miércoles, 15 de septiembre de 2010

Un beso de cristal



Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Un beso de cristal

El mundo a veces es extraño. Parecía un día perfecto, de esos en los que ni una mísera nube entorpece al azul del cielo ni le da por tapar al cálido sol primaveral, todo semejaba brillar con luz propia en una exasperante competición de destellos cegadores.

Odd jugueteaba con la mano de su nueva novia, Sorya Abbulabbas, bajo la sombra de uno de los árboles centenarios. Jérémie y Aelita hojeaban uno de esos libros gigantescos sobre algún tema complicado y aburrido. Ulrich y Yumi estaban enfrascados en uno de sus entrenamientos a golpes. Y William los miraba sin comprender como era posible que nunca llegasen a hacerse daño de verdad, ambos pegaban con fuerza.

No lejos de allí, Hervé, Nicolas y Sissi, maquinaban cualquier cosa no demasiado buena pero indiferente para ellos. Se dedicaban a juguetear con un balón cerca de los ventanales.

William suspiró y se estiró, le estaba entrando un sueño mortal y más le valía espabilarse si no quería suspender el examen que tenía en una hora. Se puso de pie, les dijo adiós con la mano a los chicos y se adentró en el edificio.

Era un misterio que Jim no estuviese en el pasillo riñendo a los alumnos por estar allí adentro en vez de estar en el patio. Avanzó pasando frente a los enormes ventanales cuando un balón impactó contra ellos haciendo estallar los vidrios. Los pedacitos de cristal rebotaron en su ropa y cayeron al suelo.

Magali De Vasseur, Azra Ürgüp, Noémie N'Guyen y Emilie Leduc se acercaron hasta a él, igual que lo hicieron otros alumnos.

—¿Estás bien, William? —preguntó Noémie.

—Sí, estoy perfectamente.

—Menudo susto —murmuró Emilie con una mano en el pecho.

Miraron a través del marco de la ventana y vieron a Sissi y a Nicolas con la vista clavada en Hervé y a este con una expresión horrorizada, sudor en la frente y la palabra "culpable" estampada en la frente.

—Espero que Jim no me culpe a mí —dijo William con humor.

—No sería tan raro. —Noémie se encogió de hombros—. Todos sabemos que eres el especialista en meterte en líos.

—Bueno… es una suerte que haya testigos de que no he sido yo.

—Claro. —Emilie dio un paso al frente sonrojada—. Nosotras se lo diremos a Jim. No… no te puede castigar por algo que no has hecho.

Alguien entró en el edificio corriendo, pasó como una bala arrollando a Emilie y lanzándola contra los cristales rotos del suelo. William alargó el brazo para evitar que cayera y se hiciese daño. Resbaló. Según perdía el equilibrio reconoció el jersey verde de punto de Hervé que se alejaba por el pasillo.

La abrazó con fuerza protegiéndola del golpe con su propio cuerpo, los afilados pedazos de cristal se hundieron en su espalda provocándole heridas profundas y dolorosas.

—¡Leduc, Dunbar! ¿Estáis bien? —aulló Jim que había acudido al oír el estallido de los vidrios.

—¿Te has cortado, Emilie? —preguntó William sin aflojar el abrazo e ignorando de manera deliberada a Jim.

—E… es-estoy bien —tartamudeó—. ¿Y tú?

Jim llegó hasta a ellos y maldijo a voz en grito.

—¡Avisad al director! —gritó sacando el teléfono móvil del bolsillo de su sudadera—. No te levantes Dunbar, suelta a Leduc despacio.

Quiso obedecer, pero no pudo. Se había asustado tanto que estaba petrificado, le dolían los brazos de la tensión. Inspiró hondo y batalló contra la sensación punzante de sus músculos liberando a Emilie del abrazo. Ella se levantó muy despacio aturdida y asustada. Los cristales de sus gafas se habían roto y no veía demasiado bien. Cuando estuvo en pie, miró a William y sus rodillas se aflojaron. Había sangre en el suelo, Emilie sabía que no era suya… por eso Jim le había dicho que no se levantase. Emmanuel la sujetó por el brazo antes de que acabara en el suelo.

El profesor de gimnasia pedía una ambulancia mientras los alumnos miraban todo lo que ocurría. Hervé se había esfumado, Sissi le miraba horrorizada al borde de las lágrimas y Nicolas petrificado. Sus amigos le observaban preocupados. William pensó que debía tener una pinta espantosa para que todos tuvieran aquella cara.

Para Emilie todo ocurría como si se proyectase en una pantalla borrosa, oía murmullo y voces, pero no podía entender ni una sola palabra. Su pulso latía en sus oídos ensordeciéndola. Tenía mucho miedo.

Cuando recuperó el control sobre si misma estaba en su cuarto con sus amigas, Azra, Magali y Noémie, con los ojos llorosos, una caja de pañuelos de papel en el regazo y una tableta de chocolate con leche en la mano. El móvil de Azra sonó y Emilie dio un bote en la cama del susto.

—Es Odd —dijo con su particular acento pulsando la tecla para hablar—. Hola, ¿qué sucede? —Hizo una pausa escuchando la respuesta de su interlocutor y sonrió— ¿De verdad? Eso es fantástico.

Azra miró a Emilie y le acarició el hombro.

—Sí, estoy con ella —contestó—. Se lo diré. Gracias Odd. —Frunció el ceño y suspiró—. No, no voy a ir contigo al cine mañana. Adiós, Odd.

—¿Y? —preguntó Noémie alargando la letra—. Aparte de intentar ligar contigo, ¿qué quería?

—Llamaba desde el hospital… —dejó la frase a medias al ver que los ojos de Emilie amenazaban con desbordarse de nuevo.

—¡Azra! No nos dejes en vilo —protestó Magali.

—Ah… vienen hacia aquí. William está bien.

Emilie se lanzó a los brazos de su amiga como si acabase de concederle su mayor deseo. Lloraba y sonreía. Lloraba por los nervios y la tensión acumulados, y sonreía porque estaba contentísima al saber que no le había pasado nada malo.

—Odd me ha dicho que le han dado muchos puntos —continuó, frotándole la espalda—. Necesitará que alguien le ayude a quitarse el vendaje y curarse desde esta noche hasta que le diga el médico.

—¡Genial! —exclamó Noémie, sus amigas le miraron con reproche—. No pongáis esas caras. Ese "alguien que le ayude" puede ser nuestra Emilie.

—¿Yo? —preguntó con torpeza sonrojada.

—¡No, la Emilie del otro lado del espejo! —replicó Magali—. Pues claro que tú, tonta.

—Es una gran oportunidad —apoyó Azra.

—Pero antes de irte a hacer de enfermera tenemos que arreglar tu miopía. —Noémie se levantó y caminó hasta el escritorio de Azra y Emilie—. ¿No tienes unas gafas de reserva?

—Sí, pero… prefiero no ver por donde voy que ponérmelas.

—Anda ya, Emilie. ¿Prefieres echarle desinfectante en un ojo y que te ponga una orden de alejamiento?

Se le escapó una risilla nerviosa al imaginarse la situación planteada por Noémie.

—En el primer cajón de la derecha.

Noémie lo abrió y sacó un estuche de color negro con la filigrana de la marca de color rojo. Sacó de su interior las gafas de montura de pasta, gruesa de color naranja y de forma redonda, eran enormes. Magali y Azra asintieron. La arreglarían para que no desentonasen demasiado, además no podía seguir más rato con aquella ropa manchada de sangre.

Todo el vestuario de Emilie acabó sobre las camas bajo el estricto análisis de Noémie, Magali y Azra. ¿Qué iba más con su estilo y no desentonaba con las gafas?

—Decidido —dijo Noémie cogiendo una camiseta blanca con los dobladillos de color rojo.

La tendió en el aire dejando en evidencia el pronunciado escote. Magali cogió unos vaqueros ajustados y de talle bajo, desgastados y remendados en la zona de las rodillas y los bolsillos. Azra con una sonrisa enigmática tomó una camisa de un suave tono calabaza a la que le faltaban varios botones y que hacía años que Emilie no se ponía.

—¡Perfecto! —exclamaron las tres a la vez.

Emilie se levantó y empezó a cambiarse, si se negaba y pataleaba la vestirían a la fuerza. Sus amigas eran unas brujas mandonas y adorables. Se enfundó los pantalones y la camiseta y se puso la camisa como si fuese una chaqueta.

Noémie negó con la cabeza, caminó hasta a ella y abrochó los dos botones a la altura del pecho, marcando el escote de la camiseta sin que quedase descarado y vulgar. Magali y Azra alzaron los pulgares al unísono.

—Y ahora el plan —soltó Magali—. Vamos a estar pendientes de la ventana que tan buena vista de la entrada nos ofrece para saber cuando llega. Esperaremos… ¿cuánto? ¿Diez minutos?

—Mejor quince —contestó Azra.

—Pues esperaremos quince minutos. Nosotras entretendremos a Jim mientras tú te escabulles escaleras arriba. Llamas a su puerta le plantas una sonrisa capaz de fundir el Polo Sur y le ofreces tus servicios de enfermera a domicilio.

—Suena bien —acordó Noémie.

—Pero… —susurró Emilie intimidada por la capacidad de maquinación a la velocidad de la luz de sus amigas—. ¿Y si están sus amigos con él? ¿Y si está Yumi?

Las tres chicas intercambiaron miradas.

—Yo entretendré a Odd —dijo Azra.

—Con eso bastará —asintió Magali—. Stern no creo que tenga muchas ganas de jugar a las casitas con William. No se llevan muy bien. E Ishiyama… supongo que a estas horas se habrá ido a su casa, y si no… nuestra Azra puede entretenerla también.

—Os olvidáis de Jérémie y de Aelita.

—No —dijo crípticamente Noémie—. Todo controlado, querida. Que empiece el plan "Doctora Emilie".

Magali y Noémie se sentaron sobre el escritorio observando con atención la entrada de la escuela. Cuando vieron entrar a William, a Jim y al resto se pusieron en marcha. Sincronizaron los relojes como en un peli de espías, y se movieron hasta sus posiciones.

Mientras entretenían a Jim al pie de las escaleras el reloj de Emilie pitó marcando el paso de los quince minutos de plazo. Suspiró, tanta planificación le había puesto de los nervios. Asomó la cabeza por la barandilla para comprobar que el profe de gimnasia estaba entretenido y subió las escaleras rauda como el viento.

La planta estaba desierta como era de esperar a aquellas horas de la noche, recorrió el pasillo plagado de puertas, todas iguales, hasta dar con la correcta. Se detuvo sin un ápice de seguridad.
Emilie inspiró hondo, cerró la mano en un puño y la alzó, dudó a medio gesto y suspiró agachando la cabeza. Tenía que llamar a una puerta no examinarse de física cuántica, no era tan difícil. Golpeó la madera con los nudillos con timidez.

—Si no vendes nada, entra. —La voz de William sonaba adormilada.

Bajó la maneta y la puerta se abrió con un leve chirriar. Emilie entró con las manos a la espalda, él le sonrió desde la cama. Se arrepintió de haberse puesto aquellas gafas tan feas que parecían sacadas de los setenta, aunque sin ellas se habría perdido aquella magnífica sonrisa.

—Pasa y siéntate.

—Ah… yo… quería darte las gracias.

—Mal hecho —le reprendió con suavidad—. No tenías que hacerlo y menos molestarte en venir hasta aquí.

—Pero antes no te lo he agradecido.

—Basta con que estés bien.

William le acarició el pelo con tanta suavidad que se le cortó la respiración. Ella apoyó las manos sobre la cama.

—¡Ey! —exclamó él—. Me encantan tus gafas nuevas.

—No te burles de mi —dijo con una sonrisa triste—, son espantosas.

—A mi me gustan, estás muy guapa.

Emilie se puso completamente roja y se apartó de la suave caricia de William en su pelo.

—Perdona —se disculpó—. Creo que la medicación me nubla la mente. No quería incomodarte.
Estuvo a punto de escapársele un suspiro de emoción, que no supo como demonios había logrado contener. Se retorció los dedos pensando en que harían sus amigas a continuación si estuvieran con el chico que les gustaba. Seguramente Noémie se habría arrimado más a él y habría coqueteado; Magali habría sonreído y contestado a su piropo con una frase a la altura; y Azra lo más probable era que se hubiese sonrojado y no se habría apartado.

Era una boba, sintió ganas de pegarse a si misma. Entonces recordó que había ido a hacerle de "enfermera a domicilio".

—Deja al menos que te cure, ya que no me dejas darte las gracias.

—No hace falta, pueden hacerlo Odd o Jérémie, incluso Ulrich.

—Ellos no tienen la culpa de que estés herido —musitó mirándose las manos sobre el regazo.

—Técnicamente… la culpa es de Hervé. —Hizo una mueca de disgusto—. No querría que viniese a curarme.

Emilie rió y se apartó un mechón de la frente.

—Quítate la camiseta —pronunció en un susurro—. No me obligues a usar la fuerza.

—Vale, vale. —Rió—. ¿Eres la hermana menor del increíble Hulk?

William se quitó la camiseta, su espalda parecía el tablero de un juego de memorizar cartas, lleno de gasas, esparadrapo y tiritas. Su habitual olor a cedro se mezclaba con el del desinfectante médico, en una combinación curiosamente agradable.

—¿Dónde tienes las medicinas? —preguntó sonrojada.

—En el escritorio, la bolsa verde.

Ella se levantó con fingida seguridad y la llevó hasta la cama junto con la papelera, volvió a sentarse. Fue quitando las tiritas y el esparadrapo con cuidado, intentando que las fibras de las gasas no se enredaran en los puntos.

—No hace falta que tengas tanto cuidado —dijo relajado—. Me han dado tantos antiinflamatorios y calmantes que no me dolería ni aunque me atropellasen.

—Lo siento. Si te hace sentir incómodo…

—No, no. No es eso.

Emilie continuó despegando tiritas y esparadrapo, de vez en cuando sus dedos rozaban la piel de William, era suave y cálida y bajo ella se apreciaba su cuidada musculatura. Sintió arder sus mejillas como si acabasen de prenderle fuego, y, por un momento, creyó que incluso se le empañarían las gafas del calor que acababa de entrarle, al evocar en su mente el fuerte abrazo que le había dado.

No sabía muy bien cuando había ocurrido, un día se sorprendió a si misma mirando fijamente a William y suspirando como una boba, mientras Jim berreaba tras una de las gamberradas del muchacho.

William hacía que su corazón se disparase y eso le gustaba. Era un rebelde, pero sabía ser encantador y comportarse como un caballero cuando debía.

Emilie aplicó, cuidadosamente, yodo sobre las múltiples heridas limpiando con un par de gasas estériles el excedente.

Alargó más de lo necesario las curas por que estaba fascinada. Pero finalmente se resignó a volver a cubrir las cicatrices con las gasas, esparadrapo y tiritas. Le acercó la camiseta que había dejado entre ellos para que se la pusiera, y vio que William tenía una misteriosa sonrisa en los labios.

—Gracias —susurró con voz adormilada—. Eres una enfermera genial.

Besó a Emilie en la mejilla antes de dejarse caer sobre la cama, tanta medicación le había dejado K.O., de nada serviría mentir o intentar disimular. Ella se levantó y tiró de la sábana para arroparle, William emitió un ronroneo ante la placentera sensación de sentirse querido, no le importaría nada tener aquello cada día, le encantaría tenerlo.

Mantuvo los ojos cerrados escuchando como guardaba las medicinas en la bolsa de plástico verde, y algunas de las cosas que él había dejado por ahí tiradas, como las botas, la mochila, un par de libros y CDs.

El ruido cesó y esperó escuchar el sonido de la puerta, pero este no llegó. Abrió un ojo con curiosidad y topó con el rostro de Emilie a escasos milímetros del suyo, con los ojos cerrados, las mejillas encendidas y los labios entreabiertos. William volvió a cerrar los ojos y recibió, encantado, aquel suave beso.

—Tendré que dejar que Hervé me clave cristales cada día si este es el trato que recibo después.

Emilie pegó un respingo, hubiese jurado que se había dormido.

—Descarado —musitó sonriendo. Le había pillado.

Fin

Escrito el 14 de septiembre de 2010

viernes, 10 de septiembre de 2010

25M XXI.- Lluvia



Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

XXI.- Lluvia

—¡Ey, mirad eso! —gritó Odd repentinamente—. William y ¿¡Emilie! ¡Qué bombazo!

—¡Cállate, Odd! —gritaron los demás al unísono.

—¡Ulrich! —gritó separándose momentáneamente de Emilie—. Deberías decirle a Yumi que la quieres.

Tomó de la mano a Emilie y se alejaron riendo como un par de chiquillos.

Ulrich farfulló una serie de palabras a medio pronunciar, frases carentes de sentido incluso para él, completamente rojo. Jérémie palmeó el hombro de Ulrich dándole ánimos, con una cálida sonrisa, mientras William y Emilie desaparecían entre la lluvia.

—Quién sabe… quizás hace caso a William —comentó Odd—. Ya sabéis "¡Oh, Yumi! Amor mío. Tú lo sabes, yo lo sé, el mundo entero lo sabe ¡Te quiero!"

—Odd… —susurró Aelita.

—Para tu información, Yumi y yo sólo somos amigos.

—Claro que sí —replicó con sorna.

Aelita tomó la delantera riendo bajo su paraguas rosa, seguida de cerca por Jérémie y Odd, Ulrich se quedó allí plantado refunfuñando. Gruñó al darse cuenta de que Odd llevaba su paraguas y ya estaba demasiado lejos como para llegar hasta a él sin mojarse demasiado.
Yumi estaba de pie bajo la lluvia con su paraguas abierto y la mirada perdida en el bosque. Su cuerpo estaba allí, al menos, por que su mente vagaba por otros lugares, saltando de un lado a otro. De los estudios a William, de William a Hiroki, de Hiroki a las vacaciones en Kyoto, de las vacaciones a Ulrich… y vuelta a empezar.

La vida era demasiado compleja para darle vueltas de pie bajo una cortina de lluvia.

Las pisadas resonaban con un chapoteo sobre el barro, tres personas se detuvieron a su lado.

—¿Qué hay? —preguntó animada Aelita.

Ella le sonrió centrando su atención en sus amigos, rápidamente se dio cuenta de que faltaba Ulrich.

—Humedad y barro —bromeó.

Procuró que no se notase, pero el acelerado monólogo de William la había dejado tan aturdida como confusa, de ahí que no parase de dar vueltas.

—¿Cómo es que has venido tan temprano? —preguntó Odd.

—Hiroki no paraba de fastidiar, así que he venido dando un paseo. —Sonrió—. ¿Dónde está Ulrich?

—Por ahí, quejándose — replicó entrando en la cafetería sonriendo y sin más explicaciones.

Jérémie y Aelita se encogieron de hombros antes de seguir los pasos de su amigo. Ella se quedó allí bajo la lluvia mirando fijamente la puerta hasta que escuchó unos pasos detrás de ella, entonces vio a Ulrich empapado de pies a cabeza y con cara de pocos amigos.

—Ey —farfulló.

—¿Es qué quieres pillar una pulmonía?

—Odd se ha llevado mi maldito paraguas.

Yumi puso los ojos en blanco y suspiró.

—Te acompaño hasta la residencia para que te cambies.

—Da igual, ya me cambiaré después.

Yumi le miró con aquella expresión de "si hace falta te voy a llevar arrastrando por el barro", Ulrich se encogió de hombros, se metió bajo el paraguas de ella, por que por alguna razón se sentía estúpido caminando junto a alguien con un paraguas abierto y él mojándose. Ella se sonrojó y él no comprendió el por qué.

Por algún motivo Jim estaba sentado en las escaleras de la residencia, le prestaron un poco de atención al profesor de gimnasia grandullón, siguieron su mirada y vieron a la señora Hertz montando algo en el patio con un chubasquero azul celeste. Era tan evidente que estaba loco por la profe de ciencias…

—Te espero aquí —le dijo apoyándose en la barandilla de la escalera.

Ulrich asintió e inició su ascenso, el pasillo estaba desierto y aunque la calefacción estaba apagada y él empapado, no tenía ni pizca de frío. Kiwi saltó a sus brazos nada más abrir la puerta de la habitación y le saludó con un par de estridentes ladridos.

Sacó del armario lo primero que encontró y lo lanzó sobre la cama, entonces frunció el ceño y rebuscó un poco más, hasta dar con algo más elegante. Que fuesen a estudiar con Odd no quitaba que pudiera arreglarse un poco para impresionar a Yumi. Finalmente se puso unos pantalones de corte militar, con bolsillos en las rodillas, de color marrón y una camiseta de manga corta verdosa. Se coló la chaqueta antes de salir ganando un gruñido de protesta de Kiwi.

Ella le esperaba sentada al lado de Jim con la vista clavada en el artilugio que montaba la profesora de ciencias, en cuanto le vio sonrió.

—Stern, mañana hay entrenamiento —dijo Jim sin despegar su vista de Suzanne—. Los interescolares empiezan la semana que viene, no podemos perder.

—Tranquilo, Jim, allí estaré.

Se cobijó bajo el paraguas de Yumi que ya le esperaba en la salida del edificio. Volvía el futbol, los largos entrenamientos, las llamadas misteriosamente amables de su padre, el apoyo de Yumi desde las gradas, y la falta de tiempo para estudiar. ¿Pero a quién le importaba? Ella le ayudaría a estudiar, se lo había prometido.

En la cafetería Odd se zampaba el tercer tazón rebosante de cereales, con media cara embadurnada de chocolate, y dos croissants aguardándole en la bandeja. Jérémie le miraba pasmado, aún no había descubierto dónde demonios iba a parar todo lo que comía, Aelita lo miraba divertida como siempre, se lo pasaba en grande con Odd.

Para cuando Ulrich y Yumi entraron, la cafetería estaba prácticamente vacía. Él fue a buscar algo para desayunar y ella se sentó junto a Aelita.

El desayuno se alargó más de lo previsto, Odd rebañaba una y otra vez el contenido de su bandeja, que por aquel entonces, tanto el tazón como los cubiertos, relucían de lo limpios que estaban; también había acabado con todas las migas que habían caído sobre el plástico.

Con un gran esfuerzo, amenazas y paciencia habían logrado encerrar a Odd en la habitación. Kiwi se lanzó sobre la bolsa de tela de color negro que cargaba Yumi, suspiró y la acabó metiendo dentro del armario de Ulrich, lejos de las patitas del perro.

Los libros de biología de Odd y Ulrich estaban abiertos por el tema sobre genética, Yumi había fotocopiado sus apuntes del año anterior y le había dado una copia a cada uno. Cuando parecía que, en realidad, no necesitaban tanto su ayuda, llegaron a las mutaciones genéticas.

Aquello hizo que Odd se despistara y se pusiera a pensar en superhéroes de cómic americano. Yumi frunció el ceño y acabó optando por enseñarle una de las prácticas de laboratorio que habían hecho con la señora Hertz, pero aquello no sirvió de gran cosa. Lo repitió tantas veces que llegó al punto de no saber ni lo que estaba intentando explicar.

Odd se movió con euforia y apuntó rápidamente la respuesta "correcta". Mostró dos dedos haciendo la señal de la victoria y sonrió triunfante.

Yumi suspiró por enésima vez y tamborileó con el lápiz sobre el libro.

—Que no es así, Odd…

—Es que eres un mala profesora — refunfuñó.

—¿Qué dices? Si hasta yo lo he entendido.

—Y eso ya es difícil —replicó Odd con burla—, teniendo en cuenta que no le estás haciendo ni caso al libro.

Ulrich se sonrojó y Yumi le miró alzando una ceja. Odd se rió, porque aquello era muy gracioso, su amigo sólo estaba pendiente de cómo se movían los labios de Yumi, de cómo su pelo se balanceaba cuando se movía, de cómo sus músculos se tensaban y relajaban cada vez que cogía un libro…

—¿Te lo vuelvo a explicar? —preguntó exasperada.

—¡Nah! Prometí a Noémie que la acompañaría al centro.

—¿Qué hay del examen? —inquirió Ulrich.

—Los genios no necesitamos estudiar.

Se levantó e hizo algunos estiramientos antes de salir de la habitación, con rumbo al cuarto de Aelita para seguir estudiando, lo de Noémie no había sido más que una excusa para dejar solos al par de tortolitos lentos a ver si espabilaban de una vez.

Ulrich paseó la mirada por la habitación antes de fijarla en las manos de Yumi.

—¿Tú también tienes planes mejores que estudiar? —Lanzó la pregunta con tono irónico.

—Si cateo mi padre me matará —contestó con sinceridad—, así que por mi bien…

—¿Alguna duda?

—Ninguna —se apresuró a decir.

Estaba cabreada por lo de Odd, había sido él quien le había insistido durante semanas para que les ayudara, y se había limitado a no hacer ni caso y a fugarse con una chica.

Yumi era una buena profesora, lo creía de verdad. Aquella era la primera vez en años que entendía dos palabras juntas sobre biología y no acababa agotado. Quizás sólo era el hecho de que cualquier cosa que dijera ella se le hacía interesante. Pero era genial, probablemente sacaría una buena nota por primera vez en toda su vida.

Hicieron una par de descansos, para "despejar la mente", con temas triviales y amenos para desconectar. Estudiaron hasta la hora de comer.

Era domingo. Y los domingos sólo se servía comida a los alumnos internos, así que a Yumi no le darían nada. Se quedó mudo, pensando en alguna alternativa que les permitiese esquivar a Jim y llenar sus estómagos. Ella se puso de pie y sacó la bolsa de tela que había metido en el armario de Ulrich, al instante, Kiwi, retomó su labor de tratar de arrebatársela.

—Estate quieto, Kiwi —protestó volviendo a sentarse.

Kiwi subió ágilmente a la cama de Ulrich que lo bajó con un movimiento preciso. El perro lloriqueó y mordisqueó las deportivas de Odd, frustrado. Ella abrió la bolsa y sacó tres cajas negras. Las había visto, parecidas, en las series de animación japonesas que tanto le gustaban a Odd.

—Son los bentô que usábamos Hiroki y yo cuando íbamos a la escuela en Kyôto. —Sonrió tendiéndole uno—. Pensé que podríamos comer aquí, así que he preparado algo antes de venir. ¿Tenedor o hashi?

Él extendió la mano y dudó unos segundos entre el tenedor y los palillos. Entre comer como un tío con clase o quedar como un idiota y morirse de hambre. Sus dedos tomaron los palillos con decisión. Pasaría hambre.

—¿Qué hay? —Señaló los bentô.

Onigiri, tortilla, salchichas, soba y tenpura.

Abrieron las tapas de las cajas a la vez, en perfecta sincronía, liberando el delicioso aroma de la comida casera preparada por Yumi.

Después de varios intentos fallidos de coger un dichoso trozo de tortilla con los palillos, Ulrich, suspiró. En las pelis parecía fácil, viendo a Yumi comer parecía fácil… Cerró los ojos y torció el gesto. De fácil no tenía nada. Olfateó la tortilla demasiado cerca de su cara como para seguir dentro del bentô, abrió los ojos y descubrió que ella le había acercado un trozo a la boca con sus palillos.

—¿Seguro que no quieres un tenedor? —preguntó cuando él, sonrojado, engulló la porción de tortilla.

—Supongo.

Le daba de comer como en los manga de Odd. Puede que en el país de Yumi aquello fuese algo común, pero en el suyo era bastante vergonzoso. Alargó el brazo por encima de la cama hasta dar con uno de los tenedores.

Casi lloró de la emoción, hacía tanto tiempo que no comía comida casera que ya había olvidado lo buena que estaba. Además Yumi era una cocinera genial.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella de repente.

Ulrich la miró como si le hubiese planteado un problema complicadísimo de física cuántica. Habían acabado de comer tan callados como si estuvieran haciendo voto de silencio. Bajó de las nubes, se había puesto a soñar despierto con cosas que no repetiría en voz alta, por que le daba demasiada vergüenza reconocer el tipo de cosas se imaginaba haciendo con Yumi. Enrojeció. Si pudiese leerle la mente se iba a ganar una buena patada.

—Na… nada.

—¿Te preocupa el examen?

—Que va. —Se desperezó—. Puede que gracias a ti saque la primera buena nota de toda mi vida.

—No tiene mérito —replicó apoyando la mejilla sobre el mullido colchón—. Eres inteligente, Ulrich, sólo necesitas esforzarte un poco más.

Quizás Yumi tuviese razón. Tendría que planteárselo.

—Dime… —susurró ella—. ¿En qué estabas pensando tan concentrado?

—En hacer algo.

Le había pillado con la guardia baja, estaba segura de que ni se había dado cuenta de que le había contestado. Probó suerte, tal vez podría sonsacarle alguna palabra más.

—¿En hacer qué?

—En be… —se interrumpió sonrojándose. ¡Qué estaba diciendo!—. En ver una película este fin de semana.

—Ya —contestó irónica—. ¿No te atreves a decirlo? —le retó con aquella sonrisa pícara.

No, no era que no se atreviera, era que no sabía como se lo iba a tomar si lo decía. Pero sí que podía hacerlo. Se atrevería a hacerlo. Al fin y al cabo estaba mentalizado para ello.

Se inclinó hacía adelante y le dio un beso, rápido, tímido y torpe. Se giró a toda velocidad.

—Te quiero —pronunció con la mirada fija en la libreta—. Te quiero, Yumi.

Sentía sus mejillas arder, debía de estar tan rojo como un tomate maduro. Estaba nervioso, pero a la vez aliviado, al fin se lo había dicho. La suerte estaba echada.

Las manos de Yumi en sus mejillas le hicieron girar la cabeza, y le besó. El beso de Yumi fue pausado y tranquilo, pero cargado de sentimiento.

—Yo también te quiero, Ulrich.

Le miró pasmado, esperaba algo de "sólo somos amigos", hasta tenía una respuesta a la altura "¿a quién queremos engañar? Ambos sabemos que no somos sólo amigos", entonces ella habría protestado y tras un tira y afloja habrían llegado a algo.

Se rió. De haber sabido que iba a ser tan sencillo lo habría hecho antes.

Se echó hacia delante, apartando un mechón de pelo azabache de Yumi de su mejilla y la volvió a besar lentamente.

Se habían olvidado del examen, de Odd y de Jim. Tenían mucho tiempo que recuperar.

Fin

Aclaraciones:
Bentô: es un tipo de fiambrera que usan los japoneses para llevar la comida. Las preparan ellos en casa o las compran en los supermercados o en los O-bentô-ya (tienda de bentô).
Buscadlas en Google, los bentô son todo un arte, ya lo veréis.
Hashi: palillos para comer.
Onigiri: bolas de arroz, suelen tener forma triangular, llevan un alga negra, nori, pegada en la base.
Soba: fideos de alforfón, hay muchas maneras de prepararlos. (El alforfón, por si no lo sabéis, es una planta, de la familia de las poligonáceas, de tallos nudosos, hojas grandes, flores blancas y frutos oscuros y triangulares.)
Tenpura: comida japonesa consistente en pescado, marisco y verduras rebozados y fritos.

Escrito el 9 de septiembre de 2010

miércoles, 25 de agosto de 2010

ADQST 08.- Incursión



Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Incursión

Jérémie había bajado al sótano con Yumi, la había invitado a sentarse en una de las sillas. Ella le clavaba la mirada, impacientándose, por el silencio que mantenía su amigo.

—Pensaba que querías hablar. —Suspiró.

—Busco el modo de hacerlo.

—Vamos —le apremió.

—Tuve la oportunidad de impedirlo, pero no lo hice.

Yumi parpadeó incrédula, convencida de que no le estaba comprendiendo, de que había algo que no había entendido correctamente.

—¿Qué? —La voz le salió chillona.

—Cuando X.A.N.A. se valía de Aelita para destruir Lyoko, busqué un modo de librarla de su control. —Yumi asintió, recordaba el tema de la posesión—. Lo único que funcionaba era desvirtualizarla, pero no sabíamos que pasaría si se activara la materialización desde el superordenador.

—Ajá… ¿qué tiene eso que ver con William?

Jérémie esbozó una sonrisa triste.

—Descubrí que el materializarla desde el superordenador y hacerlo con vuestras armas tenía el mismo resultado. —Yumi se echó hacia atrás en la silla y él supo que le había entendido—. Pude desvirtualizar a William cuando X.A.N.A. se hizo con él.

—¿Por qué no lo hiciste? —Aturdida se llevó la mano a la frente.

—No sé como explicarlo —dijo suspirando—. No lo pensé. Todo lo que quería era proteger a Aelita, y William era una amenaza. Entonces… hubo un momento en que quise hacerlo, pero no lo hice porque… no lo sé. Creí que eso de algún modo ayudaría a Ulrich. Entonces eliminó a Aelita, dimos con Franz Hopper y ejecutamos el programa para recuperarle y dejé de pensar en William. Pensé que le recuperaríamos, pero no fue así. X.A.N.A. se lo quedó.

—¿Ayudar a Ulrich?

—Ayudarle contigo. Por que siempre estaba tenso cuando William se acercaba.

Yumi se puso de pie y sus ojos chisporrotearon de pura rabia, apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.

—¿Es qué eres idiota? Cuando aquello pasó, ¡yo ni siquiera confiaba en William! No lo quería en el grupo, es qué no te acuerdas…

—Soy consciente ahora, pero pensé que no era algo malo…

—Jérémie… ¿eres consciente de lo que estás diciendo?

—Sí. Y lo siento. ¿Podrás perdonarme?

Negó con la cabeza y su melena azabache se agitó.

—No es conmigo con quien tienes que disculparte. —Caminó hasta las escaleras—. Necesito pensar…

—Me disculparé con tu novio —dijo pensando en lo que le había contado Aelita.

—Si te refieres a William, déjame decirte que es sólo un buen amigo. Nada más.

—¿Se lo has dicho a Ulrich?

Puso los ojos en blanco y se giró a mirarle. Si lo que quería era que le rompiese la nariz de un puñetazo iba por buen camino.

—¿Y tú? ¿Le has dicho a Aelita que Kiwi te robó una vez los calzoncillos y los dejó la mitad del campus?

—No… no es lo mismo —replicó sonrojado.

—Sí que lo es. No tengo que darle explicaciones a nadie.

Subió las escaleras como un cohete y se encerró en la habitación. Tenía mucho en lo que pensar. Tanto en lo que había sentido y su manera de actuar tras el ataque de X.A.N.A., como en lo que acababa de contarle Jérémie.

Siempre había sabido que ser sólo su amiga era complicado pero que podía sobrellevarlo con esfuerzo, del mismo modo que sabía que sin él no podría tirar adelante. Se había asustado mucho, quizás demasiado. Tal vez por ello no se había calmado hasta ver con sus propios ojos que estaba bien. Se había comportado como una loca histérica, no le pegaba nada.

Las palabras de Kento habían sido como un golpe, eran verdaderas y eso le daba miedo. "Dile que le amas, si no te espabilas encontrará a otra que sí que quiera jugar"… Comprendía lo que implicaba ese "jugar". No se había dado cuenta de que era tan transparente en ese sentido, la había calado con una conversación de diez minutos, ya que la llamada la había olvidado con la vuelta al pasado, y un combate de kenpô. Estaba impresionada.

Jérémie… le había cabreado. Pero eso de hacer cosas estúpidas no iba con él. Por más que pensó no logró sacar nada en claro, estaba demasiado enfadada para razonar.

Suspiró y se tumbó boca arriba en la cama con el ceño fruncido. Cogió el "diario de William" y lo abrió por la última página que había leído.

Mes dos día veintiséis
Hoy sólo puedo pensar en una cosa: Aelita. Es su cumpleaños, su día preferido del año. Si cierro los ojos puedo verla jugar en el jardín nevado, con su vestido granate, sus botas para la nieve y su abrigo preferido. También puedo ver a Franz tocando el piano en la sala, con ritmo tranquilo y seguro, la suave melodía inundando la casa, acariciando mis oídos y mi corazón, llenándolo todo.

Se detuvo parpadeando varias veces. Había habido un cambio notorio en el modo de escribir, había perdido la distancia. Cuando había descrito los sectores de Lyoko escribía en primera persona "mi sector favorito", "lo que menos me gusta"… al llegar a la parte sobre Waldo Schaeffer y Aelita todo se había vuelto impersonal "la pequeña Aelita", "el barbudo Waldo", en cambio, ahora decía "si cierro los ojos". Era alguien que había estado allí, pero no sólo eso, era una persona cercana.

Había algo más… pero aún no sabía que era.

Continuó leyendo con la esperanza de dar con el sentido de aquella extraña corazonada.

A las afueras de la villa, en una coqueta casa de dos plantas y amplio jardín, se cernía una riña de narices y Ulrich trataba de aguantar el chaparrón. Su padre le gritaba a él y su madre a su padre. Un día más en el seno de la familia Stern. Realmente le sorprendía que todo siguiese exactamente igual, eso le recordaba por que llevaba años sin ir a visitarles y llamando sólo a su madre.

Acabó hartándose a las dos horas. Se levantó a medio chillido de Axel Stern, besó la mejilla de Lena Stern y se marchó, sin preocuparse de recoger su chaqueta. Salió con un estruendoso portazo que seguramente habría tirado al suelo algunos marcos con fotos de una falsa familia feliz.

Se preguntó mil veces por qué. ¿Por qué no podía ser todo como cuando tenía cinco años y su padre estaba de buen humor? Menuda suerte tenía. Se frotó los brazos para entrar en calor, la brisa nocturna de abril era fría y él sólo llevaba una fina camiseta de algodón. Pese a ello decidió que era mejor caminar de vuelta a L'Hermitage que coger el autobús. Eso le daría tiempo para calmarse.

Miró el reloj antes de entrar, debían estar durmiendo todos, así se ahorraría las explicaciones. Giró la llave en la cerradura y empujó la puerta con suavidad, casi sin hacer ruido. Le sorprendió ver luz en el salón.

—Hola. —La voz de Yumi le llegó en un susurro.

—Ey… —murmuró entrando.

—¿Cómo ha ido?

Ulrich emitió un gruñido y se sentó a su lado en el sofá, deslizándose hábilmente hasta apoyar su cabeza en el hombro de ella. Se tensó con el gesto como si le hubieran soltado una descarga, tragó saliva y respiró pausadamente, sus músculos se relajaron; por norma general cualquiera que invadiese su espacio personal le molestaba y lo apartaba sin más, pero con él era diferente. Acarició la mejilla de Ulrich, estaba helado.

—Nada ha cambiado —farfulló.

—Lo lamento.

—Está cabreado por que rechacé jugar en el Verein für Bewegungsspiele Stuttgart.

—¿El qué?

Ulrich emitió una risa cansina incorporándose.

—El equipo de futbol de Stuttgart. —Señaló el libro que tenía sobre el regazo—. ¿Algo nuevo?

—Hablaré con Aelita. Pero antes acabaré de leerlo. —Ulrich la miró interrogante—. Si hay algo… grave, prefiero estar prevenida para saber como planteárselo.

—Me parece una idea excelente. —Ambos sonrieron—. Tengo una idea mejor.

—¿Y cuál es?

—Irnos a dormir.

Tomó el librillo y la cogió en brazos entre risas, subió con ella las escaleras y la soltó cuidadosamente frente a su puerta, le entregó el diario y le dio un beso de buenas noches en la frente. Estar con Yumi casi siempre le devolvía el buen humor.

El sol brillaba alto en el cielo cuando Jérémie cerró, satisfecho, el viejo portátil que usaba en Kadic para enlazar con Lyoko. Se frotó los ojos y se desperezó. Llevaba toda la noche trabajando y había merecido la pena. Ahora era más mayor y también más inteligente, era más eficiente con todo lo que tenía que ver con Lyoko. Se lo iba a poner muy difícil a X.A.N.A.

A través de la ventana entreabierta oía a sus amigos reír en el jardín, con alguna de las historias de Odd. A pesar del paso de los años las cosas no habían cambiado tanto, era algo tranquilizador, el lazo de Lyoko les había unido lo suficiente como para afrontar cualquier problema y seguir unidos. Y Sissi había resultado no ser tan molesta e insoportable como él la recordaba, tal vez era la influencia de Odd, tal vez el no sentirse sola. Fuera lo que fuera se había ganado su confianza.

Cogió un folio en blanco de la bandeja de la impresora y escribió varias cosas con su caligrafía cursiva y alargada, lo plegó cuidadosamente y lo guardó en el bolsillo de su camisa azul, y por último tomó el portátil nuevo. Bajó las escaleras, depositó el ordenador en la mesita frente al sofá y dispuso seis sillas frente a ella. Una vez hecho abrió la puerta acristalada que conectaba la cocina con el jardín y caminó hasta a sus amigos.

—Chicos, venid —pidió con una sonrisa—. Tengo que enseñaros algo.

El grupo le siguió al interior de la vivienda con aire expectante. El portátil de Jérémie estaba sobre la mesita, las sillas estaban dispuestas para que todos viesen bien. Odd, Ulrich, Aelita, Yumi y William tomaron asiento, Jérémie indicó a Sissi que se sentase también.

—Como bien recordáis el Skid fue destruido y era una herramienta imprescindible para trasladarnos a las replikas —dijo con aquel tono de sabelotodo tan característico—. William, dijiste que seguramente X.A.N.A. estaría atacando lejos de nosotros para evitar las vueltas al pasado. —Asintió con prudencia—. Le he estado dando vueltas… la posibilidad de que aparezcan nuevos superordenadores es muy alta, así que he reactivado los programas que usábamos.

Pulsó varias teclas a un ritmo frenético y sonrió satisfecho cuando se abrió la pantalla del escáner de replikas. En la pantalla parpadeó un punto rojo dentro del mar digital.

—Una replika. —Sonrió ante el horror de sus amigos—. X.A.N.A. vuelve a la carga.

—Mira Einstein, esto es tan raro como yo sacando matrículas de honor en el Kadic —farfulló Odd—. Dices que hay una replika, que X.A.N.A. vuelve a las andadas y estás aquí tan campante.

—Es que he logrado recuperar el Skid. —Se dio un golpecito en el pecho—. Y además he mejorado el programa para enviaros a las cercanías del superordenador, así X.A.N.A. no podrá interferir.

—Esa es una buena noticia —dijo Aelita echándose hacia delante para coger el portátil—. ¿Cuándo podremos destruirla?

Jérémie se puso en pie de un salto con una alegría inusitada.

—¿Qué os parece ahora mismo?

—¡Genial! —exclamó Odd.

—Me parece precipitado —protestó Yumi.

—¡No fastidies! ¡Tú no, Yumi! —Odd pareció deshincharse de golpe—. ¿Por qué me quitas la diversión?

—Haremos algunas pruebas… —Suspiró el genio—. Cuanto antes… lo destruyamos más seguros estaremos y…

William le revolvió el pelo a Yumi, con un gesto que la cabreaba y gustaba a partes iguales.

—¿A dónde ha ido tu espíritu aventurero?

—Está bien.

—¿Voy con vosotros? —preguntó Sissi.

—No, tengo una misión especial para ti. —Jérémie le tendió el papel bien doblado—. Eres la persona idónea para hacerlo.

Sissi enarcó una ceja al leerlo, se mordió la lengua para no protestar, menos era nada, al menos esa vez no quedaba al margen.

Los chicos usaron el túnel secreto que se escondía en L'Hermitage para llegar hasta la fábrica, Jérémie iba a la cabeza, sonriente, con su patinete y el resto como si fuese una procesión le seguían por las alcantarillas. El edificio ruinoso amplificaba el sonido de sus pasos, la puerta del ascensor cerrándose resonó como el rugido de una bestia mecánica. Jérémie se quedó en la sala del ordenador, donde la luz se encendió automáticamente al entrar, al sentarse la silla, esta se desplazó hasta quedar frente a las pantallas y el teclado.

—¿Preparados? —preguntó viendo a sus compañeros en la sala de los escáneres a través de las cámaras de seguridad—. Transmitir Ulrich, transmitir Aelita, transmitir Yumi. Escanear Ulrich, escanear Aelita, escanear Yumi. ¡Virtualización!

El bosque les acogió entre sus altos árboles de copas invisibles, vegetación irregular, grandes rocas, lagos y estrechos corredores. Odd y William se virtualizaron delante de ellos.

Se miraron entre ellos notando los evidentes cambios.

—¿Qué le ha pasado a nuestra ropa? —William expresó en voz alta la pregunta que estaba en la mente de todos.

Aelita llevaba una camisola rosa con ribetes color blanco verticalmente en el pecho, en los márgenes de las mangas, el cuello y la parte baja, ceñida a su cintura con una tira ancha de tela color chocolate anudada con una lazada. En su espalda, dibujadas sobre la tela, las alas de aspecto esponjoso se abrían. Un pantalón corto holgado también rosa hasta medio muslo, rematado en blanco. Sus piernas cubiertas con unas calzas color crema y unos elegantes botines rosa cerrados con cordones marrones. Desde la muñeca hasta un poco por encima del codo, unos manguitos a juego con las calzas decorados con estrellas, pulseras y el falso reloj que escondía sus alas.

El aspecto felino de Odd permanecía intacto. Las orejas de gato de color lila sobresalían entre su pelo rubio de peinado imposible. Su cuerpo estaba cubierto por un traje completo y ceñido de color fucsia, sobre el que llevaba un chaleco holgado morado, cerrado desde el cuello hasta la mitad del pecho, con una ancha cremallera amarilla cuyo tirador era una chapa con la imagen de Kiwi. Los guantes con garras eran anchos y macizos, llegaban hasta el codo rematados con lo que simulaba ser pelo de gato, suave y esponjoso. Un pantalón tipo pirata, también morado, cubría sus piernas. Y los botines bajos presentaban la misma peculiaridad que los guantes. Su cola se agitaba con gracia a su espalda al ritmo de sus pensamientos.

William había pasado del look cibernético a uno más punk. Una ajustada camiseta blanca sin mangas y rasgada cubría su torso, algunos imperdibles parecían mantener la integridad de la pieza. Los guantes negros que simulaban cuero llegaban hasta sus codos, seis correas los mantenían sujetos, en el dorso de las manos sobresalía una protección metálica con varios pinchos plateados decorándolas. Los pantalones azul oscuro lucían cremalleras horizontales y verticales sobre los muslos y tres cinturones rodeaban sus rodillas. Las botas altas tipo corsario cubrían los bajos del pantalón hasta la mitad de sus pantorrillas.

Ulrich recuperaba su aspecto de feroz samurai, con un kimono anaranjado corto hasta media pierna y sin mangas; abierto sobre el pecho dejando ver, la versión virtual, de sus musculosos pectorales y un vendaje blanco desde la cintura hasta las costillas. Sobre la tela del kimono las olas golpeaban las rocas de un barranco, en su espalda la máscara de hannya sonreía burlonamente. El fino obi verde mantenía bien sujeto el kimono y de él pendían dos wakizashi. Llevaba unos pantalones a medio camino entre un hakama y uno occidental de color marrón oscuro, en cuyo tramo inferior, desde la mitad de la pantorrilla, se enredaban las cintas de sujeción de las waraji, sobre estas sus pies cubiertos por los tabi. Sus brazos cubiertos por unos altos guantes negros en los que dos dragones dorados surcaban el cielo sobre el mar.

Yumi volvía a lucir un kimono negro y rojo con sakuras y koi estampados. Las mangas largas y anchas caían con gracia sobre sus muñecas rematadas por largas cintas rojas y negras, tapando el inicio de unos guantes negros sin dedos en los que dos dragones plateados volaban entre montañas. El obi amarillo se ceñía a su estrecha cintura adornado con un obijime rojo del que prendía una sakura tallada en madera. El kimono se abría a ambos lados muriendo a mitad de sus muslos, dejando sus piernas, cubiertas por los leotardos rojos, completamente al descubierto. Sus botas negras eran desiguales, la izquierda llegaba por encima de la rodilla y la derecha quedaba por debajo de esta, ambas estaban ceñidas a sus tobillos por un cordón rojo sangre. Su pelo largo quedaba recogido por palillos en su nuca y dos mechones largos y lisos caían enmarcando su rostro maquillado con blanco mate, rubor rosado y carmín en los labios.

Odd sonrió, Ulrich y Yumi iban más a conjunto que nunca.

—He hecho algunos cambios a vuestros atuendos, creo que las mallas ya no están de moda.

—¿Pasadas de moda? —Odd se rió con ganas—. Me gusta lo del cambio, así Ulrich no se distraerá.

—¿De qué hablas? —gruñó— ¿Con qué se supone que me distraigo?

—¿De verdad quieres que lo diga en voz alta, amigo?

El samurai agitó la mano silenciando a Odd, no era una buena idea que dijera lo que le estaba pasando por la cabeza, por más que fuese cierto.

—Id hasta el final del sector, al norte.

—Podrías habernos virtualizado directamente en el sector cinco, ¿no? —dijo Odd corriendo.

—No vais al sector cinco.

Llegaron al final de la plataforma donde se alzaba la última torre del bosque, su aura era verde en vez de azul. La controlaba Jérémie.

—¿Estáis listos? —dijo tecleando—. Ahí va. Cargando Skidbladnir.

El imponente submarino virtual apareció anclado a la torre verde. Una suave brisa les levantó del suelo y en un instante estaban instalados dentro de la nave. Aelita soltó las amarras y el Skid se sumergió en el mar digital para adentrarse en la red. Aquel aspecto de ciudad submarina, la atmósfera mágica que desprendía parecía sacada de una película de ciencia ficción.

—Os mando las coordenadas —pronunció Jérémie—. No hay ni rastro de X.A.N.A.

—¿Estará echando la siesta?

—No creo que nos esperase tan pronto, Odd.

X.A.N.A. le observó con precaución surcando la red, iban derechos a su copia de Lyoko. ¿Cómo podía, Jérémie, considerarle tan poco inteligente? X.A.N.A. siempre aprendía algo de sus ataques y por supuesto había reforzado su ejército. Les permitió la entrada, les dejó anclar el Skid y vio, con satisfacción, como desembarcaban.

Jérémie respiró aliviado, todo iba como una seda, aunque le preocupaba que su enemigo no hubiese lanzado ningún ataque, ni en Lyoko ni en la red, debía confiar en su teoría de que no les esperaba. Se trataba de una réplica del sector de las montañas con todos sus detalles. El Skid quedó bien anclado a la torre recién controlada por Jérémie y los muchachos desembarcaron. Odd se desperezó e hizo varios estiramientos.

—Bien chicos, escuchadme atentamente. A parte de vuestros atuendos he ampliado el tiempo que podéis usar vuestras habilidades, la telequinesia, la triplicación y tus alas, Aelita —explicó con voz firme—. Odd también he recuperado tus visiones y os he añadido algunas habilidades nuevas —dijo Jérémie satisfecho—. Menos a ti, William…

—Podrías dar al menos una excusa, ¿no?

—No es que no quiera… es que no puedo acceder a tu código virtual.

—¿X.A.N.A.? —preguntó Aelita.

—Es lo más probable —admitió—. ¡Oh, no! Hablando de X.A.N.A., se os acercan dos bloques y… ¿Qué es eso?

Desplegaron sus armas sin necesidad de más explicaciones, dentro del peligroso mundo virtual tenían que funcionar como los engranajes de una máquina perfectamente engrasada. Proteger a Aelita, hallar la torre activada, si la había, evitar por todos los medios caer al mar digital y destruir a todos los monstruos de X.A.N.A.

—¡Flechas láser! —exclamó lanzando una ráfaga de cuatro flechas contra los bloques eliminando a uno sin problemas— ¡Toma ya!

—¡Bola de energía!

El segundo bloque estalló. La oposición de X.A.N.A. era muy débil ¿por qué? William, Ulrich y Yumi permanecían atentos a la otra amenaza que había mencionado Jérémie pero no se veía nada.

—¡William detrás de ti! —gritó desde la fábrica.

—¿Qué…?

Un potente láser impactó en su pecho lanzándole contra una roca a varios metros de distancia.

—¡Díos mío! Has perdido ochenta puntos con un solo impacto. ¿Qué es eso?

—Una serpiente feísima —contestó Ulrich esquivando al monstruo.

—¡Eso ha dolido! —chilló William levantándole a trompicones.

El monstruo, una serpiente azul con el vientre blanco, reptaba veloz sobre el terreno rocoso del sector de las montañas. Sus fauces abiertas se dirigían imparables hacia las piernas de Aelita, Odd, sin pararse a pensar demasiado, se interpuso recibiendo un mordisco en la pierna derecha.

—¡Oh, no, Odd! Estás perdiendo puntos a toda velocidad.

Ulrich saltó hacia delante y atravesó el vientre del reptil con una de sus katanas, pero el monstruo pareció no inmutarse, entonces Yumi lanzó uno de sus abanicos rajando el símbolo de X.A.N.A. en su cabeza. Abrió la boca soltando la pierna de Odd, se tambaleó y estalló.

—¡Duele, duele, duele, duele! —gimoteó el rubio sujetándose la pierna.

—No puede doleros, sois avatares virtuales, no tenéis sistema nervioso.

—¡Pues duele que no veas!

—¿Quieres venir y comprobar si duele? —preguntó William ganando un gesto de aprobación de Odd.

—Ah… Ulrich, Yumi y William os trasladaré a la ubicación del superordenador. —Tecleó y se subió las gafas—. Odd, tú protege a Aelita.

Los tres se desvanecieron de la réplica de Lyoko y aparecieron al borde de un precipicio, el mar azotaba las rocas con fuerza bajo sus pies y la espesa vegetación los envolvía como una manta verde. Era un lugar peculiar. Había una valla metálica que parecía cortar el acceso a alguna fábrica o recinto militar.

—¿Dónde estamos? —preguntó Ulrich analizando su entorno.

—En la Cochinchina —respondió Jérémie.

—Basta con que digas que no tienes ni idea. —Se rió William.

—¿Estamos en Vietnam? —Yumi miró a su alrededor emocionada.

—Exactamente, Yumi. Me alegro de que al menos tú estudiases en el Kadic —dijo con humor.

Se puso tensa, y eso no les pasó desapercibido a ninguno de sus dos compañeros, se encogieron de hombros.

—Lo estudié en Kyoto —farfulló.

William silbó rascándose la nuca.

—No estás de humor, ¿eh?

—Cállate William.

—¿Hacia adonde tenemos que ir? —preguntó Ulrich por cambiar de tema y relajar la tensión.

Jérémie tecleó con suavidad mientras los chicos analizaban las cercanías.

—Al este, por el puente.

—Oh no…

Ulrich sintió que de haber podido habría palidecido como la cera, al ver el puente de cuerda, a unos treinta metros de altura, que parecía a punto de caer.

—¿Aún tienes vértigo? —preguntó William sin rastro de burla en su voz.

—No mires abajo —dijo Jérémie—. Vamos Ulrich, si te caes no te pasará nada.

—Eso no me ayuda.

—Respira hondo y relájate. —La voz dulce de Yumi atrapó su atención.

—No es por presionaros… pero el tiempo corre.

—¿Le dejamos aquí? —William puso los brazos en jarra.

—Will ve delante —dijo Yumi, él se encogió de hombros e inició su travesía hasta el otro lado—. Ulrich, mírame. —Obedeció, ella le cogió ambas manos y comenzó a caminar hacia atrás arrastrándole consigo—. Dime… ¿por qué elegiste las artes marciales antes que el futbol? Eras muy bueno.

—No quería irme de aquí —susurró inmerso en su mirada.

—¿Por algún motivo concreto?

—Creí que…

—Mírame —ordenó al ver que estaba a punto de bajar la vista.

—Esperaba que volvieras. —Se habría sonrojado de no haber sido un polimorfo.

Ulrich apretó con más fuerza sus manos consciente de lo que estaba diciendo.

—Que te lo pensases mejor y regresaras…

—¿Por eso has estado cinco años sin llamarme ni mandarme un mensaje?

—Quise… quise hacerlo pero no sabía que decir.

—Podrías haber dicho algo de lo que… pasó en el aeropuerto. Esperé que lo hicieras —dijo avergonzada con sinceridad. Le soltó las manos y caminó normal—. Ya hemos llegado al otro lado.

William les esperaba unos metros más adelante, apoyado en un árbol retorcido, fruncía el ceño; ahí estaba otra vez la extraña intimidad entre Ulrich y Yumi, en la que una simple mirada se convertía en toda una declaración de intenciones.

—También podrías haberlo hecho tú —replicó el samurai.

—Pensé que había metido la pata.

—¡Eh! —William invocó su espada que apareció en su mano derecha—. Hay prisa, ¿recordáis?

Continuará

Nota: La Cochinchina existe aunque su nombre suene ridículo, buscadla en un atlas si no me creéis, está en la zona meridional de Vietnam, justo al sur de Camboya, en el delta del Mekong.
Aclaraciones:

Hakama: pantalón largo con pliegues, cinco en la parte delantera y dos en la trasera, en la época medieval lo usaban los nobles y los samurai, a partir del periodo Edo (1603-1868) su uso se extendió también a las mujeres.
Hannya: en el folclore japonés el Hannya es un demonio surgido de los celos desatados de una mujer.
Koi: es un tipo de carpa de estanque japonesa.
Mes dos día veintiséis: es el equivalente al día 23 de febrero; he mantenido el formato japonés ya que, el diario está escrito en este idioma. "Nigatsu ni jû roku nichi": nigatsu= ni: dos, gatsu: mes; ni jû roku: veintiséis, nichi: día.
Obi: faja que mantiene sujeto el kimono, el obi femenino es ancho, desde debajo del pecho hasta la cadera; el masculino es estrecho, como el cinturón de los kimono de artes marciales.
Obijime: cordón decorativo que se emplea principalmente para mantener bien firme el nudo del obi, acostumbra a ser de colores vivos.
Sakura: flor del cerezo japonés.
Tabi: calcetín para llevar con las geta u okobo, se caracterizan por mantener el dedo pulgar separado del resto.
Verein für Bewegungsspiele Stuttgart: también conocido como VfB Stuttgart 1893 e. V., es un equipo de futbol de la 1. Bundesliga (primera división), pertenece a la ciudad de Stuttgart, es un equipo importante quedó sexto en la última liga alemana.
Wakizashi: o shôtô, es una espada corta de entre 30 y 60 centímetros. Su filo es más delgado que el de la katana y es usada comúnmente como espada de defensa. Antiguamente los samurai la llevaban junto a su katana, el conjunto era conocido como daishô (la larga y la corta).

Escrito el 24 de agosto de 2010

jueves, 19 de agosto de 2010

25M III.- Resfriado



Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

III.- Resfriado

Dos días atrás a Odd se le había ocurrido la fantástica idea de lanzarle un cubo de agua helada por encima. Si lo hubiese hecho en verano… bueno, no le habría importado tanto, pero era pleno invierno, hacía un frío de narices y de noche helaba.

Moqueaba. Tenía fiebre. Le dolía la cabeza y el pecho. Empezaba a pensar que iba a morirse.

Encima tenía un examen de mates. Adiós al plan de quedarse en la camita durmiendo. Le quedaba el consuelo de saber que aquella misma noche iba a cenar con Yumi, le diría que la quería, y después, si todo iba bien, podría morir feliz.

La señora Meyer le miró enarcando una ceja, no era de extrañar, estaba con el abrigo y la bufanda puestos dentro de la clase. El blanco del papel le dañaba los ojos como si fuese amarillo fosforito y el bolígrafo pesaba una tonelada en su mano. Entonces tuvo una sensación muy rara, como si el mundo hubiese girado bruscamente y la gravedad se hubiera invertido, después nada.

Odd, Jérémie y Aelita saltaron de sus sillas al ver a Ulrich caer al suelo. El aula se llenó de exclamaciones, susurros y sorpresa. La señora Meyer corrió hasta él, le puso la mano en la frente y ahogó un grito.

—¡Sissi! Ve a buscar a Jim y a Yolande —ordenó al borde de la histeria—. Todos los demás salid al patio. ¡Ya!

Los alumnos obedecieron sin rechistar, menos la pandilla que permanecía arrodilla junto a su amigo.

—Vosotros también —graznó la profesora.

—Pero…

—¡Fuera!

No les quedó más remedio que salir. Jim y Yolande entraron en estampida en la clase y a los pocos minutos, un pálido Jim, salió manteniendo una conversación telefónica con el hospital. Pedía una ambulancia.

Aelita corrió hasta la clase de Yumi, llamó su atención desde la ventana, la vio levantarse, disculparse y desaparecer detrás de la puerta. Se le acercó corriendo.

—¿Qué pasa? Creía que teníais un examen.

—Yumi —dijo mientras sus ojos se inundaban—. Es Ulrich… se lo lleva una ambulancia.

—¿Q-qué?

Sintió que se le helaba la sangre en las venas. Arrastró a Aelita hasta la parte delantera del Kadic, donde la ambulancia esperaba con las puertas abiertas. Le llevaban en la camilla, con una mascarilla y un gotero en el brazo, se le encogió el corazón. Fue hasta a allí nerviosa, Jean-Pierre Delmas le miró severamente.

—Me da igual lo que diga, señor. Voy a ir con él.

—Está bien —cedió con una facilidad sorprendente.

Ella subió a la ambulancia, el director les siguió en su coche gris oscuro. Las urgencias estaban colapsadas y el señor Delmas se alegró de que la muchacha hubiese ido. Mientras Yumi esperaba, junto a la camilla de Ulrich, en uno de los pasillos, él probó, cientos de veces, contactar con los señores Stern. Acabó rindiéndose, o estaban sordos o no querían contestar.

Dos horas después, el médico se lo llevó, le examinó y le ingresó. Tenía una pulmonía, pero se pondría bien. Un par de días en el hospital y a casa a descansar. Yumi se sintió tan aliviada como si le hubiesen quitado doscientos kilos de encima.

Empezaba a atardecer, y a Delmas no le quedó más remedio que marcharse, no sin que antes ella le prometiera seguir intentando ponerse en contacto con los padres de Ulrich y que le llamaría si había algún cambio.

Yumi probó suerte otro centenar de veces y llegó al punto de pensar que la ignoraban deliberadamente, era imposible que nadie contestase al teléfono durante nueve horas, aún más teniendo en cuenta que era el teléfono personal del señor Stern y siempre lo llevaba encima. Decidió hacer un último intento antes de darse por vencida, al fin obtuvo respuesta.

—¿Diga?

Se quedó helada al reconocer la severa voz del padre de Ulrich, pero se había comprometido a hacerlo, así que se armó de valor.

—Señor Stern —titubeó—. Soy Yumi Ishiyama, una amiga de su hijo.

—¿Qué quieres?

—Ah… no sé si habrá tenido oportunidad de escuchar sus mensajes. Verá… —Se sentía intimidada y eso que no lo tenía delante—. Es que Ulrich… está en el hospital.

—¿Qué le pasa? —El señor Stern mantenía el tono severo e indiferente— ¿Es grave?

—Se desmayó en clase, tenía mucha fiebre y… es una pulmonía. Se pondrá bien, pero le convendría tener compañía cuando despierte.

—Tengo mucho trabajo y mi hijo tiene una salud de hierro, no se morirá por una pulmonía —replicó impasible—. Puede esperar a mañana. Adiós señorita Ishiyama.

—¡Oiga!

Al otro lado solo oyó el tono intermitente de final de llamada. Lanzó un bufido totalmente fuera de sus casillas, no le extrañaba que Ulrich se cabrease con solo nombrarle. Menudo hombre más insensible, al menos podría haberle dado el teléfono de su mujer, quizás ella si querría ir. Era una suerte que Ulrich no se le pareciese, porque de lo contrario le hubiesen dado ganas de estrangularle.

Volvió a entrar en el hospital y se encaminó hacia la habitación de Ulrich, no quería que se encontrase solo al despertar. La luz del fluorescente daba un tono blanquecino al lugar. Tomó asiento en la incomodísima butaca reclinable de color gris, junto a la ventana, a escasos centímetros de los pies de la cama.

Le observó largo rato, con la máscara de oxígeno de color azul puesta. Su pecho subía y bajaba a un ritmo regular, pero menos profundo de lo que sería normal teniendo en cuenta que dormía. Con ello sólo consiguió ponerse nerviosa, así que bajó a la velocidad de la luz al kiosco de la entrada y se compró un libro. Si no se hubiese dejado la mochila en clase podría haber hecho los deberes.

Se abstrajo tanto como pudo, sin poder evitar sobresaltarse cada vez que tosía o le oía moverse.

—¿Dónde estoy? —preguntó con voz ronca y pastosa.

—¡Ulrich!

Saltó de la butaca lanzando el libro al suelo y se abalanzó hacia la cama con los ojos brillantes.

—Estás en el hospital. Te desmayaste en clase. —Alzó la mano con la intención de acariciarle la mejilla pero se detuvo a medio camino, y finalmente la apoyó en la almohada—. ¿Cómo te encuentras?

—Un poco mareado. —La miró adormilado y se percató de que ya había anochecido, las estrellas brillaban detrás de Yumi—. ¿Qué hora es?

—Las diez.

—¡Oh no! La cena…

Yumi le sonrió y esta vez sí acarició su mejilla con los dedos.

—No te preocupes por eso. Lo importante es que estés bien.

—Pero yo… te-tenía pensado decirte que yo… que tú… que te… —se sonrojó tanto que pareció que le había vuelto a subir la fiebre—. Algo importante…

—¿Cómo está mi amigo el moribundo?

—¡Odd! —protestaron Jérémie y Aelita entrando en la habitación.

Yumi se apartó de la cama como si estuviera en llamas.

—Creo que viviré un poco más —replicó con humor.

—No sabes lo que nos ha costado convencer a Jim para que nos dejase venir.

Ulrich se bajó la mascarilla y esbozó un intento de sonrisa. Yumi puso los ojos en blanco y volvió a colocársela.

—No puedo hablar con eso puesto —se quejó.

—Y si te la quitas no puedes respirar.

—¿Sabéis? —dijo Odd levantando un dedo—. Parece que llevéis casados cincuenta años.

Aelita y Jérémie se rieron al verlos tan sonrojados y Odd adoptó una de sus poses de victoria. Jérémie le entregó su mochila a Yumi, William se había asegurado de recoger todas sus cosas y dárselas personalmente a la pandilla. Ella aprovechó la presencia de sus amigos para escabullirse y poner al corriente al director del estado de Ulrich y, a regañadientes, de su desagradable conversación con el señor Stern. Volvió rápidamente.

En la puerta Jim cruzó los brazos sobre el pecho y les dirigió una mirada severa, no pensaba dejar que se olvidaran de su presencia y que, de ser necesario, les llevaría de la oreja hasta la escuela. Pese a su seriedad estaba contento de ver que la estrella de su equipo de futbol y de las artes marciales estaba bien y no tardaría en recuperarse. La iniciativa de aquella visita había sido cosa suya y si el director se enterase estaba convencido de que le despediría.

Odd le relató, con pelos y señales, el último show de Sissi, tan ridículo y divertido como casi siempre. Se había pavoneado frente a Théo e intentado dejar en evidencia a la pequeña Milly, y por lo que él llamaba "justicia fulminante", la señorita Sissi Delmas había pisado una piel de plátano, aparecida de la nada, y por tanto rodado por el suelo estrepitosamente arrancando las risas de todos. Cabe decir que la piel la había tirado Odd, aunque no fue a propósito.

No protestaron cuando el profesor les exigió que salieran para regresar a Kadic, el grandullón tenía su corazoncito y se la había jugado por ellos, una vez más.

Con la marcha de los chicos las risas cesaron y el silencio inundó la habitación. Ulrich se preguntó cuánto tardaría Yumi en irse, cuando lo hiciera se quedaría solo. La simple idea le dejó desolado. Ella le miraba fijamente desde la butaca, con cara de preocupación, trató de sonreír para tranquilizarla pero no lo logró.

—¿Mi padre sabe que estoy aquí?

Yumi se retorció los dedos nerviosa.

—He hablado con él… antes —admitió—. Ha dicho que vendrá pronto.

—Ha dicho que no voy a morirme y que vendrá cuando no tenga trabajo, ¿verdad?

Suspiró cerrando los ojos, era inútil mentirle.

—Sí…

—No importa —dijo bajándose la máscara de oxígeno—. Siempre es igual.

—¡Oye! La enfermera ha dicho que no te la quites —espetó levantándose y recolocándosela—. Se un buen paciente.

—Puedo… ¿pedirte un favor? —Yumi asintió—. ¿Te importa llamar a mi madre?

—Si me das su número lo haré encantada.

Marcó el teléfono en el móvil de Yumi y ella salió fuera, a la zona donde lo podía usar. Le dio al botón de llamada, la señora Stern contestó al primer tono.

—¿Sí? —Su voz era menos intimidante que la de su marido, pero la dejó igualmente bloqueada—. ¿Quién es?

—Ah… señora Stern, soy Yumi Ishiyama, una de las amigas de su hijo. Verá… le llamo por que…

—Mi marido ya me ha comentado que está resfriado.

—¿Resfriado? —preguntó aturdida.

—Bueno, querida, todos nos resfriamos, no es motivo para asustar a nadie.

Yumi apretó el móvil con rabia, haciendo crujir la carcasa del mismo.

—¡No está resfriado! —gritó ganando las protestas de la gente de la sala de espera. Carraspeó disculpándose con la mano—. Está en el hospital. Tiene una pulmonía.

—Si fuera grave, el señor Delmas, nos habría llamado.

Quiso gritar y zarandearla hasta dejarla molida y doblada en el suelo suplicando para ver a su hijo. Esos dos la sacaban de sus casillas, parecía que vivían en un universo a parte del resto de la humanidad.

—Y lo ha hecho —dijo con frialdad conteniendo su rabia—. Pero no les ha localizado. Ulrich me ha pedido que la llamase.

—¿Por qué no me ha llamado él?

—Por que le cuesta hablar y en la habitación no se puede usar el móvil.

—Bueno, querida, tengo que acabar de limpiar la cocina, si no tienes nada más que decir. Dale un beso de mi parte a Ulrich.

Yumi se encontró de nuevo escuchando el pitido intermitente de final de llamada. ¿La cocina? ¿Iba en serio? Frunció el ceño y apretó los dientes, salió a la calle pisando el suelo con tanta rabia que podría haber roto las baldosas. La puerta automática de urgencias se cerró a sus espaldas, un taxi se detuvo a unos metros de ella, la gente iba y venía, y ella gritó exasperada soltando toda la frustración acumulada, todas las miradas se clavaron en ella. Respiró hondo un par de veces y volvió a entrar en el hospital ignorando deliberadamente las miradas interrogativas de los que la habían oído gritar. Le habían hecho perder la calma, y eso no era algo que pasase fácilmente.

¿Qué demonios pasaba con los adultos de la familia Stern? ¿No tenían sentimientos? ¿Les importaba todo una mierda? Más le valía a Ulrich no acabar siendo como ellos o iba a estrangularle, en serio.

Él le sonrió desde la cama y ella se sintió fatal y conmovida a partes iguales.

—¿Has hablado con ella?

—Ah…

—Ya… —murmuró—. Gracias por intentarlo.

—Lo siento —dijo agachando la cabeza.

—No es tu culpa. —Llevó la mano hasta la mascarilla moviéndola, Yumi le miró mal, automáticamente la volvió a dejar en su lugar—. Ya ves, estamos nominados a la familia más feliz y unida del mundo.

Ella agachó la cabeza y su melena azabache impidió que Ulrich viera que se le habían llenado los ojos de lágrimas. Aquella situación era cruel, violenta y odiosa. Le hacía plantearse muchas cosas y ninguna de ellas era demasiado buena.

—Siempre tendrás sitio en la mía —susurró.

—Tendrás que enseñarme a comer con palillos —bromeó.

Yumi se rió, parpadeó varias veces para disipar las lágrimas antes de mirarle.

—Debería marcharme ya.

—¿Ya te vas? —preguntó con una mueca de disgusto.

—Es la una de la madrugada, ojala pudiera quedarme.

—Claro… —refunfuñó.

—Descansa, volveré por la mañana.

Ulrich cerró los ojos y frunció el ceño. Iba a pasar la noche solo en la cama de un hospital, un plan excelente. Se bajó la mascarilla pensando en algo profundo que decirle.

Quizás fuese por tener los ojos cerrados, quizás por lo impensable del gesto, pero no lo vio venir. Yumi le dio un suave beso en los labios, antes de volver a acomodarle la mascarilla.

—Yu-Yu… Yumi. —Se sonrojó hasta las orejas.

—Buenas noches, Ulrich.

La vio coger sus cosas, acercarse a la puerta y despedirse moviendo la mano. La puerta se cerró chirriando como si estuviera triste. Sacó todo el aire de sus pulmones y tosió ruidosamente, "mala idea" se repitió varías veces cuando la habitación dio vueltas a su alrededor y sus oídos pitaron ruidosamente.

No era justo. Sus padres deberían de haber estado ahí a su lado, cuidándole o al menos haciéndole compañía. Envidiaba a sus amigos y sus familias felices. No sabía como Aelita sobrellevaba la ausencia de sus padres, a ella también la envidiaba.

Un chirrido resonó en la habitación, abrió los ojos y allí volvía a estar Yumi, de pie en el dintel de la puerta, con su ropa negra y sus ojos brillantes. Se sintió tentado de mirar por la ventana y comprobar la hora, pero estaba seguro de que no había pasado más de diez minutos desde que se había ido.

—Si que ha amanecido rápido —optó por decir.

—He sobornado a la enfermera para que deje que me quede.

—¿Y tus padres?

—No hay problema. —Sonrió—. Mi padre está de viaje y mi madre te manda saludos.

—Gracias —dijo bajándose la mascarilla.

Yumi suspiró y se la recolocó.

—Si vuelves a quitártela te la grapo a la nariz, ¿queda claro?

—Cristalino.

La conocía lo suficientemente bien como para saber que sería capaz de hacerlo sin parpadear ni perder la sonrisa.

—Y-Yumi… y-yo, tú y yo… nosotros…

—Déjalo estar —dijo con media sonrisa—. Ya me lo dirás cuando salgas de aquí y parezcas un poco menos…

—¿Moribundo?

—Eso —contestó riendo.

Ulrich miró, enarcando una ceja, como Yumi empujaba la butaca y la colocaba entre la pared y la cama, al lado contrario de donde estaban el gotero y el resto de chismes médicos. Tiró de la palanca para ponerla en posición horizontal, como si fuera una cama de lo más incómoda, y se tumbó como pudo.

—¿Qué haces?

—Así si necesitas algo sólo tienes que bajar la mano y despertarme —dijo como si fuera lo más evidente del mundo.

La butaca quedaba más baja que la cama, así que en cuanto Yumi apoyó la cabeza en ella dejó de verla. Tenerla ahí, al lado, sin poder verla, tan cerca, después de lo que acababa de pasar y en esas circunstancias… Ahogó un suspiro. Bajó la mano con la palma hacia arriba, escuchó a Yumi moverse y al instante el cálido contacto de su mano sujetando con firmeza la suya.

Ambos durmieron, todo lo que se puede dormir en un hospital con enfermeras entrando y saliendo constantemente, en la posición más incómoda del mundo pero sintiéndose como si estuvieran en el lugar más agradable del planeta.

Fin
Escrito el 18 de agosto de 2010

domingo, 15 de agosto de 2010

UDN.- Preferencias



Preferencias

Muchas veces he escuchado que las personas estamos condicionadas por nuestras preferencias. A mí siempre me ha gustado el helado de fresa con chocolate fundido, los ojos negros i el cabello rojo. Quizás por eso, no puedo dejar de mirar al chico que duerme en el suelo a mi lado.

El destino marcó en el calendario nuestro encuentro. Le tendría que haber matado, pero me lo llevé conmigo.

Nuestro precario refugio crujía bajo la fuerte tormenta que azotaba la ciudad. Si no hubiese visto las cosas que he visto, si no fuese quien soy seguramente estaría aterrorizada.

Miré el reloj colgado en la pared ennegrecida por la humedad, pasaban de las siete.

—¡Arriba! —le dije—. Es hora de salir.

Cesc se rascó un ojo mirándome como si estuviese loca, eso me hizo sonreír como si fuera idiota. Se levantó sin protestar, cosa que me sorprendió, los primeros días había gritado, pataleado y hecho aspavientos para no salir de la cama. Cabe decir que le entendía, hacía frío, mucho frío, y la perspectiva de vagar sin rumbo por la ciudad en medio de un temporal de lluvia no era demasiado tentadora.

—¿Cuál es el plan para hoy? —me preguntó con sarcasmo.

—Haremos la ronda. Subiremos a la montaña, hay construcciones antiguas donde acostumbran a esconderse los míos. —Le di la espalda mientras se cambiaba de ropa—. Hay un lugar en concreto que me interesa. Está en mitad del bosque, hay una fuente de esas con un estaque debajo y una estatua de una mujer sentada peinándose. Muy cerca hay una especie de casa de piedra, parece sospechosa.

—¿Quieres decir? Casas de esas que hay por todos lados, mira los pueblos antiguos.

Suspiré, no me había hecho entender como esperaba.

—Son un montón de piedras apiladas haciendo la estructura de una casa. Parecen guijarros de río.

—Muy bien. Tú mandas, ¿no?

No contesté. Básicamente porque yo no mandaba. Le había salvado. Pero no mandaba. Quizás para un humano todo aquello fuese demasiado complicado.

—¿Qué? ¿Estarás de morros todo el día o nos moveremos?

—Cualquiera diría que empieza a gustarte todo esto. —Se encogió de hombros y negó con la cabeza—. No sé si eso es bueno o malo.

—No te lo tomes a mal, pero sólo pienso en que quizás así logre escaparme.

Suspiré. Debía de haberlo imaginado. Aunque me jodiese no le podía dejar huir, aún no. El imbécil siniestro nos estaría buscando como un loco, sediento tanto de sangre como de venganza. Nos haría picadillo.

—Vamos —dije sin emociones.

Cesc me siguió en silencio. Tenía que esforzarme por no ir demasiado deprisa, porque si no, él no podría seguirme. Llovía a mares, parecía que el cielo se nos caería encima. Los transportes públicos eran una opción demasiado peligrosa, así que le hice caminar por la ciudad y después por el barrizal en que se había convertido la montaña.

Al cabo de dos horas de excursión embarrada y silencio sepulcral Cesc habló.

—¿Cómo funciona?

—¿El qué?

—Eso de ser un diablo. —Pensé que se burlaba de mí y me giré para verle la cara, sonreía, curioso de verdad—. ¿Sois como los vampiros? ¿Mordéis y transformáis a la gente? ¿Tenéis superpoderes?

Me eché a reír, yo me había hecho las mismas preguntas tiempo atrás.

—Siento decepcionarte pero no nos parecemos en nada a los vampiros. —La voz me salió en un tono suave y dulce—. ¿Mordemos? Pues sí, pero no transformamos a la gente en diablos. No funciona así.

—¿Entonces no podéis hacerlo?

—Bueno… sí que se puede. Pero es muy difícil, los humanos sois muy frágiles y el ritual es muy duro.

Me estremecí. Lo había presenciado una vez, me horrorizó. Me sentí mareada, enferma y asqueada.

Era un chico de dieciséis años, Lali, una diablesa de mi edad, se había encaprichado de él y lo quiso tener para el resto de la eternidad con ella. Él, por supuesto, no sabía lo que era su novia.
Le sedaron y ataron a una fría mesa de acero inoxidable, de esas de las autopsias, cuando el chico se despertó estaba tan acojonado que se meó encima. Entonces comenzó todo.

Nuestro consejero, que también era algo así como un mago, un viejecito de más de tres mil años de antigüedad, blandió un puñal de obsidiana y lo hizo resbalar por la piel del chico haciendo brotar la sangre. Un total de doscientos cortes, a esas alturas, el pobre chaval agonizaba. Pero su tortura no acababa ahí. La horda de diablos, diez, se lanzaron sobre él y le mordieron, haciendo que su sangre salpicase por todas partes, mientras que Lali trataba de tener sexo con él, cabe decir que no lo consiguió. El chico murió desangrado minutos después. La ceremonia aún no había llegado a la mitad, fue un fracaso absoluto.

—Qué decepción —murmuró.

—¿Por qué?

—Esperaba los detalles macabros.

Le lancé una mirada escéptica.

—¿Hablas en serio?

—No, pero me ha dado la sensación de que me echarías el rollo.

Los dos estábamos empapados y embarrados. Él me miraba fijamente y yo tenía ganas de darle una bofetada. Sus ojos negros enfocaron algo detrás de mí pero yo no aparté la vista de él.

—Ey, mira —dijo sorprendido—. ¿No es eso lo que buscábamos?

Fruncí las cejas antes de girarme. La fuente con la mujer que se peinaba estaba allí, en medio de un claro en el bosque, rodeada de pinos, como una ninfa. Le apreté la mano, en parte emocionada, en parte muerta de miedo. Si lo recordaba bien la casa tenía que estar justo a nuestra izquierda, la cortina de lluvia dificultaba la visión. Avancé arrastrándole.

En efecto, la precaria casa de piedra estaba allí, como un testimonio mudo de un tiempo mejor donde la gente podía confiar en sus vecinos. Sus paredes estaban llenas de grafittis cutres y el moho asomaba entre las piedras.

—¿Entraremos? —murmuró a mis espaldas.

—Yo sí. Tú esperarás aquí, ¿entendido?

Asintió en silencio y entré con cautela. Mis ojos dorados me permitían ver bastante bien en aquella oscuridad, pero no los necesitaba para saber lo que había pasado allí dentro. Me llegaba el olor de la sangre, de muchas personas, quizás el diablo estaría echando la siesta después de la comida.

Al llegar al final del pasillo comprobé que no había nadie, se me había escapado, pero ¿cuánto hacía que se había marchado? Hundí mis dedos en el charco de sangre. Estaba caliente, muy caliente. Aquella persona acababa de morir aún no hacía ni cinco minutos.

Me espeluzné. Cesc esta solo fuera. Mi cautela se esfumó y corrí como una bala al bosque.

Un diablo, con el aspecto de un hombrecito frágil y enfermizo, tenía a Cesc en el suelo, le tapaba la boca con la mano. Estaba preparándose para comérselo. Mi corazón latió con fuerza y mi naturaleza pasó por encima de mis modales de humana. Me lancé sobre él, con el cuerpo encorvado, las manos tensas y enseñando los dientes, completamente fuera de mis casillas. Hice rodar al diablo por encima de las agujas de los pinos, el barro y el agua. Le mordí con todas mis fuerzas en el brazo, su sangre goteaba de mis labios y manchaba mi camiseta.

—No toques a mi humano, escoria.

El diablo me empujó y choqué contra uno de los pinos quedando aturdida.

Creo que soñé con mi abuela. Me explicaba una de aquellas historias sobre los romanos y los griegos. Me pareció, incluso, poder saborear el pastel de fresa que cocinábamos juntas.

Una mano cálida sobre mi mejilla me devolvió a la realidad, parpadeé hasta conseguir enfocar la cara preocupada de Cesc, tenía una brecha en la frente.

—Ey venga, Mercè, despierta.

—¿Dónde está?

—Ha huido.

Me ayudó a levantarme, le temblaba la mano, en parte por el frío y sobre todo por el susto. Se encogió de hombros.

—Quiero volver a casa —titubeó.

—¿Te encuentras bien?

No contestó, tampoco me miró.

—Volvamos —dije sin más.

Durante todo el trayecto, Cesc caminó cinco pasos por detrás de mi, mudo como una tumba. Había estado a punto de morir, ¿quién podría recriminarle aquella actitud? Yo no podía.

Fin

Escrito originalmente en 1993, reeditado el 13 de agosto de 2010.

viernes, 13 de agosto de 2010

25M XXV.- Camisa



Code: Lyoko y todos sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Advertencia: contiene lime.

XXV.- Camisa

Estábamos en mi ciudad. Stuttgart. No venía por aquí desde que tenía siete años. Y seguramente no estaría aquí si aquel mensaje de Franz Hopper no hubiese llegado.

Jérémie había entrado en estado de euforia. Ayudar a Aelita era importante.

Yo era el único que sabía alemán por lo que me convertía en el candidato perfecto para ir. Pero ¿quién iba a acompañarme?

Ella se ofreció. Con su magnifica sonrisa.

Yumi y yo partimos aquel mismo día, sin equipaje, sólo con lo puesto. Ella con su vestido de tirantes negro, y yo con camisa blanca y vaqueros.

Las luces de la ciudad nos recibieron. Cogimos un taxi desde la estación de tren hasta mi antigua casa, un trayecto de a penas quince minutos, en el que el taxista no paraba de maldecir a los políticos y de mirar, de un modo poco apropiado, a Yumi. Me estaba poniendo histérico con comentarios del tipo "cuando te canses de tu novia me la pasas" o "¿qué tal se porta en el catre?", "has hecho bien, muchacho, eligiendo a una que no sabe tu idioma, así no tienes que escucharla". Juro que de haber podido le hubiese incrustado su retorcida nariz en el cerebro.
Respiré aliviado al bajar, aunque ella no supo el motivo y yo preferí dejarla con la intriga. Metí la mano en mi bolsillo derecho en busca de la llave.

—Te vas a reír… —dije con una expresión estúpida.

—¿Reírme? ¿Reírme por qué?

—Me… he dejado las llaves en el tren.

Esperaba una reprimenda, pero Yumi se rió con ganas.

—¿Y dónde vamos a dormir? ¿Debajo de un puente?

—Creo que hay una pensión aquí al lado.

Ella volvió a reír.

—Una pensión —repitió—. Qué romántico.

Sentí una punzada en el pecho. Cada vez que Yumi pronunciaba la palabra "romántico" el corazón me daba un vuelco, alimentaba la esperanza de que algún día pudiese tenerla entre mis brazos, despertar cada mañana con ella a mi lado y, morir viejo y feliz rodeado de hijos y nietos.
Recorrimos la manzana, muy cerca el uno del otro, hablando de Franz Hopper.

Nos detuvimos frente a un letrero de neón que parpadeaba, seguramente era la pensión más espantosa de toda la ciudad. A ella no debió parecerle tan horrible como a mí, porque tomó mi mano y me llevó hacia el interior.

—Podría ser peor —me susurró al oído.

Un tipo gordo, sudoroso y con aspecto de no saber que eran ni el agua ni el jabón, se plantó frente a nosotros detrás del mostrador.

Quisiéramos dos habitaciones —dije en alemán.

Sólo tengo una individual —me contestó mirando de arriba abajo a Yumi.

Ella se dio cuenta y le sostuvo la mirada, desafiante, con aquella sonrisa que indicaba que, si seguía por ese camino, iba a patearle el culo hasta que suplicase piedad.

—Creo que tendremos que irnos a otro sitio —le dije en voz baja a Yumi.

—¿Por qué? ¿No hay habitaciones?

—Una individual —le informé.

—¿Cómo se dice "nos la quedamos"?

—Yumi, "individual" significa para una sola persona.

Me dio un puñetazo en el brazo sin demasiada fuerza.

—Sé lo que significa "individual", Stern —dijo seria—. Mejor eso que el puente, ¿no?

Suspiré, no la iba a convencer de lo contrario.

La ventaja de tener veinte años era que, en mi poder, tenía una tarjeta de crédito, la desventaja de ser Ulrich Stern, era que no tenía muchos fondos. Pero no podía permitir que Yumi pagase.

El hombre nos hizo descuento, tras haber intentado tocarle el culo y que ella le hubiese estampado contra una pared, y retorcido el brazo hasta hacerle llorar como a un bebé. Así pues, la factura de cincuenta euros se vio reducida a veinticinco.

Habitación cuatro, primera planta, al lado de las escaleras —nos gritó sin atreverse a acercarse a ella—. Hay una manta en el armario y el baño está dentro.

La escalera era de madera y crujía bajo nuestros pies, la barandilla parecía estar a punto de ceder. Era un sitio horrible. Sin embargo la habitación me sorprendió, estaba limpia como una patena, las paredes pintadas de un blanco inmaculado, la cama perfectamente hecha, el encerado del suelo reluciente. Debo reconocer que casi me caigo de culo al verlo.

—Parece que es una porquera limpia.

—Creo que quieres decir "pocilga".

Me escrutó con sus brillantes ojos negros y movió la mano, de arriba abajo, dejando claro que el haber confundido la palabra le preocupaba tanto como quien iba a ganar el reality show de moda.

A veces se equivocaba, y eso me resultaba fascinante, la mirada, a medio camino entre vergüenza y confusión, le daban un aire especial y único. En esos momentos te dabas cuenta del esfuerzo que le suponía hablar correctamente en francés.

—¡Ey! Tenemos hasta jabón. —Me sacó de mis cavilaciones—. Quién iba a decirlo, con la pinta que tenía el encargado.

Me reí tanto que acabé tosiendo como un idiota.

—Hemos olvidado comprar comida… —susurró acercándose a mi.

—Hay una gasolinera a dos manzanas. Iré a comprar un par de sándwiches y refrescos.
Me sonrió y sacó el portátil que nos había dado Aelita, abrió la página de enlace con el satélite espía que ahora controlaba Jérémie. Tecleó las coordenadas del lugar que nos indicaba el mensaje de Franz Hopper.

Salí sin hacer ruido en busca de nuestra cena. El barrio no había cambiado demasiado, era ventajoso tener la seguridad de que no iba a perderme, sería vergonzoso perderme en mi propia ciudad.

Las farolas marcaban el camino a seguir, como si fuera el camino de baldosas amarillas de "El mago de Oz". Esquivé el Mercedes que casi me atropella cuando entró a repostar y crucé la puerta automática de la tienda. El guardia de seguridad me escrutó con la mirada y, cuando determinó que no era peligroso, clavó su mirada en la cajera como si contemplase una obra de arte, me pregunté si yo miraba así a Yumi.

Me detuve frente a las cámaras frigoríficas y cogí un par de latas de refresco y otro par de botellas de agua, pasé a los sándwiches, no tenía muy claro de que tipo le gustaban a Yumi así que cogí uno de cada, un total de siete, no pasaríamos hambre, eso seguro.

Pagué y me dispuse a volver, no sin antes echarles una última mirada al guardia y a la cajera, estaba convencido de que ambos sentían lo mismo, la sola idea de pensarlo me estrujó el corazón. Corrí, para no pensar en ellos, para no pensar en nosotros, en lo que un día casi fue y que no sabía si algún día podría ser. Cuando me dí cuenta estaba frente a la cochambrosa pensión, el dependiente dormía con la cara pegada al mostrador, bajo su mejilla sobresalía un boli, sonreí pensando en la marca tan ridícula que tendría cuando se despertara.

Cuando abrí la puerta Yumi seguía ahí tecleando. Estaba preciosa. Cerré y me senté junto a ella, le tendí la bolsa con los sándwiches, ella tomó el de queso y yo el de pavo.

Con Yumi era fácil estar en una habitación y hablar de cualquier cosa, por estúpida que fuera, y sentirse como en casa, la familiaridad y la intimidad eran tan cómodas, que parecía que llevásemos toda la eternidad juntos.

Cenamos sentados en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, muy cerca el uno del otro pero sin tocarnos, separados por las latas de refresco.

Nuestra conversación giraba en torno a nuestra ruta del día siguiente, en el posible modo de llegar, taxi, transporte público, alquilar un coche… Reímos por la abundancia de la comida, no tendríamos que preocuparnos por comprar nada, hicimos hipótesis sobre Hopper, sobre como ayudar a Aelita.

Le di un codazo a mi lata de refresco manchando la ropa de Yumi.

—¡Mierda! —exclamé—. Te he manchado.

Actué como si estuviera loco, poniéndome en pie bruscamente, buscando algo con que secarle el vestido. La escuché ponerse de pie, caminar hasta mí y entonces me dio una colleja.

—Relájate, ni que me hubieras apuñalado. —A veces Yumi era muy poco delicada—. Lo lavaré y quedará como nuevo.

—Sí… buena idea —titubeé.

Se encerró en el lavabo y la oí abrir el grifo. Entonces caí en la cuenta de que el vestido era la única ropa que llevaba ¿qué iba a ponerse? Toda la sangre de mi cuerpo se concentró en mi cara.
Me quité la camisa y llamé a la puerta del baño.

—¿Qué pasa?

Entreabrió y asomó la cabeza, yo miré a un lado tendiéndole la pieza de ropa.

—Usa esto…

—Gracias —dijo tomando la camisa—. ¿Te importa que me de una ducha?

—A-adelante.

Un par de minutos después salió, con mi camisa puesta y el vestido empapado en la mano, lo tendió en la ventana. Le quedaba mejor que a mí, le quedaba de fábula, aunque seguramente ella hubiese preferido una más larga.

Volvió a encerrarse en el baño y escuche el inconfundible sonido de la ducha. Aparté mi mente de eso, porque soy un caballero o quiero serlo en un futuro muy próximo, y porque no podía salir nada bueno de imaginarme cosas. Así que me concentré en la pantalla del portátil y los números que pasaban a toda velocidad. Acabé con un mareo de los que hacen historia, tirado en la cama como un trapo sucio y una cara que no quería ni imaginarme.

La puerta se abrió con un leve crujido y la figura de Yumi apareció entre el intenso aroma a champú, con una toalla blanca en las manos, y como siempre sus movimientos me dejaron fascinado. Es que cada vez que Yumi se movía era como si lo hiciese una bailarina, elegante, delicada y sin movimientos innecesarios.

No podía dejar de pensar en lo bien que le quedaba mi camisa, sin embargo, me moría de ganas de quitársela.

Siendo dos adultos no se hacía nada fácil mantener esa relación de "sólo amigos", y menos aún cuando aparecía frente a mí tan sugerente, con esas largas piernas perfectamente torneadas a la vista.

—¿Has llamado a Aelita? —preguntó sacándome de mi ensoñación.

—No.

Se sentó a mi lado en la cama, secando su pelo azabache con una toalla. Olía a fruta fresca.

—Siento lo de tu camisa —musitó.

—¿De qué hablas?

—La he mojado.

Eso me obligó a mirarla para no parecer descortés. La tela blanca se adhería a su piel y se transparentaba sobre sus hombros y la espalda. Demasiado sugerente. Demasiado seductor. Demasiado para mantener la razón y la distancia.

Quise levantarme. Quise alejarme. Quise encerrarme en el baño y meterme bajo el agua helada de la ducha. Juro que quise.

Pero no pude.

La besé con frenesí, sin ningún tipo de delicadeza, derribándola sobre la colcha de flores que cubría la cama.

Acaricié su mejilla, su fino cuello, su clavícula. Deseaba más, pero me detuve en su hombro. Recuperé el control sobre una parte de mí y me separé un poco de sus labios.

—Yo no quiero ser sólo tu amigo —pronuncié con voz ronca y extraña.

En ese punto podían pasar dos cosas: que Yumi me correspondiese, o que me hiciese una de sus dolorosas llaves de kung fu, esas que tanto me gustaban siempre que no fuesen dirigidas a mí.

—Esto me está matando, Yumi. —Llevé su mano al punto donde latía con fuerza mi corazón—. Me vuelves loco, cada vez que te veo me muero por besarte. Llevo años aguantando. Ya no puedo más…

Me quedé clavado en sus ojos negros, profundos y brillantes, esperando una palabra, un gesto… algo, pero no hizo nada.

—Di… algo —supliqué.

—Calla —me susurró.

Pensé que iba a recibir un golpe, sin embargo sus brazos rodearon mi cuello y me atrajo hacia su cuerpo para besarme.

Sus caricias en mi espalda desnuda, eran la cosa más maravillosa del mundo. Y nuestros besos, que hacía rato que habían perdido cualquier rastro de inocencia, me hacían desear mucho más de lo que tenía en ese momento, estaba tumbado sobre ella por lo que estaba seguro de que ya lo había notado.

Con su ayuda me deshice del dichoso pantalón que se había convertido en una tortura, y la hice rodar por la cama, dejándola encima de mí, para librarla de mi peso y para contemplarla mejor. Maldije a mi estúpida camisa por tener unos botones tan pequeños y difíciles de desabrochar, acabé pegando un tirón, un par de ellos saltaron y rodaron por el suelo.

Yumi rió, se inclinó para poder besarme y acabamos rodando de nuevo.

Su piel era suave y cálida, nunca me habría imaginado que mis manos pudiesen recorrer sus piernas, la delicada curva de su cintura, ni que eso le haría estrecharme con más fuerza, que eso encendería mi ánimo y me permitiría oír lo que tanto tiempo había soñado.

—Te quiero…

—¿Qué has dicho? —pregunté con la voz entrecortada.

—Que te quiero, Ulrich.

Sujetó mi cara entre sus manos y me dio un pequeño beso en los labios, tan tranquilo, dulce y casto, que me pareció imposible teniendo en cuenta que estábamos medio desnudos, en la cama y con la respiración tan entrecortada como si hubiésemos corrido tres maratones seguidas.

En cierto modo me sentí aliviado de no ser el primero en pronunciar aquella frase, pero sobre todo, me sentí aliviado al saber que no estaba dejándome hacer por que me estaba comportando como un loco pervertido y temiera por su seguridad.

—Yo también te quiero, preciosa.

La musiquilla de mi móvil rompió el momento, cosa que agradecí, porque ninguno de los dos estábamos dispuestos a pasar de ahí, no esa noche, no si no hacía una segunda visita a la gasolinera.

Jóvenes sí, idiotas no.

El nombre de Jérémie se encendía de manera intermitente, me tumbé boca arriba y contesté. Seguía en su estado de euforia, dando órdenes con su particular estilo. Yumi me mordió el cuello y yo necesité de todas mis fuerzas para ahogar un gemido en la garganta. Hubiese quedado muy raro, habría sido muy violento, y Jérémie se habría preguntado que demonios estaba haciendo.
La abracé con fuerza, inmovilizándola, mientras ella reía discretamente. Lancé el móvil a la almohada y dejé a Jérémie con su monólogo, para besar a mi chica.

Franz Hopper me importaba un bledo, el satélite espía me daba lo mismo, el mundo entero me resultaba indiferente.

Sólo me importaba ella.

Fin

Escrito el 12 de agosto de 2010