de que acabase de hablar—. Ah… Pau, creo que volveré con Mayka, no quiero acabar perdiéndome.

Se hizo a un lado abriéndole paso para volver frente a la catedral.

—¿Qué tipo de historias son tus favoritas? —le preguntó antes de que se alejase más.

—Las de misterio —balbuceó extrañada—, o aquellas que me hagan pensar.

Como respuesta a la pregunta nunca pronunciada el joven profesor se limitó a sonreír y darle un suave toque en el hombro al pasar junto a ella.

Se concretó en ocultar el sonrojo de sus mejillas fingiendo buscar algo a su alrededor y cuando logró controlarse avanzó hasta su amiga. Las dos buscaron algo para su redacción y una vez encontrado se dispusieron a indagar sobre ello.

Aquel día fue de lo más surrealista, tras la extraña clase de historia el resto de asignaturas fueron tan normales que hasta daban miedo, explicaciones, corrección de ejercicios, deberes… incluso el descanso de media mañana fue de lo más normal, lo único destacado fue cuando una profesora, al parecer de biología, tropezó con una mochila derramando el café con leche sobre la pared blanca, su camisa y la cabeza del jefe de estudios, algo que pareció divertir a todo el mundo.

Las chicas hicieron planes para esa misma tarde, la excusa era que al ser nueva en la ciudad, Berta, se perdía y claro, no podían permitir eso. En realidad era una buena oportunidad para salir a divertirse, el motivo era lo de menos.

Hicieron un pequeño tour turístico por las zonas que era imprescindible conocer, como las tiendas de ropa baratas pero con una gran oferta y buen material, los bares donde se estaba tranquilo, los fastfood donde con un café podías pasar la tarde entera y hacer los deberes, la mayoría de esos lugares no hubiese sido capaz de encontrarlos sola, así que se sintió realmente agradecida por todo aquello. La velada acabó con unas crepes de chocolate frente al mar.

En Badalona, Pau esperaba frente a un local de copas, el letrero azul parpadeante empezó a impacientarle. Normalmente tenía una paciencia a prueba de bombas pero ese día en concreto no estaba para aguantar la impuntualidad de su amigo. Suspiró y golpeteó el suelo con el pie, se dejó caer sobre la pared bruscamente. El particular rugido del bólido rojo le hizo sonreír tontamente y recuperar al instante la compostura y el buen humor.

—¿Llevas mucho esperando?

—A penas… —refunfuñó con sarcasmo— sólo hora y media. Empezaba a pensar que no vendrías, Pedro.

El joven castaño de ojos negros emitió una sonora carcajada al tiempo que bajaba del lujoso Ferrari. Cerró la puerta del conductor con suavidad mostrando sus extravagantes bermudas de cuadros verdes y negros y la horrorosa camisa hawaiana que a él tanto le gustaba, para rematar su vestuario lucía unas chancletas amarillas fluorescentes.

—No te quejes, venga entremos.

—Ey, no, lo siento, pero hoy tengo mucha prisa.

—¡No me digas! ¿te ha salido una novia?

Pau suspiró con pesadumbre, si empezaba hablar estaría hasta las tantas rodeado de cervezas.

—Dejémoslo para el sábado.

—Espero que el cotilleo merezca la pena —sonrió lanzándole las llaves a su amigo—. Gracias por el coche a Gina le ha encantado probar esta joyita.

—Ahórrame los detalles —sonrió abriendo la puerta del conductor—. Te llamaré.

Se despidieron con la mano. Durante los siguientes veinte minutos sólo escuchó el rugido del motor, estaba realmente impaciente por llegar a casa y revisar su correspondencia. Se adentró en el parking y aparcó en la plaza 222, aquella que su abuelo había comprado años atrás cuando se sacó el carnet de conducir, aunque por aquel entonces conducía un Honda Civic nada que ver con el ostentoso Ferrari que le había regalado su padre.

Subió en el ascensor hasta la tercera planta y recorrió el pasillo para abrir la puerta blanca de su piso.

—¡Estoy en casa! ¿Jud?

—En la ducha —gritó la voz femenina desde el fondo de la casa—. Ya salgo.

—Oye ¿ha llegado algo para mi?

—Sí, lo he dejado encima de tu cama.

La mujer de larga melena rubia y ojos negros se detuvo a su espalda, cubierta con una toalla roja, sonrió mientras se desenredaba el pelo con los dedos.

—¿Es de la excavación de tu padre?

—Sí, me muero por ponerle las manos encima —sonrió emocionado— la inscripción en arameo será todo un reto.

—Te gustan las mismas cosas que a un viejo de noventa años —suspiró la rubia.

—Todos los viejos de noventa tuvimos veinticinco una vez, jovencita —replicó imitando la voz de un anciano—, ya verás cuando llegues a mi edad.

—Eres un payaso.

—Sólo un alegre juglar —un cojín voló dándole en la cabeza— ¡au! Jajaja.

—¿Sabes ya algo de tu hermano?

—No, supongo que estará por ahí persiguiendo a alguna mujer de cuerpo escultural.

—¿Qué os pasa a todos los Sallà? —frunció el ceño golpeando el hombro del joven—. Sois muy despreocupados ¿y si le ha pasado algo? ¡imagínate! Podría haberse caído por un barranco y estar al borde de la muerte o a lo mejor lo ha secuestrado un comando terrorista, o…

—Si le hubiesen secuestrado a los cinco minutos lo habrían tirado por un barranco —movió la cabeza afirmativamente—. Deja de preocuparte.

La chica soltó un bufido y haciendo un gesto de rendición con la mano se marchó para vestirse.

—Jud, me llame quien me llame diles que no estoy.

—Ya, les diré que estás con tu amante de piedra.

Se encerró en su habitación y se rodeó de libros, papeles y bolígrafos de colores. Abrió el paquete emocionado extrayendo el dossier de documentación con las fotos y datos de la inscripción. Tendría que solicitar un permiso a la universidad para usar sus instalaciones.

Tomó el teléfono móvil con determinación y presionó las teclas, afortunadamente su amigo Víctor le debía más de un favor y sus contactos con el decano le irían como anillo al dedo. Dio cuatro tonos cuando al otro lado de la línea replicó una voz adormilada.

—¿Quién es?

—Buenos días bella durmiente.

—Joder Pau ¿tienes idea de que hora es? —farfulló el joven.

—Sí, exactamente las nueve de la noche —replicó con un deje de humor.

—Tío, para mi es como si fuesen las cuatro de la madrugada, ya lo sabes…

—Sabes que no te llamaría si no fuese importante —rió al escuchar un resoplido al otro lado del teléfono.

—¿De qué se trata?

—¿Te acuerdas de la excavación de mi padre? Me han enviado una inscripción…

Víctor emitió una sonora carcajada llena de emoción, los tiempos en los que se encerraban en el laboratorio del padre de Pau a construir cohetes y robots con piezas de lego empezaban a revivir en su mente.

—¡Genial! ¿Cuándo quieres empezar? —habló tan rápido que casi se atragantó con su propia saliva—. Más te vale que me dejes participar.

—Cuenta con ello, a las seis estaré llamando a la puerta.

Unos cuantos gritos emocionados retumbaron al otro lado antes de cortar la comunicación. Se lo había tomado con más entusiasmo del que se esperaba y se había olvidado por completo de que le había despertado.

Continuará

martes, 16 de junio de 2009

Evil Spirit: 01 El precio de una vida



El precio de una vida

El infierno, aquel lugar dominado por los demonios, una gran multitud se aplegaba en la gran plaza a las afueras del territorio. Aquel era un punto neurálgico, allí se llevaban a cabo las ejecuciones de todo tipo de seres, demonios, dioses, brujos, vampiros…

La turba exaltada gritaba exigiendo la ejecución de la niña enjaulada en la plazoleta central, los dioses rodeaban la jaula, sus rostros serios y crueles. La odiaban. Eso lo sabía.

El pánico que sentía al principio se desvaneció rápidamente, no supo comprender por que ahora estaba tan tranquila frente a lo que le vendría, como si todo aquello en realidad le estuviese ocurriendo a otra persona.

En su mente apareció un amplio prado de flores blancas, las más hermosas que había visto nunca. Lágrimas de luna, las llamaban, durante el día eran de un blanco mate en cambio de noche brillaban con intensidad y reflejaban los rayos de las seis lunas.

Adoraba ese lugar, siempre jugaba allí con su madre. Al estar en el área neutral de ambos territorios casi nunca había nadie, era el único espacio al aire libre en el que podían estar. Allí hacía collares y coronas de flores. Podían ser una familia sin necesidad de temer.

La apacibilidad del lugar desapareció con la llegada de la guardia sagrada, formaban parte de las fuerzas de seguridad de los dioses, todos sus miembros eran ángeles. Cuando los reconoció supo que todo había acabado.

Pisotearon las flores, destrozaron el campo y quemaron los adornos florales a pesar de las lágrimas de dolor y rabia que surcaban la cara de la niña.

Desde su pequeña prisión pudo ver a los hombres que la habían llevado a aquella situación. Algo más arriba en uno de los asientos de honor reconoció el impertérrito rostro de su padre y a sus dos hermanas, una de ellas satisfecha con lo que estaba a punto de ocurrirle y la otra horrorizada.

“¡Qué le corten la cabeza!” gritaba la muchedumbre allí reunida. La pequeña temblaba sin acabar de comprender que estaba ocurriendo, por qué todos querían que la matasen ¿qué había hecho que fuese tan terrible para que la condenasen a muerte?

—¡NO! —aulló una voz femenina.

El silencio se apoderó del lugar, ella reconoció al instante el dulce rostro de su madre humedecido por las lágrimas, sabía que no debería estar allí, su padre la había escondido para protegerla, sin embargo allí estaba.

—No le hagáis daño, sólo es una niña —aulló la mujer llorando— ¡No tenéis derecho a matarla!

—Idelfa, gracias por honrarnos con tu visita —una sonrisa siniestra se dibujo en el rostro del anciano que presidía aquella reunión— no querrás perderte lo que le vamos a hacer a esta aberración.

La mujer tembló y miró condescendiente al hombre al que amaba, el gran demonio abrió los ojos horrorizado sabiendo que significaba aquel gesto, quiso impedírselo pero sabía que eso sería inútil. Se apresuró a llegar a su lado, tomó sus frágiles manos con fuerza.

—Cuídala bien… —susurró.

—Lo haré —contestó con un hilo de voz.

—Lucifer… no te vengues —sonrió con lágrimas en los ojos— no servirá de nada.

—No te prometo nada —gruñó.

—Tonto…

Se fundieron en un corto pero significativo beso.

Antes de que pudiese reaccionar ella bajó y en pocos segundos se encontraba en el centro de la plaza liberando a la niña. La abrazó con fuerza y besó sus largos cabellos castaños.

—No es culpa tuya ¿entendido, Aki? — la consoló con su armoniosa voz.

—Mami… —gimoteó—. No quiero que te vayas.

—Tranquila, princesa —esbozó una cálida sonrisa—, todo irá bien.

Los cabellos dorados de la diosa centellearon al ponerse en pie. Sus ojos azules relampaguearon con rabia y puso una mueca sarcástica. Se encaró a su superior y esperó paciente su próximo movimiento.

El viejo extendió su decrépita mano hacia la frente de la mujer de cabellos dorados sonriendo con superioridad, murmuró algo en un tono apenas audible y un haz de luz azul envolvió el cuerpo de Idelfa.

En pocos segundos el cuerpo sin vida de la joven diosa se precipitaba al vacío, Lucifer se lanzó y la atrapó antes de que su cadáver desapareciese en el abismo. La apretó con fuerza contra su pecho y miró con odio y desprecio al viejo que le miraba satisfecho con una sonrisa desagradable.

—¿¡Has visto eso, monstruo!? —rió con crueldad— está muerta por tu culpa —se inclinó arqueando el cuerpo amenazadoramente junto a la jaula donde estuvo encerrada— ¡Tú la has matado! ¡ASESINA! ¡eres un monstruo horrible!

La pequeña gimoteó y se encogió aún más. La embargó una tremenda sensación de vértigo y todo se volvió oscuro.

A partir de ese día todo fue diferente, la frágil burbuja protectora donde su padre la había mantenido oculta y a salvo desapareció. Ya no pudo mantenerla más tiempo escondida y tuvo que dejarla salir al exterior donde todos la rechazarían, y aunque eso era lo que menos deseaba no le quedaba otra opción.

La dejó salir, su primer contacto con el mundo exterior fue cruel y contundente, insultos, golpes, pedradas, ataques mágicos…

Huyó al único lugar en el que se sentía segura, la playa de mar rojo y aspecto austero, la playa de las almas. Tenía la vaga esperanza de encontrar al joven brujo de ojos rojos, pero él nunca llegó.

Se tumbó en la arena húmeda enrojecida por el agua, sintiendo impasible como le golpeaba el gélido oleaje que entumecía su pequeño cuerpo.

¿Era una asesina? ¿era culpable? ¿merecía morir?

No lo comprendía. No sabía cual de sus acciones había desencadenado aquello, qué podría haber hecho que fuese tan terrible.

Se abandonó al dolor de su propio cuerpo y al pesar de su corazón. Cerró los ojos y deseó dormir eternamente.

Pasaron algunos minutos, tal vez horas, puede que incluso días, su cuerpo estaba helado y adormecido, lo único que notó fue una mano caliente y como alguien alzaba su liviano peso, quiso abrir sus ojos, batalló inútilmente contra la pesadez de sus párpados, quería ver quien se la llevaba.

Todo giró vertiginosamente en su cabeza y entonces la totalidad de sus sentidos se evaporaron y su consciencia se desvaneció.

Soñó que alguien le tendía la mano en mitad de un oscuro torbellino, el agua roja que tanto le fascinaba se tornó repentinamente amenazante y empezó a atemorizarle. Aquella mano, grande y cálida, extendida hacia ella le ofrecía la seguridad que necesitaba, alargó su pequeña mano y sujetó con fuerza aquella otra. Su salvador sonrió mostrando sus perfectos dientes blancos.

Entonces le arrastró a la superficie.

Y la luz la cegó.

Tomó consciencia de que ya no soñaba, la luz que la cegaba era la de una infinidad de velas blancas y rojas que mantenían iluminada una pequeña habitación de madera. Entrecerró los ojos esperando a que se acostumbrasen a la claridad. Estaba cubierta por una gruesa manta de color crema con ribetes de un tono ocre apagado, las paredes vacías eran inquietantes, no había estanterías ni más muebles que la cama en la que estaba, vislumbró una pequeña ventana tapada por una fina cortina de ganchillo de un blanco inmaculado.

Lentamente empezó a tomar consciencia de que aquel lugar le era totalmente desconocido. Se incorporó sintiendo una fuerte punzada de dolor en todos sus músculos, doloridos por el tiempo que estuvo en el agua helada. Ignoró el leve mareo que azotaba su cuerpo y buscó algún indicio de quien pudiera ser el dueño de aquella habitación, pero no halló nada.

Se levantó y caminó hasta la ventana, apartó tímidamente la cortina sin estar muy segura de si debía hacerlo o no. Estaba en una planta baja, frente a sus ojos se extendía un frondoso bosque, el verde follaje se asemejaba al que sabía que caracterizaba a los bosques terrestres en la primavera, era hermoso, pero no conocía aquel sitio o, al menos, no lo recordaba. Escudriñó todo el paisaje que quedaba a su vista, al fondo, bastante lejos de donde ella se encontraba, vio una gran pared rocosa cuyo tono cobrizo destacaba sobre el verde vivo de los árboles. El cielo era de un azul intenso y las nubes adoptaban un tono grisáceo avisando de la próxima lluvia.

Aquello no era territorio de los demonios, de eso estaba segura.

Tambaleándose se dirigió a la puerta de madera maciza, tiró del pasador sin muchas esperanzas de que estuviese abierto, el leve chasquido del simple mecanismo anunció que era libre de salir. Recorrió el lugar con la vista, todo era de madera, aunque en aquella otra habitación, más grande, sí que había muebles, libros, estanterías… buscó de manera inconsciente la presencia de alguien, pero no vio nada.

Suspiró en parte aliviada, hasta que una voz penetrante a su lado la asustó.

—Veo que mi pequeña invitada se ha despertado.

Era un hombre alto, de piel blanca y pelo moreno largo recogido en una coleta baja, sus ojos de color miel enfocados sobre ella. Vestía una larga túnica blanca con un escudo de color azul celeste, identificó al instante aquella vestimenta, era un luz blanca, uno de los enemigos de los demonios. Se estremeció.

—Tranquila. Yo cuidaré de ti —le susurró el hombre.

—Quiero irme con mi papá…

—Pero tu papá ya no quiere saber nada más de ti —susurró con un tono pacífico y dulce—. Se ha creído las mentiras del líder espiritual de los dioses.

—¡No es verdad! —aulló la pequeña.

—Lo siento, es mejor que todos piensen que has muerto. Aquí estarás segura.

Ella alzó la vista negándose a creer las palabras del hombre.

—Me llamo Kashin Tzer, soy un general de las luces blancas.

—Quiero irme a casa…

—Lo lamento, pequeña —sonrió con ternura—, si te dejo volver te matarán.

—Mi papá no puede odiarme —sollozó— él no me mataría.

—El mundo es cruel —sujetó su pequeña manita—. Aquí estarás a salvo ¿de acuerdo?

Asintió pese a no estar completamente segura de si sus palabras eran ciertas o sólo era otro más de aquellos que ansiaban matarla. Pero ¿qué tenía? No tenía ni a donde volver. El vivo recuerdo de cómo la habían golpeado cuando caminaba otorgó la credibilidad necesaria a las palabras de Kashin.

¿Debía creer que su padre la odiaba? Necesitaría alguna prueba de ello para creerlo. ¿Y él? ¿él también la odiaría?

Los días y las semanas fueron pasando veladas, como vistas tras una cortina de gasa. La consciencia de que algo de todo aquello le estuviese ocurriendo a ella era nula. No se sentía protagonista de su propia vida, era como ver algo que le pasaba a otra persona sin que le prestases la debida atención.

La pequeña casa de madera se convirtió en su nuevo hogar, la mayor parte del tiempo lo pasaba sola, Kashin estaba casi siempre trabajando en el subterráneo al que ella tenía el acceso totalmente prohibido.

Aquellos meses que pasaron desde la desaparición de Aknan fueron especialmente complicados en la mansión de Lucifer. Por un lado el gran demonio había ordenado la búsqueda de la niña con la condición de que la entregasen viva y de una pieza, debido a ello la vigilancia férrea se debilitó notoriamente. Muchas eran las falsas informaciones al respecto del paradero de la pequeña, por ello empezó a organizar grupos de rastreo.

En el amplio salón Lucifer miraba por la ventana absorto en sus pensamientos, le acompañaban dos de sus hijas, Véronique, la más mayor, enfundada en un vestido de estilo victoriano rojo con adornos blancos, su largo cabello violeta caía en perfectos bucles enmarcando su rostro de muñeca de porcelana en el que brillaban sus ojos rojo rubí preocupados. Christin sonreía con crueldad, vestida con un pequeño corsé blanco y un ceñido pantalón de cuero negro, su pelo azul celeste caía desgarbado sobre sus hombros y sus ojos rosados se mostraban conformes con la situación actual. Su sonrisa se amplió.

—Gran señor —habló Christin—, deberíais abandonar la búsqueda.

—No considero que sea lo más prudente —contestó con tono violento Véronique—. Es nuestra hermana, una de los nuestros.

—Vamos, Véronique, no seas ridícula —se mofó—, esa cosa es la prueba de un momento de debilidad de nuestro padre… —apartó su cabellera azulada con un gesto altivo— es el estigma de la vergüenza de nuestra estirpe.

—¡Cómo osas…!

—¡Basta! —interrumpió Lucifer—. Callad las dos.

—Sí, señor —contestaron al unísono realizando una leve reverencia.

—Christin, retírate.

La mujer obedeció en contra de su voluntad, dejando a solas a su hermana mayor y su padre. Cuando la gran puerta de madera se cerró con un sordo chasquido Véronique suspiró con un deje de tristeza.

—¿Ha habido suerte con el rastreo?

—No, lo lamento, padre —susurró—. Me temo que no se encuentra en el infierno.

—Lleva a tus hombres a los territorios colindantes, ampliaremos el radio de búsqueda —contestó sin prestar demasiada atención.

—Si nos descubren en territorio enemigo tendremos que justificar nuestra presencia.

—De eso me encargaré yo mismo de ser necesario —gruñó.

—Por supuesto…

—Vér, hazme un favor —por primera vez se alejó de la ventana y la miró directamente— avisa a aquel brujo, quizás él sepa algo.

Véronique asintió y procedió a retirarse.

Lucifer suspiró en soledad.

—“¿Dónde estás? ¿Puedes oírme, Ak?”

Pero su pregunta telepática no obtuvo respuesta.

En Aidara, la esfera exterior donde vivían los brujos, el ajetreo por las maniobras de los aspirantes se había reducido hasta prácticamente desaparecer a pesar del retraso en la elección. Sin embargo no todo estaba tan tranquilo como parecía, se estaba fraguando una sangrienta guerra contra las brujas.

Escrito el 15 de junio de 2009

domingo, 14 de junio de 2009

Evil Spirit: Personajes



EN CONSTRUCCIÓN

Aknan: La hija menor de Lucifer, tachada de monstruo y aberración. De un modo infantil se deja arrastrar a un camino sin retorno, un lugar del que no puede huir sin poner en riesgo su vida y la de aquellos que la aprecian. Posee un poder demasiado grande como para controlarlo sola y eso influye en su relación con otras personas.

Próximamente imágenes de su infancia




Kerhfe: Un joven brujo aspirante a la guardia privada de Lucifer. Sueña con lograr que algún día la relación entre demonios y brujos sea como debería ser. Siente un gran aprecio por Aknan y por ello desea protegerla de todos.


Idelfa: Una joven diosa perteneciente al consejo supremo de los dioses. Posee poderes curativos y una gran destreza física. Es la madre de Aknan. Se enamora de Lucifer cuando le conoce en una reunión en plena disputa por uno de los territorios neutrales.

lunes, 8 de junio de 2009

DRABBLES Sonríe

SONRÍE

Por Natsumi Niikura

Hubo un tiempo en el que vivir no era nada más que una terrible pesadilla. Todos querían que fueses alguien que no eras. Que si no te vistas así, que si no hagas esto, que si haz aquello, sonríe…

¡Qué demonios! ¿Por qué todos se creen con derecho a gobernar mi vida? Y lo peor era cuando te decían: quiero que seas tú misma. Qué irónico ¿no? No puedo hacer, vestir ni hablar como quiero pero tengo que ser yo misma, y digo yo ¿cómo demonios se hace eso? Si aplastas mi identidad como puedo ser yo misma…

Sinceramente la hipocresía de quien pretende aconsejar “se tú misma” y por otro lado quiere que vivas la vida que ellos desean, me da rabia, mucha rabia. Es cruel, cruel y desagradable.

Quiero una vida, mi propia vida, sin normas ridículas, sin reglas absurdas impuestas por una parte que puede saltárselas y a ti te oprimen, algo mío, algo que me pertenezca, algo que me incite a vivir y me saque del abismo en el que vivo.

No sonrío, y no lo hago por que no tengo ni las ganas ni motivos para sonreír, no quiero sonreír, así que deja de pedirlo. Tampoco quiero camisetas con flores ni de colores vivos, no quiero minifaldas ni zapatos de tacón, sólo quiero ser yo.

No me odio a mi misma, ni tengo complejo alguno, no me falta autoestima, no pido nada imposible…

Sólo quiero una vida.

Y entonces llegas tú, con tu mirada inocente y tu sonrisa traviesa, tu morena cabellera despeinada y tus ojos oscuros.

Sonríes y me tiendes la mano.

Sé lo que dirán, sé lo que pensaran y sé también lo que acarreará mi decisión, pero nada importa.

Te tomo la mano impaciente, esperando que me rescates de mi prisión de cristal, el mundo rosa en el que dicen que vivo.

Mueves los labios y escucho tu armónica voz decirme:

—Sólo sonríe.

Y eso hago, sonrió y esta vez… lo hago de corazón.

Fin

Esto lo escribí a finales de 1998 o principios de 1999 cuando estaba cabreada con el mundo o me había levantado con el pie izquierdo, si os soy sincera no recuerdo por que lo escribí y menos aún quien era el tipo del final, pero si recuerdo lo bien que me sentí tras escribirlo jajajaja. Subiré, algo más alegre, lo prometo. Estoy abierta a todo tipo de críticas.
Reescrito el 7 de junio de 2009

COLECCIÓN DE DRABBLES



DRABBLES

Género: Romance, Drama, Humor
Advertencias: Ninguna
Clasificación: Hetero
Año 1998-1999~2009
Estado: En proceso
Capítulos: ??

Varios drabbles escritos en mis libretas de estudiante, algunos son autobiográficos, otros pura fantasía, otros simple desahogo adolescente jejeje

-->Versión en castellano y en catalán<--

Listado de drabbles:
01.- Sonríe // Somriu

sábado, 30 de mayo de 2009

DAF Capítulo 01.- El principio del camino



DIRECTOS AL FUTURO

Por Natsumi Niikura

Capítulo 01.- El principio del camino

Desde su infancia siempre se sintió fuera de lugar, teniendo la sensación de no encajar fuese a donde fuese, por aquel entonces la escuela le encantaba, para ella no había un lugar mejor en el mundo entero hasta que ocurrió aquello.

Una semana atrás vivía en Lleida pero su padre tuvo que trasladarse a Barcelona por trabajo y por ello toda la familia se mudó. En parte se sentía triste por haber abandonado su ciudad natal, pero por otra parte tenía que admitir que se alegraba ya que las cosas hacía un tiempo que no iban muy bien. Ahora todo era nuevo, nueva ciudad, casa nueva, nuevas personas y también nueva escuela, lo peor de eso era que al llegar nueva en el último curso tendría que luchar por abrirse un hueco entre aquellas amistades tan marcadas.

Ella, Berta, no era precisamente una de esas chicas que destacaban por su belleza, a penas llegaba al metro sesenta y era muy delgada, su piel morena hacía resaltar sus grandes ojos verdes, su cabellera pelirroja llegaba hasta su cintura cayendo en graciosas hondas enmarcando su rostro. Se enfundó una camiseta de tirantes violeta y unos piratas vaqueros, se calzó sus bailarinas negras y recogió su largo cabello en una coleta alta.

Salió de casa emocionada y nerviosa, ese día sólo había una especie de presentación con el tutor, les hablarían de las asignaturas y ese tipo de cosas, sólo estarían allí dos horas, después a casa y no tendría que volver a preocuparse por la escuela hasta dos días después cuando hubiesen armado las clases y horarios. Ahora se encontraba recorrieron la gran avenida en dirección a su nuevo instituto, los nervios la carcomían.

Atravesó la elegante verja de acero del instituto “Sir Edgar Allan Poe” topándose con una gran aglomeración de alumnos que trataban de encontrar sus nombres en las listas para encontrar su aula, afortunadamente para la multitud aquel primer día no había clase si no todos llegarían tarde. Tardó más de diez minutos en hacerse un hueco para buscar su nombre en las listas de segundo de bachillerato, sonrió al encontrarse en el grupo ‘B’, leyó las indicaciones para llegar a su aula ‘planta baja junto al porche del patio’.

Se adentró en el sobrio edificio de ladrillo con un extraño hormigueo en su cuerpo, estaba muy emocionada, miró a su alrededor, frente a ella al fondo del hall había unas escaleras y más allá se veían dos aulas y un pequeño pasillo, junto a ella se encontraba secretaría y la sala de profesores, a su izquierda una pequeña sala con la fotocopiadora, dirigió su vista a la derecha donde había un pasillo, desde su posición atisbaba a ver una cristalera caminó en esa dirección para ver con total claridad el porche del patio y al fondo del pasillo un pequeño corredor con tres aulas, en la primera puerta colgaba un papel que ponía “AULA SEGUNDO DE BACHILLERATO GRUPO B”.

No esperó más y entró al lugar donde cursaría aquel último año de estudios antes de ir a la universidad, al hacerlo sintió las miradas de sus nuevos compañeros clavadas en ella, tragó saliva sintiéndose intimidada se movió lentamente hasta una de las mesas de la primera fila depositó sus cosas y tomó asiento rezando por volverse invisible o que alguien dejase de mirarle y le hablase, así se sentiría más tranquila.

Entonces el lugar enmudeció, Berta alzó la vista quedando totalmente impresionada por el hombre que acababa de entrar, cargaba una bandolera negra, era muy joven, su pelo era oscuro y lo llevaba recogido en una coleta, sus ojos azul oscuro como el mar, vestía una camisa roja, pantalón y corbata negros.

—Buenos días— tomó la tiza y escribió su nombre en la pizarra— me llamo Pau Sallà Ivern, seré vuestro tutor este año, también os daré historia e historia del arte.

Se alejó de la pizarra para sentarse sobre su mesa, sonrió a todos sus alumnos mientras cogía la lista, los haría presentarse.

—Muy bien chicos, quiero saber más sobre vosotros, así que cuando os nombre os ponéis en pie y me decís lo que queréis hacer en un futuro, vuestra asignatura favorita, un libro, una película y vuestro hobby— rió al ver las caras de fastidio de sus chicos— está bien, empezaré yo. En el futuro quiero que todos vosotros aprobéis y ser millonario— dijo con humor— a vuestra edad mi asignatura favorita era la literatura clásica, mi libro preferido es “El Quijote” leedlo, es muy divertido, una película… veamos “Blade Runner” y mi hobby favorito es— hizo un pausa— dormir. Bien, ahora es vuestro turno.

Comenzó a nombrar a sus compañeros, mientras se presentaban los demás hacían comentarios cómplices o bromas, se notaba que se conocían bien. Pau sonrió a la muchacha que acababa de presentarse y leyó el siguiente nombre.

—Mas Capdevila, Berta.

—Sí— contestó tímidamente poniéndose en pie— me gustaría ser escritora, mi asignatura favorita es latín, se me hace complicado elegir un solo libro pero me inclino por “Nada” de Carmen Laforet o alguna de las obras de Edgar Allan Poe, mi película favorita es “It” y… bueno, mis hobbies aparte de leer… me gustan los videojuegos, la música y el cine.

—Tienes unos gustos muy dispares Mas, siguiente Montes Fernández, Pedro.

El muchacho se levantó e hizo su presentación y así todos los demás hasta finalizar la lista. Tras ello extrajo un taco de papeles.

—Muy bien, os pasaré un formulario quiero que escojáis las asignaturas optativas de modalidad y las variables— explicó mientras repartía los papeles— pensáoslo bien ya que una vez escogidas no podréis cambiarlas.

Tomó el papel entre sus manos leyéndolo atentamente, tenía que pensárselo muy bien lo que menos le apetecía era acabar asistiendo a una clase que no le gustase.

Asignaturas comunes: Lengua y literatura castellana, lengua y literatura catalana, segundo idioma: inglés o francés, filosofía, historia, educación física, religión (voluntaria).

Optativas de modalidad: {latín o griego}, {matemáticas aplicadas a las ciencias sociales, economía o geografía}, {economía y organización de empresas o historia del arte}, {historia del mundo contemporáneo o literatura castellana}, {historia de la música o literatura catalana}

Asignaturas optativas: segunda lengua extranjera: inglés, francés o alemán, ampliación de matemáticas, biología humana, electrónica, estética, expresión vocal, formación laboral, historia de Cataluña, informática, literatura universal, lógica y metodología, psicología, simbología religiosa, sociología.

Suspiró indecisa, empezaría por aquellas que tenía claras en las asignaturas comunes marcó la opción de inglés y en religión marcó un no y pensó que ojala pudiese eliminar la filosofía del listado, lástima que fuese obligatoria, en la de modalidad marcó latín y descartó rápidamente las matemáticas, no sabía que más marcar.

La campana sonó señalando un corto periodo de descanso de diez minutos, todos los chicos salieron en estampida, en cambio Berta se quedó sentada inmersa aún en la lista de asignaturas, el profesor se acercó hasta ella intrigado.

—El papel seguirá aquí cuando vuelvas.

—¿Cómo?— le miró asombrada.

—No hace falta que lo rellenes ahora— sonrió— aún queda una hora más de tutoría, ve con tus amigos.

—Es que no conozco a nadie…

—Quedándote aquí sentada no cambiarás eso.

—Lo sé… pero prefiero concentrarme en esto— sonrió tímidamente— no tengo muy claro que elegir y creo que es demasiado importante como para no tomárselo en serio.

—Queriendo ser escritora supongo que elegirás las optativas de literatura— dijo tomando asiento junto a ella.

—Sí… de las de modalidad, además los números no se me dan bien así que no me quedan muchas opciones— suspiró con tristeza— las tres de historia me gustan, pero quiero hacer literatura.

—Ya entiendo. Anímate, sólo será un año más.

Sonrió con la magnifica sensación de que todo iría bien, pasase lo que pasase. No sabía que lo había provocado exactamente, pero ese hombre parecía hacer magia.

Cuando todos regresaron aquello se convirtió en una especie de coloquio, discutían entre ellos las asignaturas, como eran los profesores y ese tipo de cosas, a Berta se le hizo muy divertido. La campana anunció el final de la jornada de tutoría, los chicos suspiraron aliviados, el calor y las vacaciones aún tan próximas les tenían muy dispersos, entregaron sus formularios y salieron dispuestos a aprovechar al máximo esos dos últimos días de vacaciones.

La joven pelirroja se dedicó a hacer un poco de turismo por la ciudad, cuanto antes se aprendiera algunas de las calles antes podría moverse libremente sin miedo a perderse y, sobre todo, antes conocería la ubicación de las tiendas, librerías y cafeterías que más le gustasen. Recorrió la única calle que sabía que no tenía perdida, las Ramblas, una de arterias principales de la ciudad. A lado y lado habían tiendecitas para los turistas las terrazas de los bares estaban en la zona peatonal y todas estaban atestadas de gente.

Disfrutó de su caminata, fascinándose al llegar frente al mar, la última vez que vio el mar era una niña. Era tan amplio y atrayente… tenía ganas de lanzarse al agua y nadar mar adentro hasta que sus músculos aguantasen aunque después fuese incapaz de volver a la orilla.

Sus ojos verdes vieron a lo lejos a alguien que le pareció su tutor, quiso acercarse para comprobarlo y en caso de ser él saludarle, sin embargo una joven rubia se colgó de su brazo y a ella se le quitaron las ganas de aproximarse. Era bastante absurdo el simple hecho de haberse sentido feliz por creer verle entre la multitud.

Los dos días se esfumaron rápidamente y la llegada del auténtico primer día de clases fue inevitable.

El despertador emitió su pitido insufrible, lo silenció con un fuerte manotazo al tiempo que saltaba de la cama y corría al baño para ducharse y arreglarse cargada de energía y positivismo.

Una vez arreglada enfiló el que, a partir de ese día, sería su itinerario diario. En la entrada del instituto el alumnado ya iniciaba su rutina con total naturalidad, todos ellos estaban acostumbrados a aquel lugar y se movían con una impresionante facilidad, ella en cambio se sentía bastante inútil. Sacó su agenda y comprobó con una gran sonrisa que su primera clase, la de historia, se realizaba en el aula del primer día. Sin ningún tipo de duda se abrió paso hasta llegar.

La clase aún estaba vacía, se sentó junto a la ventana en la segunda fila, allí al menos si se exasperaba podría mirar a los pájaros picotear los restos de algún bocadillo. Segundos después sus compañeros empezaron a entrar.

—¡Hola!— exclamó una chica morena sentándose a su lado— soy Mayka.

—Hola, yo soy Berta— sonrió.

—¡Aaaaah! Que rabia… no es justo que nos pongan historia un lunes a primera hora de la mañana ¿no crees?

—Creo que sería peor tener filosofía…

—¡Ay Dios! Tienes toda la razón, además el profesor es aburridísimo.

—¿En serio?— dijo sin poder evitar reír— ¿Y cómo es el de historia?

—Ni idea, es nuevo— se acercó a Berta para susurrarle—, pero es tan guapo que le perdonaremos si es un aburrido.

Las dos chicas se echaron a reír enmudeciendo cuando entró el profesor de historia, era realmente guapo.

Pau saludó cordialmente a sus alumnos, escribió su nombre en la pizarra y charló con ellos los primeros quince minutos, tras ello apuntó el temario completo para el curso y ahondó en el temario del primer trimestre para después explicar el modo en el que se impartiría su materia, los exámenes, las puntuaciones y demás datos aburridos pero relevantes para aquellos que quisieran aprobar. Pese a todo, fue una de las clases más divertidas de sus vidas. Ese profesor tenía algo que lo convertía todo en una apasionante aventura.

El primer día de clases transcurrió sin incidentes, en todas las asignaturas discutieron sobre lo mismo y les hicieron presentarse como si estuviesen en un bucle infinito, y todos sabían que ese no sería el último día de presentaciones.

En el descanso Mayka invitó a Berta a la cafetería para presentarle a sus amigos, pero le dijo que prefería buscar las aulas donde tendría cada clase y conocer un poco el edificio, la morena le sonrió comprendiendo lo perdida que debía estar y le explicó donde estarían por si cambiaba de opinión. La pelirroja recorrió los pasillos leyendo atentamente los letreros de las puertas tratando de memorizarlos en la primera planta estaban las aulas de la ESO, la biblioteca, los seminarios de francés, de inglés, de latín, donde darían esa asignatura, de historia, de catalán y castellano, el laboratorio de química y otro laboratorio más que parecía estar en desuso y finalmente los lavabos. En la segunda planta se encontraban varías aulas vacías donde darían las clases de literatura, el aula de arte, sin duda la más grande de todas, la sala de audiovisuales, un almacén y una pequeña aula para las clases de biología con sus microscopios y sus tubos de ensayo y los seminarios de griego, ciencias y filosofía, y nuevamente los lavabos. Tras memorizar las dos plantas regresó a la planta baja, junto a las escaleras más cercanas a la entrada estaba la sala de profesores, la secretaría y debajo de las escaleras la clase y seminario de música, dos aulas de informática, en un pequeño pasillo dos aulas de tecnología y un taller, volviendo atrás, en el hall había una pequeña aula más sin ningún cartel, una puerta que llevaba al gimnasio y los vestuarios, la sala de la fotocopiadora, el pasillo que llevaba al patio y a su aula, y junto a la otra escalera la cafetería.

Cuando iba a entrar a la cafetería el timbre anunció el final del descanso, así que dio media vuelta y volvió al aula dispuesta a soportar las dos últimas horas de clase de ese día. Finalmente el timbre se dejó oír liberándoles de la tortura.

Las aulas fueron vaciándose paulatinamente, Mayka y Berta salieron juntas charlando animadamente, la dirigió al exterior un poco más arriba de la salida y sonrió ampliamente.

—Berta, te presento a Esther, Joan y Mariola— dijo Mayka señalando a unos chicos en la entrada.

—Tu eres la nueva ¿verdad?— sonrió amable Esther tendiéndole la mano.

—Bueno, agradecería que no me llamaseis la nueva— sonrió.

—Debes estar cansada de que te llamen así— rió el chico que respondía al nombre de Joan— si necesitas un guía no dudes en venir a buscarme, estoy en el aula al lado de la vuestra.

—Gracias— contestó sin mucho entusiasmo—. Lo tendré en cuenta.

—¿De dónde eres?— el tono de Mariola sonaba amenazante.

—Ah…— dudó antes de contestar— soy de Lleida.

—¡Bah! Que poco interesante.

—Y tu que antipática— intervino Esther— no le hagas caso, es siempre así de tonta.

Berta parpadeó incrédula un par de veces para después echarse a reír tímidamente, eran una pandilla muy peculiar, se notaba que se llevaban muy bien. Sin poder evitarlo pensó en si llegaría a encajar en ese grupo.

La charla empezó a surgir de un modo muy natural, como si llevasen media vida hablando, junto a ellos pasó el joven profesor de ojos azules como el océano que les miró divertido.

—Hasta mañana, chicas.

—Ha… hasta mañana— corearon al unísono las dos chicas.

Pau sonrió mientras se alejaba, satisfecho de que la alumna que parecía perdida el primer día hubiese encontrado un terreno en el que moverse, ahora ya se sentía tranquilo, la inquietud de no saber si le iría bien había desaparecido de su cabeza. Le gustaba que los suyos se moviesen como peces en el agua, sin percances mayores a los de un adolescente normal, el tener a una a la que marginasen o se automarginase del resto no podía ser bueno, hasta había pensado en una actividad grupal para integrarla, afortunadamente ya no iba a ser necesario.

Caminó hasta el final del aparcamiento y subió en su Aprilia RSV 4 para marcharse a casa completamente satisfecho de su primer día como profesor.

CONTINUARÁ

Escrito el 29 de mayo de 2009

DIRECTOS AL FUTURO



DIRECTOS AL FUTURO

Género: Romance, Drama
Advertencias: Lime, Lemon
Clasificación: Hetero
Año 2009
Estado: En proceso
Capítulos: ??

Por motivos familiares Berta se muda a Barcelona, lo que implica cursar su último año de bachillerato en un nuevo instituto, a eso hay que añadirle un trágico accidente que la apartará irremediablemente de su familia. En medio del caos que gobierna su vida encuentra la felicidad junto a un hombre que nunca se imaginaría...

-->Versión en castellano y en catalán<--

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Listado de capítulo:
01.- El principio del camino // El principi del camí
02.- Descubre lo que quieres //
03.- El gato y el ratón


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domingo, 10 de mayo de 2009

Evil Spirit: Prólogo- Lluvia



EVIL SPIRIT

Por Natsumi Niikura

Prólogo- Lluvia

Frías gotas de cristal resbalando por su pálida piel, desde aquel día en que sus ojos opacados por el dolor se cruzaron con los de él cálidos y vivos que no podía hacer más que soñar con él.

Sí, a veces se sentía feliz, pero eso no era lo habitual. Su corazón remendado cientos de veces con el placebo de algunas palabras afectuosas pero vacías a la vez. Ella que era un monstruo por todos rechazada, sólo tratada con cariño en la intimidad por su padre, una de sus hermanas y uno de los hombres de confianza de su progenitor que la cuidaba con cariño…

El joven frente a ella sonrió con ternura a la pequeña de mirada melancólica y devastada por años de tortura.

-Mi nombre es Kerhfe- dijo al tiempo que se arrodillaba- dime, pequeña ¿cuál es tu nombre?

-Aknan…- pronunció en un susurro.

-Que nombre más bonito, ven conmigo, si te quedas bajo la lluvia te resfriarás.

-Da igual… quizás así me muera.

Alzó una ceja sorprendido y dolido al oír algo tan terrible viniendo de una niña tan pequeña, la tomó en brazos para llevarla a un pequeño refugio cercano a la costa. Encendió la pequeña chimenea que les proporcionaría el calor necesario para que sus cuerpos dejasen de temblar como si de hojas se tratase.

-¿Quieres comer o beber algo, Aknan?

Mas la pequeña no contestó, el joven de largo cabello verde y ojos rojos la miró con misericordia, sabía perfectamente quien era esa niñita. Aknan, la hija de Lucifer el líder de los demonios, aquella a la que todos denominaban monstruo y aberración, nacida de una relación amorosa con una diosa. Conocía algo de aquella historia pero no era suficiente.

Le gustaba aquella niña, tan dulce y vulnerable, no soportaba ver aquellos ojos tan tristes. En la pequeña cocina sonrió sacando unos pastelitos, sirvió dos vasos de zumo de piña para inmediatamente volver.

-¿Vas a envenenarme?

-¡Claro que no!- rió.

-Eres un brujo, si me matases ascenderías rápido y…- dio un pequeño sorbo al zumo- podrías aliarte con Belcebú o Asmodeo y derrocar a mi padre.

-Veo que eres muy lista, no te preocupes- tomó un par de toallas- no tengo intención de lastimarte.

-Entonces querrás que mi padre te contrate por haberme salvado.

Parpadeó incrédulo. Llevaba un año en el grupo de adiestramiento para ser parte de la guardia de Lucifer y le quedaban a penas tres semanas para graduarse y pasar las duras pruebas. Cualquiera pensaría lo mismo que esa niña, aunque evidentemente esa no era para nada su intención, ni se le había ocurrido.

-¡Oye! Que buena idea, así me ahorro las pruebas.

Aknan le miró indiferente devorando el pastelillo.

-No voy a hacer nada de eso. Te llevaré a casa cuando amaine la tormenta.

-¿Sí? Eres muy raro…

Kerfhe rió. Lo que explicaban por ahí sobre esa niña no se aproximaba lo más mínimo a la realidad, no era ningún monstruo, ni siquiera parecía peligrosa, todo lo contrario, le parecía muy tierna e inocente con una enorme necesidad de ser protegida y querida.

-Y dime ¿qué estabas haciendo tu sola en la playa de las almas?

-Me gusta, nadie se acerca- tomó de nuevo su zumo para beber- ya sabes… les inquieta que el agua sea roja.

Los grandes ojos púrpura de la niña enfocaron el fuego como rememorando algo, dio un hondo suspiro y se puso en pie.

-Si no vuelvo despedirán a Kanh y ya no podré ver más a Iserd.

-Te acompaño- dijo él poniéndose en pie también.

-Puedo transportarme, no hace falta…

-No importa, me quedaré más tranquilo si te acompaño.

La tomó de la mano y juntos se desmaterializaron, reapareciendo al instante en los extensos jardines de la residencia privada de Lucifer, los guardias que temían a la pequeña se apresuraran a eliminar la barrera mágica que protegía la mansión. El joven brujo pensó en retirarse pero ella agarró con fuerza su mano y lo arrastró al interior con paso firme y decidido.

Nunca había estado en aquel lugar y debía admitir que estaba realmente asombrado, el amplio recibidor con una exquisita alfombra las blancas paredes adornadas con fabulosas y tétricas obras pictóricas, el bosque de columnas de mármol y la gran escalera que llevaba a los aposentos de la familia. Sin lugar a dudas aquel era el rincón más elegante y fascinante de todo el infierno.

Una gran puerta de madera a su derecha se abrió dejando emerger la magnificente figura del rey de los demonios, entonces la pequeña le soltó y se lanzó a los brazos de su adorado padre que le correspondió el gesto con un impresionante cariño.

-Papi, me ha dado pastel y zumo- sonrió con amor.

-¿Has vuelto a escaparte?

-Dice que no quiere nada por salvarme, ni quiere aliarse con Belcebú o Asmodeo ¿a qué es raro?

-¿Cuál es tu nombre, muchacho?

-Kerhfe, señor.

-No esperes una recompensa por esto.

-Claro que no, señor, como ya le dije a la señorita esa nunca ha sido mi intención.

-Papi ¿puede Kerhfe quedarse a jugar?

-Estás castigada, jovencita- la bajó al suelo señalando la escalera, ella al entender el gesto subió cabizbaja- en cuanto a ti, no quiero verte por aquí a menos que trabajes para mi.

-Sí… señor.

El gran demonio chasqueó los dedos y dos guardias armados se acercaron a ellos para tomar al muchacho de los brazos y dirigirlo hacia la entrada. No opuso resistencia, dejó que le sacasen. Una vez estuvo nuevamente en el jardín echó una última ojeada a la mansión y finalmente volvió a su hogar.

Al día siguiente acudió a su adiestramiento como de costumbre, aquel no era un día diferente a los demás, les explicaban que hacer en caso de ataque, como prevenir posibles accidentes, aprendían conjuros mágicos de alto nivel. El encargado de adiestrarles, Jorel, era un anciano que había servido a Lucifer y ahora que se había retirado le habían nombrado líder de los brujos y gracias a su gran experiencia se encargaba del adiestramiento de las nuevas generaciones.

Durante el receso del mediodía los jóvenes brujos aspirantes a guardias personales de Lucifer, se dispersaron por el jardín para comer y redefinir sus estrategias. Kerfhe se dirigió a la pequeña área boscosa, esa era la zona más tranquila de aquel lugar. Dejó reposar su cabeza sobre el tronco de un gran árbol de rojas hojas, cerró sus ojos y vació su mente de toda preocupación. Algo crujió junto a él y abrió un ojo curioso viendo el pequeño cuerpo de Aknan cargando un paquete con una leve sonrisa. La pequeña extendió sus brazos entregándoselo.

-¿Para mi?- asintió- gracias.

-Lo he hecho yo.

-Va-vaya…

-¿Qué pasa? Está bueno- miró ofendida al joven- cocino muy bien.

-Perdona, perdona- rió.

-Tienes que prometerme una cosa- dijo la pequeña mirando al cielo- prométeme que lo conseguirás.

-Prometido- sonrió.

Mientras ellos charlaban el anciano Jorel los observaba sonriente. Él había acogido a Kerhfe después de que perdiese a su familia en una batalla contra las luces negras, y Aknan era su debilidad, adoraba a esa niñita a la que habían acusado de atrocidades sin límites cuando lo único de lo que alguien podría culparla era de confiar en todo el mundo. Pensó entonces que si el joven brujo lograba hacerse un hueco entre los hombres de confianza de Lucifer la vida de todos cambiaría a mejor.

Brujos y demonios beneficiándose mutuamente de su alianza, sí, así debería ser siempre.

CONTINUARÁ

Escrito originalmente en noviembre de 2006, reedición 9 de mayo de 2009