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lunes, 28 de marzo de 2011

Alergia


Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Alergia

Le picaba la nariz. Estornudó. Se sonó la nariz.

«Dichosa primavera» pensó con amargura «prefiero mil ataques de X.A.N.A. que la primavera».

Volvió a estornudar. Debería resignarse a estornudar hasta que se murieran las malditas flores cuando llegase el mes de agosto.

Una alergia al polen no era algo tan terrible como para preocuparse, sólo necesitaba antihistamínicos y no acercarse demasiado a los parterres de flores y floristerías. Pero el plan perfecto anti-alergia tenía un grave inconveniente:

El cumpleaños de Aelita.

Cuando Yumi cumplió los dieciséis años, él le prometió a Aelita que elegiría una fecha para su cumpleaños, al principio pensó en celebrarlo el día en que, según su libro de familia auténtico, había nacido, pero después creyó que no era demasiado oportuno porque le haría pensar en sus padres, así que eligió un día de primavera al azar.

El cumpleaños de Aelita tenía que ser en primavera porque ella amaba las flores y ¿en qué época había más flores? La primavera. Igual que sumar dos y dos.

Estornudó, se sorbió la nariz apesadumbrado y avanzó por el caminito de arena que conectaba la residencia con la puerta de metal que daba a la ciudad. Iba a ser un día duro.

Eran las siete de la mañana de un soleado sábado y ya iba con retraso, tendría que correr si quería llegar a tiempo a la parada del autobús. Así que con la nariz tapada recorrió raudo la distancia hasta su primer destino, cuando llegó tuvo que sentarse y boquear como un pez fuera del agua para llenarse los pulmones que le dolían y pesaban por culpa de la alergia.

A pesar de lo temprano que era el vehículo iba abarrotado de estudiantes y señoras con cestos y carros de la compra. Se las arregló para situarse en el espacio destinado a los cochecitos de bebés y las sillas de ruedas, allí había un poco más de espacio y sobre todo, barras donde sujetarse.

Se apeó en la última parada una hora después de haber subido. Inspiró hondo por la boca y soltó el aire despacio. Su segundo destino no quedaba lejos de allí.

Caminó las dos manzanas que separaban el autobús de la floristería de sus tíos, un enorme local acristalado repleto de flores. Cuando abrió la puerta la campanita tintineó.

—Bienve… ¡Oh Jérémie! ¡Santo Dios! Tienes un aspecto horrible. —Camille Belpois, salió de detrás del mostrador y abrazó a su sobrino de nariz enrojecida y ojos llorosos—. ¿Te encuentras bien?

—Sí…

—Tengo tu encargo preparado, pero dime ¿cómo piensas llevártelo?

Jérémie la miró confundido. Entonces cayó en la cuenta, él solo jamás podría llevarse todas aquellas flores, no había pensado en ello, los mocos le estaban volviendo idiota.

—No te preocupes, cielo —siseó Camille—. Tu tío os llevará a Patrick y a ti en furgoneta hasta donde vayas a hacer la fiesta.

—Gracias, tía.

—¿Quién es la afortunada? ¿La chica que trajiste en Navidad?

El rubor traicionero tiñó sus mejillas de rojo encendido, su tía rió y volvió a abrazarle.

—Están en el muelle de carga. Pasáoslo bien.

—Gracias.

El tercer destino del día era L'Hermitage. La tarde anterior Yumi, Ulrich y Odd habían estado haciendo limpieza mientras él entretenía a Aelita con un problema informático, con la condición de que él se encargase de los preparativos.

Tras descargar la furgoneta su tío y su primo regresaron a la floristería y él, estornudando, se puso a trabajar. Empezó a llenar los floreros de agua y después los decoró con las flores multicolor que había encargado. Los fue colocando cuidadosamente sobre los muebles asegurándose de no dejar una sola superficie sin decorar.

Abrió la mesa plegable que le había dado Yumi y la cubrió con el mantel de cuadros blancos y rojos. Colocó las sillas con sus respectivos cojines. Dispuso los vasos y los platos y dejó preparados los sándwiches y el resto de comida que había comprado para la ocasión.

Esperó paciente entre estornudos la llegada de Aelita, Odd, William, Ulrich y Yumi. Deseaba ver la cara de sorpresa que pondría al ver todo aquello, aquella fiesta organizada especialmente para ella, y cuando al fin llegó su expresión le fascinó.

Jérémie se esforzó por sonreír y fingir que estaba perfectamente, para que Aelita no tuviese que preocuparse por él. Comió, habló, rió, bailó… como los demás. Aguantó cuatro horas fingiendo que no ocurría nada. Al menos Aelita no se había dado cuenta, era una suerte, pero ya no aguantaba más.

Se derrumbó sobre la silla sintiéndose febril a causa de la falta de oxígeno, pero continuó sonriendo porque Aelita estaba contenta, se lo estaba pasando tan bien con los demás que, por mal que se encontrase, era feliz.

Algo frío se posó en su frente, abrió los ojos despacio y vio el rostro redondeado y sonriente de Aelita.

—Yumi me ha dicho que te de esto —dijo retirando el objeto frío de su frente, un vaso con un líquido oscuro y hielo—. Dice que te ayudará a respirar un poco mejor durante un rato pero que antes de dormir deberías ponerte un paño mojado sobre la nariz o tendrás que ir al médico.

—¿Qué es? —inquirió con voz mocosa tomando el vaso.

—Café con hielo.

Jérémie frunció el ceño, no le gustaba el café especialmente, prefería el chocolate. El café era amargo… Aelita rió como si acabase de leerle la mente.

—Le he puesto azúcar, seis cucharadas, tranquilo.

—Gracias.

Tal vez fuesen las cucharadas de azúcar o tal vez la sonrisa de Aelita sentada a su lado, pero aquella bebida fue la más dulce de su vida.

Odd se marchó el primero para encontrarse con su cita de la semana. William desapareció tras recibir una misteriosa llamada que le arrancó una sonrisa de oreja a oreja. Ulrich acompañó a Yumi hasta su casa, algo que en los últimos meses hacía casi a diario.

Les habían dejado solos, aunque ninguno de los dos pareció notarlo hasta que empezaron a recoger los restos de su fiesta. Embolsaron la basura después de barrer un poco, lo que quedaba lo dejarían para por la mañana, y pasearon hasta los contenedores cercanos a Kadic.

Jérémie estornudó varias veces y Aelita a su lado le iba pasando pañuelos de papel mientras se adentraban en el terreno de la academia desierta. Subieron las escaleras de la residencia procurando no hacer ruido para no despertar a ninguno de los alumnos o al propio Jim.

Frente a la puerta de la habitación individual que ocupaba Aelita se detuvieron. Ella se cogió las manos a la espalda y jugueteó con su pie en el suelo como una niña, sabía que él no iba a hacer nada más aquella noche, pero eso no significaba que no pudiera hacerlo ella, así que cuando vio que Jérémie se disponía a darle las buenas noches le abrazó con fuerza. El cuerpo del muchacho se puso rígido como tantas otras veces, a Aelita le hacía gracia aquella reacción porque era el único momento en que se sentía importante para alguien.

Inspiró hondo el olor a colonia de Jérémie.

—Gracias, Jérémie. Ha sido el mejor cumpleaños de toda mi vida… —Enterró la cara en el hombro del chico que permanecía tenso como si le apuntasen con un arma—. Pero no hacía falta que pusieras en peligro tu salud.

—No ha sido nada.

Aelita apretó el abrazo, alzó el rostro, se puso de puntillas. Ella no tenía inconvenientes en volver a dar el paso que Jérémie no se atrevía a dar. Cerró los ojos y juntó sus labios con los de él.

Las manos de Jérémie se posaron a ambos lados de la cintura de Aelita. No podía respirar, pero se sentía bien. Bien hasta que tuvo que apartarla para tomar una bocanada de aire. La expresión confundida de Aelita demudó a culpabilidad en décimas de segundo.

—Lo siento, Jérémie.

—No… hay… problema… —jadeó el muchacho sonrojado.

Aelita sonrió. Sí, era el mejor cumpleaños de su vida.

Fin

Escrito el 27 de marzo de 2011

martes, 10 de agosto de 2010

Te quiero



Code: Lyoko y todos sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Te quiero

Lyoko había sido algo muy importante en sus vidas. Allí se habían conocido. Habían hablado durante horas y horas, y compartido cientos de cosas. Jérémie se había desvivido por salvarla, por sacarla de Lyoko, después por librarla del virus de X.A.N.A., y por supuesto, siempre la había protegido a su manera.

Jérémie no era como Odd, era tremendamente tímido y cualquier gesto íntimo, por pequeño que este fuera, le suponía un esfuerzo sobrehumano. Pero eso no importaba. Porque Jérémie era un superhéroe de esos con capa y mallas.

Aunque era un superhéroe un poco idiota. Muchas veces le hacía mucho daño; cuando le gritó por lo del antivirus, cuando se había negado a que pinchase en la fiesta del Kadic, cuando se opuso a que participara en el concurso de los Subdigitales, o cuando se le olvidó ir a su concierto de debut, aunque la vuelta al pasado le dio una segunda oportunidad. También estaba su falta de delicadeza, cuando hablaba de su padre con aquella frialdad…

Realmente a veces le partía el corazón.

Pero era su superhéroe y no le cambiaría por ningún otro.

Con el tiempo había acabado entendiendo aquella frase que, Yumi, le había repetido cientos de veces; "el amor es ciego". Jérémie era flacucho y le faltaba músculo, pero para ella era fuerte y masculino; por cada defecto que tenía, ella le encontraba veinte virtudes nuevas. Le quería. Incondicionalmente y con locura.

Le gustaba verle trabajar en lo que fuera que hiciese, la concentración y la tensión, dibujaban expresiones fascinantes en sus rasgos, eso siempre la hacía sonreír. Ver sus ojos azules brillar emocionados cuando descubría algo, que sólo él comprendía, le robaba el aliento. Y cuando al descuido rozaba sus dedos contra su mano, hacía que sus mejillas ardieran y su cuerpo entero vibrase.

Ahora le echaba de menos. Dos días enteros sin verle eran como escalar el Himalaya en bikini y descalza, una tortura inútil. Estaba ocupado con su nuevo proyecto, para la batalla anual de robots que se organizaba en el Kadic y, que tenía dos únicos competidores: Jérémie Belpois y Hervé Pichon. Kiwi2 no podía volver a participar, por lo que se había encerrado en su habitación para crear algo nuevo y sorprendente.

Tuvo la esperanza de verlo, al menos, en las comidas, pero Ulrich le explicó que habían ido al supermercado a comprar comida envasada y la habían preparado en casa de Yumi, para que no tuviese que moverse más de lo necesario. Se sintió mal por maldecir a su mejor amiga.

Sin embargo, la comida preparada no iba a arruinarle el día, se había levantado temprano, se había puesto su vestido burdeos favorito y sus medias de color rosa pastel, los zapatos más elegantes y cómodos que tenía, y había corrido hasta la cafetería que más le gustaba a Jérémie, y que, por suerte, preparaba desayunos para llevar. Compró todo lo que más le gustaba: chocolate, cereales, tostadas y sirope de arce.

Lo tenía todo pensado, llamaría a su puerta, él le diría que entrase, ella le sonreiría, él haría lo propio y sus ojos centellearían al ver el delicioso desayuno, eso la haría sentirse especial e invencible y todo, absolutamente todo, sería perfecto.

Pero antes de llegar a la perfección tenía que esquivar a Jim, eso no era una tarea sencilla, pero tampoco le detendría. Jim reñía a Nicolas, por algún motivo, al pie de las escaleras, si la veía no la dejaría subir, porque a esa hora estaba prohibido estar en el edificio de las habitaciones.

Se sintió un poco desanimada, hasta que vio a William y de un modo extraño, él pareció comprender lo que ocurría. Fue hasta a ella y le susurró que él se encargaba de Jim. Formó uno de esos jaleos que sólo William era capaz de montar, captando totalmente la atención, tanto de Jim como de Nicolas y el resto que pasaban por allí.

Cuando le guiñó un ojo se lanzó apresurada a las escaleras, las subió como si le persiguiera un científico chiflado sediento de sangre, y al llegar al pasillo de las habitaciones de los chicos se echó a reír, sin saber si se reía por la locura de William o por su hazaña. Pero era estupendo, se sentía tan viva…

Miró a ambos lados asegurándose de que nadie la veía y caminó decidida hasta la puerta de Jérémie. Respiró hondo un par de veces, de repente se sentía un poco nerviosa. Llamó a la puerta y esperó. Esperó paciente a oír la voz de Jérémie pidiéndole que pasara. No hubo respuesta.

Volvió a llamar, esta vez algo menos convencida. Jérémie tampoco contestó. Suspiró con pesadez y abrió ella misma la puerta.

Jérémie dormía sentado en la silla con ruedas y la cara sobre sus brazos cruzados sobre el escritorio. Sintió que sus mejillas se teñían de rojo y que su pulso se disparaba. Dejó la bolsa con el desayuno en el suelo. Y cerró la puerta tras ella.

Paseó su vista por la habitación, y miró fijamente como su espalda subía y bajaba cada vez que respiraba, con tanta tranquilidad que le parecía imposible. Se movió con mucho cuidado, procurando no hacer ni pizca de ruido y observó su rostro.

Le quitó las gafas con cuidado de no despertarlo y pasó sus finos dedos por su rubio cabello. Sus ojos se centraron en la tela banca que cubría su última creación. Había dos cosas que hacían que Jérémie perdiese el mundo de vista: la informática y sus robots. No podía culparle ni reprochárselo. Había pasado mucho tiempo solo, sin amigos, y aquello le hacía sentir especial e importante. Y ella se había repetido cientos de veces "si es importante para Jérémie, también lo es para mí".

Durante mucho tiempo había buscado respuestas en su interior. Sobre sus sentimiento, sobre sus emociones. Y al fin tenía respuestas. Ahí estaban, como un potente rótulo de neón de treinta metros de alto y ochenta de ancho, de colores estridentes y aderezado con música de violines a todo volumen.

Sonrió.

No quería despertarle, sabía que pasaba las noches en vela para acabar el robot, pero necesitaba decirle lo que sentía por él. Meditó largo rato en cómo hacerlo y entonces vio la libreta verde que siempre cargaba con él, aquella donde apuntaba las ideas que se le ocurrían para sus programas y robots. Sonrió más ampliamente.

Sacó un bolígrafo rosa de su mochila, Jérémie se lo había regalado y pensó que no había un utensilio en el mundo más adecuado para escribir aquello, y buscó la primera página en blanco, entonces escribió.

Tú eres mi superhéroe, mi príncipe azul, mi caballero andante.
Déjame ser tu protegida, tu princesa, tu dama.
¿Por qué? Porque te quiero, Jérémie.
Aelita.
PD: cómete el desayuno, lo he comprado especialmente para ti.

Depositó el cuaderno sobre el teclado, asegurándose de que lo leería, y le dio un leve beso en los labios. Dispuso el desayuno en la mesita supletoria donde estaban las fiambreras con la comida preparada, y le miró por última vez antes de salir en el más absoluto de los silencios.

Fin
Escrito el 6 de agosto de 2010